Ya quisiera uno tener un pequeño porcentaje del talento y la onda que tienen los tres hijos de Ruben Rada. Este fin de semana en el Auditorio del Sodre se hicieron dos recitales en homenaje a Tótem, y el ancla de Lucila, Julieta y Matías evitó que se redujera solamente a una elegía por su padre, esa voz que fue el Uruguay; en cambio, los shows fueron lo que él hubiese querido. Un brindis por todos los miembros que ya no están. Una celebración y no un in memoriam. Un recuerdo y actualización de aquellas canciones a medio siglo de su grabación, nostalgia para unos y descubrimiento para otros. Y, claro, que la reconstrucción de Tótem le volara a cada uno la peluca. Vaya si lo hicieron.

Daniel Lobito Lagarde, el único miembro vivo de la formación clásica del grupo, eximio bajista, en el centro del escenario. Sitio poco habitual para un obrero de las cuatro cuerdas, que responde también a su cualidad de adalid: que él decidiera mantener los shows luego de la muerte de Rada fue la clave para que no se cancelaran, como le reconocieron los hijos del Negro.

En la segunda línea del escenario: Gustavo Montemurro, siempre un monstruo, en los teclados. Santiago Coby Acosta en las tumbadoras y Tato Bolognini en la batería, contundentes y consistentes como se requería, con espacio muy bien aprovechado para brillar. Federico Dinamita Pereda —que en su faceta solista está acostumbrado al rol de líder— corrido a un costado, más en segunda guitarra, aunque mechando algún que otro solo y con su melena tipo Brian May nunca tan bien ajustada a la música. De la cuerda de tambores de Fernando Lobo Núñez (camiseta celeste de Alcides Ghiggia), su hijo Noé y Sergio Martínez, no hay que decir mucho: ya nos tienen acostumbrados a lucirse.

Como protagonistas principales, ellos tres, muy bien lookeados con un tinte retro, sabedores de que —Lobito o no— este Tótem se sostenía sobre sus hombros. Alternando entre el medio del escenario y un lado, como coristas de lujo, Lucila y Julieta Rada: de Julieta ya es conocida la calidad y potencia de la voz por su carrera solista; de Lucila uno puede olvidarse de lo lindo que canta. Julieta, con vestido a cuadros y botas altas celestes, su pelazo suelto, fue magnética tanto cantando como bailando. Lucila es la más carismática de los tres y aportó también buen humor. De Matías, ya sabemos que es un guitarrista galáctico, de los mejores del país hoy por hoy, pero también se probó un muy buen cantante, con un color de voz por momentos muy similar al de su padre. Armonizaban entre ellos como si lo llevaran, quién lo diría, en el ADN. A Matías le tocó el lugar que le hubiera correspondido a Ruben, parado al centro junto al Lobito, y se lo notó un poco nervioso en el papel de maestro de ceremonias; fue entrañable de todos modos.

Homenaje a Tótem en el Auditorio del Sodre. Crédito: difusión

Homenaje a Tótem en el Auditorio del Sodre. Crédito: difusión

“Dedos” al arranque marcó la tónica: iban, sí, a volar la peluca. Siguieron grandes versiones de “Heloísa”, “Biafra”, “Negro”. Las voces de las dos hermanas en conjunto en “Mañana”, la de Lucila en “La lluvia cae para todos igual”, la de Matías en la muy difícil de cantar “De este cielo santo”. Solazos de Matías y el Coby Acosta en “Días de esos”. Casi todos dejando sus instrumentos para agarrar un tambor en el final con “Descarga”.

El mix de rock y ritmos afro, el candombe beat, ya no es novedoso como lo era entonces, pero cuando todas las piezas cayeron en su sitio, provocaron un trance inseparable de la raíz ritual de los tambores.

La parte de homenaje estuvo no solo en la música, sino también en las imágenes de época proyectadas encima de la banda y en las menciones y reconocimientos a los compositores principales de cada tema: Mario Chichito Cabral, fallecido también este año (“el mejor compositor de canciones de pesca del mundo”, dijo de él Matías antes de tocar “Orejas”); Eduardo Useta, quien murió en 2019; Enrique Rey, que se fue en el 95; el propio Lagarde y, claro, Rada.

La tentación de que se convirtiera en un homenaje más personalizado en él se contuvo hasta el final, hasta los bises, cuando la banda volvió para cantar, valga la redundancia, “Quién va a cantar”. Un tema solista del Negro publicado casi tres décadas después de irse de Tótem que, la verdad, era la única conclusión posible. Lucila ya había reconocido que era muy difícil hacer lo que estaban haciendo, y no por la complejidad de la música, porque todos ellos lo hicieron parecer muy fácil, sino emocionalmente. Para el cierre, las hermanas pidieron al público que se sumara con fuerza: “Es con ustedes o no es”.

El pedido no era solo para la canción: por más que el legado esté vivo en estos músicos, esa música, la de Tótem, la de Cabral, Useta, Rey, Santiago Ameijenda, Lagarde, Rada, pervive solo si el público la sigue cantando. El público cumplió. Cantó y, al seguir pidiendo otra, pidió que no calle el cantor. Dieron ganas de que este Tótem siga existiendo.