Un futuro brillante (2025), de Lucía Garibaldi, cambia la narrativa que escribió el cine uruguayo y argentino durante los últimos años. Cuenta una historia distinta. En clave de distopía, pone sobre la mesa un discurso crítico sobre el sistema del que formamos parte, la adulación a la juventud y las exigencias en torno al coeficiente intelectual y la megaproductividad. 

El papel de Maruja Bustamante es el de la autoridad. La única cara visible que tiene el público de un gobierno autoritario que tiene todas sus pretensiones puestas en sus jóvenes. No conocemos su nombre, pero de ella se desprenden máximas que permiten intuir el funcionamiento de su régimen. Enfoque en la producción y rendimiento, la idea de los individuos como partes pequeñas de un todo, la individualidad coartada en función de una especie de bien común poco esclarecido. 

En entrevista con Montevideo Portal, la actriz y dramaturga argentina conversó sobre su primera impresión acerca del guion, su trabajo con Lucía Garibaldi, su experiencia trabajando tanto para cine como para teatro y su opinión sobre la situación actual del cine rioplatense. 

Tenés también una carrera muy sólida en el teatro, y recién comentabas que hay prejuicio desde el cine hacia el teatro. ¿Cómo dialogan los dos mundos? ¿Desde qué plano te ha enriquecido esa dualidad?

Cuando yo era adolescente, que hacía teatro, no había por ejemplo una academia de dirección de actores para audiovisual. Todos salíamos del teatro para hacer audiovisual, accedías de esa forma y te "pegabas contra la cámara", como digo yo. Como actriz, en lo que yo intenté no pensar es en que haya unas máximas inamovibles. Traté de escuchar qué quería hacer la otra persona. De esa forma podía torcer un poco esto del teatro, que es verdad. Hay un fenómeno, y es que mucha gente del teatro off fue a parar al cine independiente. Son salas pequeñas, íntimas, que generan una actuación íntima. Era más fácil que fueran, sin querer lográs un entrenamiento de la intimidad que pega un poco más con lo audiovisual. Más allá, obviamente, de que hay todo tipo de obras, pero hubo todo un movimiento de no actuación de fines de los 90 y principios de los 2000 que locamente aportaba esto de cómo se iba a actuar en el cine independiente.

Ahora, por lo menos en Buenos Aires, hay un par de lugares que te dan una formación en actuación audiovisual. Igualmente, si sos un actor y querés ser actor arrancás en el conservatorio, y ahí hacés Shakespeare y te la tenés que mandar. Ayer yo le decía a Lucía justo eso de por qué hablan todos así, ¿cómo sostenés si tenés que decir "¡Ay de mí!"? Tenés que ponerte en una, porque sino no entran esas palabras. Ni siquiera es que se habla coloquialmente, es poesía dicha. Hay que meterle el cuerpo de otra forma. Es comprender dónde estás, cuál es el dispositivo para poder pensar cuál es el procedimiento. Me parece que es eso. No tener orgullo, es muy importante para mí respirar y decir: "Yo acá estoy dialogando con alguien, tengo que tratar de contar la historia de esta persona", y la creatividad ponerla desde ahí. Tratando de comprender qué quiere hacer la otra persona. Yo pregunto qué ropa voy a tener y me miro al espejo a ver qué me pusieron. Yo pienso para ver si eso empuja o genera algo de lo que me están pidiendo. 

Te has involucrado en muchos proyectos que tienen que ver con visibilidad y crítica social. ¿Falta más de eso en el cine actual?

Yo no sé qué pasa en Uruguay, pero tiene menos apoyo, puede ser. Ahora en este momento, por cómo está el gobierno en Argentina, por quiénes nos gobiernan, hay una escalada de violencia muy grande, entonces está difícil también eso. Yo doy clases de Dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático, en Buenos Aires. Se llama EMAD también, como acá. El otro día unas alumnas se quejaban de una obra de un director muy reconocido allá, que tiene como 70 años, y decían que muestra una violación como si nada y todo el mundo se reía. Estaban muy indignadas, decían que fuimos para atrás. Yo les dije que no, que lo que pasa con el feminismo es que avanza y retrocede. Siempre nos van a querer hacer retroceder un poco, y en este momento estamos retrocedidas.

Les dije eso, entonces otra vez están esas personas haciendo esas obras, provocando. Pero la carrera de Dramaturgia tiene 30 años, y hasta hace ocho años solo había profesores varones. Yo soy la primera profesora de taller que entra a la EMAD, y les dije: "Estoy acá, chicas, vamos de a poco". En un punto a veces no hay que resignarse, pero aprovechemos un poco estos lugares que podemos por lo menos ir agarrando para hacernos territorio. En la docencia no es que me llene de plata; me encanta la docencia, pero se hace para hacer territorio en la escuela pública. Por lo menos allá más, ahora que está totalmente desfinanciada. Ir a dar clase es ir a militar, a compartir.

Para mí se trata de eso, así que yo les señalaba que vieran las cosas con las que podemos darnos la mano y seguir adelante. A mí hace poco me dijeron que veían si me programaban una obra, pero que no hablara de lesbianas, que no hubiera travestis. Yo no podía creer que me dijeran eso, me parecía tan retrógrado, tan horrible. En otro lado me dijeron que les encantaba, pero "tené en cuenta que tiene que ser fino". Yo les pedí que me definieran "fino", porque ¿qué es? ¿Fino como vos? ¿Yo no soy fina? Empiezo yo también a enroscarme en qué es lo fino. De hecho estoy escribiendo algo que se llama "Lo fino". Empecé a descargar un poco. Está difícil, pero no hay que soltar. Además, lo que me pasa a mí, es que yo no puedo hacerlo de otra forma. Si yo me siento y me quiero hacer la "hombre blanco heterosexual" no me sale ni a palos. Y lo intenté, pero no me sale. 

¿Qué tanto influye tu experiencia personal en lo que escribís?

Yo le llamo el "corazón biográfico". En todas mis obras que escribo hay un corazón biográfico. Y cuando actúo también, después, sobre eso se genera una realidad aumentada, como se usa en Instagram. Yo lo pienso en la dramaturgia: son capas, filtros que le voy poniendo a ese corazón biográfico que hacen que se cruce con la ficción y se transforme en otra cosa. Acá tienen a Sergio Blanco que es el máster de eso. Pero yo a los 20 lo hacía sin haberlo analizado, después hice talleres de documental, empecé a sentir que esto me pasaba, hasta que llegué a esta especie de conclusión. Lo que yo escribo o hago tiene corazón biográfico y aventura. Si pienso en aventura pienso en algo más ficcional, esa aventura que se cruza con el corazón biográfico genera lo que yo hago.

¿Qué destacarías de la experiencia en el rodaje de Un futuro brillante?

Destaco mucho lo humano, fue todo muy lindo. Hacer el rodaje, venir, estar en otro país, en un hotel sin tus cositas. Estás para eso nomás, y esa es la parte positiva también. Siento que formé parte desde mi lugar de algo lindo, de algo con búsqueda. Algo valiente y tierno también.