Olivia Wilde: “Una cena familiar puede sentirse como una guerra, como si fueras a morir”
La directora y actriz habló con LatidoBEAT sobre "La invitación", la comedia destacada de la temporada, que dirigió y protagonizó.
Por Nicolás Medina
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Antes de convertirse en directora, Olivia Wilde construyó durante más de una década una carrera como actriz. Primero fue Alex Kelly en The O.C. (2003), uno de los personajes que la ayudaron a ganar popularidad, y después llegó a Dr. House (2004), donde interpretó a Remy Hadley, mejor conocida como Trece, durante cinco temporadas. En paralelo, fue construyendo una carrera en cine y televisión que la llevó a trabajar tanto en grandes producciones de Hollywood como en proyectos más pequeños hasta convertirse en un rostro reconocible de la industria. Después de más de una década frente a las cámaras, comenzó a interesarse cada vez más por lo que ocurría detrás de ellas.
Ese cambio llegó en 2019 con La noche de las nerds (2019), su debut como directora. La película, protagonizada por Kaitlyn Dever y Beanie Feldstein, fue una de las comedias adolescentes más celebradas de aquel año y le valió a Wilde el Independent Spirit Award a la Mejor ópera prima. Tres años después, en 2022 dirigió No te preocupes, cariño, un thriller psicológico que también protagonizó junto a Florence Pugh, Harry Styles y Chris Pine y que tuvo su estreno mundial en el Festival de Venecia. El paso por el Lido convirtió a Wilde definitivamente en una directora a seguir, aunque la recepción de la película y todo lo que rodeó a su estreno terminaron ocupando casi tanto espacio como la propia película.
Ahora, cuatro años después, Wilde vuelve a ponerse delante y detrás de la cámara con La invitación (2026), su tercer largometraje como directora. La película parte de Sentimental (2020), de Cesc Gay, adaptación cinematográfica de su propia obra teatral Los vecinos de arriba. Pero la historia ya había demostrado una capacidad poco habitual para viajar entre idiomas y culturas, y antes de esta versión estadounidense pasó por Italia, Suiza, Francia y Corea del Sur, convirtiendo a La invitación en el quinto largometraje construido a partir de la misma historia.
En La invitación, Wilde interpreta junto a Seth Rogen a una pareja que atraviesa una crisis y decide invitar a cenar a sus vecinos, interpretados por Penélope Cruz y Edward Norton. Lo que comienza como una noche entre cuatro personas en un departamento se transforma, a medida que avanza la velada, en una situación cada vez más incómoda y difícil de controlar. La película transcurre prácticamente en tiempo real y en una única locación, y combina la comedia de situaciones con elementos propios del thriller y el suspenso, mientras las conversaciones, los silencios y las miradas van revelando aquello que los personajes preferirían mantener oculto.
LatidoBEAT conversó en exclusiva con Olivia Wilde durante la promoción internacional de La invitación. La artista habló sobre la adaptación de la película de Cesc Gay, la influencia de Alfred Hitchcock, el voyeurismo y las decisiones visuales que convierten una cena entre cuatro personas en algo bastante más inquietante de lo que parece.
Después de ver La invitación vi Sentimental, la película española en la que se basa. Me llamó la atención lo diferentes que se sienten las dos películas, especialmente en cuanto al tono y la atmósfera. ¿Qué tan en contacto estabas con la película original mientras desarrollabas la tuya? ¿Qué elementos quisiste cambiar y cuáles preservaste?
Vi la película dos veces en total. Una fue unos cinco años antes de hacer La invitación —o quizás un par de años, no sé si fueron exactamente cinco—. Supe de ella porque sabía que había una adaptación dando vueltas, la vi y pensé: “Wow, es muy divertida y muy interesante. Hay algo ahí”.
Después, cuando la película llegó a mí, años más tarde, buscando un director, la vi una vez más. Y entonces pensé: “Bueno, no puedo volver a verla porque quiero hacer esta película y necesito asegurarme de no limitarme a replicarla, porque sería innecesario. Ya es una película excelente”.
Pero pensé que tenía que reducirla a cuál era la pregunta universal. ¿Por qué es algo que ha sido adaptado a tantos idiomas, en tantas culturas diferentes? Para ese momento sabía que existía una versión suiza, una surcoreana, una italiana… Es increíble hasta dónde se ha extendido, y pensé que tenía que entender por qué funcionaba en tantos idiomas y culturas diferentes, y encontrar mi propia manera de entrar en eso.
