Es el que hace los jingles en Industria nacional, por Gelatina, y el personaje de Rosi la tradwife en Amanece que no es poco, por Olga, pero el argentino Marcos Aramburu también escribe y escribe muy bien.

Su primer libro, Las ceremonias, editado por El Gato y la Caja en 2023, se subtitula Crónicas de personas que usan drogas y es tanto más que eso. El consumo de cocaína, marihuana, hongos con psilocibina, DMT o ayahuasca es la excusa para contar, en textos periodísticos, la experiencia de prostitutas travestis con sus clientes acaudalados en los años 80, o la de un hombre homosexual (con un hermano asesinado en los violentos 70) liberado en los excesos del menemismo, o la relación de un pintor surrealista con la psicodelia; es también una manera para que el propio Aramburu se acerque a su madre, que falleció de cáncer cuando él tenía solo diez años, y que buscó en distintas drogas un alivio para el dolor en sus últimos meses. Sin ser solemne, porque cuán solemne se puede ser hablando de té de floripondio, Las ceremonias es un libro sorprendentemente serio para la forma en que se hizo conocido su autor.

Para su segundo libro, la novela Pantanal que acaba de editar, Aramburu salta a Planeta, una de las editoriales gigantes, y al terreno de la ficción. La trama se inspira en un viaje que su padre hizo con un amigo: ambos jubilados, remontaron en barco por la Hidrovía hacia el Pantanal brasileño. A partir de ella construye esta historia sobre cómo la sociedad deja a sus viejos de lado, sobre las formas misteriosas de la amistad masculina, y sobre el sueño de ver un yaguareté.

Este fin de semana Aramburu estuvo en Montevideo para presentar Pantanal en la Feria del Libro (vuelve este finde semana próximo para tocar en el festival Diagonal 137 con su banda Terrores Nocturnos) y aprovechamos la ocasión para conversar con él.

“Pantanal” (2026), Marcos Aramburu

“Pantanal” (2026), Marcos Aramburu

¿Podés separar tu yo escritor de tu yo del streaming, radio, etcétera?

Mientras escribo no me cuesta. Creo que si yo no trabajara de lo que trabajo, ponderaría mejor lo que hago. Soy el primero en tener ese prejuicio. Por cómo le fue el primer libro, las repercusiones que tuvo, cómo le está yendo a este, siento que si trabajara solo de escribir libros o de otra cosa que no fuese estar en un medio de comunicación, yo mismo creería que los libros son mejores. Es como que hay un adelantarse a un prejuicio de los demás.

“El libro del streamer…”

Nunca lo había pensado, la verdad, pero creo que es así. Eso por un lado, por otro te digo que sirve un montón. Que mucha gente compra el libro inicialmente porque me conoce de otro lado. Entonces, renegar de eso disfrutando de lo otro es un poco hipócrita.

Vinculado con esto, capaz que hay gente que te conoce de hacer personajes en el programa de La Negra Vernaci y puede sorprenderle que Las ceremonias o Pantanal sean libros mucho más serios, ¿no? Que diga: “Ah, yo esperaba de vos otra cosa”. Como que ahí hay un tironeo entre tus dos “yo”.

Se re sorprende la gente. De hecho, hay una página que se llama Goodreads y yo leo los comentarios...

¿Por qué te hacés eso?

Nah, porque no es un video de YouTube, la gente que va ahí leyó el libro. Me interesa saber eso. No es que pasa uno que dice: “Este es un gordo puto”. Me gustan los comentarios y hay muchos que dicen: “Me sorprendió”, “lo empecé esperando que iba a ser una mierda y me gustó”. Tiene eso el libro, que te requiere un esfuerzo leerlo, y un compromiso, que decís: “Al menos me das la chance. Si te caigo mal después de 200 páginas o si te parezco un inútil, bueno, tenés más motivos para pensarlo”. Un reel pueden ser cinco segundos tu veredicto sobre mí.

