Pablo Izmirlian empezó a trabajar en 2017 en un libro sobre el debut de El Peyote Asesino, para la entonces naciente colección Discos de Estuario Editora. Pasaban 22 años de la publicación del álbum homónimo, pero la banda de Fernando Santullo, Juan Campodónico, Carlos Casacuberta, Daniel Benia y Pepe Canedo había actuado ese mismo año en La Trastienda e Izmirlian había comprobado que no solo mantenían el público —ya entrado en la mediana edad— sino que habían llegado a jóvenes que ni habían nacido cuando L. Mental agarró por primera vez un micrófono. Era un buen momento para volver a mirar aquel disco de 1995.

Sin embargo, tardó en escribirlo: lo entregó recién en marzo de 2024. Tanto tiempo pasó que en el ínterin El Peyote volvió a juntarse (oficialmente y ya no para reuniones esporádicas) y hasta editó un disco de material nuevo: Serial, de 2021. Pero el año electoral pateó la publicación del libro para setiembre de 2025. Y problemas de salud de Pablo pospusieron todavía un año más la presentación oficial.

Ahora sí: El Peyote Asesino finalmente está acá.

Si bien la colección Discos, inspirada en la anglófona 33 1/3, abre un abanico de posibilidades para que los autores escriban sobre los álbumes rioplatenses que hayan elegido, el de Izmirlian es un libro concreto y al punto, estrictamente periodístico. Por su bagaje de periodista cultural, podría el propio Pablo analizar las canciones. En cambio, elige correrse y dejar que lo hagan los integrantes de la banda. Podría también darle más lugar a su perspectiva de fan, de aquel adolescente que casi de casualidad se encontró en un pogo en el boliche Aquí Nomás una noche de mediados de los 90 viendo al Peyote levantar los techos, pero prefiere que los protagonistas hablen sin más interferencia que la niebla de sus propias memorias.

Aprovechando que quien escribe conoce a Pablo, trabajó con él en el programa radial En Perspectiva y aprendió de él en alguna que otra noche tardera, hagamos entonces lo que Pablo no hizo: dejemos que hable él, que cuente de la cocina del libro y su mirada de un disco mojón previo a que explotara el rock nacional.

¿Qué es el Peyote para vos?

El Peyote es una parte de mi adolescencia. Una parte muy importante. En el libro, Matilde Campodónico, la hermana de Juan, me decía: “El Peyote le decía a la gente lo que la gente quería escuchar en ese momento”. Y yo creo que a mí también me pasó. Por la edad que tenía, por el momento que estábamos viviendo, la conexión fue como inmediata. Entonces el Peyote es eso, es una banda... “formativa” suena demasiado serio. Una banda de la que yo me apropié. Ahora como hay tanto acceso a la información, vos podés apropiarte de cualquier cosa que quieras, pero la forma en que yo llegué a ellos, medio de casualidad; yo los conocía de nombre, pero que esa noche haya terminado ahí en Aquí Nomás, en un pogo, con 17 años… como que habías entrado a un club secreto.

Las joyas de la época analógica.

Claro. Y entonces, como yo me identifiqué mucho con esa banda, con la música, capaz que, sin darme cuenta, con cierto humor que tenían. Seguramente no fui muy consciente de eso, pero ahora que lo pienso también es un atractivo. Eso de los personajes, L-Mental. Te dabas cuenta que era un poco en chiste. Matilde también el otro día en la presentación decía: “El Peyote Asesino es como un ente autónomo”. O sea, es todo como una ficción. Cuando estábamos ahí en la mesa, yo decía: “Eso, eso es cierto y es parte del atractivo de la banda”, pero yo diría que nadie razona así para engancharse. La banda te engancha porque está buena. Una cosa muy visceral, la fuerza que ellos tenían. Y además sonaban muy bien, tocaban muy bien. Era una cosa atípica en todo sentido. Y yo me apropié de eso.

El disco se suena todo. Puede sorprender porque el siguiente lo grabaron con Gustavo Santaolalla en Los Ángeles, pero este es mucho más casero...

