Por Gastón González Napoli
ggnapoli
Calamaro puede hacer lo que quiera. Está en esa etapa que los yanquis llaman legacy. Otrora un géiser de canciones, acumuladas en discos cada vez más excesivos, Andrés está cumpliendo ocho años sin material original nuevo, y en cambio ha elegido dedicarse a girar y perfeccionar un show en vivo sin grasa, en el que casi no habla con el público y repasa su carrera. Al tour actual le llama Como cantor y con él llegó al Antel Arena este domingo.
A Fito Páez lo abuchearon en Buenos Aires hace poquitos días por sorpresivamente tocar los 25 temas de su disco Novela del 2025 y dejar sus hits para el final. Son dos músicos de casi la misma edad, que fueron amigos de Charly en los 80, que escribieron hits grabados por Fabiana Cantilo y que vieron su mayor éxito comercial en los 90, así que la comparación se sostiene. Pero mientras Páez sigue componiendo y grabando casi compulsivamente (acaba de editar otro álbum, Shine) a pesar de no pegarla con una canción desde, ¿cuándo?, ¿Abre (1999)?, Calamaro parece contento hoy con darle a la gente lo que la gente quiere.
Mecha temas menos conocidos de sus primeros discos solistas, o el tango “Garúa”, que grabó en el Romaphonic Sessions (2016). Fundamentalmente Como cantor es una rockola de grandes éxitos, desde “Mil horas” y “Costumbres argentinas”, que escribió cuando era un veinteañero al servicio de Miguel Abuelo, hasta “Cuando no estás” de Bohemio (2013), que sería top 3 en casi cualquier discografía que no fuera la suya, pasando por su etapa española con Los Rodríguez. Y eso que se dio el gusto de dejar afuera “La parte de adelante” o “Corazón en venta” o “No se puede vivir del amor” o “Minibar” o “Tuyo siempre” o-
Una rockola de versiones básicamente fieles a las de estudio, con mucho power rockero gracias a una banda de primera. Un destaque para Germán Wiedemer en el órgano y para los guitarristas Julián Kanevsky (de sombrero tipo fedora) y Brian Figueroa (mezcla de Julian Casablancas y Joaquín Levinton), que iban intercalando sus solos, sus slides y, en el caso de Kanevsky, un wah wah que fue el corolario ideal para una erizante “Paloma”, la única instancia en la que Andrés dejó cantar al público en soltiario. Le da a la gente lo que la gente quiere, pero tampoco es un populista. Si le sigue las opiniones políticas, eso ya lo sabe.
La semana pasada, la crónica del recital de Arjona en el estadio Centenario acá en LatidoBEAT comenzaba así: “Si a usted le gusta Ricardo Arjona y quiere ir a verlo en vivo, tiene que reconciliarse con que en algún momento del show dirá algo polémico”. Lo mismo vale para Andrés. La última vez que este periodista lo había visto en vivo, también en el Antel Arena en 2019, habló bastante pero —con ese acento transatlántico impenetrable que tiene, y con un sonido que no ayudó a entenderlo— la polémica estuvo en realidad en lo que hizo: pidió degustar marihuana uruguaya, prendió un porro en el escenario, y se llevó una multa por violar la prohibición de fumar en espacios públicos. Sin embargo, en esta ocasión Calamaro fue tan sobrio como su remera y gorro negros. Ya desde que entró junto con la banda, sin parafernalia de ningún tipo. No defendió al “Chiqui” Tapia, como hace unos días en Buenos Aires, ni a la tauromaquia, como hizo el año pasado en Cali (aunque sí movió una tela a lo matador y levantó unos cuantos “olé” del público). Una lástima, que siempre es divertido desentrañar qué está diciendo, ni que hablar es divertido el lío que se arma a posteriori. Apenas dejó como frase un pedido de “aplauso uruguayo” para sus músicos, cosa que se oyó repetida entre espectadores a la salida.
Si hay algo particular en este show de Andrelo son las imágenes de las pantallas, que cambian en cada canción. De automovilismo clásico en “Pasemos a otro tema”, de Apocalipsis Now en ese himno que es “Crímenes perfectos”, del Diego en el Mundial de México ’86 en “Costumbres argentinas”, de una corrida de toros en “Mi enfermedad” o de una carrera de galgos en “Palabras más, palabras menos”. En ocasiones suman un poco (la psicodelia en “Loco”, la antedicha mano de D10s), en otras distraen un poco (la bomba atómica sobre Hiroshima en “Output Input”); es al cierre, con “Los chicos”, cuando la combinación cuaja en algo más grande y hasta resignifica la letra: imágenes de combatientes en Malvinas (que parecen hechas con IA) dan paso a las Madres de Plaza de Mayo reclamando por sus desaparecidos, y aquella lista de amigos que Andrés manda al cielo para pedirles que vuelvan cobra otro volumen.
Tocó una Telecaster en la mayor parte del repertorio, se pasó a un sintetizador en varios temas, y cantó “Garúa” y “Costumbres argentinas” micrófono en mano, modo crooner. Hablando de él, justamente, como cantor: se lo notó no intacto, que los años pasan para todos y su voz ya no tiene el filo que tuvo, pero sí óptimo. Al cerrar “Estadio Azteca”, la penúltima del setlist, citó a propósito de eso al Martín Fierro: “Gracias le doy a la Virgen/gracias le doy al Señor/porque entre tanto rigor/y habiendo perdido tanto/no perdí mi amor al canto/ni mi voz como cantor”.
Ojalá nunca los pierda.
Por Gastón González Napoli
ggnapoli
Acerca de los comentarios
Hemos reformulado nuestra manera de mostrar comentarios, agregando tecnología de forma de que cada lector pueda decidir qué comentarios se le mostrarán en base a la valoración que tengan estos por parte de la comunidad. AMPLIAREsto es para poder mejorar el intercambio entre los usuarios y que sea un lugar que respete las normas de convivencia.
A su vez, habilitamos la casilla reportarcomentario@montevideo.com.uy, para que los lectores puedan reportar comentarios que consideren fuera de lugar y que rompan las normas de convivencia.
Si querés leerlo hacé clic aquí[+]