En una esquina de Villa Dolores, entre 2 de Mayo y Líber Arce, se encuentra la Esquina del Mundo. Un establecimiento difícil de clasificar, pero que su propio dueño define de una forma aún más improbable: un “consultorio psiquiátrico gastronómico”.
Vinilos, cuadros, objetos que rescata de las ferias y platos caseros decoran el paisaje en el lugar que, aunque es un bar, escapa de cualquier intento de definición convencional. Juan Karakeosian, su dueño, creó un espacio para comer, escuchar música, conversar y compartir historias. Lo visualizó en torno a “la pascualina de mamá”, plato que elaboraba la madre de Juan y que se convirtió en la estrella de su menú. Desde su apertura, hace 15 años, el lugar fue construyendo una identidad propia, alimentada tanto por las inquietudes artísticas de su creador como por sus clientes. Y como en este lugar todo parece sobrenatural, Juan Karakeosian lo llama “criatura colectiva”. Una energía positiva que se gestó en torno al lugar, como resultado de la interacción entre Juan, los clientes asiduos y los amuletos que llevan para decorar las paredes. Dice que esa vibra protege el lugar: que vigila la calle y que, después de tres intentos de robo consecutivos, entendió que cualquier mala energía rebota del recinto. Que no es bienvenida por el propio bar.
En entrevista con Montevideo Portal, Karakeosian contó que proyecta una nueva etapa para La Esquina del Mundo. Recuperar la vereda como espacio de encuentro, con jornadas de tapeo, música y pequeñas exposiciones de arte al aire libre, especialmente los sábados al mediodía. Una invitación a salir del encierro, recuperar la vida de barrio y seguir haciendo de esa esquina un lugar donde, como él mismo dice, lo importante es disfrutar de todo aquello que afirma no poder explicar con palabras.
Si pensás de acá en adelante, ¿tenés alguna transformación en mente que te gustaría hacer? ¿Qué le falta?
Claro, ahora viene una época linda de juntarse todo el mundo. Yo tengo en la cabeza siempre el taller de ideas. ¿Qué es eso? Mucha gente desde los idiomas, de mostrar, de paisajes, desde viajes, armaron un puzzle de cosas que pueden surgir. Y a mí me ha sorprendido eso para lo que no estoy preparado, que sé que va a llegar. Y llega con el buen tiempo, porque la gente con el buen tiempo vuelve a aparecer, y veremos a dónde vamos.
Hace un rato hablabas de rescatar la dinámica que se da en la calle y los valores de familia.
Vivimos encerrados, estamos viviendo una época de encierro y de paranoia. A determinada hora, cuando se va la luz del día, cambia un poco la frecuencia. La Esquina es un foco que cuida el barrio, de alguna manera. Dicho por vecinos y porque hay luz, no está la calle oscura. Lo del mediodía me gusta porque fue uno de los inicios de toda esta película que yo quería hacer. La vitrola, los discos de vinilo, el tango, el folklore, y el juntarse al aperitivo, a la tortilla, al tapeo. Yo viví mucho tiempo en Granada, viví en Barcelona, y el tapeo es eso. Juntarse los vecinos, los amigos, y recuperar desde un punto el barrio. Me parece que es lo que hice. En la primera época, lo que más se ponía de moda era la noche, entonces no me daba el cuerpo para el día y la noche. Pero ahora quiero hacerlo los sábados al mediodía. Porque lo he hecho y me gustó.
La música es muy importante en la Esquina del Mundo. ¿Cuáles son las canciones que no pueden faltar?
Yo pongo vinilo. Tengo muchos vinilos, pero tengo como mis 10- 12 que son los que siempre pongo. Sinatra, David Bowie, Ella Fitzgerald, Tina Washington, B.B. King, Gypsy Kings, un poco Serrat. Hay un poco de todo, The Police. La música de vinilo también es La Esquina del Mundo. Siempre me gustó para los mediodías, ahora los meto todos los días. Y vinilos que aparecen por todos lados, tengo muchos. Ahora le estoy dando mucho al tango, también.
