Por Catalina Zabala
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Gustavo Kreiman es un crítico del mundo. Considera que cultiva víctimas para señalarlas después. Es dramaturgo, y dice que para conectar con la alteridad es necesario conectar con el mundo interno primero. Animarse a mirar las partes más oscuras de la identidad y compartirlas.
Por eso escribió Díptico de los padres, una obra compuesta por la historia de su padre, la de su madre, y, como consecuencia, su propia historia. Una que atraviesa idas y venidas, subidas y bajadas, pero que se presenta como un acto de honestidad, sin tapujos por parte de su autor.
La obra dura dos horas con un corte en el medio. Una decisión que para Gustavo tiene que ver con invitar a la reflexión, una que considera que falta en los medios actuales. En el discurso popular. La obra se reestrenó este martes 2 de junio en la Sala Verdi, y las entradas pueden adquirirse aquí.
Díptico de los padres tiene a tu vida personal y familiar como centro. ¿Cómo viviste ese proceso de llevar tu intimidad al público? ¿Cuál fue la parte más difícil?
Es la primera vez que hago algo autoficcional y de hecho casi no hay cosas ficcionales en la obra. Yo siento que la parte más de ficción tiene que ver con la poesía, pero no es que haya eventos o cuentos de cosas que no me hayan pasado. Es todo bastante vivencial y es un viaje, nunca lo había hecho y espero que sea la última vez que lo haga también. Sinceramente, no es algo a lo que me interese volver. Salió de la necesidad, en un momento la obra dice en chiste que uno no elige la obra que escribe, sino que la obra lo elige a uno. Pasó un poco eso; esto surgió de un ejercicio de la Tecnicatura en Dramaturgia, estábamos estudiando teatro posdramático. Empecé a escribir algo como para hacer el ejercicio y no sentía que tuviera ningún anclaje, entonces decidí escribir sobre mi viejo, que tiene un montón de quilombos.
Era un archivo que había quedado guardado, pero después se editó y me pasaba que a mis amigos y personas que les compartía ese archivo me decían que estaba buenísimo, y eso no me pasa tanto. Luego me pareció que tenía que escribirle una obra a mi vieja, y ahí creo que empecé a tomar más conciencia de lo que estaba haciendo. Me fui a Córdoba, la entrevisté a ella, estuvimos charlando un montón de horas en plan entrevista, como ya pensando en la obra. Yo ya tenía algunas cosas escritas sueltas, entonces las íbamos comentando. Le pedí que me escribiera una carta. Después la obra de mi madre quedó más larga, entonces quise agrandar la de mi padre y ahí se armó esta idea de díptico, de que fueran parte de una misma obra.
Yo siento que es como la puesta en escena de un proceso de escritura, la obra es muy metaliteraria en el sentido de que se está escribiendo en escena. Lo más interesante que me queda a mí es que la obra que se ve en escena es la reproducción de la obra que no voy a poder reproducir jamás, que es enfrentarme a estas cosas mías y de mis viejos; charlar con ellos, pedirles que me escribieran poemas. Es algo que si no hubiera hecho la obra no habría vivido, y siento que eso fue lo mejor. El proceso de escritura me llevó a conectar con mis viejos desde un lugar que de otra forma no habría conectado. Sí hay algo de la exposición de la intimidad que siento que empezó a estar atravesado por dos cosas. Por un lado, esto de que lo universal está en el fondo de lo singular. Es en el fondo de lo singular donde podés encontrar cosas universales. Entonces sentía que, para que esta obra pudiera conmover o generar un puente emocional con los espectadores, tenía que ir al fondo de mí mismo. No plantear cosas genéricas.
Siento que cuando queremos construir cosas universales yendo para afuera nos volvemos más genéricos, queda más trillado. Y si vas al fondo de vos mismo es un lugar donde todos somos bastante parecidos, más allá del género o de las ideas. Hay un núcleo emocional en el que somos muy parecidos. Fue una condición de procedimiento, tenía que ir al fondo de mí mismo para que eso pudiera conmover a otros desde su vínculo con sus padres y sus cosas. Otro capítulo fue cuando me di cuenta de que la obra también hablaba de salud mental. Habiendo sido paciente psicoanalítico y psiquiátrico, me parece que las categorías de los discursos clínicos son superfrías, impersonales o estigmatizantes a veces. Una persona que tiene quilombos de salud mental en una sociedad hoy es porque está resonando con un mundo que está tronado. Y en ese sentido, los discursos clínicos, aunque no lo quieran, terminan responsabilizando un poco más al sujeto o planteándolo desde un lugar más subjetivo y químico. Ahí entendí que tenía que ser honesto con el tema para que el arte pudiera decir cosas que los discursos clínicos no pueden.