Creo que lo universal es esta sensación de que todos estamos intentando construir relaciones de una manera que, en algunos aspectos, se siente completamente antinatural y, en otros, como la cosa más natural del mundo. Entonces, ¿cómo combinamos las presiones sociales con nuestros instintos humanos? Poder explorar lo que eso significa en cada cultura diferente es fascinante.
Creo que hacer la versión en inglés implicaba una enorme responsabilidad, porque quería honrar lo que había hecho Cesc Gay y, al mismo tiempo, hacer que fuera completamente mía y nuestra, como grupo de actores.
Tu película tiene mucho más suspenso que la original. Durante buena parte de la película no podía dejar de pensar en esa idea de Hitchcock de la bomba debajo de la mesa: el público sabe que está ahí, pero los personajes no. ¿Esa sensación de saber algo que los personajes desconocen era parte de lo que querías que experimentara el público con La invitación?
Sí. Estoy muy influenciada por Hitchcock y creo que La soga (1948) fue una influencia importante en esta película de distintas maneras.
Creo que la idea de convertirla en una especie de thriller y misterio fue mi manera de encontrar cómo contar la historia de esta noche que cambia todo en la vida de estas personas. Porque, aunque es muy divertida —ya que se trata de una situación ridícula, y las personas son graciosas cuando están tan estresadas, y por supuesto pueden resultar ridículas y divertidas—, también es cierto que, para ellos, es una amenaza existencial.
Para ellos, la sensación de ser confrontados y quedar expuestos es como si de repente alguien tuviera una bomba en la habitación, o un cuchillo. Y quería filmarlo de una manera que reconociera que, emocionalmente, muchas veces atravesamos situaciones mucho más dramáticas y de mayor riesgo de lo que uno imaginaría a partir de una situación doméstica.
A veces una cena familiar puede sentirse como una guerra. Puede sentirse como si fueras a morir. Y creo que eso es lo que muchas veces nos hace reír, porque todos vemos esas películas y reconocemos que, en ese momento, la situación es tremendamente estresante. Y, sin embargo, sos capaz de reírte con otro grupo de personas y pensar: “Ah, va a estar todo bien…”. Todos sabemos que puede sentirse muy intenso, y yo quería que la película perteneciera más al género de la intensidad que al de la comedia.
Fue muy divertido. Podría hablar de esto para siempre, porque también tuvo mucho que ver con la música. Es intensa y está más basada en el thriller, la cinematografía, el montaje… Realmente aprendí mucho de Hitchcock y de otros cineastas en cuanto a ese tipo de comedia que reconoce el miedo existencial.
"La invitación" (2026), Olivia Wilde
En tu dirección hay una frecuencia con la que los personajes aparecen enmarcados dentro de otros marcos —a través de ventanas, espejos, puertas—. A veces nos hace sentir que los estamos observando desde afuera, casi como un voyeur. ¿Hacer que el público se sintiera un observador era parte de lo que tenías en mente al diseñar el lenguaje visual?
Sí, por supuesto, La ventana indiscreta (1954) también fue una gran influencia para nosotros. Y está la idea del voyeurismo en las ciudades, de estar cerca de otras personas, y esta idea de que sentimos mucha curiosidad por los demás y fingimos que no. Todos disfrutamos mucho poder observar a otras personas porque, en realidad, tenemos curiosidad por saber si lo estamos haciendo bien, si estamos viviendo bien, si estamos teniendo relaciones de la manera correcta, si estamos teniendo suficiente sexo o no, demasiado sexo o el sexo equivocado.
Esta idea de tener la oportunidad de observar a otras personas discutiendo. Siempre es muy emocionante cuando escuchás a alguien pelearse, simplemente querés escuchar porque existe esa sensación de: “Esto me permitirá entender si lo estoy haciendo bien o mal”. Es nuestra manera de entender nuestro propio lugar en el mundo. Observar el lugar de los demás y cómo lo están haciendo. Y como no tenemos una cultura —al menos acá— de verdadera comunicación abierta, de apertura y curiosidad, muchas veces es a través del voyeurismo que obtenemos esa pequeña dosis de emoción.
Creo que tiene mucho que ver con los reality shows. Podemos convencernos de que es algo muy real y de que estamos obteniendo una mirada hacia la vida de los demás. Me encantaba la idea de que los encuadres dentro de otros encuadres nos permitieran sentir que estábamos mirando hacia adentro como vecinos. Y después, hacia el final, nos abrimos camino hacia adentro y nos acercamos muchísimo.
La invitación todavía cuenta con funciones en salas de cine comercial. Podés ver todas las funciones en nuestra cartelera.
Por Nicolás Medina
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