Alejandra Gala arrancó como nadadora, compitiendo en nado sincronizado a nivel sudamericano. Pero su vocación, su llamado, estaba en la música. Qué exactamente la llamaba de la música le llevaría años definirlo.
Tuvo que tocar la guitarra en una banda de rock junto con su hermana gemela, la bajista Patricia Ligia. Tuvo que trabajar en un circo, como acróbata y en la banda. Tuvo que dejar el nado, pero no el agua: trabajó veranos varios como guardavidas. Tuvo que toparse con una trompeta y que la trompeta la enamorara más que el novio que se la prestó. Tuvo que tocar años con la Croupier Funk. Tuvo que viajar a Cuba y fascinarse con los salseros de La Habana. El llamado estaba ahí, sonaba desde ahí dentro, desde el bronce.
Entendió que por la falta de tradición local, si quería formarse en trompeta iba a tener que irse afuera. Estudió en Buenos Aires primero, luego aplicó a Berklee: la escuela de música contemporánea, especialmente de jazz. No quedó. Quedó, sí, en otra escuela ubicada también en Boston, enfrente de Berklee. Y allá fue, pero con el plan de insistirles. De ganarles por cansancio.
Les ganó.
Cursó la maestría en Berklee, con una tesis que combinó jazz, candombe y perspectiva de género, concretada en un disco que va a presentar en Montevideo en la Sala Rondeau el 22 de octubre, con entradas a la venta en este link.
Se vino a Montevideo el año pasado junto con su pareja, que también es músico, pero con la idea de repartirse entre las costas norte y sur del océano Atlántico. En el ínterin, con solo dos días de anticipación la contactaron para tocar —muy embarazada— una versión salseada de “Chantaje” en los shows que dio Shakira en el estadio Centenario.
De todo ese recorrido charló Alejandra con LatidoBEAT.
Alejandra Gala en el Conservatorio del Sur. Crédito: Javier Noceti
No entiendo todas las cosas que hiciste en tu vida. Empezaste compitiendo en nado sincronizado, ¿a qué nivel llegaste?
Sudamericano, copas australes, que eran como Chile, Argentina, Uruguay, representando a la selección. Después el nivel del nado mejoró muchísimo, pero sí es gran parte de mi formación como persona. Siempre digo que el deporte y la música tienen re que ver. La práctica, la disciplina, la constancia, el gesto técnico, que vos lo practicás y lo perfeccionás. El nado, particularmente, en relación a la música, también es un deporte muy performático. Vos ensayás y hacés tu ejecución. Y en la música hay algo de eso.
La sincronización calculo que también.
También, es muy rítmico, sí. El nado, particularmente, es supermusical. Me dediqué como deportista de elite, si querés le podemos decir, hasta los 19, 20, 21, más o menos. Pero siempre también toqué guitarra desde muy niña.
¿Y qué hacías de guitarra?
Guitarra clásica primero. Y después en el liceo me compré una guitarra eléctrica, tenía una banda con mi hermana, teníamos un trío. La típica banda que te juntás en el garage los fines de semana, de viernes de tarde a lunes de mañana estábamos con otra amiga batera. Hacíamos rock-pop. Nos agarró la explosión del Pilsen Rock cuando estábamos tipo en tercero de liceo, por ahí. La Vela, La Trampa, Buitres… Como a los 21, 22, agarré la trompeta y me fue enamorando.
¿Cómo llegás a la trompeta? Porque entrar en la guitarra es muy fácil, hay por todos lados.
Tenía un novio en ese momento que es trombonista y que antes tocaba la trompeta, tenía la trompeta ahí y un día se la pedí. “A ver, ¿puedo probar?”. Me enseñó la básica y para mí fue re linda la trompeta, porque me acerqué al instrumento de una forma tan… sin pedirle nada, ¿viste? Y la trompeta me devolvió mucho, mucho disfrute. Es un instrumento bastante difícil, técnicamente, pero yo sacaba algo en la melodía en la guitarra y lo pasaba a la trompeta, ya había ahí un entendimiento que me ayudaba.
Siempre me gustó dentro de la música popular el jazz, la improvisación y lo filosófico atrás de lo que implica improvisar. Esa cosa de estar presente y de fluir y de poder ser capaz de hablar un lenguaje común, más allá de que la música en sí lo es, ¿no?, pero en las formas, entender dónde estamos, lo tuyo, lo mío.
