Nacida en Montevideo en 1982, Lucía de León publicó en 2023 Mañana, su primer libro de cuentos. Desde entonces ha participado en distintos proyectos y publicaciones literarias, como la Revista Oro, dirigida por Daniel Mella. Desde 2026, además, trabaja como editora en Trabajadores Nocturnos.

En Una pequeña felicidad (2026) De León construye una colección de preguntas, intuiciones y pequeñas teorías sobre qué significa escribir y leer: los secretos que se cruzan entre escritores, el extraño poder de un texto para suspender el tiempo, las conversaciones que mantenemos con los libros y, a través de ellos, con quienes ya no están. Un libro que, en palabras de Cecilia Pavón, hace que el yo “estalle en mil pedazos” y convierte a la literatura en una conversación interminable con el mundo.

Antes de dedicarse a la edición y mientras construía su propia obra, Lucía de León coordinó durante más de una década un taller de pintura infantil basado en el método de Arno Stern, una experiencia centrada en acompañar los procesos creativos sin intervenir sobre ellos. También estudió Historia y se formó en actuación. En esa convivencia entre disciplinas, tiempos y formas de creación parece haber algo de la literatura que propone: una escritura atenta a la observación, a la repetición y a las asociaciones inesperadas.

Una pequeña felicidad comienza diciendo: “El impulso de escribir no se puede controlar”. ¿Siempre sentiste eso? ¿Por qué?

Siempre tuve el impulso de escribir, pero no siempre lo seguí. Cuando era niña escribía muchísimo, pero en un momento lo dejé. Me acuerdo de que una tarde fui al Montevideo Shopping con mi madre y mi hermano. Jugamos a las maquinitas y yo elegí un oráculo, una cara de piedra que te adivinaba el futuro. Te daba una gráfica con distintos indicadores: amor, salud, trabajo, tiempo de vida. Me iba bien en todo; salud, dinero, sexo, que me chocó porque yo era una nena. Pero me iba mal en “tiempo de vida”. Al final aparecía una frase que decía que mi vida iba a estar vinculada a la escritura. Entonces hice una asociación bastante lineal. Si se cumplía que iba a ser escritora, también se cumpliría que iba a morir joven. Y no quise volver a escribir. Después, cuando no escribía, me vivía enfermando de la garganta. Siempre pienso si no tendría algo que ver. Cuando empecé a escribir no me enfermé más.

¿Por qué te interesaba pensar y desentrañar la escritura?

Cuando algo te está haciendo feliz querés entender de dónde viene ese deleite. Para que no se te escape, supongo. Es natural que, cuando estás en ese viaje, empieces a hacerte preguntas sobre la escritura. Es decir, no solamente escribís, sino que empezás a desarmar lo que escriben otros, a ver mecanismos, estructuras, a observar cómo hacen lo que hacen. Me gusta mucho la escritura que se piensa a sí misma.

En el libro también hablas mucho de la lectura. ¿Qué lugar ocupa en tu vida? ¿De qué forma se retroalimenta con la escritura?

Para mí leer y escribir son el mismo trance. Si no leo, no escribo. Y cuando me siento a escribir jamás estoy sola, estoy rodeada de los y las escritoras que me gustan. No me identifico con la imagen de un escritor como un genio, imaginando en soledad. Me gusta dejarme influenciar incluso. A veces escribo sampleando textos de otros. Otras veces no abro los libros, pero los tengo ahí, como una compañía. No hay que tener miedo de dejarse influenciar. El miedo es enemigo de la creación.

Una pequeña felicidad reúne diversos géneros literarios. A lo largo del libro mencionás mucho un diario que estabas escribiendo. ¿De dónde creés que nace esa necesidad de plasmar lo cotidiano, lo que nos sucede en el día a día, lo que puede no parecer “especial”?

Es una idea que me interesa: la de la literatura de lo no trascendente. Hablar de lo cotidiano, encontrar lo conmovedor en lugares donde naturalmente para “la Literatura” no estaría, me parece necesario. Georges Perec hablaba de “lo infraordinario”, le llamaba así a lo que está delante de nuestros ojos y justamente por eso dejamos de verlo.

