Bruno Maciel Collazzo | _brunoomaciel
Atravesar uno de los portales de Pensar el tiempo y las cosas es entrar en un mundo donde todo parece estar en su lugar. Las líneas obedecen a una geometría rigurosa, los objetos se disponen con precisión y el vacío adquiere una presencia casi material. Aún en este orden, hay algo que se resiste a quedar resuelto. Una flecha señala un camino sin garantizar un destino; una herramienta conserva su forma, aunque ya no cumpla su función. Se da al principio de la Sala 4 del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) un espacio que parece construido para ser habitado, pero no termina de revelar cómo. El artista Daniel Gallo invita a detenerse frente a esas pequeñas contradicciones, en la exposición hasta el 28 de febrero del 2027.
La exposición reúne unas 40 obras realizadas desde la década de 1970 hasta la actualidad y propone un recorrido por una trayectoria en la que la pintura, la geometría y los objetos cotidianos dan nacimiento a un lenguaje propio. Curada por Roxana Fabius, María Eugenia Grau y María Eugenia Méndez, la muestra transforma el corredor del museo en una arquitectura autónoma, con entrada por dos grandes portales.
Las obras construyen espacios donde el vacío organiza la composición, pero la reunión de tantas piezas produce una nueva densidad dentro de la sala. El espacio representado en cada trabajo convive con el espacio físico de la exposición. Hay espacios de cuidado impecable que, sin embargo, resultan inhabitables. Composiciones que delimitan zonas de silencio y otras que introducen direcciones mediante flechas enigmáticas. Una forma o un objeto modifican nuestra percepción al ser despojados de su uso habitual. La obra de Gallo hace gala a un vacío que genera presencia.
Gallo contó a LatidoBEAT que muchas de sus obras no comienzan con una idea abstracta a la que después busca darle forma material. A veces, el punto de partida es un objeto que aparece ante sus ojos y despierta su interés visual. “No es que yo diga que voy a conseguir tal objeto para este bastidor o para esta obra. Sino que ves el objeto y después sale el resto”, explicó. Puede encontrarlo en una feria, comprarlo en un comercio o recogerlo de la calle. No siempre sabe qué hará con él ni cuánto tiempo tendrá que esperar antes de incorporarlo a una composición.
El caso de Final de un pomo permite acercarse a esa forma de trabajar. Gallo encontró el envase aplastado en una calle de pedregullo, en Las Piedras. Los autos lo pisaron repetidas veces y deformaron su cuerpo hasta dejarlo reducido a una forma que captó su atención. Lo recogió, lo limpió y lo llevó al taller. En la obra, las líneas que lo acompañan modifican la percepción del objeto: donde hay una forma incompleta, la mirada reconstruye lo que falta. Entra en juego la ley de cierre, un principio de la percepción visual utilizado también en el diseño gráfico, según el cual tendemos a completar mentalmente figuras fragmentadas.
En 2011, el curador Gustavo Tabares propuso el concepto de designificación para pensar el trabajo de Gallo. Tabares se centra en su salida del contexto habitual de los objetos. Las cosas quedan disponibles para establecer otras relaciones cuando se vacía su uso concreto. Nunca desprovistas de historia, reconocemos una herramienta, un envase o un instrumento de medición pero su relación con el espacio y el mirar nos desafían. La obra trabaja con la identidad de las cosas, y aparece una estética ciertamente ominosa cuando hay algo que no se comporta de la manera que esperaríamos que lo haga.
Esa operación de extrañeza también permite analizar las asociaciones culturales que acompañan a los objetos. Muchas herramientas se vinculan en la crítica de arte con actividades laborales codificadas como masculinas. Al preguntarle por esa dimensión, Gallo descartó que su elección respondiera a una intención de género. “Yo no las califico ni como femeninas ni como masculinas”, declaró a LatidoBEAT. Le interesan los objetos por sus posibilidades visuales y por su propia afición a las herramientas, tanto nuevas como usadas.