Tenía un profe en Berklee que miraba la trompeta y me decía: “Esta es nuestra iglesia”. This is our church. “Yo voy todos los días acá”. Y es real, es un instrumento donde todos los días tenés que practicar, pasar por ciertos lugares. Como que te calibra. Creo que si espiritualmente te aunás con eso, es un camino de vida.
Eso habrá sido como a los veintipoco. Ahí estaba estudiando antropología en ese momento y además hice guardavidas. O sea, la tipa no paraba.
¡Por eso digo!
Fui guardavidas como seis años, siete años.
¿En qué momento estuviste en el circo?
Bueno, el fin de nado, entre los 16 y los veintialgo. Mantuve un tiempo nado y circo y después fue circo. Estuve en la escena un tiempo como acróbata, porque también es muy físico, ¿viste?, estaba esa facilidad. Me gustaban pila los malabares, que también es re rítmico. Los malabaristas están re locos, están demás, me encanta. Pero después sucedió que, “bueno, vamos a hacer un espectáculo con el grupo”, y naturalmente con Pati fuimos como: “Nosotros vamos a ser la banda”. Casi todo con guitarra, alguna cosa hice con trompeta ya en el final, con los clowns, me acuerdo de que en el Solís toqué trompeta. El circo para mí fue una escuela maravillosa y muy potente. En el 2013 me fui de viaje a Cuba y ahí entendí que era con la música y era con la trompeta.
¿A dónde fuiste?
Fui a La Habana. Tomé clases, estuve como tres meses. Estuvo muy bueno, porque en Cuba la música es una cosa muy seria. En todos lados creo que es una cosa seria, pero a mí me parecía que acá, o al menos en el mundo que me rodeaba, a veces no terminaba de dimensionar lo serio que es tocar un instrumento y la trompeta.
Más un juego era acá, capaz.
Claro, y la típica pregunta de estás estudiando y querés ser músico, “pero, ¿y además de músico, qué?”. En Cuba fue como: “Guau, te viniste de Uruguay para acá a estudiar”. Y “tú eres dura, mira que la trompeta no es fácil”. Y yo decía, “claro, si quiero dedicarme a esto… o sea, un médico le dedica miles de horas de estudio. La música es igual”. Volví de Cuba con la decisión tomada. Estuve un tiempo acá en la EUM [Escuela Universitaria de Música, ahora parte de la Facultad de Artes], hice lo básico y después me fui seis años a Buenos Aires. Estuve del 2014 a la pandemia, casi. Hice primero una escuela y después conservatorio. Y ahí fue como de los 25 a los 30 y poco.
Y la antropología, chau.
Sí, vos sabés que la dejé. Me encantaba también, eh, hubiera estado demás terminar. Luego apliqué a Berklee dos veces. La primera vez no quedé. Quedé en otro conservatorio en Cambridge, que era enfrente. Fui para ahí un año, que me becaron re bien, pero no era una beca completa como la de Berklee, que es tipo superbeca. Entonces dije “invierto, hago un año allá, ya estoy ahí, vuelvo a aplicar, les caigo, empiezo a acercarme, que me vean”, porque tienen algunas actividades abiertas. Y la segunda vez fui con todo. Yo ya estaba, tipo: “¡Dale, quiero estar acá!”. Me acuerdo cuando entré, Danilo Pérez, que es el director, que es pianista, me felicitó, me dijo: “Tu perseverancia, bien vos. Nosotros queremos estudiantes como vos”. Y yo tipo [imita el llanto]. Porque es como un sueño.
Alejandra Gala en el Conservatorio del Sur. Crédito: Javier Noceti
¿Cómo es Berklee?
Berklee es un lugar muy loco, es un ambiente universitario pero realmente los artistas que pasan por ahí, ya sea como en residencia o porque van y tocan en el teatro de Berklee, lo que sea, siempre alguna clase se les cae, los escuchás hablando acá y allá, los ves pasar por los corredores, son músicos de un nivel descontrolado. Tipo Omar Hakim, que es batero, que hizo... Omar Hakim debe haber tocado, no sé, con todo el mundo. John Patitucci, él era artista residente de la maestría, y es un músico que shapeó la forma de tocar el bajo en los 80, 90. Y sesionista de todo el mundo, grabó con todo el mundo. Entonces es un lugar en donde, claro, te explota la cabeza.
