En vísperas de una nueva visita papal a Uruguay, la película de Enrique Fernández y César Charlone regresa a los cines el 22 de octubre. Estrenada en 2007, su historia sobre un pueblo dispuesto a apostar lo poco que tiene por una promesa de prosperidad conserva una incómoda actualidad.

En 1988, los habitantes de Melo recibieron una noticia que parecía capaz de alterar, aunque fuera por unas horas, el curso de sus vidas: el papa Juan Pablo II visitaría la ciudad. Se calculaba que unas 50.000 personas llegarían para verlo. Para una población acostumbrada a ganarse el sustento con dificultad, aquella multitud representaba algo bastante más tangible que una bendición. Había que darle de comer, de beber y, eventualmente, un lugar donde ir al baño. La fe podía mover montañas, pero también prometía vender unos cuantos chorizos.

De esa mezcla de devoción, necesidad y oportunismo nació El baño del papa (2007), la película que Enrique Fernández y César Charlone dirigieron a partir de un guion del primero. Casi 20 años después de su estreno, y cuando Uruguay se prepara para recibir al papa León XIV en noviembre, la película regresa a las salas el próximo 22 de octubre. La coincidencia invita a revisar una de las obras más significativas del cine uruguayo reciente y a preguntarse cuánto ha cambiado realmente el país que retrata.

Su protagonista, Beto (César Troncoso), es un contrabandista que cruza la frontera con Brasil en bicicleta. Transporta mercadería de un lado al otro, esquiva los controles aduaneros y vuelve a casa con el cuerpo castigado por un trabajo que apenas alcanza para sostener a su familia. Beto tiene aspiraciones bastante modestas. Quisiera comprarse una moto, dejar de pedalear tantos kilómetros y ofrecerle a su esposa y a su hija una vida algo mejor. Cuando se anuncia la llegada del pontífice, descubre una oportunidad comercial que sus vecinos parecen haber pasado por alto: mientras todos preparan puestos de comida, él construirá un baño frente a su casa y cobrará por utilizarlo.

La ocurrencia tiene mucho de chiste popular, de esos que funcionan precisamente porque nadie puede discutir su lógica. También encierra una observación bastante cruel sobre la pobreza. Cuando las posibilidades de progreso son escasas, cualquier acontecimiento extraordinario puede convertirse en una oportunidad que parece imposible dejar pasar. Beto no pretende hacerse millonario. Le alcanza con ganar suficiente dinero para cambiar su suerte, aunque sea un poco.

Fernández y Charlone comprenden que el humor de esta historia depende de tomar en serio a sus personajes. Nunca presentan la idea del baño como una simple extravagancia. Para Beto, ese pequeño proyecto representa una inversión considerable; una apuesta que exige tiempo, esfuerzo y recursos que su familia apenas posee. La comicidad surge de la desproporción entre la magnitud de sus expectativas y la precariedad de los medios disponibles para cumplirlas.

Hay algo bastante doloroso en verlo dedicar tanta energía a una empresa cuyo éxito depende de circunstancias completamente ajenas a su voluntad. La llegada del papa se anuncia como un acontecimiento histórico, pero Beto necesita que también sea un buen negocio.

La interpretación de César Troncoso es decisiva. Su Beto es obstinado, ingenioso, orgulloso y, por momentos, desesperante. Puede inspirar ternura en una escena y provocar frustración en la siguiente. Troncoso evita convertirlo en un héroe de la adversidad. Le permite equivocarse, mentir, comprometer la tranquilidad familiar y aferrarse a decisiones que ya parecen indefendibles. En esa acumulación de pequeñas contradicciones aparece un personaje extraordinariamente reconocible.

Virginia Méndez, en el papel de Carmen, su esposa, aporta un contrapeso fundamental. Mientras Beto persigue una oportunidad excepcional, ella permanece vinculada a las obligaciones de todos los días. La tensión entre ambos revela uno de los conflictos más interesantes de la película: quién puede permitirse soñar y quién termina pagando las consecuencias de esos sueños. El entusiasmo emprendedor de Beto tiene un costo que difícilmente pueda calcularse únicamente en dinero.