Foto: Javier Noceti
¿No lo volverías a hacer por la experiencia de mostrarte vulnerable o simplemente no te interesa más abordarlo?
Fue una experiencia de mucho goce, obviamente muy movilizadora. La escritura fue medio border, realmente fue un proceso que me comprometió el cuerpo como no me había pasado nunca. Realmente, cuando terminé de escribir Animus, que es la obra para mi madre, me subí la medicación un par de días después. Y creo que es el riesgo que corremos. No creo que el sufrimiento sea una condición para crear, pero es el riesgo que corrés. Te metés con la sensibilidad, vas a fondo y te puede pasar. Después, toda la experiencia de montaje y puesta en escena fue un goce y me siento afortunado de poder trabajar con Carla y Fernando, de haber podido elegir a mis padres ficcionales que son dos personas que admiro y que son divinos compañeros de laburo.
Todo el equipo de trabajo que se armó fue un lujo. Creo que no lo haría más, porque siento que no soy tan interesante, lo que tenía para contar desde el yo ya lo puse en esta obra. No es un género que en sí mismo me interese en particular, me gusta, pero no creo que sea el único lugar desde el que se puede crear. Sí me pasó que después de estar todo un año trabajando en el yo y en mi vida salí con unas ganas locas de conectar con universos de otros, poéticas ajenas. Lo interesante de tratar algo del yo o desde la singularidad es matarte un poco, es un ejercicio de destrucción de uno mismo y creación de otras cosas. Siento que la viví y estuvo buena, pero ahora tengo más ganas de conectar con poéticas y estéticas de otros, hacer cosas un poco más vitales.
La muerte es un tema importante dentro de la obra. ¿Cómo decidiste encarar el tema? ¿Hay algo para aportar desde el teatro?
Está muy buena la pregunta, yo creo que sí. El arte tiene mucho para decir de la muerte y la muerte tiene mucho para decir del arte. Me parece que en otros momentos históricos teníamos un vínculo con la muerte mucho más cotidiano, porque veíamos cadáveres con frecuencia o porque la gente se moría antes. Pero no se vivía como ahora, que es algo que nos asusta y que hay que ocultar. Creo que la pandemia en ese sentido nos ayudó a enfrentarnos con la cercanía de la muerte como hacía tiempo que no hacíamos, y justamente por eso se desestabilizaron tantas cosas.
Creo que nuestra respuesta a eso fue supercompulsiva, frente a la muerte cercana consumimos y pensamos menos. Me parece que la manera de conectar con la muerte de una manera más cuidada tiene que ver con lo estético y con rituales muy específicos, pero el arte tiene mucho que ver con eso. El arte es una manera de morir y renacer, de recrear y pensar desde otro lugar ese vínculo con la muerte.
Me parece que morir es un arte y que hay algo de la aceptación de la idea de finitud que viene muy del existencialismo y del budismo, pero que hay algo que se vivifica. No necesariamente es triste. En esa aceptación de la finitud hay una celebración de la vida muy grande. El teatro te enfrenta muchísimo con eso porque además es presente puro, pero se acaba, y los personajes mueren cuando se baja el telón. El rito del teatro está muy conectado con la muerte. La obra presenta la idea de que mis viejos se van a morir y que yo estoy lejos, y me da un poco de culpa o preocupación. A partir de eso me pongo a pensar en mi muerte y en las ideas de suicidio que tuve, y ahí también me parece que está bueno poder vincularse con esas cosas de manera más natural, y así tener maneras más fértiles de abordarlo.
Obviamente, hay que tratar de que la gente no lo haga y generar redes de cuidado a nivel social y político, pero se le tiene un miedo supersticioso, y lo que está latente en eso es que justamente no es una idea tan mala. No es necesariamente una enfermedad o un corrimiento de la realidad tan zarpado. No querer vivir en el mundo como está dado es un plan viable y me parece legítimo. Hay que tratar de ayudar a las personas, pero no es que esa idea me parezca un delirio. Por suerte yo ya no estoy ahí y vivo desde otro lugar, pero cuando no quería participar de la vida como juego absurdo y cruel en el que todo tenía tan poco sentido, entendía que quien quiera salirse del plan de la vida no es el culpable. Y nos ponemos a hablar de suicidio justamente para no hablar de lo otro, porque duele.
