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Peligrosamente cercana

La adaptación de “La tempestad” de Fernando Amaral toma como escenario la sala completa

El director, que ya ha desarrollado propuestas inmersivas, toma el clásico de Shakespeare y ocupa el Teatro Stella D´Italia por completo.

19.08.2026 17:20

Lectura: 9'

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Por Catalina Zabala
catazabalaa

“El infierno está vacío y todos los demonios están aquí”.

La frase, de las más célebres de William Shakespeare, es enunciada por Ariel. El espíritu mágico que sirve al mago Próspero, protagonista de esta historia. Lo hace para citar las palabras textuales de Fernando, una víctima del naufragio que ellos mismos provocaron. Ariel siempre está mendigando su libertad, le sirve día y noche por migajas. Por esperanza.

El Teatro Stella D´Italia aguarda oscuro a lo que está a punto de acontecer. Y, de repente, ocurre un golpe de presencia que sacude a cualquier espectador dentro de la sala, más allá de la ubicación que haya elegido. Tripulantes de un barco saltan desde los palcos, que estaban inhabilitados. Se lanzan a las butacas colgando de gruesas cuerdas. El naufragio comenzó, y el barco es toda la sala.

En esta ocasión, el director de La tempestad (1611) es Fernando Amaral, quien viene presentando en sus últimos proyectos una impronta inmersiva, que está pisando fuerte en varias ramas del arte en general. Ya lo había explicado en entrevista con LatidoBEAT en torno a su obra para jóvenes El primer hombre en la luna (2026). Le interesa llevar al teatro a públicos no tan acostumbrados a acudir, como los adolescentes. En un mundo totalmente bombardeado de estímulos, en el que nos seducen desde todas direcciones y ya no sabemos a dónde mirar, el teatro se propone que quienes no están acostumbrados puedan mantener su atención sin distraerse. Que se sientan invitados, involucrados.

Cortesía de producción

Cortesía de producción

En ese sentido, La tempestad de Fernando Amaral es una apuesta totalmente inmersiva. Los actores desfilan entre las butacas de los espectadores: uno realmente nunca sabe dónde ocurrirá el próximo movimiento.

Por esta misma línea, el escenario es apenas una breve porción del espacio que se utiliza para el desarrollo de la obra. Pasillos, butacas y palcos son recorridos constantemente por estos personajes, quienes salen de la sala, gritan desde el hall, corren por afuera y solo nos comunican a través del sonido.

Para quienes no la conozcan, la trama de Shakespeare es la siguiente: Próspero, antiguo duque de Milán, es despojado de su título por su propio hermano, Antonio. Lo exilian junto a su hija Miranda a una isla lejana. ¿La razón? Ocultismo y magia negra. Allí, el estudio de la magia de forma más libre le permite dominar las artes de lo humano y lo sobrenatural, que se encarnan en dos seres de la historia: Ariel y Calibán. El plan de Próspero comienza ahí: reunir a quienes alguna vez lo traicionaron, enfrentarlos con las consecuencias de sus actos y decidir, finalmente, si la venganza será suficiente. ¿Cómo lo hace? Envía a Ariel a provocar el naufragio de su nave sin matar a ninguno de los tripulantes, a quienes dispersa por la isla.

Cortesía de producción

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La tempestad de Shakespeare es una historia de magia, pero también de resentimiento y venganza. También entra en juego el honor, aquel que Próspero quiere recuperar con sus artimañas. Y sí, se conozca esta historia o no, estas subtramas suenan sumamente cercanas. Sumamente próximas a nuestros tiempos.

No por nada se le dice a Shakespeare "el inventor de la humanidad". No por nada Harold Bloom, el eminente crítico literario estadounidense que dedicó gran parte de su vida a estudiar a Shakespeare, tituló Shakespeare: la invención de lo humano (1998) a una de sus obras más consagradas. En esta obra, Bloom expuso cómo el autor logra, como nunca antes, una dimensión humana y profunda en los personajes de sus obras. Logra captar la esencia humana y la traslada al papel. Y así, desde cualquier época nos vemos reflejados.

Es así como observamos que los principales anhelos de los personajes son cuestiones completamente humanas. La libertad, la redención, la venganza, la justicia, el poder.

Cortesía de producción

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Uno de los personajes más potentes —si no el que más— es el espíritu Ariel. Aunque no es la primera vez que se lo representa de esta forma, la opción de Amaral fue constituirlo con tres figuras femeninas que lo interpretan de forma espectacular. Son etéreas, así se mueven de forma constante. Todo lo observan y parecen flotar. Son seductoras y están locas, y exhiben una inocencia que están lejos de tener. Ya que todo lo conocen, todo lo han visto. Las exclamaciones más impresionantes salen de ellas tres: “Subí al barco del rey; ahora en la proa, ahora en la cintura, en la cubierta, en cada camarote, encendí el asombro: a veces me dividía, y ardía en muchos lugares”, enuncian en su primer monólogo, cuando le cuentan a Próspero sus hazañas.

Pero no se trata solo de la gran escritura de Shakespeare. En este caso, la interpretación de las tres chicas le da un toque crucial a eso que enuncian. Esa sensación de total éxtasis entusiasta mientras se cuenta una tragedia provocada con intención. Se ve en sus caras y en la pronunciación de cada una. Sus vestiduras, blancas y etéreas, acompañan este carácter aéreo que las caracteriza.

