Ramón Bello y Alberto Reborati no fueron bien considerados en vida por la academia, por la intelligentsia montevideana de los años 20 y 30. Sí los tenía en alta estima el público, que los contrató para diseñar y levantar más de 500 casas, principalmente en Pocitos y Punta Carretas, también en Parque Rodó y Cordón. Así contribuyeron a crear la estética de esos barrios residenciales, que se expandían junto con la ola migratoria de una Europa devastada por la Primera Guerra Mundial. Y la estética básicamente se mantiene hoy.

La casa donde funciona Montevideo Portal, en Bulevar Artigas esquina Maldonado, es una de ellas. Con vitrales, con jardín amplio, con el revestimiento de piedra característico, con los ornamentos que no sirven para nada porque no tienen por qué. Cumple 100 años en 2027.

Esa diferencia entre respaldo crítico y popular esconde un debate artístico, más todavía que arquitectónico, que sigue vigente: a la vez, Bello & Reborati perdieron y ganaron a la larga. Su sello característico es un atractivo que las inmobiliarias destacan cuando tienen una en oferta, pero lo que se construye hoy masivamente dista de la línea que ellos marcaron.

La historia de una ciudad

Surgía en las segunda y tercera décadas del siglo XX el Uruguay moderno, post Saravia y Batlle y Ordóñez. Pasada la era de los caudillos y doctores, se ampliaban las clases medias y altas urbanas. Las clases profesional y comerciante. En Montevideo se desarrollaron obras públicas que hoy damos por sentadas pero que le cambiaron la cara a la ciudad; ninguna más importante que la Rambla Sur. Los grandes solares de la antigua Punta Brava (o Punta Carretas), de Pocitos, de Trouville, se fueron subdividiendo en manzanas y en terrenos. El tranvía eléctrico hizo más fácil llegar a la costa. Se reconstruyó el Hotel de los Pocitos. La oleada de decenas de miles de migrantes trajo una mayor sensibilidad europea en el diseño arquitectónico... y más mercado de viviendas.

Era una época artísticamente muy vibrante, la de las llamadas vanguardias, que así les seguimos diciendo tanto tiempo más tarde (es que en cierto sentido siguen estando a la vanguardia). Se dejaban de hacer en Montevideo las casas clásicas de zaguán y patio.

En 1921 se conformó legalmente la sociedad entre Alberto Reborati, estudiante de arquitectura avanzado, y Ramón Bello, constructor. Recuerda el trabajo La actividad inmobiliaria y la expansión urbana de Montevideo: el caso Bello & Reborati (1921-1936), firmado por Yolanda Boronat y Marta R. Risso en 1996, que en ese momento la normativa no exigía un técnico universitario que supervisara. Bastaba con saber hacer y tener habilitación. Pero fueron más allá de una empresa constructora como las actuales: tenían talleres de carpintería y herrería, fabricaban sus propios ladrillos, tejas y cerámicas, también baldosas y vitrales. Llegaron a emplear a dos mil personas, entre ellos artesanos y obreros italianos, ceramistas sevillanos, que, cuentan Boronat y Risso, “el mismo Reborati hizo venir expresamente de su lugar de origen”.

Tuvieron enorme éxito hasta que agarraron un proyecto demasiado grande, 400 viviendas para personal militar que cobraron a precio fijo; cuando la inflación se disparó, pisando la Segunda Guerra Mundial, se fundieron. Casi por los mismos años en que demolieron el Hotel de los Pocitos… puede que ahí haya algo. El cierre de una, otra, belle époque.

Cómo es una casa Bello & Reborati

Irene Ross es arquitecta, vivió 20 años en una casa Bello & Reborati hasta que la vendió porque le quedaba grande, y ha sido guía para Turisteando en recorridos por la ciudad con el foco en la admiración por esta casa constructora. Al acercarnos caminando a la sede de Montevideo Portal, señala las piedras usadas para revestir la fachada. Explica que compraban los restos de los bloques de granito: lo que otros descartan, es decir lo que queda cuando cortan limpiamente esos bloques, ellos lo incorporaban como decoración.

Subimos la escalerita a la entrada de la casa y ella señala los vitrales que hay en las ventanas y en las puertas que dan a lo que en otra época era el escritorio o el comedor (y que hoy son salas de reunión o estudios de grabación). Luego apunta a los detalles de yeso en las juntas de las paredes con el techo, y que es típica del estilo de esta constructora la forma de las barandas de madera que acompañan el camino al segundo piso.

Señala calles donde pueden verse varios ejemplos de casas Bello & Reborati, algunas de ellas pegadas: Santiago Vázquez y Avenida Brasil, Tomás Diago y Solano Antuña.

Muchas de las casas de Bello & Reborati siguen en pie un siglo después, y bien conservadas. Habitadas. Cuando uno aprende a reconocerlas, se da cuenta no solo de que ha visto varias, sino de que ha dicho: “Che, pero qué linda casa”. Que hasta ha fantaseado con comprar o alquilar una. Con vivir en una casa que no sea meramente funcional.

Como trabajaban con un público de alto nivel socioeconómico, era importante que las casas transmitieran sus aspiraciones, su estatus. Describen Boronat y Risso, entonces, cómo vestían sus fachadas: “Cornisas, aleros, frontones, ventaneos, balcones, logias, columnas, pilastras, frisos, decoraciones y revestimientos con distintas técnicas, tomados de los más variados lenguajes”. Podríamos agregar las escaleras externas decoradas.

