Fito Páez, Charly García, Gustavo Cerati. Anita Álvarez de Toledo trabajó con todos ellos. Pero su trayectoria marcada no se quedó ahí, sino que se destacó por el movimiento constante. Argentina, México, Canadá y Uruguay fueron parte de ese recorrido, atravesado también por una afinidad temprana con Uruguay, que siempre fue para ella un lugar propio.
A principios de los 2000, Álvarez de Toledo integró una banda con la que recorrió los boliches de la Ciudad Vieja durante varios años. 20 años después un reencuentro fortuito los hizo volver a tocar juntos en Cabo Polonio. Hoy, junto a músicos del calibre de los hermanos Ibarburu, Urbano Moraes, Juan Pablo Chapital y Gustavo Montemurro, recuperó ese vínculo en un sexteto que combina soul, funk, candombe y rock.
Pero en palabras de Anita, lo que sucede en el escenario va más allá del virtuosismo o de las etiquetas musicales: habla de una "conexión álmica", de una energía compartida que la conmueve y la impulsa a cantar sin demasiado espacio para el juicio o el cálculo. Entre la actitud rockera, la formación jazzera y una vida guiada por el impulso, la artista encuentra en este proyecto una forma de volver a un lugar conocido sin que el tiempo parezca haber pasado. En entrevista con LatidoBEAT, Anita Álvarez de Toledo repasó sus años de itinerancia, el vínculo con sus referentes y las razones —más intuitivas que racionales— por las que Uruguay terminó convirtiéndose en su casa más sentida.
Se presenta junto a su sexteto en la Sociedad Urbana de Villa Dolores el 23 de octubre, y el día 30 en Pueblo Narakán, Punta del Este. Las entradas se encuentran disponibles y pueden adquirirse aquí.
Estás trabajando con una formación de sexteto con algunas de las figuras más importantes del Uruguay, y también lo has hecho en Argentina. ¿Cómo se dio esto?
Esto se dio gracias a un reencuentro que sucedió en abril de este año, que fue pura casualidad. Nosotros teníamos una banda a principios de los 2000. Teníamos diferentes formaciones; éramos siempre los mismos, pero tuvimos una banda propia que tenía casi la misma formación. En el bajo no estaba Urbano, por ejemplo, pero siempre íbamos rotando. Hacíamos temas propios, tocábamos en infinidad de boliches en la época en la Ciudad Vieja, que había millones de bolichitos para tocar. El Pony Pisador, el Fun Fun, y hacíamos todo un periplo donde tocamos sin parar durante tres años, éramos familia. Y bueno, después la vida. Yo me volví para Buenos Aires, los chicos estaban a full con Jaime, así que las agendas se habían puesto un poco imposibles. Y yo empecé con otros proyectos en Argentina, así que me volví para allá y después la vida. Cada uno siguió con lo suyo. Y 20 y pico de años después nos reencontramos en el Cabo Polonio, porque coincidimos con una fecha en la que yo iba de DJ, nada que ver. Los chicos estaban ahí porque iban a tocar, Chapa por su lado, con su banda, y el día anterior había tocado Urbano, entonces estaban todos.
Es que el Cabo es como una cocina cultural, pasa un poco eso.
Increíble, yo la verdad que no soy muy del Cabo. Creo que era la segunda vez que iba al Cabo en mi vida, o la tercera, y nunca me quedé más de una noche o dos. Así que fue un flash. Gracias a ese reencuentro, que fue totalmente casual, que obviamente no creo en las casualidades, decimos que el universo nos juntó de vuelta. Cuando vi que estábamos todos ahí tocando los temas, como si no hubiese pasado el tiempo, estuvo increíble. No íbamos a deshacer lo que acababa de hacer el universo, y ahí acomodamos las agendas de cada uno como pudimos. Y acá estamos, haciéndolo de vuelta. También haciendo temas nuestros de vuelta y bueno, de todo un poco.
Pasa mucho con los artistas uruguayos, cuando hay una figura muy consolidada culturalmente suele ser tenido en cuenta para varios proyectos a la vez. Los Ibarburu o Urbano Moraes son nombres que siempre aparecen. En este proyecto, ¿que dirías que aporta cada uno de los integrantes que lo hace diferente?
Más allá del talento que tienen, que es una obviedad, son personas muy especiales que canalizan una energía muy única y muy particular que va más allá del talento o no. Lo que a mí me sucede con ellos es que cuando estoy tocando, más allá de lo que está pasando musicalmente —que a nivel técnico es impresionante lo que hacen, porque son muy talentosos—, lo que más me conmueve es lo que está pasando energéticamente. Porque siento una conexión álmica muy profunda y muy verdadera, y que no tiene nada que ver con un proceso intelectual ni pensante. Pasa por otra dimensión. A mí lo que me emociona, me lleva y me imanta a ellos constantemente es ese estado en el cual entro cuando estoy cantando con ellos, que es único.
