Durante buena parte de la noche, no fue María Becerra quien cantó en el escenario. En su lugar, cuatro mujeres invadieron el Antel Arena: Shanina, Maite, Gladys y Jojo, los cuatro alter egos que habitan el imaginario de Quimera, el espectáculo con el que la cantante llegó a Montevideo este viernes 2 de octubre.

Hoy en día es muy difícil sorprender a un público en un show. Parece que ya lo hemos visto todo, que la vara de la exigencia en el escenario llegó al máximo y que uno espera encontrarse más o menos con la misma estructura siempre. El tour Quimera de María Becerra desafía ese supuesto. Con sus puntos fuertes y sus flaquezas, lo cierto es que busca llevar el espectáculo a un nivel en el que el espectador realmente no sepa qué va a pasar en los siguientes cinco minutos.

La primera innovación fue la disposición en el recinto: un formato 360° en el que el escenario se encontraba en el medio del Antel Arena, lo que permitió una cercanía mucho mayor con el público.

Comenzó alrededor de las 21:10. Figuras encapuchadas aparecieron sobre el escenario mientras se escuchaba la voz de Gabriel Rolón, que relataba: “En su interior conviven cuatro fuerzas; el fuego, que enciende la piel y lo arrasa todo; el agua, que cambia de forma y se disuelve para no morir; la tierra, que recuerda que sostiene los nombres; y el aire, que entra por las heridas y les da identidad. Cuatro almas, un solo cuerpo”.

María apareció en medio del escenario con un vestuario elaborado de inspiración anime: vestido rosado con vuelo y una peluca lila muy larga. Abrió el show con una seguidilla de canciones sin pausa: “Ramen para dos”, “Cerquita de ti”, “Ojalá”, “Infinitos” y “Hasta que me enamoro”.

Uno de los puntos más fuertes y con clara mejoría frente a años anteriores es su capacidad vocal. La realidad es que no falla y la domina, la luce constantemente, luego de varios años de clases de canto y formación vocal que la llevaron, por ejemplo, a interpretar el Himno Nacional Argentino en la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026. 

La propuesta es muy teatral, va más allá de lo musical. Entre las canciones aparecen pequeños sketches e intervenciones interpretativas que ayudan a construir el universo de cada personaje. Uno de los ejemplos más claros ocurre durante el bloque de cumbia, cuando María protagoniza una conversación con una supuesta vecina del barrio a propósito de un almacenero. Escenas que aportan humor y cotidianidad al espectáculo y que contribuyen a que cada alter ego tenga una identidad propia.

Las dos primeras partes, correspondientes a Shanina y Maite, resultan más monótonas y no terminan de desplegar el potencial de la propuesta. A esto se suman las transiciones entre cada era, que por momentos se extienden demasiado. Mientras María y sus bailarines cambian de vestuario, los textos recitados por Gabriel Rolón buscan dar continuidad al relato y explicar el trasfondo emocional de cada personaje. Sin embargo, su duración termina jugando en contra del ritmo del espectáculo: son momentos en los que la atención del público parece dispersarse y la energía acumulada se diluye. Aparecen los celulares con WhatsApp en la pantalla, las cámaras de fotos, las salidas al baño.

El recorrido comenzó con Shanina, una personalidad que se mueve dentro de un universo dominado por el color rosado. Después de “Hasta que me enamoro”, llegó el turno de Maite, el segundo alter ego.

Mientras se daba el cambio de vestuario de la artista y sus bailarines, Rolón volvía a recitar un texto. Y en las pantallas, una niña morocha ojeaba las cosas de su cuarto. Cumpleaños infantiles, tortas de merengue con velitas de colores aparecían como recuerdos. Y la idea constante de un padre ausente que deja huecos sin sanar en la persona.

Maite, el segundo alter ego que apareció, es responsable y busca cumplir las expectativas que alguien tuvo sobre ella alguna vez. Así, María apareció vestida al estilo colegiala: vestido gris corto de punto, camisa y corbata por debajo, zapatos de vestir con calentadores grises, peluca castaña clara y, por supuesto, lentes en los ojos.

En ese papel cantó “Desafiando”, “Doble vida”, “Corazón vacío”, “Perdidamente”, “Agora” y “Que tú me quieras”.

Aunque estos dos bloques fueron algo monótonos, lo cierto es que con Gladys llegó la fiesta.

La tercera personalidad de María puso a todo el Antel Arena de pie de forma inesperada. Era la sección de las canciones de cumbia del repertorio, en la que aprovechó para recordar a su familia y la estética de su adolescencia en la ciudad de Quilmes. Una mesa y sillas de plástico blancas reposaban sobre el escenario, y ella apareció vestida de barrio: jogging gris doblado que dejaba salir una fina tanga por los costados. Un top gris con tajos permitía ver por debajo el soutien negro.

