Gabriel Calderón: “El arte teatral es tal vez el arte más humano de todos”
La obra más reciente de su pentalogía formó parte de la décima edición del Festival Internacional de Artes Escénicas.
Por Catalina Zabala
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AY- La miseria nos hará felices (2026), de Gabriel Calderón, parte de una posibilidad inquietante: un mundo en el que los robots y la inteligencia artificial terminan por suplantar a los seres humanos, incluso en el teatro. Pero no anticipa el futuro, la búsqueda es otra. Se pregunta qué perderíamos en ese proceso y cuánto valor tienen aquellas dimensiones de lo humano que la lógica de la eficiencia suele considerar defectos: el error, el fracaso, la improductividad y la inutilidad. ¿Extrañaríamos todo eso?
En una época obsesionada con el rendimiento y el éxito asegurado, la fragilidad y el carácter irrepetible de una función teatral se convierten en una forma de resistencia. En palabras de Calderón, "el teatro muere, como los humanos".
Construye un universo metateatral que se cuestiona toda la existencia, como hacían Calderón de la Barca, Shakespeare o Chéjov. La obra se inscribe así en una discusión contemporánea sin renunciar a las preguntas de siempre: qué nos hace humanos y qué merece la pena preservar de nuestra experiencia, incluso aquello que hoy nos empeñamos en evitar. En entrevista con LatidoBEAT, el dramaturgo Gabriel Calderón habló sobre el vínculo entre la inteligencia artificial y las artes escénicas, y el valor del fracaso.
La obra se estrenó en la Sala Verdi, donde aún tiene funciones, e integró la grilla del Festival Internacional de Artes Escénicas (FIDAE). Un evento que vuelve a apostar por el encuentro entre lo local y lo internacional, las grandes compañías y los pequeños equipos, los espectadores habituales y quienes se acercan por primera vez al teatro. El festival reúne 36 espectáculos en Montevideo, Paysandú y San José, con una fuerte presencia de obras nacionales y propuestas que exploran los límites de las artes escénicas contemporáneas. Comenzó el 9 de octubre y seguirá ofreciendo funciones hasta el domingo 18 de octubre, con títulos como Elefante, un vacío enorme, de Lía Jaluff y Sebastián Báez, Gala Folclórica: gala latinoamericana de danza de pareja y Hola fin del mundo, de Andrés Papaleo, entre otras. Las entradas se encuentran disponibles y pueden adquirirse aquí.
Foto: Carlos Dossena
La miseria nos hará felices tiene una característica distópica fuerte, pero no habla tanto del futuro, sino del presente. ¿Recordás un momento concreto en el que decidiste que querías escribir sobre esto?
Sí, tenía la idea hace tiempo en la cabeza una obra que trabajara sobre robots y máquinas, sobre todo porque yo buscaba una obra que terminara la pentalogía, y ahí yo había trabajado elementos fantásticos. Y ahora, con la inteligencia artificial, que es una discusión de los últimos dos años, fue que me cerró un poco la idea. Se juntaron robots e inteligencia artificial, y la posibilidad es que los robots sean inteligentes y perfeccionables y puedan poco a poco suplantarnos. Entonces la idea del robot tomó otra estatura, eso de que sea una suplencia y posiblemente una mejora de lo humano. Y esta obra fue hace dos años, porque yo la escribí hace dos años y la estrené en diciembre del año pasado.
Tiene mucho de metateatro. ¿Cómo la pensaste para que conectara con un público general, quizás más ajeno a la disciplina?
Ahí me apoyé en Calderón de la Barca. Lo que pasa es que viste que ahora se está utilizando en el teatro el concepto de la autoficción. Yo hablo mucho con Sergio Blanco, que es uno de los pioneros y sobre todo teórico de la temática, pero de esa manera la metateatralidad es la autoficción de otra época. La autoficción se trata de tomar temas propios de la vida o la biografía de uno y ficcionar ciertas partes. Utilizarlo y que uno no sepa que está mintiendo. Pero cuando uno utiliza su vida, está tomando el territorio del que más conoce. Probablemente haya otros en tu familia que compartan ese territorio, pero si se trata de tu vida vos sos la reina o el rey de ese territorio. En otra época, como con Calderón de la Barca, de Shakespeare o de Chéjov para no irnos tan lejos, como no se utilizaba hablar de uno mismo sí se utilizaba hablar de lo que uno sabía, es decir, llevar la obra a los terrenos que uno conoce. Y por eso, si uno ve a Calderón, Lope de Vega, Chéjov, Sakespeare, ve una y otra vez obras metateatrales. Obras que hablan del teatro. Desde La gaviota (1895) hasta El gran teatro del mundo (1655) e infinidad de obras, había muchas reflexiones sobre el mundo del teatro que en realidad estaban utilizando al teatro para hablar de algo que no era teatral, que es la vida. Entonces en realidad lo que hago es inscribirme en una tradición, sobre todo porque iba a estrenar esta obra en España y me parecía que si estos actores hacían y encima mi nombre es Calderón, yo tenía que hacer un homenaje a uno de los grandes escritores de la metateatralidad, que fue Calderón de la Barca, que escribió varias obras sobre el mundo del teatro.
Foto: Javier Noceti
Y a la hora de tratar el tema de la inteligencia artificial, ¿lo hiciste desde una preocupación de a dónde nos va a llevar, o desde la tranquilidad de que la humanidad es irremplazable?