Tenés muy presente el intento de rescatar la cultura, de preservarla. ¿Hace falta?
Sí, claro. La esquina es eso. Un lugar que se identifica. Más que rescatar, eso es para darle a la gente un espacio para perder el tiempo, para recrearse y para disfrutar un poco de eso invisible que se creó. No por mí, por todos. Es la buena energía.
Eso que comentás tiene que ver con un concepto que usás mucho: “la criatura colectiva”.
Criatura colectiva es todo eso. Porque cuando arranqué este viaje siempre pensaba quién iba a armar la clientela de este lugar. Los del club allá, los de este club, los borrachos. Y con el tiempo me di cuenta de que lo creó la propia gente a través de una conexión invisible, que es la energía, la esencia, lo invisible, lo que uno no tiene muchas palabras para expresar. Porque también en todo este tiempo la gente que viene con mala vibra rebota. Entraron tres veces a robar y rebotaron. Hay algo invisible que protege el lugar, y creo que es estar armado, nacido y formado por la buena energía de cada uno. Que todos tenemos buena energía. Y me lo ha transmitido gente desconocida. Esa es la criatura colectiva.
La energía positiva de la gente que lo vive.
La energía positiva que transmite la gente en un lugar que recibe, y que también a la vez acompaña, protege y hace que todo sea para disfrutar y para agradecer ese momentito que estás ahí. Escapar un poco de la máquina del día a día, de todos los compromisos que uno tiene, que está corriendo casi siempre.
Contás que fueron a robar tres veces y rebotaron las tres. ¿A qué lo atribuís? ¿A la criatura colectiva?
Sí, la primera vez la atribuyo a que no entendieron muy bien lo que es el lugar. Porque tiene un paisaje, un montón de decoración, que es lo que desencaja a una persona. La energía y también mi contestación, de que es un “consultorio psiquiátrico”. Eso por un lado. Y la segunda vez, yo creo que fue eso, no sé. Tampoco hay caja, no hay nada. Hay obras muy valiosas, que yo me enteré preguntándole a los artistas el valor, porque no sabía. Pero la gente que está necesitada de robar no tiene ni idea de lo que vale tal pintura, tal cuadro, porque también hay de todo. Hay un collage de diferentes obras que rebotaron. Uno me pidió un cuadro, le regalé uno que tenía. A otro le dije que era un consultorio. Y los otros que entraron fue una noche muy especial, que por la humedad yo no pude cerrar la puerta de adentro y quedó solo la cortina. Por eso entraron, tipo 4 de la mañana.
Me acuerdo de que entraron con máscaras de Halloween, eran dos. Y yo me imagino a esos muchachos que entraron regalados en ese viaje. Porque es un viaje el entrar a robar, jugar con máscaras de Halloween y terminar entrando en La Esquina a las 4 de la mañana, con el ruido de la cortina que despierta a toda la manzana. Y no hay caja, no hay nada. Se llevaron unas botellas. Y fue esa la experiencia que tuve. Más de mucha gente que en épocas de mucho alboroto se la vio muy alterada, alborotada, y La Esquina te para un poquito, te hace detenerte. “Quedate acá, tranquilo”. Tiene esa paz instalada. En el aire, en lo invisible, en lo que no se puede explicar. Yo no puedo explicar todo esto en un reel, en un video. Por más que pueda poner el mejor plato, la mejor moza, la mejor decoración, hay algo que tenés que disfrutarlo y respirarlo tú.
¿Por eso es un consultorio psiquiátrico?
Yo siempre lo puse así porque va mucha gente, gente de todos los viajes. Yo soy el receptor, y mi profesión es un poco también escuchar, pero tengo también como unas placas aplastadas mentales, de tantas cosas que te dice la gente que vos en un momento te das cuenta de que no le preguntaste nada. Y la gente va al bar porque es un consultorio. Va a hablar de lo que le pasó, hablar del partido, de la ex. Todo eso es parte de mi profesión también: escuchar, hablar y atender. Lo de “psiquiátrico” es porque es parte de la locura que vivimos. Y lo de “buena energía” por todo lo que te dije anteriormente. Que hay buena vibra.