¿Y te pasa solo con ellos?
Sí. Creo que a ellos también les pasa lo mismo conmigo, lo hablamos. Todos entramos como en un estado, nos miramos y estamos todos en un estado muy increíble. Entonces yo creo que esas cosas suceden cuando es mutuo, es como el enamoramiento de alguna manera, pero no pasa por ahí. Es otra cosa, es algo muy único.
Si tuvieras que decirme un solo referente musical de tu carrera, ¿podrías?
Un mentor, Fito. 100%. Fito es mi mentor 100%, yo empecé a cantar con él cuando tenía 20, y de él aprendí todo. El fue la llave para para mi carrera, 100%. Al haber empezado a cantar con Fito tuve la exposición para que me vieran un montón de otros músicos con los cuales después terminé cantando. Así que Fito hoy día es mi hermano del alma, un ser fundamental en mi vida. Cuando era chiquita mi mentor fue mi hermano, que me enseñó a hacer música, a cantar y todo. Pero sí, en mi carrera artística, Fito.
Sos argentina pero estás hace muchos años acá en Uruguay, y has trabajado en las dos industrias, con todas sus similitudes y sus diferencias. Acá se habla mucho de esto de que somos pocos y se da una sinergia musical distinta. ¿Cómo has vivido vos ambas experiencias?
Yo siempre fui muy gitana, entonces nunca estuve el suficiente tiempo como para decir nada con respecto a eso, porque es una visión muy particular la mía. Yo estuve máximo tres años tocando acá, y después me fui. En Buenos Aires estuve quizá más tiempo, pero tuve una vida muy gitana porque viví también en México, toqué un tiempo ahí y tuve una carrera allá, y después viví también en Canadá. Obviamente el tamaño y la cantidad de gente infiere muchísimo, pero también hay ingredientes culturales que los hacen completamente diferentes. Uruguay tiene el ritmo por tener la morenada que Argentina nunca tuvo. Argentina tiene el rock que quizá Uruguay nunca tuvo, y para mí la fusión de esas dos cosas es una gloria.
¿Y qué fue eso que te hizo cambiar de horizonte constantemente, sobre todo desde lo musical? ¿Qué estabas buscando?
La verdad no tengo idea. Soy muy impulsiva, y cuando algo me llama de un lugar, me voy. Ahora no lo puedo hacer más porque tengo una hija de seis años, y cuando me quedé embarazada de mi hija yo estaba viviendo en México. Pero siempre tuve la fantasía de que si yo algún día era madre iba a querer que mi hija naciera en Uruguay, porque para mí Uruguay es el mejor país para crecer, para tener una vida conectada con la naturaleza, un ritmo de vida más acorde a lo que para mí es una buena vida. Una vida tranquila pero conectada, con una cultura linda, rica. Gente buena y mala hay en todas partes, por supuesto, pero yo siempre me sentí mucho más alineada con la energía de Uruguay que con la energía de Argentina. Argentina está en mi sangre y es una pasión desenfrenada en mí, pero yo desde muy chiquita siempre supe que iba a vivir en Uruguay. Siempre me sentía más a gusto en Uruguay que en Argentina. Mi madre creció en Uruguay, entonces tengo mucha familia acá y siempre mis vacaciones y viajes eran acá. Yo siempre me sentí mucho más a gusto en Uruguay que en Argentina. Es algo que no tiene una lógica, es absolutamente vibracional lo que te digo.
A nivel de sonido vos has incursionado en géneros que quizás no son los más masivos en el Río de la Plata, como el jazz, por ejemplo. ¿Por qué te guías a la hora de hacer música en ese sentido?
Si tengo que decir que yo canto algún estilo, yo soy de actitud más rockera que jazzera. El jazz fue una formación muy primaria, porque me enseñó mi hermano. Mi hermano fue mi primer maestro, estudiaba composición y arreglo musical en Berklee, en Boston. Era 100% jazzero. Entonces me formó un poco ahí, y después empecé a cantar rock. Medio el camino inverso que hace la mayoría de los músicos, que quizá empiezan con el rock, que es algo más simple, y después se va poniendo más complejo hacia el jazz. Pero mi naturaleza es bastante más rockera a la hora de hacer cualquier estilo, me tira más la actitud de entrega. Pero no en el sentido de la rotulación musical, sino como de actitud. Pero no el rock and roll de estar en pedo, sino en el sentido de que hay una entrega sin pensar mucho, y lo que me importa más en el momento es la interpretación y la falta de un juicio interno de si está bien o está mal. Es lo que estoy sintiendo, y lo tengo que sacar como lo siento. Es así.
¿Qué repertorio están trabajando con el sexteto para su show en vivo?
Lo que nos une a todos un poco es esto; el soul, el funk, el candombe, el rock mezclado con todo eso. Es un show muy apasionado, no es muy tranquilo, porque estamos todos en un estado, y es un nivel de entrega impresionante. Es un show muy apasionado.