En eso de los revestimientos en las fachadas con distintas técnicas y materiales, agregan: “Elementos cerámicos desde el tradicional ladrillo hasta el azulejo de color, piedras utilizadas con distintos cortes y aparejos, revoques de distintas texturas y tratamientos, maderas, hierro y pinturas aplicadas”.

Y hablando mal y pronto podríamos describir que también son típicas las “torrecitas”. Por eso el nuestro es el “castillito”.

A la interna de las viviendas, la arquitecta Ross agrega que la distribución sigue muy vigente y que construían en hormigón, algo reciente para el momento en que el estudio funcionaba. Cuando ella se mudó a una, cuenta, solo tuvo que agregarle un baño social. El resto la mantuvo tal cual estaba.

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Ni arquitectos ni modernos

¿Por qué en la Montevideo de hace un siglo el sello Bello & Reborati no tenía el mismo valor que se le da hoy?

Primero, porque no eran arquitectos. Eran constructores. Estaban por debajo de Vilamajó (que para empezar diseñó la Facultad de Ingeniería), de Cravotto (el Palacio Municipal), de Fresnedo Siri (la Facultad de Arquitectura), o de Scasso (el Estadio Centenario). Bello & Reborati hacían casas. Se los miraba con desdén. La revista Arquitectura, que difundía casas destacadas, los ignoraba: la Sociedad de Arquitectura del Uruguay quería poner en valor el título, que todavía era nuevo, y estos no lo tenían.

En eso, dicen Boronat y Risso, la revista “hizo destacada mención de realizaciones de numerosos arquitectos, que más tarde fueron olvidados”.

Y encima las construían con un estilo arquitectónico a destiempo con las modas de la época. En la jerga eran pintoresquistas. Aunque tomaban elementos de varios estilos, no encajaban con las vanguardias. No implementaban las curvas ni la decoración por momentos recargada del Art Nouveau —como el edificio Pablo Ferrando, en la peatonal Sarandí, donde hoy se ubica la librería Feltrinelli— ni las líneas más rectas e imponentes del Art Decó, tan populares en los edificios montevideanos de la primera mitad del siglo pasado —como donde está el Expreso Pocitos, o el hermoso Palacio Rinaldi en la plaza Independencia—.Mucho menos su obra pegaba con aquella máxima de que la forma sigue a la función, con el rechazo a lo decorativo que desembocaría en el despojo de la Bauhaus y la monumentalidad cargada de cemento del brutalismo.

Ni se parecían a los chalets de veraneo de inspiración inglesa o normanda que se construían en la costa de Montevideo —y que resaltaba la revista Arquitectura, según lo que recopilan Boronat y Risso—.

Casi como una broma del destino, cuando Bello & Reborati cambiaron y se volcaron más al estilo conocido como streamline —piense en el edificio de la Escuela Naval en la rambla de Carrasco, el ex Hotel Miramar— fue con el proyecto que los arruinó económicamente.

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Puesta en valor

Que sus casas sobrevivieran al tiempo y siguieran siendo populares décadas más tarde no fue bastante para cambiar la mirada académica. El arquitecto Mariano Arana, entonces intendente de Montevideo, escribió una nota preliminar al anteriormente citado trabajo de Boronat y Risso, el único estudio de referencia sobre el tema en el repositorio de la Facultad de Arquitectura y Diseño Urbano. “Cuando hace más de dos décadas propusimos en el Instituto de Historia de la Arquitectura el estudio de la obra de Bello & Reborati”, dice Arana, “se interpretó la iniciativa como despropósito entre irónico e irreverente”.

Hoy se entiende, sin embargo, que esta empresa constructora fue “generadora de ciudad”. Boronet y Risso llegan a la conclusión de que Bello & Reborati (disculpas por la cacofonía pero justo se da la coincidencia de iniciales) desarrollaron su propio lenguaje, que incorporaba elementos europeos —nostálgicos para los inmigrantes— apropiados de distintos estilos, y los potenciaba con esa ansia de estatus de sus clientes.

Por otro lado, Montevideo no es hoy una ciudad de casas como las de entonces. El grueso de lo que se construye en las zonas más densamente pobladas —y cada vez más también en las márgenes de la capital, donde se ha extendido la urbanización— son edificios de apartamentos. Hay de todo, claro, como también lo había antes, pero muchos de ellos del estilo “caja de zapatos con ventanas”, y muchos de ellos con materiales que no son de la mayor calidad: vaya a un apartamento viejo y a uno nuevo y compare cuánto se escucha a los vecinos (por más que en otros sentidos, como ammenities o velocidad del ascensor, lo nuevo sea indiscutiblemente mejor).

La construcción masiva por especulación inmobiliaria, por negocio, y no como un “traje a medida”, al decir de la arquitecta Irene Ross, ya no tiene esa calidad de materiales ni ese nivel de diseño. Donde se preserva eso hoy es en construcciones de lujo: en José Ignacio, por decir. Por eso Bello & Reborati ganó y perdió: ganó porque se puso en valor su trabajo, tanto cultural como económicamente; y perdió porque ya lo que ellos hacían no es posible. Es impensable para alguien de clase media acomodada mandarse a diseñar semejante casa en Punta Carretas.

Lo que sí es gratis: pasear por las calles de estos barrios y detenerse a mirarlas no como reliquias de un tiempo pasado sino como joyas del hoy. O, si se trabaja en una, como es el caso del autor de esta nota, no olvidarse cada día de pasar la vista por los detalles para que la belleza no se haga rutina.