También está Silvia, la hija, cuya ambición de convertirse en locutora introduce otra forma de imaginar el futuro. En una familia donde la supervivencia ocupa buena parte de las preocupaciones cotidianas, desear una profesión distinta implica empezar a concebir una vida fuera de los límites conocidos.

La cámara de Charlone, responsable de la fotografía de Ciudad de Dios (2002), observa el paisaje fronterizo con una atención poco frecuente. Los caminos de tierra, las bicicletas cargadas y las viviendas modestas forman parte de un territorio que condiciona cada decisión de sus habitantes. Las persecuciones de los contrabandistas, con sus movimientos por caminos abiertos y terrenos irregulares, adquieren por momentos una intensidad muy física. Se siente el esfuerzo del pedaleo y la vulnerabilidad de quienes dependen de sus piernas para ganarse la vida.

Existe una afinidad evidente entre El baño del papa y el neorrealismo italiano: el interés por los trabajadores, los problemas económicos convertidos en conflictos morales y la capacidad de encontrar dramatismo en acontecimientos aparentemente insignificantes. Es difícil no recordar Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio De Sica, aunque Fernández y Charlone incorporan una ironía particularmente rioplatense. En ambas películas, un medio de transporte puede determinar el destino de una familia.

El resultado tuvo una recepción internacional considerable. Presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes de 2007, la película obtuvo 17 premios internacionales, entre ellos el de Mejor Película en Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián. También recibió reconocimientos en Gramado, Huelva, La Habana y otros festivales. Su recorrido confirmó que una historia profundamente localizada en el interior uruguayo podía encontrar espectadores bastante lejos de Melo.

Sin embargo, reducirla a una película sobre la pobreza sería pasar por alto su observación más incómoda. El baño del papa también habla de la facilidad con que una comunidad entera puede organizar sus expectativas alrededor de una promesa. Los comerciantes compran mercadería, las familias invierten sus ahorros y todos calculan ganancias futuras con una confianza que tiene muy poco de racional. El entusiasmo circula de vecino en vecino hasta adquirir la apariencia de una certeza.

La religión ocupa un lugar curioso dentro de ese mecanismo. Juan Pablo II es el motivo de la celebración, pero su presencia importa menos que las transformaciones económicas imaginadas alrededor de su visita. Fernández y Charlone encuentran en eso una contradicción difícil de ignorar: un acontecimiento espiritual despierta una fiebre comercial entre personas para las que perder unos pocos pesos puede significar muchísimo.

Esa contradicción adquiere una resonancia particular en 2026. La próxima visita de León XIV vuelve a colocar a Uruguay frente a un acontecimiento religioso de escala internacional. El contexto es otro y sería ingenuo establecer equivalencias automáticas entre ambas épocas. Pero el regreso de El baño del papa recuerda que las grandes celebraciones también pueden observarse desde la experiencia de quienes quedan en sus márgenes.

Lo que permanece de la película es una imagen sencilla: un hombre que pedalea, se esfuerza y calcula cuánto le falta para conseguir algo que parece estar siempre un poco más adelante. Beto quiere progresar, pero las reglas del mundo que habita apenas le dejan margen para intentarlo. Su historia conserva el humor de una buena anécdota y la tristeza de una situación demasiado familiar.

En octubre, el público uruguayo tendrá la oportunidad de volver a verla en pantalla grande. Para quienes la conocieron en 2007, será también una ocasión de comprobar cómo han cambiado sus propias lecturas. Para quienes todavía no la vieron, la película ofrece una aproximación singular a un país que rara vez encuentra lugar en los relatos oficiales de sus grandes acontecimientos.

En Melo, durante aquellos días de 1988, todos esperaban que ocurriera algo extraordinario. Beto, por su parte, había depositado sus esperanzas en un baño.