Con Pantanal todavía no sé tanto porque salió hace dos meses, pero Las ceremonias ya hay un montón de gente que lo leyó, que no ve nada de lo que hago o que ese fue su único acercamiento a mí. Las ceremonias, también por la temática, que a algunas personas les puede llegar a llamar la atención por sí misma, creo que logró eso de llegar a algunos lugares a los que yo no llegaba de otra forma. Y me encanta. Me cae re bien la gente que solo leyó el libro. Es re difícil leer hoy en día, ¿viste? Hay muchos estímulos y muchas cosas. A todos nos cuesta mucho leer y que alguien se haya tomado el tiempo y haya leído el libro ya me cae bien. Después capaz no te gustó, pero que haya ocupado ese lugar en la vida de una persona está buenísimo.

Pantanal mezcla géneros, es novela, pero parte de una crónica…

Es una novela alimentada de una crónica, o una crónica novelada. Porque el insumo, la materia prima, es un viaje real, una historia que efectivamente ocurrió, y muchos pedazos de la historia de mi papá y de mi historia, tirados a una olla de ficción. Con sus licencias y sus recursos. Y me gusta también que no se sepa bien qué es verdad, qué es mentira. Después tiene algún que otro chispacito medio mágico. Que también me gusta, que aparezca en el medio de una historia, pareciera, real.

Que puede no ser real fácticamente, pero sí espiritualmente, hablar de una verdad más profunda.

Tal cual. Lo que intento, ahora presentándolo o en las entrevistas, que esa verdad que tiene el libro no necesariamente sea leída lineal y literalmente como la verdad mía, de mi familia o de mi papá. Obvio que tiene verdad para mí, pero no es que es un testimonio fiel de la realidad. Tiene más verdad que realidad.

¿Te interesó la historia para hablar de la amistad?

A mí me ofrecieron escribir y yo dije: “Bueno, hasta que yo no sepa bien qué libro escribir, no te voy a decir que sí”. Entonces empezamos a pensar cuál era el tema, y apareció esto de la amistad, de una amistad de tantos años, cómo se transforman las amistades. Yo en su momento pensaba, una familia de hoy no se parece tanto a una familia de hace 80 años, una pareja tampoco, una relación laboral tampoco. Dos amigos se parecen bastante a dos amigos de hace 80 años. Hay una institución del mundo viejo que al menos pareciera estar menos afectada. A todos nos cuesta más ver a nuestros amigos, los vemos menos, los vemos muy mediados por las pantallas capaz, pero hay algo de la esencia que para mí se mantiene bastante parecida a una institución de las de antes.

Y a partir de eso fueron apareciendo otros tópicos: la vejez, los varones, las relaciones de amor entre varones. No eróticas; o no sexuales, capaz sí eróticas. De cómo nos seducimos para hacernos amigos, cómo nos cuesta decirnos que nos queremos y a la vez cómo nos demostramos ese amor de otra forma.

Decís que estás en un momento medio nostálgico, de antimodernidad. ¿Hubo algo de eso en buscar una historia de dos veteranos?

Tiene mucha nostalgia el libro. Yo estoy muy... no sé si nostálgico, puede ser, pero como más asqueado. Creo que es una mala época, estéticamente… que es una época tonta. Hubo épocas más crueles capaz del mundo, pero esta es una época muy tonta, muy poco interesante en algunos aspectos. No me pasa nada. Creo que a muchos, hay como una apatía generalizada. Eso está en el libro, ese sentimiento. Qué sé yo, también porque son dos viejos y el mundo este los desprecia mucho a los viejos. Son como unos bebés de la digitalidad. Y después, en el mundo de carne y hueso todavía los viejos, se rompe una cosa y los cuarentones llaman a sus papás. Porque no tienen ni un taladro.

Era como una especie, no sé si “reivindicación”, porque es una palabra un poco grandilocuente, pero “puesta en valor”, si querés, de eso, de ese valor viejo, de esa potencia vieja, y también de ese mundo que habitaron.

¿Y toda esta reflexión, este proceso de escritura, te hizo a vos reflexionar también sobre tus propias amistades?