¿Quién dice qué es lo importante? ¿Cuáles son los temas literarios y cuáles los no literarios? ¿Quién puede escribir? ¿Solo queremos escribir grandes novelas? ¿Qué es el valor literario? Pienso que estos siguen siendo problemas interesantes para plantear.

Escribir de lo habitual es lo contrario a escribir de un gran tema. La literatura está en todos lados, no solamente en las grandes vidas. Cualquiera, si observa su entorno, puede sacar de ahí poesía o literatura si tiene con qué.

Me gusta sentirme como una heroína que va a la panadería, que saluda a un perro en la Rambla. Así como habrá otros escritores que se copen con crear mundos fantásticos, para mí es sorprendente ver cómo combinan la ropa las ancianas de mi barrio. Cuando salgo a hacer los mandados y las veo con los pañuelos haciendo juego con la sombra de los párpados, pienso "chau, estoy metida dentro de un poema".

El paso del tiempo es otro tema recurrente ¿De qué forma crees que se relaciona con la escritura?

Me viene a la mente una charla que tuve con Daniel Mella. Me habló de cómo hacer para que lo que escribimos deje de ser una noticia para la actualidad y pase a ser una noticia para la eternidad.

Hace poco llevé unos poemas a Capicúa para leer y dije que los poemas eran como cápsulas del tiempo. Lo que una escribe queda ahí, atrapado, pero no muerto, se actualiza cada vez que alguien lo lee. Por ejemplo, voy a escribir algo acá: “Dormí con un hombre tan hermoso que me pasé la noche mirándolo dormir”. Eso quedó escrito acá, quedó atrapado en el tiempo. Pero cada vez que alguien lo lea, se va a actualizar solo.

El libro establece conversaciones con personas del presente, pero también con escritores y libros del pasado. ¿Qué buscás cuando conversás con autores que ya no pueden responderte?

Busco respuestas a las inquietudes del presente, a veces señales. Es un ejercicio, un juego de humildad, reconocer que no tenemos ni idea de qué estamos haciendo acá. Me parece más interesante eso que pensar que muere un escritor y se terminó todo. La gente que dejó registro transformó una noticia de la actualidad en una noticia para la eternidad, como dice Daniel. Los artistas muertos te responden siempre.

¿Qué libro o autor aparece en tu vida como una conversación que nunca termina?

Depende del flechazo. Hay una idea de Mariano Blatt en la que siempre pienso cuando escribo. Dice: “Escribir poco pero bien y que nadie sepa qué es poco y qué es bien”. Y a veces pienso en un poema de Fernanda Laguna que dice “Xuxa es hermosa”, y muchas veces me lo repito en la cabeza. Xuxa es hermosa, es hermosa. Como una manera de recordarme que hay que animarse a ser tonta, como un camino opuesto a buscar la complejidad en la literatura. Yo creo en la tontería como un camino de iluminación.

Según Cecilia Pavón, en Una pequeña felicidad, el “yo” aparece y desaparece, hasta llegar a “estallar en mil pedazos”. ¿Qué pasa con la identidad de quien escribe cuando empieza a mezclarse con todas esas voces, lecturas y experiencias?

Intento que el yo sea siempre un chiste sobre el yo. Escribo en primera persona para reírme de mí misma y de las cosas que me pasan, para que la vida deje su gravedad y se transforme en un poema. El yo y la primera persona son un pretexto para transmitir un estado afectivo. Hablar desde el yo, o de lo cotidiano, es una excusa para hacer un movimiento más abstracto. Tal vez por eso Cecilia dice eso, porque no es tan importante, en sí, lo que cuento que me está pasando. El sujeto no queda en el centro.

¿Crees que escribir es una forma de escucharte o, por el contrario, de dejar de reconocerte?

A mí escribir me ordena. Tener algo para escribir es un buen motivo por el cual levantarse una mañana cualquiera. Me pasan las dos cosas. Por un lado, siento que me conozco mejor porque escribo, puedo reconocer patrones, mirar mi propia vida con cierta distancia. Pero, por otro lado, cuando vuelvo a algo que escribí hace un tiempo no lo puedo creer. Hay textos que parece que los hubiera escrito otra persona.