Otro personaje también lúgubre es Calibán. Hijo de la bruja Sycorax. Una bestia oscura y animalesca con forma humana a quien Próspero esclaviza y también obliga a servirle. Representa los aspectos más materiales e instintivos del ser humano, frente al otro sirviente de Próspero, Ariel, que representa lo elevado y lo espiritual. Su inocencia y desconocimiento de las facultades humanas también aporta momentos muy fuertes de humor, uno que caracteriza a Shakespeare. Entre tragedias, el autor clásico inyecta ocurrencias en el lenguaje que hacen reír, aún más en el escenario.

Cortesía de producción

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Esta obra, publicada en 1611, es hija de su época, como cada producción artística que existe. En aquel caso, los viajes de los colonizadores al continente americano eran aún relativamente recientes, la travesía de Colón había sucedido apenas 300 años atrás. La humanidad aún reflexionaba sobre la toma de recursos de otras zonas, los bienes que se podían adquirir de la tierra y la explotación de agentes naturales. Así, uno escucha constantemente expresiones sobre lo que ofrece la isla como un bien muy tentador para cualquiera.

A Calibán, cuando lo conocen, todos lo quieren vender: se tropiezan con él, lo encuentran por casualidad, y se preguntan qué conseguirían.

“Si yo me hallase ahora en Inglaterra, como estuve una vez, y tuviese este pescado en pintura, ni un solo bobo de vacaciones se libraría de pagar una moneda de plata por verlo: allí este monstruo haría mi fortuna: allí cualquier bestia extraña hace rico a su dueño: no darán un octavo para aliviar a un mendigo lisiado, pero soltarán diez por ver a un indio muerto”, reflexiona Trínculo cuando se topa con él por primera vez. Estas cuestiones se repiten en toda la obra, y sin embargo es el propio Calibán quien ofrece enseñar todos los secretos de la isla y las fuentes de agua dulce a sus captores si lo ayudan a conspirar contra su amo Próspero.

Cortesía de producción

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La historia de La tempestad dialoga constantemente con el pasado, porque se trata de una toma de venganza de Próspero, un noble, que se dispone a recuperar lo que es suyo luego de varios años de haber sido exiliado de su reino. Con esta premisa, uno podría imaginar que se va a tratar de diálogos cargados de recuerdos y contexto previo necesario, como sucede en la obra original, pero no es así en esta adaptación. Aquí, mientras los personajes en acción recuerdan los sucesos en voz alta, el resto del reparto va representando lo sucedido a la misma vez en el escenario, con una propuesta bastante más dinámica.

A la hora de innovar en el teatro para enmarcar un clásico de la literatura, la primera pregunta que surge tal vez sea obvia para muchos, pero la respuesta está clara también: en ningún momento la espectacularidad le gana al texto. Podría pasar, pero no. Es el texto quien organiza los tiempos y protagoniza cada momento. Al ser la traducción de un texto en inglés del siglo XVII, el español que se usa también es uno antiguo, que a nuestros oídos suena nuevo en prácticamente cada afirmación. Un valor muy distintivo a la hora de llevar clásicos a las tablas.

La figura de Próspero está bien lograda. Tiene una apariencia de padre, de figura paternal y amorosa, de hombre sabio pero arrepentido. Pero en verdad no lo es, al menos hasta muy avanzada la obra: él es el titiritero de esta historia, quien mueve los hilos vitales de los personajes y los hace actuar para su propio placer. Es un artífice manipulador. Usa a Ariel, prometiéndole una libertad que no parece llegar pronto. Manipula a Calibán, marginándolo de todo intercambio y haciendo que este acumule odio y resentimiento hacia los humanos. De cierta forma usa también a Miranda, su propia hija, quien cae profundamente enamorada de Fernando, hijo del rey Alonso de Nápoles. Y le es correspondido.

Cortesía de producción

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El eje romántico de la obra aparece entonces con Miranda y Fernando, que se enamoran prácticamente a primera vista. Miranda, que no había conocido hombre hasta el momento al ser aislada por su padre, enuncia: “Vivir en un templo así: si el espíritu Maligno poseyera una casa Tan bella la bondad se esforzaría Por vivir con él”. El templo es el cuerpo de Fernando. El elenco está integrado por Daniel Plada, Agustina Vázquez Paz, Cristina Cabrera, Mathías Albarracín, Daniel Romano, Fernando Lofiego, Esteban Recagno, Julio de León, Eduardo Virells, Patricio Raurich, Emilia Telesca, Micaela Trujillo y Camila Silva.

La versión de Fernando Amaral tiene como principal virtud que hace convivir dos fuerzas que podrían haberse enfrentado: la espectacularidad de convertir el teatro entero en escenario y la potencia de un texto que, más de cuatro siglos después, todavía encuentra dónde incomodar. Así, durante unas horas dejamos de ser espectadores sentados frente a un escenario y pasamos a formar parte de la isla. Es el arte de conseguir que una obra escrita hace tanto tiempo, en una coyuntura tan distinta, vuelva a sentirse peligrosamente cercana.

La obra se estrenó en el Teatro Stella D´Italia el pasado jueves 13 de agosto, y estará disponible todos los jueves y viernes del mes, a las 21:00. Las entradas se encuentran disponibles y pueden adquirirse aquí

Por Catalina Zabala
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