Por Iara López | @iaris_
En el comienzo, la palabra
“Anne Carson vive en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo”. Con esa información biográfica que figura, por contrato, en la solapa de la mayoría de sus libros, se presenta la última ganadora del Premio Nobel de Literatura. Ante esta síntesis, un desconcierto. La escueta descripción bien puede suscitar una sonrisa por la deliberada omisión de cualquier referencia a la obra propia, premios y reconocimientos. Es un gesto que, más que suponer un falso ademán de humildad, sugiere una invitación. Con la misma actitud planta su desafío: una praxis textual que consiste en llamar a la curiosidad para mover el pensamiento y motivarlo a ver qué hay detrás, más allá de la palabra, pero siempre a partir de ella. El ejercicio es, también, de sustracción. En sus escritos, las ideas retumban con un eco misterioso que se alcanza al referir y restar. Algo que debería conformar el texto se echa en falta, se encuentra elidido del centro y también del borde. El lector, provocado, quiere más y avanza inducido por ese misterio.
Así opera el deseo que estudia como fenómeno estético en su primera obra, Eros, el dulce-amargo (1986). La expresión viene de Safo, la poeta griega arcaica, que llamó al Eros por primera vez dulce-amargo. Carson expande la idea para profundizar sobre la premisa de que el deseo actúa ante la imposibilidad. De modo análogo, el anhelo del saber suscitado por su pluma pone al lector en un activo estado deseante. El libro, un ensayo que deriva de su trabajo de doctorado consagrado a investigar el Eros en la cultura griega clásica, presenta un profundo análisis del impulso erótico por el que figuran Homero, Platón, Eurípides, Sartre, Emily Dickinson y Simone Weil. Lo dulce-amargo refiere a una experiencia que es al mismo tiempo de placer y de dolor, un oxímoron emocional. El amante, imposibilitado de conquistar al amado, lo ama y odia a la vez. La experiencia de Eros es desgarradora, puede partir la mente en dos. Es una paradoja que excede y desborda todo juego de palabras: cuando el amante obtiene lo que quiere, ya no lo quiere.
En Agua corriente (1995), asegura: “El lenguaje es lo que alivia el dolor de vivir con otra gente, el lenguaje es lo que reabre las heridas”. Para Carson no es casual que los poetas griegos que inventaron el Eros fueran los primeros en dejar textos escritos. Instala, así, una de sus ideas más estimulantes: existe un vínculo entre el Eros y el alfabeto. Por causa del alfabeto (y con él, de la palabra) se abre un agujero enunciativo, doloroso entre palabra y palabra, entre borde y borde. Por esos intersticios se cuela el Eros, para devenir amor, pasión, lamento.
Cada detalle, toda la verdad
Anne Carson extrae los principios fundamentales del griego antiguo y tiene el don de presentarlos como literatura: “Hay algo en el griego que parece adentrarse más en las palabras que cualquier lengua moderna. De modo que, cuando lo lees, te sumerges en las raíces de cómo funcionan las palabras”. Su arte consiste en traer al presente textos de otros tiempos, los del inicio de la literatura, para ofrecer obras personales y creativas, ceñidas por su formación en estudios clásicos, sus traducciones del griego antiguo –en Si no, el invierno (2002) ofrece su traducción y reinterpretación de los fragmentos que sobreviven de Safo– y su audaz inteligencia.
Sus temas son los grandes temas: el amor, el deseo, la vida, los hombres, el duelo, el lenguaje. Se tensan en una obra inmensa, híbrida y difícil de catalogar, que combina géneros y registros. Toma elementos de distintas tradiciones, propone referencias de todas las jerarquías del arte, de lo alto y de lo bajo, desde lo grecolatino clásico a personajes pop, de escritores antiguos a contemporáneos. También del cine, del teatro, de la ópera y de la música. En su creación hay poesía, narración, filosofía, humor, crítica literaria, teoría; tiene un dejo sacro, elegíaco, y en ella hay algo de sabia, de maestra, de profeta. A la pregunta de cómo empieza un poema, responde: “Es lo contrario, el poema me empieza a mí”.
El procedimiento es curioso: toma a los antiguos y los sitúa sobre su mesa de trabajo, luego borra la línea de tiempo, suprime distancias y comienza su labor con las palabras y las formas. Algunos de sus libros semejan edificios, con habitaciones, escondites y elevaciones. El resultado es evocativo, extravagante, único. Como es preciso catalogarla, la llaman poeta, “la mejor de los escritores vivos” según Harold Bloom.
Para Anne Carson, la lluvia se presenta como una enorme noche que dispersa gotas de sí misma. El viento lanza flechas de vida que golpean el cielo y cada una de ellas contiene suficiente azul “como para empezar un mundo propio”. Gerión y Heracles (Hércules para los romanos) se ven, por primera vez, una noche en un andén y se enamoran al reconocerse mutuamente “como cursivas”. Unos ojos duelen del esfuerzo de intentar verlo todo sin mirarlo. Escribe en un poema que su poesía personal es un fracaso, que no quiere ser una persona, que quiere ser insoportable. En una entrevista con el Paris Review, interrogada por ese verso, cuenta: “Me sentí como un barco que se dirigía hacia el Polo Sur y, de repente, un glaciar salió disparado de la oscuridad y simplemente lo embestí”. Es el mismo efecto que produce en sus lectores.
Leal a nada, mi marido
La belleza del marido: Un ensayo narrativo en 29 tangos (2001) cuenta la historia de un matrimonio desde el enamoramiento hasta el divorcio. Es, posiblemente, una historia autobiográfica y, de igual modo, un tratado universal sobre el amor y la traición. Para transmitir la fuerza de la deslealtad del marido, basta evocar que le robó un texto para regalarlo a su amante. Pero no cualquier texto: el fragmento copiado de Homero por ella, en el que Andrómaca se despide de Héctor antes de que regrese a la guerra en la que será asesinado. No se avergüenza por confesar que lo amó por su belleza y por describirlo como cruel y caprichoso. Lo que parece herir más hondo es la doble traición que sucede en su juego, el de la escritura.
Todo en él era rojo
Entre sus libros más célebres, se destaca Autobiografía de Rojo (1998), una novela en verso que reelabora el mito griego de Gerión, un monstruo de tres torsos y alas rojas que es asesinado por Heracles cuando realiza el décimo de sus doce trabajos. En el libro de Carson, Gerión es reescrito como un joven fotógrafo que se enamora de un frívolo Heracles. Altera la escena mitológica para insertar a los personajes en la contemporaneidad y transitar lo esencial del mito, mientras viajan en aviones y fuman cigarrillos.
Al final, nuevamente la palabra
Anne Carson trata la palabra con la rigurosidad del filólogo y la devoción del poeta. Como si antes de escoger las adecuadas para sus textos las pesara, y eligiera quedarse únicamente con las ligeras. En Agua corriente habla de la furia que guarda el lenguaje. Cuestión de respeto. Las palabras son, pero es solo cuando se las vive que se las entiende cabalmente. La palabra es también lo que nos acerca y nos distancia del otro, en un movimiento permanente de significados. Leerla convierte la experiencia de placer más solitaria —la lectura— en un diálogo incesante con todas las voces que trae consigo.