Es más jazzera la onda, ¿no?
Hay de todo. Arrancó muy jazzera. Era una escuela que arrancó con toda una teoría de Lee Berk, que la armó, un método para arreglar big bands. Con la explosión del pop y el urbano y otras cosas, el departamento de jazz se va haciendo más pequeño. Pero sí tienen muchísima tradición como universidad. Creo que es una de las universidades donde se ha estudiado más y cristalizado más académicamente el jazz.
En lo que estás haciendo ahora mezclás una cantidad de cosas, hasta estuviste con Shakira.
Creo que como músico de sesión está re bueno que vos te ponés al servicio del artista para el que estés trabajando, ¿no? Y si es Shakira, que fue increíble… Llegó ese llamado y fue imposible decir que no. De hecho me moría de la emoción de hacerlo embarazada porque fue muy especial. La experiencia más magnífica, real, literal.
O sea, tu hijo tocó con Shakira.
Sí, sí, Dante tocó con Shakira. Y además, su padre, Benjamín [Barreiro], que es saxofonista, él estaba, ¡entonces estábamos los tres!
Contame más de la maestría.
Funciona como una residencia. Sí hay clases, pero es todo muy práctico. Estás casi todo el año escribiendo música, tocando música de tus compañeros, grabando, produciendo.
Y te dan feedback, digamos.
Te dan feedback. Vienen estos monstruos… por hablar de Patitucci, me acuerdo que él me ayudó a componer una de las líneas de bajo de un candombe en cinco [tiempos], es como que te diga que Messi te enseñó a patear, ¿entendés? Fue tremendo privilegio.
El disco viene a ser tu tesis de maestría.
Claro, entonces tiene todo como un lado como teórico, de cierta narrativa, porque vos cuando terminás la maestría presentás la música, pero hacés una curaduría, una defensa de tesis. Mi tesis se llama Tradición y género: una historia de ritmo, mujeres y símbolos.
Te hago una pregunta más musical y después vamos a eso más teórico. El candombe, ¿siempre estuvo en tu vida o es la típica de cuando estás afuera que reconectás con lo propio?
Siempre estuvo. Cuando éramos chicas, pasaba por la puerta de casa una comparsa, Los Chinchín; salía de la Facultad de Ingeniería. Siempre salíamos a escuchar los tambores. Y después cuando hice el curso de guardavidas en Maldonado, los gurises tocaban el tambor y en un momento manija, manija, se armó una cuerda e hice dos veranos desfile. Llamadas de San Carlos, llamadas de Maldonado…
¿Bailando o...?
Bailando, bailando. Y una vez desfilé acá en Montevideo con los Chinchín. En los Chinchín había muchos guardavidas, entonces entré por ahí. En mi casa se escuchaba mucho Rada. Pero es verdad lo que decís, no es como que te vas y te hacés la más candombera del mundo, sino que creo que te vas a un lugar como Berklee y al final decís: “¿Yo qué tengo que a mí me hace ser especial en esta pecera de tiburones?”. Porque también los estudiantes y los compañeros son unas bestias. Está bueno para revalorar: tenemos el candombe, tenemos la murga, tenemos el tango. Yo no me voy a ir a tocar bebop, jazz, si tengo a este loco que nació en Detroit y es de acá y toca la trompeta desde que tiene nueve. Ahí también revalorás desde la perspectiva de lo propio.
¿Qué apertura viste hacia el candombe en Berklee?
No es un ritmo muy conocido, mucha gente lo conoce, pero no es un ritmo tan conocido como, no sé, la salsa, la bossa nova, otros ritmos latinoamericanos que llegan a Estados Unidos y que están re pegados. El candombe era como: “¡Oh!”. Abrían los ojos tipo: “What the fuck? ¿Qué es esto? Tiene clave, pero se subdivide en semicorcheas”. Realmente sí llamaba la atención. Los gringos piran con Sudamérica. Es una explosión rítmica que tenemos en esta latitud. Miles [Davis], por ejemplo, con los brasileros, con Hermeto [Pascoal]. Después Wayne Shorter también, cuando conectó con Milton Nascimento.
