Por Gastón González Napoli / @ggnapoli
Si a usted le gusta Ricardo Arjona y quiere ir a verlo en vivo, tiene que reconciliarse con que en algún momento del show dirá algo polémico. No le va a sorprender viniendo del compositor de “Dime que no”, prácticamente una apología al acoso. Ayer, por ejemplo, ante un Centenario repleto defendió el bullying.
Apenas dijo la palabra hizo una pausa y fue el único momento de la noche en que las 40 mil personas que habían ido a cantar y gritar y llorar quedaron en silencio.
El show abrió con el muro de pantallas gigantes mostrando un rincón parisino. La bailarina y modelo cubana Midalys Perdigón fue la primera en salir al escenario: bailó con un vestido negro con un tajo en la pierna mientras los muchos músicos iban saliendo uno a uno. Ya desde ahí se notó que a Arjona en esta gira lo acompaña una banda imponente. Que no solo iba a lucirse él, sino que les daría espacio a ellos: la chelista, la violinista de costado rapado, la percusionista argentina, el batero, el bajista, el guitarrista que hizo mucho con poco, la trompeta y el saxo que supieron moverse entre el Caribe, París y Nueva Orleáns. Desde el minuto uno, hablando mal y pronto, la banda se sonó TODO.
Arjona, finalmente, apareció ataviado con gabardina oscura, bufanda blanca y un bombín para cantar “Gritas”, de su último disco, Seco. Una canción que describe a una chica que intenta triunfar como influencer pero cuando está sola, “encerradita”, grita.
Compraste likes con un hacker / Ya vas llegando al millón / Ya tu autoestima es un cráter / Duele llamar la atención
La que gritaba era Virginia Alves, corista española con una voz multifacética que fue la segunda gran estrella de la noche. Se puede poner soulera, puede cantar como una artista pop latina (como cuando hicieron “Fuiste tú”) o puede desgarrarse en un flamenco. En el arranque gritó como las vocalistas negras de Estados Unidos que erizan la piel.
Javier Noceti
El primer hit fue “El problema”, a la que le dieron un power que la versión original, más baladística, no tiene. Solos de percusión al arranque, de violín y de saxo al final, enmarcaron un tema que es para cantar tan a los gritos como la influencer encerradita en el cuarto.
Recién después se puso a hablar con la gente.
La gira se llama Lo que el Seco no dijo, porque “Seco” es el apodo familiar de Ricardo: en la jerga guatemalteca es como que le dijeran el Flaco. La tapa del disco es una foto de él de niño y por ahí comenzó su charla con el público, con humor y carisma estelar, recordando cómo llegó su abuelo andaluz a un pueblo perdido de Centroamérica, cómo se conocieron sus papá y su mamá, cómo él sabía que en su casa mandaban primero sus padres, segundo sus padres y tercero, por si tenía alguna duda, sus padres. Se quejó de que los padres de hoy no tienen autoridad sobre sus hijos sino que les preguntan todo. Hasta si hoy prefieren ir a la escuela como niñito o como niñita. Y entonces defendió al bullying.
Dijo que sin eso “¿cómo carajo aprende uno a defenderse?”. Ay, Ricardo. Cómo se nota que siempre fuiste flaco y fachero.
Siguió diciendo que el mundo se ha vuelto un cabaret, con el respeto que le merecen los cabarets. Y se lanzó a la canción inédita que la prensa viene llamando “El mundo se volvió un cabaret”. Midalys salió ahora vestida de rojo y con plumas, hubo solo de trompeta jazzera y un pedacito de Edith Piaf.
Fue como si tuviera que sacarse de adentro ese speech. Como si entendiera que parte de su show es el clip “cancelable” para que lo funen en twitter. Que mejor despacharlo rápido. Es el revés de un Roger Waters yendo a la sede del Pit-Cnt: sabés que va a hacer algo de eso, y si no estás de acuerdo con él pero te gusta su música, pues te morderás la lengua hasta que pase el momento.
