Carlos Rehermann es escritor, dramaturgo y comunicador. A lo largo de su trayectoria publicó novelas como Los días de la luz deshilachada, El canto del pato, 180 —distinguida con el Segundo Premio Nacional de Literatura— y Péndulo. También reunió parte de su producción teatral en Basura y otros textos para teatro, obra que obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura. En la actualidad conduce Tormenta de cerebros, un programa radial dedicado al diálogo con artistas y protagonistas de la cultura.

Su nueva novela propone un viaje al Montevideo de los años 30, una ciudad que se prepara para albergar la primera Copa del Mundo mientras atraviesa una etapa de esplendor que todavía no deja entrever su caída. En una noche de carnaval en el Parque Hotel confluyen escritores, amantes clandestinos, policías, anarquistas fugados y personajes vinculados a algunos episodios de la crónica policial montevideana. Entre ellos aparecen figuras históricas como el campeón olímpico José Leandro Andrade y la cantante francesa Josephine Baker.

Con el deseo, la música, el humor y la venganza como motores, Rehermann construye una trama que reúne en una sola noche acontecimientos históricos ocurridos a lo largo de varios años. La novela, que obtuvo el Tercer Premio Nacional de Literatura en narrativa en 2025, combina ficción e historia para recrear una ciudad en plena transformación, donde las intrigas privadas y los acontecimientos públicos se entrecruzan.

Al momento de pensar la trama de la novela, que se desarrolla en el Montevideo de los años 30, ¿qué fue lo que te llamó la atención de ese período histórico?

Las décadas de los 20 y los 30 fueron de grandes cambios en la ciudad. Desapareció El Bajo de la Ciudad Vieja; se construyó la Rambla Sur, el Palacio Salvo y el Estadio Centenario, y hubo un montón de cambios urbanísticos y arquitectónicos de menor escala que cambiaron la ciudad. También fue una época muy violenta en todo el mundo, en parte como resultado de reivindicaciones políticas y sociales, de trabajadores, de mujeres, de partidos políticos, y hubo también estados represores y fascistas. En una época así, cualquier trama que imagines es verosímil y llena de posibilidades.

¿Cómo fue el proceso de idear la trama? ¿Supiste desde el principio que querías ambientarla en esa época o fue un punto de partida que te permitió desarrollar una temática que ya tenías pensada?

La idea original era simplemente la de contar el encuentro de un montón de personajes en un baile de carnaval en un hotel elegante. Me gustaba jugar con una combinación de anécdotas de mi familia de aquellos años y la fuga de los anarquistas del penal de Punta Carretas en 1931. No me interesaba tanto la reconstrucción de los detalles históricos, sino más bien lo que podría haber sucedido. Y a medida que los personajes van actuando y conociendo a otros, se manifiestan aspectos de sus personalidades que uno no tenía previstos, y son los personajes los que van construyendo la trama.

En el libro aparecen muchos personajes reconocidos, de diferentes rubros y disciplinas. ¿Qué criterio utilizaste para seleccionarlos?

Pensando en mi padre, que era un adolescente en aquellos años, y algunos de cuyos relatos usé como materia prima, apareció uno de sus amigos, también muy joven, un tal O´Netty. Después los condenados por el crimen de la degollada de la Rambla Wilson, y un comisario siniestro, y hasta Josephine Baker, que anduvo por el barrio en aquellos tiempos. Hay muchos más, la mayoría con nombres un poco distintos a los que los inspiraron. Son todos personajes muy característicos de aquellos años, que surgieron naturalmente al comenzar a desarrollar la historia.

¿Hay algún personaje que te hubiese gustado incluir en la novela y que finalmente dejaste afuera? ¿Por qué?

No, no dejé afuera a ninguno de los que se ofreció para el trabajo. Pero algunos, que yo creía que tendrían un papel más importante, al final estuvieron apenas un rato, como José Leandro Andrade, que apenas bailó un tango y después se fue acompañado a una habitación del hotel.

¿Con cuál de tus personajes compartirías una cena y con cuál preferirías nunca cruzarte?

A mi personaje Josephine Baker, inspirado en una mujer extraordinaria, la invitaría a una cena cada noche. Al que preferiría evitar es el subcomisario Carneiro.

Estudiaste Ingeniería y te diplomaste en Arquitectura, ¿pero desde cuándo está presente la escritura en tu vida?