Está demás ir con la mente en alto y decir: “Ta, yo traigo esto, vengo a aprender”. Obviamente, yo recontra quería aprender de jazz y más del instrumento, sobre todo por esto que decís: acá no tenemos tanta escuela ni tradición —como sí la tenemos de guitarra— de trompetistas y de música improvisada. En ese lenguaje no tenemos tanto. Entonces, desde que me empezó a interesar esa música, siempre supe: “Bueno, voy a tener que volar un tiempo para afuera”. Y ahora volvimos y estoy acá, estabilizando un poco la vida, con muchas ganas de presentar el disco, divino, pero con ganas de juntarme, de transmitir lo que estuve aprendiendo, de lo que estuve haciendo, lo que vi de cómo se hacían las cosas. Montevideo está lleno de músicos…
Está zarpado.
Muy zarpado. Todo el mundo toca un instrumento y es como, ahora que murió Rada, no somos tan grises, ni nadie puede bailar. Sí podemos bailar, sí tenemos ritmo, sí tocamos instrumentos y cantamos. Lo que pasa es que a veces es como tenemos como esa propia idea de nosotros mismos. Es un viaje.
Contame ahora sí del tema género en tu tesis y tu encare de la música. Porque entiendo que lo trates en la parte teórica: es decir, las mujeres siempre han tenido menos espacio para determinados géneros musicales o determinados instrumentos. Si pienso en grandes jazzeras, pienso en cantantes.
Totalmente, totalmente.
Alejandra Gala en el Conservatorio del Sur. Crédito: Javier Noceti
Pero, ¿cómo llevás esa teoría a la práctica del disco?
Yo cuando audicioné tuve que presentar como tres ideas de posibles tesis. El perfil de la maestría tiene una parte social, una parte educativa y la parte creativa. Es re importante eso, porque todas las músicas que se van trabajando a lo largo del año siempre las bajan por el lado del activismo social. Es un perfil re fuerte de esta maestría. En parte porque Danilo Pérez, el director, que es un pianista panameño, fue pianista en los últimos tiempos —hasta que falleció— de Wayne Shorter, el saxofonista. Y Shorter es un músico de jazz que tiene una impronta de activismo social... el jazz tiene una impronta de activismo social desde sus orígenes. Shorter siempre mantuvo esa visión de que con la música y con lo que hacés con la música vos podés generar un impacto positivo en el mundo, en la comunidad que te rodea.
Entonces partiendo de esa base, todos mis compañeros, todos planteábamos diferentes búsquedas artísticas o creativas, pero que trataran temas de género o de repente, no sé, crisis medioambiental. Tenía un amigo que hizo de capoeira. Yo originalmente había ido con la idea de revisitar el registro de Lauro Ayestarán, que es un musicólogo. Tiene un disco que se llama Un mapa musical del Uruguay, que tiene un montón de registros…
Fue grabando por el país él.
Sí, entre el 40 y pico y el 60 y algo. Ese disco tiene como 30 grabaciones. Pero claro, cuando llegué a Berklee dije: “Pará… candombe”. Fue muy evidente que desde lo rítmico y desde lo que también yo podía enganchar con los compañeros y compañeras que tenía ahí, es como: “Ta, es esta mi impronta”. Y a la vez también había presentado una idea con perspectiva de género y dije: “Bueno, voy a unir estas dos ideas”. Porque la perspectiva de género también ha sido para mí, en los últimos años, un tema que me atraviesa, realmente me sensibiliza mucho. Y sí, creo que a través de la música podamos usarla como una excusa para hablar de esto, encontrarnos y dialogar. Como comunión. Amor. Ese es el espíritu.
Fuiste llegando a esta idea de tradición y género.
Tradición, sea lo que sea, y género. Enfrente al instituto, el Global Jazz, que es donde yo hice la maestría, estaba el instituto de —en inglés se llama Jazz and Gender Justice— jazz y justicia de género, que suena medio dramático, pero es así. Golpeé esa puerta, me involucré lo más que pude con esa gente. Ese instituto lo dirige Terri Lyne Carrington, que es baterista. Está Kris Davis, que es otra pianista, que también ella fue una persona que me re extendió su ala, me mentoreó bastante, me abrió pila de oportunidades. De hecho, yo después hice una pasantía, trabajé con ella, sigo en contacto con ella, y te estoy hablando de una mujer que fue votada mejor pianista del año en la revista DownBeat ahora. Y le mandé un mail el otro día con una foto de Dante, tipo: “Hey, Kris, bueno, el año viene siendo muy loco, this is Dante”. Y ella me responde, ¿viste? Eso está re bueno.