Porque después canta “Acompáñame a estar solo”, ¿y vas a dejar de corearla solo porque antes defendió que en el liceo le peguen al gordito?
Si por una de esas te ofendiste, te vuelve a comprar rápido cuando le habla y le canta a una chica vestida de novia que está apretada contra la valla — “vos no tenés frío”, le dice, para no decirle “che, estás muy despechugada” — o con las animaciones — claramente generadas con IA — que pasan en “Si el norte fuera el sur”: la Estatua de la Libertad vestida con ropas de colores indígenas, convertida en panzona, convertida en Elon Musk, convertida en un delivery con mochila.
Sin ser un virtuoso, Arjona sí que sabe usar su voz y la tiene bastante intacta a los 62 años, aunque parece apoyarse en las coristas en algunos segmentos. Además, es un artista del estar hablando y darse pie a sí mismo para empezar a cantar, como cuando venía en una diatriba sobre que la terapia de pareja no sirve, que hablar no sirve para resolver los problemas, que la única vuelta para ganar en el amor es aprender a perder, porque… “El amor tiene firma de autor / En las causas perdidas”, y ahí se embarcó jugando en “El amor”.
Javier Noceti
En “El taxista” salió un taxi al escenario y Midalys, con un cortísimo vestido rojo, hizo de la Rubia. Luego Ricardo se sentó, puso el foco en ella y dejó que sus mujeres bailaran a un ritmo salsero para que la gente se sumara y se sacara el frío con dos minutos de “una terapia que sí funciona”. Virginia cantó un pedacito de “Por una cabeza” al final de “Mujer de lujo”. Él abrió su corazón con “Todo termina”, el momento bajonero. Después, metido entre la gente en un segundo escenario cuadrado, aceptó pedidos del público y cantó pedacitos: “Quiero” (la de “levantarle la falda a la gorda del barrio”), “Marta”, “Ella y él”, “Pingüinos en la cama”, “Desnuda”. La máquina de hits. Gritó “¡dígalo!” cada vez que llamó a que la gente coreara con él.
Si a usted le gusta Ricardo Arjona y quiere ir a verlo en vivo, irá preparada. Sabe que a alguna él llevará al escenario para cantarle “Señora de las cuatro décadas”. Llevará, entonces, los globos dorados con forma de números que se usan en los cumpleaños, para mostrar que tiene más de 40. O pensará algún cartel creativo: “En breve dejo la 4ta década, mi sueño es cantarla con vos, ¿por favor, me subís?”, decía el de una mujer que confiaba demasiado en la vista del cantante. “Tengo 40 recién cumplidos” decía el cartel de otra, que adjuntaba un escaneo ampliado de su cédula. El mejor que vio este cronista: “Necesito subir y sacarme una foto real para que mi esposo deje de hacerme fotos con IA”, con una imagen de ella abrazada a Arjona en una playa.
Eligió, hombre de pueblo, a una que estaba realmente lejos del escenario, en la tribuna Olímpica, levantando globos de 4 y 3. La hizo venir desde allá, la sentó con él en un banquito y ella lo abrazó como si fuera el último varón en la Tierra; él le cantó el último “señora…” mirándola a los ojos y ella no se lo va a olvidar nunca.
Recién para los bises con “Minutos” y finalmente “Mujeres” se sacó la gabardina, la bufanda y el sombrero para revelar un pelo corto que le queda mucho mejor que cuando lo usaba largo. Que ser el señor de las seis décadas no le pesa para nada.
Se fue mientras explotaban fuegos artificiales y su banda se deslizaba de “Mujeres” a una versión de “We Are Family” de Sister Sledge, un último momento para que la banda se luciera y pudiera bañarse en los aplausos que a esa altura ya no eran solamente para él.
Si a usted le gusta Ricardo Arjona, para cuando se fue del Centenario ya se había olvidado de aquel discursito.
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