Mi primera novela se publicó cuando estaba terminando la carrea de arquitectura. La escribí sobe mi mesa de dibujo. Ahí empezó todo.

¿Cuál fue el último libro que leíste?

Leo bastante, no solo ficción, y en general varios libros simultáneamente, así que no es fácil saber cuál fue realmente el último. Sí puedo decir que el último de ficción que me gustó es Dos amigos (2026), de Martín Bentancor.

Escribís periodismo, novelas, dramaturgia ensayos e investigaciones. ¿Hay algún género que todavía no hayas explorado y que te interesaría abordar en el futuro?

Estoy pensando en escribir profecías, pero no sé cómo me va a ir.

¿Cuáles son los desafíos, pero también las posibilidades, de trabajar en una historia en la que convergen hechos históricos y ficción?

La responsabilidad está en el campo lector. Un relato de ficción es un modelo —en el sentido de maqueta, de cosa por hacer— de un mundo posible. Leer ficción para enterarse de hechos que ocurrieron —es decir, leer novela histórica para aprender historia— puede ser peligroso. El cartel “Basado en hecho reales” es un seguro de protección para la mala literatura: es como que te dijeran “todos estos disparates que se cuentan realmente han ocurrido”. Pero la gracia es que yo me crea Caperucita Roja, que me crea La Odisea. La gracia de la ficción es que los delirios más extravagantes sean verdad en un sentido que trasciende a la anécdota. Lo que hace de una historia de ficción una buena historia no es que se base o no en hechos reales. Lo que pasa es que uno a veces vive acontecimientos o se entera de hechos del pasado que dan ganas de usar como materia prima. La realidad suele ser inverosímil. La ficción es el reino de la verosimilitud, ahí está el arte.

¿Cómo trabajaste el humor dentro de una historia que también tiene persecución, violencia y venganza?

El humor es parte de lo que soy, lo mismo que el erotismo. En mis libros hay humor y hay sexo porque en la vida hay humor y hay sexo. Por desgracia en la vida también hay violencia y personajes nefastos, hay mentira y estafa. Pero la irrupción de la violencia en la ficción puede ser positiva para la trama, porque provoca acciones de los personajes para restablecer —en el caso de mis libros— el humor y el eros.

¿Qué autores han influido más en tu forma de hacer literatura?

En otra época pensaba que sabría responder a esa pregunta. Ahora cualquier respuesta sería un error, o vanidad.

¿Qué estás leyendo actualmente?

Algo que vengo leyendo hace tiempo, y te diría que es la lectura más constante de los últimos meses o hasta años, son los diarios y cuadernos de Patricia Highsmith. No me canso de leerlos y releerlos. Desde que era una chiquilina —lesbiana en un país donde eso era un delito penado con cárcel, y comunista en un país que había votado a McCarthy— sus entradas de diario y sus notas en cuadernos vinculadas a su trabajo literario están llenas de una energía rara, que alimenta, de una inteligencia luminosa. El único problema de leerla es que uno se enamora de Patricia, que ya se murió.

La tensión de la historia se construye hasta hacer converger a todos los personajes en una misma noche: el baile de carnaval en el Parque Hotel. ¿La novela nació a partir de algún episodio histórico concreto o primero apareció la idea de esa noche y después comenzaste a buscar los hechos que podían integrarla?

La idea no es nueva ni mía: varias líneas de acción convergentes a un momento explosivo. En mi caso, la primera vez que leí algo así y lo hice consciente fue en Shanghai Hotel (1939), de Vicki Baum. Esa novela empieza diciendo que un día cayó una bomba en un hotel de Shanghai, y que “en las páginas siguientes se da una reseña de los caminos que condujeron hasta Shanghai a estas nueve personas, del curso de sus vidas y de la hora de su muerte”. Uno lee el libro sabiendo el final, y claro, gracias a la habilidad de Baum, se mantiene el interés. Al principio de cada historia parece impensable que todos terminen en el mismo lugar, y uno hasta espera que eso no sea un libro, que las páginas que faltan por leer sean un futuro posible en el que nadie muera. Yo era adolescente y me impresionó esa forma. Así que ahora hice algo inspirado en aquella estructura, aunque sin spoiler como el de Baum.

¿Cómo fue el proceso de investigación? ¿Hubo algún descubrimiento que modificara el rumbo de la novela?