Entonces, estaba ese instituto ahí.
Voy bajando a la pregunta. Me empecé a acercar a sus forums, a sus clases abiertas, a sus ensambles, y el antirracismo y la perspectiva de género o el feminismo son diferentes caras de una misma moneda. Ellos lo hablan así. Así como también las cuestiones ecológicas lo son. Creo que eso es muy de Shorter y de esa escuela de músicos, que hay que entender que las causas sociales todas medio que tiran para el mismo lado. Terri dice pila eso: “Tengo muchos colegas”, hablando de varones, “que votarían a una mujer para presidenta, pero no pondrían a una mujer en su banda”. Y están re embanderados, el jazz desde siempre re embanderado con cuestiones de antirracismo, y no pondrías a una mujer en tu banda. No puedo entender que no veas que es una forma diferente de discriminación y es igual de importante.
¿Cómo conectaste esta esfera con el candombe?
Mi puntapié inicial fue: voy a entrevistar a mujeres del mundo del candombe, sean bailarinas, sean tamborileras, sean maquilladoras, en el rol que estuvieran cumpliendo. Y esas conversaciones me fueron inspirando y abriendo camino para escribir la música. Me pasaron un documental que se llama Tamborileras.uy, que lo hizo Victoria Bonanata y la Chacha de León —percusionista, Latasónica, La Melaza—. Ahí hay un minidocu de Chabela Ramírez, una figura afrofeminista, de la cultura candombe. Para mí, una referencia máxima total. Y después Luquita [Fargas], que fue la primera tamborilera en desfilar en el desfile oficial tocando el tambor.
Ahí se me ocurrió una canción, de escribirla a las primeras tamborileras, pensando en Luquita. Ese es uno de los cortes, que se llama “I dare you”, que ya está afuera. Y “I dare you” viste que significa…
“Te reto”.
Para mí ahí está el juego y ahí va bajando a la música, ¿se entiende mi cabeza? Y I dare you a la vez es la respuesta que Shorter da cuando le preguntan qué significa “jazz”. El loco dice: “I dare you”. [Se ríe]
Hacíamos videollamadas y siempre cortaba muy inspirada. Eran como charlas filosóficas incluso. A veces me hasta emociona; te juro, hablo y me emociono porque es como: “Guau, qué potente esto”. Como, “ta, el candombe se toca así. Bueno, voy a reimaginarme un candombe con esta historia que no fue contada”. Vamos a hacer un candombe en tres, a ver cómo sería el groove. O voy a hacer un candombe en cinco. “I dare you” es un candombe en tres y aparece un candombe en cuatro por abajo, juegos re musicales. Esa es la forma que yo voy encontrando de bajar toda esta teoría a la música. Y, por otro lado, armando la banda mixta.
Alejandra Gala en el Conservatorio del Sur. Crédito: Javier Noceti
¿Para el show próximo?
Para mí es re importante ahora en la presentación, yo re quería tener mujeres en los tambores, para mí no era menor. Así que se armó una cuerda mixta, y la banda somos nueve. Medio que muta un poco, porque por momentos bajan unos, suben otros, de repente estamos las nueve. Y después, la front section, la línea de adelante, somos saxo tenor y flauta, que toca las dos Lara Haller; Trilce Medina, cantante, y yo, trompeta. Que ya te digo, en algunos temas estamos las tres, en otros temas dos, en otro tema yo sola…
Va a ser entonces una oportunidad para poner en práctica toda la maestría.
Como decíamos, la trompeta capaz que no es un instrumento popular como la guitarra acá, pero ¿qué pasa si mezclamos jazz, candombe, perspectiva de género, una trompetista mujer y sale este cóctel?
Hay que ir el 22 de octubre a la Sala Rondeau para descubrirlo...
Sí, sí, sí. Hay que venir con la mente abierta, corazón abierto, pecho abierto.