Eso es una cosa que yo intenté por lo menos relativizar, esa idea de que el disco no fue grabado en buenas condiciones. El estudio ese de [Luis] Restuccia era lo mejor que había en Uruguay, en Montevideo, a mediados de los 90. Un estudio nuevo. La prueba más contundente de eso es que cuando ellos van a Los Ángeles, en el disco [Terraja, de 1998] hay temas que están en el primer disco, que son las tomas que hizo Restuccia en el estudio del Cordón. Restuccia me lo dijo en las entrevistas: “Vos en el estudio sacás una foto de algo que pasó”. Y eso es único e irrepetible. Restuccia vendría de grabar a Jaime Roos, pero digamos que sabía sacar fotos. Y lo que pasó ahí estuvo muy potente. Él también lo dice, o sea ellos se pasaron de una especie de desconfianza mutua, de “estos guachos quiénes son” y ellos, “este viejo qué sabe”, y terminaron comulgando uno con el otro y confiando y cooperando y con una idea en común.

Estos días que lo estuve escuchando bastante el primer disco, digo: “Estos locos le robaron pila a Molotov”. Por el sonido y por cómo rapeaban con acento mexicano [las familias de Santullo, Casacuberta y Campodónico se exiliaron durante la dictadura en México]. Después vi que el primer disco de Molotov salió en 1997. O sea, en cualquier caso Molotov le habría robado al Peyote.

Eso era raro también. El Peyote tenía todas esas mexicaneadas, pero tenías: “Me bajé en el barrio, me metí en un bar y pedí una Matutina”. También tenías las cosas recontra uruguayas. No habías escuchado al rock uruguayo expresándose de esa manera. Aunque me acuerdo que en el Maraviya de Buitres, que es un poquito anterior [de 1993], había cosas un poco en broma.

Estaba el Cuarteto, también.

Pero el Cuarteto no sonaba metalero como suena Peyote, que lo veías y te volaba la peluca. El otro día en la presentación salió eso: ellos generaban una cosa como que te daban miedo. De que si vos ibas a un toque de Peyote, te iba a pasar algo que no iba a estar bueno. Que estaba poniendo en riesgo tu integridad física.

Es gracioso, porque después Santullo es un sociólogo que escribe en Búsqueda, Casacuberta es economista, docente de grado 5; Campodónico tiene pinta de empresario de la inteligencia artificial. Y Pepe Canedo, que prácticamente es un Hare Krishna.

Me lo decía también Fernando, está en el libro [sobre la canción “Chupando la cuchara”]: “Ah, ‘chupando de la cuchara’, está hablando de la droga”. Y dice: “No, yo termino el toque y me tomo una Coca-Cola. Lo máximo, lo más duro que me tomo es una cerveza”. “Chupando la cuchara” tenía un sonido, ch-ch, y eso funcionaba. Eso me gustó de las entrevistas, de poder indagar un poco en cómo ellos llegaron a las cosas.

En el proceso creativo.

Que a veces uno piensa “se inspiraron”, o “les gustaba tal cosa”. Pero eso es parte de lo que no se ve. Vos no es que llegás al Peyote porque “ah, mirá, toda la toma de decisiones y el proceso, cómo decanta en esto”. No, a vos te parece que ellos patearon una puerta y dijeron: “No me toqués el parlante”. Es como los efectos especiales, que vos te la creés y no sabés qué pasó atrás.

Por ejemplo, en eso del detrás de escena, en el libro Casacuberta cuenta cómo desarrolló su pose de rapero.

Casacuberta se suma a la banda que ya existía; Santullo ya era el rapero. Entonces, si va a haber dos voces, ¿cómo iban a interactuar? Lo dice Carlos en el libro, si él era el pesado, “yo voy a ser el que le hace el contrapunto, más ligero y más de tomarle el pelo, de ser más agudo”.