Sobre mis amistades no sé si tanto, porque es un terreno que tengo muy bien ordenado. Son un área que disfruto espectacularmente, tengo aventuras con mis amigos, charlas, los quiero, sentí que esas cosas buenas de la amistad que encontré en este libro las encuentro en mis amigos también, no es que me sorprendió eso.Sí, un poco en esto que te decía antes, en el resto de cómo habitar la realidad. En vivir la vida un poco más analógicamente. En intentar hacer más cosas con las manos, en intentar aprender más cosas. En apuntar a poder tener una vejez tranquila. Más en ese tipo de cosas más introspectivas que en las amistades que están bien.

El objetivo puntual del viaje que emprenden estos dos veteranos, tu padre y su amigo, es ver un yaguareté.

Es como una excusa, el móvil.

Hay un vínculo ahí con Las ceremonias y con este tatuaje y esta experiencia tuya [un yaguareté juega un rol clave en la última crónica de ese libro, la más personal].

Sí, es uno de esos recursos que tienen realidad y también tienen ficción. Ellos querían ver un yaguareté, pero no lo lograron. Ponderarlo de esa forma en el libro es una especie de guiño al libro anterior. Una especie de puente.

Esa última crónica de Las ceremonias está muy vinculada con tu madre. En este segundo libro está tu viejo como protagonista. Te sirve para acercarte a tus padres, claramente, la escritura, ¿no?

Quintín [Tomás Quintín Palma] hace [la obra de teatro] La violencia de la ternura, también la hace con su viejo. Dice: “Mirá el quilombo que hacemos para decirle a nuestros papás que los queremos”. Si bien, obvio, es verdad, el otro día también pensaba que yo me siento en formación como escritor y que uno empieza por los lugares que más conoce y los lugares donde se siente seguro. Yo no puedo escribir una novela de época del Renacimiento en Italia, no tengo ni la formación ni nada. Entonces, bueno, también es una forma de empezar por donde uno tiene cerca, no solo la historia, sino las observaciones. Cosas que venís pensando hace muchos años y que venís madurando antes de escribirlo. Pero igualmente estoy seguro que el próximo libro que escriba tiene que ser sí o sí sobre algo que me quede mucho más lejos.

Si no vas a hacer de tus hermanas.

Claro, ayer jodía que iba a escribir sobre mi tío [risas]. El libro que viene, que no tengo ni idea qué va a ser, pero me entusiasma, tiene que ser algo mucho más lejano.

No quiero caer en un cliché, pero las sustancias psicodélicas, ¿te sirven para escribir? ¿O es un viaje totalmente separado?

Depende de qué consideres que te sirve para escribir. No me sirven para escribir literalmente en el momento en el que estoy escribiendo. No es que como microdosis y escribo. Para nada. Yo ni fumo porro para escribir, nada. Me han servido para ver ciertas cosas que luego escribí, o para ver el mundo de una forma, que creo que está incluso en Pantanal, en donde casi no hay nada de eso. Siento yo que mi forma de observar los colores de un paisaje o los ruidos de un río están atravesadas por lógicas psicodélicas. Entonces, ¿me sirven? Me sirven. No sé si es la palabra, pero sí me aportaron una forma de ver las cosas. No puedo escribir sin eso, porque ya lo siento así.

Ya abriste las puertas de la percepción.

Al menos en mi forma de considerar a los psicodélicos, me cambiaron mi forma de entender la vida, la muerte, las cosas que pasan. Entonces es imposible que no esté de alguna forma, por más que no esté explicitado. Claro. O que no esté hablando sobre eso.

El sábado que viene también tenés show musical acá en Montevideo. ¿Algo que me puedas adelantar de eso?

Es un festival en dos bares que están enfrentados uno con el otro y que en ambos hay sótanos, toca una banda en un sótano y después toca una banda en otro sótano, lo cual me parece espectacular. Sé que son unos pibes que lo hacen re a pulmón y que les re costó. O sea, vamos por los pasajes a tocar. No es que cobramos un gran caché, sobre todo porque es un festival independiente y autogestivo. Vamos porque además nos divierte. La verdad tiene mucha pinta. Es la segunda vez que vamos a Uruguay, y esta es un poco más trash, así que va a estar bueno.