Lo que más aproveché fueron Ese mundo del bajo de El Hachero e Historias del bajo, de Ramón Collazo. Leí bastante sobre el caso de la degollada de la Rambla Wilson y sobre el comisario Pardeiro y sus espantosos métodos. Y mucho “Mundo uruguayo”, ejemplares de las fechas de carnaval. Las historias vinculadas a Leopoldo Lugones (Frugone en mi libro) y su amante deportada a Uruguay, la fuga de los anarquistas, la historia del comisario Pardeiro (cuyo final fue muy distinto al de mi libro) fueron producto de lecturas anteriores. No había rumbo, así que todo fue descubrimiento.

¿Qué lugar ocupa la investigación en tu proceso creativo y en qué momento empieza a intervenir la imaginación?

La imaginación es la que guía la investigación. Yo leo las fuentes con los ojos de los personajes.
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Fragmento de Parque Hotel

Aquiles perdió su trabajo en la zapatería Franco Española por culpa de un descarrilamiento de trenes en la línea Montevideo-Rivera, ocurrido en el tramo Tacuarembó-Tranqueras. Podríamos ir directamente al relato del acontecimiento ferroviario, pero daremos comienzo al recuento de los hechos con orden y paciencia, de modo que resulte perfectamente clara la trama admirable que rige esta narración.

Conviene, en primer lugar, dar cuenta de lo acontecido en la primera visita que Aquiles hizo a una clienta de la Franco Española, la señora de Artagaveytia, cuando, bisoño cadete de la prestigiosa firma, descubrió el extraordinario potencial de seducción del modelo «Moulin Rouge». Fue pura casualidad. Se trató del primer encargo que recibió de Gugliucci, el gerente, que le dijo:

—Fonrinis, me va a la casa de la señora de Artagaveytia y me le muestra estos zapatos.

Gugliucci lanzó una fugaz mirada hacia el mostrador donde se apilaban ocho cajas de zapatos, agrupadas dentro de una red de malla ancha que le daba al conjunto la apariencia de algo elegante, del mismo modo que una media de mujer de malla gruesa da a la dueña la apariencia de tener bonitas piernas.

—«Fon» está bien por Von —dijo Aquiles, con la inocente voluntad de que su apellido fuera bien pronunciado—, pero es más bien Rügnitz que Rínis. Usted pone la boca como si fuera a decir una u, pero dice una i. Ahí le sale perfecto: Von Rügnitz.

Aquiles había agregado el Von a su apellido cuando se presentó como aspirante a cadete de la zapatería Franco Española, porque le parecía que su apostura se llevaba bien con un título nobiliario. Aquiles, hay que decirlo, leía muchas novelas francesas del siglo XIX.

Gugliucci no respondió. Le entregó a Aquiles una tarjeta con la dirección y el nombre de la clienta.

—¿Cuánto le cobro? —dijo Aquiles.

—No le cobra nada —respondió, cortante, Gugliucci—. A las buenas clientas jamás se les cobra cuando se entrega la mercadería. Sería una grosería. Por otra parte —y aquí se contuvo para no pronunciar el apellido de Aquiles—, a usted nunca le van a pagar. El pago se hace a otro nivel, ¿me entiende? Las clientas de calidad, como la señora de Artagaveytia, piden la cuenta cuando lo consideran oportuno. Usted me le entrega lo que elige la señora y se me vuelve para acá con el resto.

La vocación teatral de Aquiles le permitía, creía él, adoptar múltiples personalidades. Inspirándose en personajes como los de Ponson du Terrail, se complacía en infiltrarse en ambientes sociales privilegiados, que en el país se construían casi siempre a través de fortunas con fuerte olor a bosta, y cuyos miembros se empeñaban en comportarse como imaginaban que lo hacía la aristocracia europea. La construcción de sus personajes (entre los que su preferido era el herrero del convento, de la obra de Ponson del mismo título) no era demasiado sutil, ya que Aquiles no se había educado en colegios de élite y su barniz no era demasiado resistente.

Pero si Aquiles no imitaba demasiado bien a los aristócratas europeos y sus maneras protocolares, ya que su única guía eran los relatos de folletín, las personas a las que quería impresionar tenían aún menos cultura, aunque más dinero, por lo que generalmente salía airoso de sus puestas en escena.

Expresados estos extremos con la única finalidad de que nuestro personaje adquiera ante el lector el necesario relieve para que pueda así aquilatar la experiencia, pongámoslo ahora en ruta hacia su destino.


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