El título habla de una “pequeña felicidad”. ¿Dónde está esa felicidad? ¿En escribir, en leer, en encontrar una idea inesperada o en poder compartirla con alguien?

Qué lindo cómo lo expresaste. Está en todo eso, sí. La felicidad está entre los días comunes y eso extraordinario que aparece cuando una escribe.

¿Qué libro te hizo feliz?

Me acuerdo de cuando leí Cómo me enamoré de Nicolas Cage (2022), de Carla Quevedo. La pasé bomba. Fue como mirar la novela más adictiva del mundo, pero sin culpa. Me identifiqué y me pareció divertidísimo.

Al momento de escoger un libro para leer, ¿qué buscas encontrar o sentir?

Busco conmoverme, emocionarme, reírme, si es posible. Antes, cuando todavía no había encontrado a los escritores y escritoras que me gustan, elegía los libros por tema. Fue así que durante un tiempo no leí El hermano mayor (2016) porque era sobre una muerte. Tampoco leía La uruguaya (2016) porque había oído por ahí que era “muy de varón”. Dos libros con los que después disfruté como loca y aprendí muchísimo.

La música es también algo muy presente. ¿En qué sentido creés que se conecta con la literatura?

La música es la forma del arte más elevada para mí. La literatura está lejos de generar un cambio de estado tan directo. Se conecta con la música porque ambas forman parte del mismo magma sagrado que es la creación.

Si este libro fuese un álbum musical, ¿cuál sería?

Me encanta esta pregunta. No sé cuál sería, me cuesta decirlo yo. Puedo decir cuál me gustaría que fuera. Cuando estaba corrigiendo el libro, pensaba mucho en Bocanada (1999), el segundo álbum solista de Gustavo Cerati. Mi cantante histórico favorito, aunque soy muy infiel como fan. Pensaba: “Ojalá algún día pueda hacer un libro que sea como Bocanada”. Me gusta mucho esa forma de trabajar con lo que ya existe y transfigurarlo, llevarlo a otro lugar, elevarlo, llevarlo a lo sideral. Eso hizo Gustavo muchas veces en Bocanada, tomando canciones de otros y transformándolas. Me acuerdo de escuchar por primera vez “Río Babel” o “Beautiful” y sentir que había llegado al cielo.

Si tuvieras que agregar ahora una nueva teoría sobre la literatura de las que aparecen en Una pequeña felicidad, ¿cuál sería?

Que la literatura transforma a la tristeza en una alfombra voladora.

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Fragmento de Una pequeña felicidad

Una constelación fugaz. Recién pase´ en el bondi por la puerta de una óptica, sobre 21 de Setiembre. El ómnibus freno´ un poco y entonces las vi: tres amigas que tendrían unos dieciocho an~os, preciosas pero comunes —es decir, como cualquier chiquilina—, cada una con un par de lentes oscuros, topi´simos, posando para unas selfies que una de ellas disparaba con el brazo estirado. Que´ lindas, pensé´. Que´ reinas. Imitaban las poses y los gestos de las misses, de las celebrities.

Pensé´ en mi adolescencia, en nuestras fotos de entonces. Nosotras posábamos como estatuas: rígidas, sin saber que´ hacer con la boca, con los brazos. Y encima, por el flash, salíamos con los ojos rojos como demonios. Y a nadie le parecía mal.

Mis amigas y yo. Tan acomplejadas, tan pendientes de no parecer que posábamos. Que no se notara si habíamos ido a la peluquería o si nos habíamos maquillado. La clave era esa: que no se notara. Porque posar era de hueca. Pero en el fondo, lo que pasaba era que creíamos que no lo merecíamos. Que no estábamos a la altura. Que para eso había que ser una estrella, no se´, Madonna. Britney.

Los chiquilines de ahora son todos reyes y reinas. Estrellas de una constelación brillante y fugaz.



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