O cuando me contaban que la versión original de “Todos muertos” era una especie de reggae, así re paloma. Benia decía “re franela, un divague”. Y después eso terminó siendo [canta la versión rockera]. Que tiene algo del rock uruguayo de los 80, pero después se pone [imita el sonido hiphopero]. Todas esas cosas eran piñazos. Piñazos que decís: “Esto está buenísimo”. Y te invitaba a saltar, a divertirte.

En contraste con el rock posdictadura, que no buscaba divertirte.

Estaba muy enojado. El Peyote también está enojado, pero como que se caga la risa de eso.

Discos se inspira en la colección anglófona 33 1/3, que habilita también a libros más ensayados que reportados. Hay otros más raros: el de Oktubre, de Carolina Bello, es una novela. Vos elegiste un libro bien periodístico, al punto.

Fue mi intención desde el principio. ¿Qué otra cosa podría hacer yo que no fuera trabajo de periodista cultural? Ir, hablar con los protagonistas, que te cuenten, chequear la información, ir a los diarios de la época a ver las reseñas y qué dijeron. No sé cómo es el criterio de 33 1/3, yo los que he vichado son bastante periodísticos. Pero sí puede ser que, no sé si al grado de que haya uno que sea una novela, pero sí con una faceta más interpretativa.

Elegiste ese camino a pesar de que contabas que a los propios protagonistas les costaba acordarse…

Una cosa que me pasó a mí es: “¿Cuánta resolución querés?”. Yo quería la foto en alta resolución, y la información no aparecía. Entonces, en un momento me tuve que reconciliar con esa idea de que iba a haber huecos. No iba a poder reconstruir una línea de tiempo superdetallada de todo lo que había ocurrido. Es como cuando ves una foto de las cámaras chatitas, de los ochenta, que tienen una resolución espantosa, pero es el encanto.

Es el documento.

Bueno, acá un poco lo mismo. Por ejemplo, cuando hice la entrevista a Pepe Canedo, le pregunto: “¿Qué te acordás?”. Siempre arrancaba más o menos por ahí. Y él me mira y me dice: “Me acuerdo de todo y no me acuerdo de nada”. Estuvimos charlando un rato largo, me recibió en su casa, la verdad un crack el loco, re buena disposición… yo salí con la sensación de que no había obtenido lo que había ido a buscar, que era información sobre esa época. Y cuando escuché los audios muchos años después, escuché con otro oído y me di cuenta de que no, que ahí había un montón de información que tenía que ver con el personaje Pepe Canedo, que encajaba muy bien con el resto de la historia y con los otros personajes.

Porque eso también es lo interesante del Peyote, que eran cinco personalidades muy diferentes que se combinaban muy bien entre ellos, cada uno con un perfil muy marcado. Y eso funcionaba. Esa tensión generaba todas esas cosas que te digo. De machacar con una canción y buscarle la vuelta y buscarle la quinta pata al gato, hasta toda esa cosa más conceptual, y la parte también sonora y de la producción y de las influencias.

Sonaba distinto de todo en aquel momento, ¿no?

Eso es una parte que no es menor, que tiene que ver con un viaje. No te olvides que en una época que vos para escuchar a los Beastie Boys tenías que tener el CD de los Beastie Boys o haber conseguido alguien que te lo haya prestado y haberlo grabado en un cassette. Y Santullo había viajado a México y de México se había ido a Nueva York, además de que le mandaba cassettes grabados a Campodónico con canciones que le gustaban. Cuando volvió, se trajo una torta de discos de esos que nadie tenía y que nadie podía conseguir en ningún lado. Entonces ellos estaban recontra al día con lo que estaba sonando. Y en una época también muy fermental. Todas las épocas tienen su costado fermental y sus bandas, pero los 90 trajeron un cambio de paradigma. Aparecieron un montón de cosas muy potentes que yo creo que hasta el día de hoy influenciaron o marcaron un sonido. También está esa capa: de que ellos tenían una información muy fresca, estaban muy en sintonía con lo que estaba pasando, y, lejos de hacer como copy-paste, lo metieron en la licuadora y lo cruzaron con su lunfardo mexicano, con su cosa rioplatense, y de todo eso en la licuadora salió ese primer disco del Peyote.