Parte de ser adulto es fingir demencia y tirar para adelante, procrear o tener trabajos y cosas que te hagan olvidar del absurdo, justamente para seguir para adelante. Porque cuando conectás con ese sentido del absurdo y de la hostilidad que te rodea, es duro y es insoportable. Me parece que lo estigmatizamos para no hacernos cargo de lo mal que estamos en las otras áreas. Creo que el arte es un ritual en el que podés hablar de cosas muy profundas de una manera segura y cuidada, y de hecho lo lindo que tiene el arte es que te permite echar una luz a zonas muy oscuras de la existencia.
Foto: Javier Noceti
¿Planteás que hay un discurso social con aversión al suicidio, cuando el problema está en el funcionamiento no grato de un mundo que genera esas ideas?
Yo lo cuento desde mi experiencia y de haberlo padecido, no tengo herramientas de especialistas ni soy psiquiatra. Lo que para mí es interesante, y no inventé nada, es que la salud mental es un hecho social, no un hecho subjetivo. La enfermedad o el padecimiento es una repercusión subjetiva de algo que sucede a nivel social. No quiero idealizar a los suicidas ni a los pacientes psiquiátricos, sobre todo porque no hay nada que romantizar porque se sufre y hace sufrir a los demás. Pero es una manera conveniente pensarlo como una persona que está enferma y que hay que curar, como si por afuera las cosas se estuvieran haciendo bien y el sistema psiquiátrico no fuera a veces responsable o partícipe de las cosas que hacen que el mundo esté como está.
Los psicólogos son necesarios y realmente te otorgan herramientas para estar mejor, pero también el psicoanálisis a veces es parte del problema y no de la solución. Te otorgan herramientas para ser funcional en un mundo rarísimo, una manera de participar en este absurdo. Y yo no quiero participar ni ser funcional a todo, no quiero ser uno más de una cosa que de afuera se ve rara. Y ahí es donde aparecen ciertos estigmas o discursos psiquiatrizantes. Hoy tener problemas de salud mental es la norma, no es la excepción. Es un tema estadístico en todos los países, tiene mucho que ver el avance de las nuevas tecnologías y de la voracidad del capitalismo. Si eso es lo que está pasando, creo que es un poco autoindulgente decir que solo hay algunas personas enfermas. Es negación, estamos todos rotos viendo qué hacer, algunos lo contamos y otros no. Yo voy al fondo de mí mismo porque siento que desde ahí es de donde puedo dialogar con otros, porque no tengo herramientas para hablar de qué pasa a nivel social.
Se habla de una supremacía del humor y la comedia como género en el teatro. ¿Creés que esto es así o, efectivamente, hay lugar para otras cosas como esta?
Creo que eso está presente en el sentido más masivo, esa idea de que el mundo está tan mal que hay que ir al teatro a entretenerse. También creo que lo maravilloso del teatro es que es un arte muy frágil, cualquier milagro que podamos generar a nivel artístico es un milagro artesanal. Literalmente, está hecho con dos poleas y unos cuerpos revolcándose en la oscuridad. Como nuestro material de trabajo es tan artesanal, a veces es un poco gracioso y ridículo. Realmente es muy difícil en el teatro generar espesuras dramáticas que estén buenas y que te las creas, porque si no te tiende a dar gracia. Son unos adultos haciendo monerías arriba de un escenario, y vas desde la risa o la vergüenza ajena.
Me parece que tiene una dificultad para que se arme, obviamente hay muchísimos casos en los cuales se logra espectacularmente. Pero creo que por el tipo de pacto que hay siempre es todo muy cachivache. Tiende más a la risa, y hay algo de la comedia que puede explotar esa artesanía del teatro desde un lugar muy lúdico y divertido. Pero en el siglo pasado la hegemonía era hacer dramas burgueses como conflictos vinculados al realismo, y me parece que se pueden hacer de forma muy interesante. No creo que sean cosas que estén peleadas, esta obra tiene un montón de drama, pero tiene humor también, y en un momento, justamente, se ríe de las cosas que estamos haciendo. Creo que también va por los medios de comunicación, nos están domesticando la atención de una manera muy superficial y corta en la que nos cuesta profundizar. Leer un texto largo. Todos hablamos de eso para expiar nuestras culpas, pero ninguno lee un texto largo, por ejemplo. Estamos en un momento en el que parece que no sirve tanto pensar, hoy es un embole y la norma es un streamer que hace chistes internos y no entendés lo que está pasando. No se discuten conceptos con complejidad.
Por Catalina Zabala
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