Ni lo uno ni lo otro. Mi reflexión no es tanto sobre la inteligencia artificial, yo no tengo la menor idea sobre eso. El pequeño espacio que encontré para reflexionar es: si la inteligencia artificial nos suplanta, y eso es posible —yo no digo que sea inevitable, pero lógicamente ahora es posible—, pues se abre una reflexión sobre qué tan bueno y qué tan malo era lo que hacíamos y cuánto vale la pena recuperarlo. La obra va sobre ello, sobre un supuesto escenario tal vez no deseable, que es que nunca más volveremos a hacer teatro, y personajes a los que les toca recordar. Tal vez recordar con amor cosas que hoy decimos que son horribles. Tal vez hoy nadie quiere un fracaso, que la gente no venga, pero tal vez es mejor a que vengan robots a los que les guste pase lo que pase, el aplauso mecanizado o el éxito asegurado.
Allí hay toda una serie de reflexiones que tienen que ver con la eficacia, la productividad y la eficiencia, que poco a poco parecen o pertenecerían más al mundo de la inteligencia artificial. Eso libera a lo humano, ese es mi juego o mi aporte teatral. Hay muchas cosas que no perseguíamos y que tal vez nos hacen profundamente humanos, como la ineficiencia, la improductividad, el error, el fracaso. Y si uno piensa en ineficiencia, improductividad, error y fracaso, es básicamente una definición del teatro. El teatro es ineficiente, porque hay que gastar siempre la misma energía para resultados muy distintos y a veces no se obtienen resultados. Es improductivo porque lo que se produce no se puede mantener, al otro día hay que volver a hacer toda la obra, no basta con hacerla una vez. Es profundamente inútil, porque su utilidad no es capaz de producir algo medible y capitalizable, y al final es un mundo en donde lo que la hace distinta y le da valor es el posible error, como en el circo. La caída del malabarista o el fallo del hombre que pone la cabeza en un león es lo que nos interesa de ver todo ese procedimiento. Si fueran solo robots parece que hay algo muerto, o por lo menos a los que hacemos teatro nos deja de interesar.
Es que más allá de una coyuntura concreta de IA, la reivindicación del valor del arte es algo que siempre estuvo, ¿no?
Sí, es que la pieza para mí es simplemente volver a decir en el teatro algo que muchos dijeron antes que nosotros y que yo. El arte teatral es tal vez el arte más humano de todos, no solo porque está hecho de errores y de fracasos, y así somos las personas, sino porque además, a diferencia de la inteligencia artificial, de las máquinas, y a diferencia de mucho arte que logra sobrevivir, el teatro muere, como los humanos. Al teatro vos no lo podés recuperar, no podés ver las obras que yo hice hace 20 años, yo no puedo ver las de Margarita Xirgu. Se han quedado, se diluyeron en el tiempo con las personas que lo hicieron. Y ese estatus, esa esencia efímera de la que habla todo el mundo en realidad es una cosa profundamente humana, entonces la obra juega con eso.
Foto: Carlos Dossena
Las distopías quizás no son tan frecuentes en el arte uruguayo. Estamos muy acostumbrados a verlas en películas estadounidenses. ¿Cómo lo ves vos?
No sé, obras de literatura hay muchas distópicas. Y yo me basé más en eso. Yo sobre todo trabajé con Philip Dick y con Asimov, un poco con Borges. Ahora leyendo contemporáneamente un poco el terror de Mariana Enriquez. Mugre rosa (2020) también, es una distopía también uruguaya que es buenísima, de Fernanda Trías. Peveroni también escribió alguna distopía, Ramiro Sanchiz, lo que pasa es que en la literatura sí es mucho más común. En lo que es más reciente tenés razón, es la utilización del cine, y ahí el cine nacional es mucho menos producción relacionada, entonces como se hacen menos películas probablemente se hacen menos, y yo no veo tanto, entonces no sé cuál es la producción. Pero en el mundo de la literatura me animaría a decir que hay producción nacional también referida a ese área de lo fantástico.
¿Te gustó escribir sobre esto? ¿Harías más distopías de acá en adelante?
Me gustó escribir sobre esto, siempre me gusta. Yo tengo algunas otras obras que si no son distopías andan ahí, lo que pasa es que ninguna trabajaba sobre un tema tan actual. Cuando trabajaba en Uz, el pueblo (2006), era un pueblo que se parece al nuestro pero no es, y en Or y en Ex lo mismo. Lo que les faltaba a esas obras en relación a esta era el elemento del futuro, que la vuelve una distopía clara. Yo había quedado muy fascinado por la lectura de El hombre en el castillo (1962) de Philip Dick, en donde él cambiaba nada más un elemento del pasado, que Los Aliados perdían la Segunda Guerra Mundial, y los nazis se hacían de toda América del Norte.
Había quedado muy fascinado con esa idea de cómo trastocar un hecho histórico podía devenir en una realidad posible. Uno ya no opina si es probable. Entonces esta obra se basa en eso, en cambiar no un acto del pasado, pero sí un acto inminente del presente. Estamos en la cresta de la ola discutiendo sin saber si la inteligencia nos va a suplantar, que es el fin de la humanidad, y yo me animo a imaginar esa realidad ya completa. Y trato de sacarla; tal vez no lo logro, pero trato de sacar la crítica evidente. Porque me parece que la crítica evidente corresponde a otro campo, que es el de la sociología, o al de la investigación histórica y tecnológica. A la gente que hacemos teatro nos compete más que con esa idea hay que poner buenos momentos de teatro, hay que darles momentos a los actores y a las actrices que son gigantes. En este caso los cuatro están en escena, yo los admiro y hago teatro para verlos a ellos a actuar, entonces lo que quería era que esta obra les diera momentos de actuación.
Por Catalina Zabala
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