Ahí también tuvo lugar un evento difícilmente predecible: la cantante subió al escenario a varias personas del público y armó una fiesta de barrio alrededor de una mesa de plástico. Sonaron “El amor de mi vida”, su colaboración con Los Ángeles Azules, “Miénteme”, junto a Tini, para luego dar paso a un cover muy inesperado: “Mentirosa”, de Ráfaga, que le quedaba pintada.

Fue también en este bloque donde apareció una de las escenas más teatrales del concierto. María protagonizó una conversación con una supuesta vecina del barrio a propósito de un almacenero. El intercambio, construido desde el humor y el acting, terminó de darle a Gladys una identidad propia y reforzó la sensación de que cada alter ego tenía un universo diferente.

Gladys dio también una pequeña sección a su versión presidiaria. De repente, una jaula invadió el escenario y, en el interior, estaba María para interpretar “7 vidas”, el tema que compuso para la serie En el barro (2025). En el escenario, los bailarines lo daban todo vestidos de policías. La segunda canción con temática de cárcel fue “Vuelves triste”.

Lo que siguió dejó a todo el público sin habla. Luego de varios minutos con el escenario vacío, luces apagadas y otro interludio en la pantalla, apareció una especie de escorpión gigante que ocupaba gran parte del escenario, y María subida encima, mientras lo dirigía con cadenas.

Era el momento de Jojo, el último alter ego. Y fue junto a Jojo que se desató el delirio por completo. Para el último bloque del show eligió un vestido negro y metálico constituido por piezas que simulaban cinturones, bien escotado, y una larga peluca negra.

Así, Jojo cantó “Sexo es la moda”, “Frutilla del pastel”, “Hace calor” y “Qué más pues”, aquel éxito junto a J Balvin. También tuvieron su lugar “Inspiradora”, “Qué ganas de comerte” y “Automático”.

Sin embargo, también hubo algunas ausencias llamativas en el repertorio. Una de ellas fue “Primer aviso”, una canción que cobró especial relevancia en medio de las especulaciones sobre un supuesto enfrentamiento entre María y Emilia Mernes, a quien muchos interpretaron como destinataria del tema. En un contexto en el que la polémica volvió a instalarse en la conversación pública, interpretarla podría haber generado uno de los momentos de mayor repercusión de la noche. Sin embargo, María optó por dejarla afuera.

Hay otra particularidad que atraviesa prácticamente todo el concierto: María casi no habla con el público. Durante los bloques de Shanina, Maite, Gladys y Jojo, sus intervenciones están construidas desde el acting y forman parte de los personajes, pero casi nunca hay una conversación directa entre la artista y quienes están del otro lado del escenario. Es posible leerlo como una decisión coherente con la lógica de Quimera: durante buena parte de la noche no está María, sino sus cuatro alter egos. Pero también es una decisión que genera cierta distancia y que, por momentos, deja al público sin ese vínculo espontáneo que suele formar parte de un recital.

Por eso el cambio se siente especialmente cuando finalmente desaparecen los personajes. Vestida de blanco y con el pelo suelto y bien planchado, María apareció por primera vez como ella misma y, antes de comenzar el tramo más emocional del concierto, habló directamente con el público. “Qué bueno, al fin pude hablar con ustedes”, dijo, casi como si también ella hubiera estado esperando ese momento.

A partir de entonces, la relación cambió. Agradeció reiteradamente a quienes habían ido al show, habló del esfuerzo que implica comprar una entrada, esperar durante horas y estar allí, y les recordó cuánto significa para ella que hayan elegido acompañarla. “Son el otro amor de mi vida”, les dijo.

Luego de atravesar las distintas personalidades, llegó el momento de María como ella misma, sin ningún alter ego que la protegiera. Con un vestido blanco corto y el pelo lacio al aire, integró canciones como “Slow It Down”, “Pierdo la cabeza”, “Así”, “Tatu” y “Mi amor”.

Aunque la división en cuatro bloques es muy notoria, la sensación que queda es la de haber presenciado un espectáculo partido en dos. La propuesta de construir cuatro conciertos distintos dentro de uno solo es ambiciosa y, en buena medida, funciona: cada alter ego tiene su propia estética, sus canciones y su universo narrativo. El problema es que no todos los segmentos consiguen sostener el mismo nivel de energía.

Quimera es, ante todo, una apuesta ambiciosa. María Becerra consigue convertir un recital en algo que por momentos se parece más a una obra teatral, con cuatro personajes, cuatro universos y una cantidad de recursos escénicos que difícilmente dejan al público indiferente. Cuando deja de explicarse y simplemente sucede —una fiesta de barrio, una jaula, un escorpión gigante— encuentra sus mejores momentos. Y después de una noche entera intentando demostrar cuántas artistas pueden convivir dentro de María Becerra, Quimera termina recordando que, detrás de todas ellas, sigue estando María.