Desde sus comienzos, Gallo se interesó por la proporción áurea y por las reglas geométricas que permiten relacionar líneas, paralelas, perpendiculares y proporciones. En su taller, que las curadoras del MNAV reconocen tan ordenado como su obra, conserva un compás de tradición torresgarciana para esa proporción áurea perfecta.
Esa formación se percibe tanto en sus primeras representaciones de espacios arquitectónicos como en los relieves y ensamblajes de maderas más recientes. Las perspectivas, los cuadrados, los círculos y los semicírculos establecen relaciones, delimitan recorridos y conducen la mirada. Las flechas indican direcciones, aunque no siempre ofrezcan una respuesta sobre el lugar al que conducen.
El espacio se vuelve legible, no necesariamente comprensible ni habitable.
Por eso, la precisión construye misterio. El vacío de Gallo excede la superficie indiferenciada y el espacio que simplemente espera o invita a ser ocupado. Relojes, escuadras, compases y metros introducen una de sus paradojas más poéticas: instrumentos que sirven para medir magnitudes concretas dan nacimiento a composiciones que abren interrogantes sobre el tiempo, la percepción y la experiencia.
La propia disposición de la muestra prolonga algunas de esas operaciones dado por el montaje. Los portales de entrada y salida y el recorrido visual con sus obras, contribuyen a separar el recorrido del resto del museo.
Según explicó Gallo, en su mundo el tiempo atraviesa toda su trayectoria y ya había sido el eje de una muestra anterior, presentada en el Cabildo y nombrada Tiempo. En aquella ocasión le interesaban tanto su dimensión cronológica como la psicológica. En el MNAV, la preocupación aparece también en el encuentro entre obras separadas por décadas, que permite observar cómo ciertos problemas formales reaparecen, se modifican y encuentran nuevas soluciones.
Una historia familiar que se incorpora de manera directa a ese universo. Su abuelo y su padre fueron relojeros, y Gallo aprendió de su padre algunos aspectos del oficio al ayudarlo con su trabajo. El contacto con la maquinaria abierta de los relojes, con sus piezas diminutas y los ajustes necesarios para hacerlas funcionar, dejó una huella en su relación con la precisión. Él reconoce esa experiencia en la minuciosidad de sus composiciones. La geometría y el cuidado constructivo tienen también una memoria afectiva.
En su obra 75 esferas, 3 generaciones (2015), su memoria adquiere una forma concreta. Las esferas de relojes habían pertenecido primero a su abuelo, luego a su padre y finalmente llegaron a sus manos. Gallo las guardó y, tiempo después de fallecer su padre, volvió a encontrarlas y decidió incorporarlas a una obra. Cada esfera es, al mismo tiempo, un elemento de la composición y un resto de una transmisión entre generaciones.
Otra pieza permite acercarse a esa relación desde un registro distinto. El palote para amasar ravioles que aparece en una de sus obras había permanecido durante dos o tres años en el taller antes de que Gallo encontrara la manera de utilizarlo. Lo había comprado en la feria de Tristán Narvaja, donde dice encontrar gran variedad de objetos de su interés. Ese palote de ravioles remite a Nelson Ramos, a quien la curadora María Eugenia Grau y el propio artista nombran su gran maestro. Fue su alumno durante cuatro años y recuerda especialmente una enseñanza: la de buscar una personalidad propia en lugar de reproducir la del mentor. Ramos deseaba que sus alumnos encontraran un camino propio.
El palote homenajea uno de tantos encuentros compartidos alrededor de una comida familiar en Las Piedras, el hogar de Gallo. La vez, un 18 de mayo, que Ramos y su esposa May Wolf visitaron la ciudad por el desfile de la Batalla de Las Piedras. Para completar la composición, Gallo fabricó ravioles de cerámica con ese mismo palote y los pintó hasta darles una apariencia semejante a la de los originales. La obra nació del encuentro entre un objeto que había esperado su momento y un recuerdo que encontró su forma material y genera un homenaje.