Bruno Maciel Collazzo | _brunoomaciel

Entre el movimiento ejecutivo del World Trade Center, sobre el hall de la Torre 3 se exhibe Coca-Sola. En sus últimos días de exposición hasta el 14 de octubre, esta exposición de Carolina Gil, quien firma sus obras como Polyester, reúne por primera vez un conjunto de sus trabajos realizados en los últimos diez años, con la curaduría de Eugenia Ravera. Hay algo que sus imágenes nos dicen de primera mano, y es que buscaron apropiarse del espacio: los colores, las figuras, los símbolos y las palabras se acumulan hasta construir un universo gráfico en el que mirar una cosa supone encontrarse de manera casi inmediata con otra. Agotadora como los tiempos que vivimos, esta muestra desafía la mirada en todo sentido y remueve la cotidianidad con un lenguaje muy personal que mezcla Arte Pop, el cubismo y ecos visuales del fauvismo.

Polyester cuenta a LatidoBEAT el nacimiento de Coca-Sola como una idea que repitió varias veces en su obra hasta volverla temática: dividir a la mitad una etiqueta de Coca-Cola en un collage. “Durante el montaje de la curaduría, Eugenia me propuso ese nombre y acepté sin dudarlo”, dice, porque el concepto enmarcaba fielmente gran parte de lo que venía hablando en sus trabajos.

Lo fundamental para entender esta muestra es, además de su intención estética, que el cuerpo y su experiencia son los protagonistas. En los dibujos conviven rostros de ojos múltiples, cuerpos deformados por la primacía geométrica cubista, animales, objetos cotidianos, números, flechas y mensajes que se reproducirse sin descanso. Personas y sus sentires parecieran estar al centro de su obra. El recorrido permite acercarse a un lenguaje visual propio, donde el exceso construye una experiencia que oscila entre la fascinación y el agotamiento.

En estos dibujos conviven la figuración y la abstracción, los cuerpos reconocibles y las formas que responden a una lógica propia. Posturas dramáticas, a veces dolorosas. Líneas que se cruzan y manchas de color. Una figura animal reconocible o no, convive con enigmáticas flechas, números, mensajes y signos que desbordan su contorno. El dibujo conserva algo de la espontaneidad infantil, pero no por eso resulta ingenuo. Las principales alteraciones vienen dadas por la acumulación de elementos, el desarme de las figuras y la inestabilidad de aquello que reconocemos. Algunas obras recuerdan al surrealismo lírico de Joan Miró, y tienen gran sensibilidad por la cultura popular estadounidense así como por algunos signos de la poética de Dani Umpi.

A la ya conocida crítica del Arte Pop, trabajada con astucia, Carolina Gil agrega una dimensión que piensa lo digital como una prisión para estos cuerpos, distorsionados, sufriendo, que pelean en la narrativa curatorial hasta encontrar el momento de sanar. La ya mencionada saturación parece comprometer también a los cuerpos que habitan estas imágenes, además de lo llevadas al límite que están las experiencias cuando el color intenso, el grafismo despreocupado y cuidado a la vez convergen de manera equilibrada.

La cultura digital aparece en estas obras como parte fundamental del lenguaje de Gil, y como un objeto enajenador de la experiencia corporal y de los vínculos humanos. Emojis, números, Google y conversaciones de Instagram, anotaciones, signos y palabras conviven en composiciones donde resulta difícil fijar la mirada en un único elemento. En uno de los dibujos, un reloj digital marca “CASI”, como si incluso el tiempo hubiera quedado atrapado en una promesa que nunca termina de cumplirse. En otro, el nombre de Google se integra a un rostro rodeado de símbolos y expresiones.

Consultada sobre el cruce entre el cuerpo, la comunicación y la tecnología en su obra, menciona estar en una búsqueda constante por lo inmundo y crudo que contiene la realidad. “No me conmueven demasiado las búsquedas de una belleza pura e inocente en el arte, no responden a mi experiencia ni mi mundo”, dijo a LatidoBEAT luego de reconocer una pasión fervorosa por la esencia desaforada del mundo en el que vivimos, al que calificó de ruin. Ya lo supo decir el pintor chileno Felipe Seade sobre su época de armas y cañonazos: “Nuestra generación debe meterse de lleno en el drama humano [...] no podemos estar engañando al público con fotografías iluminadas y paisajes”.

Un elemento curatorial hace excepcional la propuesta y aprovecha al máximo las pequeñas dimensiones de la sala de exposición. Alineadas por su lógica pop, terminan siendo a su vez alienadas. Sin rastros de ficha técnica, las obras son despojadas de su contexto original para presentarse casi como objetos comerciales agrupados. La repetición de “COCA-SOLA” sobre los paneles prolonga ese efecto más allá del papel. La palabra se convierte en una presencia insistente que acompaña durante el recorrido. El título remite así tanto al lenguaje de la publicidad como a una paradoja contemporánea de multiplicación de mensajes. Repetir no garantiza una comunicación más profunda, y el exceso de señales puede terminar por confundirse con el ruido, sea visual o sea interno.

La repetición de ciertos recursos permite una continuidad, aunque las composiciones no siempre compartan la misma intensidad. Hay dibujos en los que las líneas y los colores ocupan casi toda la superficie y otros que dejan grandes zonas vacías alrededor de una figura o un objeto.

La intensidad de Coca-Sola no se vuelve una constante sin pausa. Junto a las composiciones densas hay dibujos donde un objeto o una figura se recortan sobre el espacio vacío. Un reloj de “CASI”, una botella de Coca-Sola y algunas de las formas más simples interrumpen la acumulación y proponen otro ritmo de observación cuando son las protagonistas de la imagen o incluso cuando son el único elemento presente en ella. Esto nos revela algo interesante al reunir la obra de Polyester, y es que no todo agotamiento implica agotar la mirada. El texto curatorial identifica un contrapunto similar en las imágenes de cielos, pájaros y nubes de colores, donde la saturación cede y se abre la posibilidad de imaginar otros mundos más amenos. ¿Sería la desconexión? Frente a los cuerpos desbordados y los mensajes que compiten por la atención, esas composiciones nos permiten ver al dibujo más sencillo y catártico como un espacio para detenerse e inventar otras formas de mirar.

En Coca-Sola, el juego no funciona como lo contrario del agotamiento, sino como una forma de convivir con él. Los colores vivos, los personajes caricaturescos y los signos de la cultura digital construyen un lenguaje cercano y reconocible, pero también dan lugar a cuerpos deformados, gestos de repliegue y escenas donde la comunicación parece fallar. Entre la acumulación y la pausa, los dibujos de Carolina Gil transforman los códigos cotidianos de la cultura visual en un universo propio, donde la ternura puede convivir con el malestar y el humor con la incomunicación. La saturación no es solamente aquello de lo que hablan las obras: es también una experiencia que ponen en movimiento.

Según conversó con LatidoBEAT Eugenia Ravera, la curadora de Coca-Sola, el proyecto piensa llevarse a cabo en otras salas de exposición y con diferentes formas de habitar el espacio y relacionar obras.