“La invitación” de Olivia Wilde: la atmósfera de tensión comprimida en un apartamento
Después de "No te preocupes, cariño", la actriz y directora presenta un proyecto psicológico en torno a la intimidad con el otro.
Por Catalina Zabala
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¿Pueden dos horas de película transcurrir en una sala de estar? ¿Está condenada a ser un embole? Varios ejemplos demuestran lo contrario: Locke (2013), con Tom Hardy; Aquí (Here, 2024), con Tom Hanks; Culpable (Guilty, 2021). ¿Y cuál es su punto en común? Que todas rozan el thriller psicológico. La invitación (The Invite, 2026) entra en la misma categoría.
Después de No te preocupes, cariño (Don’t Worry, Darling, 2022), que dio mucho de qué hablar, con Harry Styles y Florence Pugh, en La invitación, la actriz y directora Olivia Wilde decidió marcar una impronta. Una forma de hacer cine muy concreta, lo que podría convertirse en cine de autor en unos años. Tiene un estilo muy personal, y si uno la ve por primera vez sin saber quién la dirigió, da la sensación de que dice mucho de su director. Que responde a una forma de ser y de entender el mundo. Sí, transcurre toda en un apartamento, pero consigue que lo cotidiano genere palpitaciones. El que está sentado en la sala se come las uñas.
La protagoniza un matrimonio de unos 40 años, Angela (la propia Wilde) y Joe (Seth Rogen), que atraviesa una crisis desde la primera escena: están ensimismados, no se dan cuenta de lo que le pasa al otro.
"Uno siempre debería estar enamorado, y por eso nunca debería casarse". Esa es una frase famosa de Oscar Wilde, y es lo primero que aparece en pantalla. La invitación habla de no querer mirar para adentro, de lo que se muere y lo que permanece vivo, y lo hace desde un punto que estremece.
El detonante es la invitación que hace Angela a sus vecinos a cenar, Pina (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton). Compra una alfombra nueva, cocina toda la tarde, consigue jamón serrano para su invitada —que es española—. Quiere caerles bien, los idolatra. A Joe no le hace nada de gracia el plan, para el que no fue consultado.
La contraposición es sencilla: un matrimonio clásico y más bien conservador que se cruza casi que por casualidad con una pareja muy distinta, muy estridente. Pina y Hawk: una masajista y su expaciente. Hablan de energías, de paz interior y de mucho sexo. Uno despojado de prejuicios y que experimentan como un encuentro con el otro e incluso con otras personas. Joe los juzga desde la primera escena, cuando se queja con su esposa de que los escucha tener sexo todas las noches. Pero Angela los envidia, se proyecta.
"The Invite" (2026), Olivia Wilde
El diferencial de esta película es la atmósfera que logra construir. Wilde demuestra un dominio maestro del humor y la tensión como dos amantes que no logran separarse. Uno no sabe si tiene que reírse o asustarse, y esto se construye a partir de tres ejes principales: la música, la fotografía, y los diálogos.
La música, desde la primera escena, es discreta pero esencial en la construcción de la atmósfera. Sonidos puntuales que ponen los pelos de punta cuando el desenlace de los acontecimientos lo requiere. Con composición de Devonté Hynes, el efecto que produce no surge a raíz de la música en sí, que no es muy compleja, sino del ida y vuelta que tiene con los silencios. Trabaja los contrastes.
La fotografía tiende a cerrarse: muchos primeros planos, con las expresiones faciales como protagonistas. Qué se esconde detrás de las miradas. Porque esta película no tiene que ver con lo que se conoce, sino con lo que permanece oculto. Y por eso transcurre entre cuatro paredes: porque no vemos lo que hay afuera, no sabemos a ciencia cierta lo que pasa. Nuestro único contacto con el exterior es a través de las narraciones de nuestros cuatro personajes que, a su vez, cuentan poco. Así, las posibilidades son infinitas y el margen para lo siniestro es cada vez mayor. Porque el cerebro humano completa los huecos de información con las peores alternativas que se le ocurren, y Olivia Wilde lo usa a su favor.
"The Invite" (2026), Olivia Wilde
Además de los planos cerrados y con poco aire, hay un gran trabajo con espejos: muchas veces no vemos a los personajes de frente, sino en el reflejo. A partir de ahí, la sensación es de desubicación. Falta una plataforma en la cual pararse para entender del todo por dónde van los tiros, y esa desorientación aporta a la incomodidad.
Por su parte, los diálogos son todo. En una misma locación, con las mismas cuatro personas y una misma premisa, es el único factor de movimiento. Se siente muy teatral; las entonaciones son clave para que quien está mirando no se pierda. Pero funciona. El lenguaje es el encargado de jugar con nuestra mente durante dos horas para crear infinitas realidades y destruirlas a los tres minutos.
Es también con las conversaciones que vamos descubriendo el universo interno de cada personaje. Eso es mucho más importante que los hechos reales en sí. No importa qué pasó y qué no, y esto termina de cerrarse con un punto final, un último enunciado, magistral.
"The Invite" (2026), Olivia Wilde
Ese desenlace se viene insinuando con pequeñas semillas en los diálogos, muy sutiles, que pasan desapercibidos en el momento. Comentarios durante el recorrido de la casa sobre lo frío que es el apartamento, sobre la ansiedad que se percibe. Hay algo que se está gestando, y al final de la película todas esas señales cobran sentido.
Cada personaje descubre en el otro eso que le falta: la frialdad y la rutina erosionante de Joe y Angela descubren en lo salvaje de Pína y Hawk la vitalidad que les está faltando. Son sus alter egos así, tal cual.
Lo que pone sobre la mesa La invitación es que hoy en día, en una época en la que tenemos muchos problemas resueltos y mucho tiempo libre para pensar, la verdadera amenaza está en el hogar que deja de serlo. Cuando las cuatro paredes comienzan a oprimir. Por eso el clima de bomba a punto de estallar, planos que remiten constantemente a lo que se esconde. La invitación logra que le tengamos miedo a una cocina, a una sonrisa, a un flan casero. Y evidencia también cómo el exterior es el principal espejo capaz de mostrarnos nuestro propio interior y hacernos decidir. Es a través del contraste y del conocimiento de otros mundos que reflexionamos sobre nuestra propia realidad y podemos elegir modificarla.
La invitación estrena el jueves 16/7 en cines.
Por Catalina Zabala
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