Hacia la mitad de Tiempos de ilusión (2026), cuatro chicos de 12 años juntan coraje y monedas para alquilar una película porno en un videoclub de las afueras de París. La empleada, una señora que parece haber visto todo lo que hay en los estantes y buena parte de lo que no, los atiende con paciencia de bibliotecaria. Ya en la casa, con el VHS puesto y la respiración contenida, llega la madre de uno de ellos. Todos terminan sentados frente a Un hombre y una mujer (1966), de Claude Lelouch, que para un chico de 12 años debe ser lo más parecido a un castigo que el cine francés tiene para ofrecer.

Nakache y Toledano son los responsables de Amigos intocables, la película de 2011 que vendió 19,2 millones de entradas en Francia y que después fue rehecha varias veces, incluida la versión argentina, Inseparables (2016). A su cine se le suele reprochar cierta voluntad de agradar, como si gustarle a mucha gente fuera un defecto de carácter. Tiempos de ilusión, su noveno largometraje, se estrenó en Francia el 15 de abril y consiguió más de dos millones de espectadores. En Montevideo se pudo ver en el Festival de Cine Francés que, del 15 al 21 de octubre, organizaron en Life Cultural Alfabeta la Embajada de Francia en Uruguay, ENEC y BuenCine.

Es también la más íntima de sus películas. Toledano tenía 13 años en 1984 y Nakache los cumplió en 1986, y el film está dedicado a sus padres, Raphaël Toledano y Marc Nakache, que murieron durante la producción. Sabiendo eso, cuesta mirar al padre de la película sin una pequeña punzada.

Vincent está por cumplir 13 y tiene su bar mitzvá en el horizonte, aunque el rabino que pasa por la casa a darle lecciones le interesa bastante menos que la posibilidad de tener un cuarto propio. Lo comparte con Arnaud (Alexis Rosenstiehl), su hermano de 17, que escucha a The Cure y Joy Division como otros rezan y que se financia grabando casetes pirata. Los padres pelean con regularidad. Yves se quedó sin trabajo y no se lo contó a nadie. Sandrine lleva años de secretaria y estudia para un examen que podría ascenderla. Y cerca de ellos vive Anne-Karine (Jeanne Lamartine), con quien a Vincent le toca hacer un trabajo escolar y que, al principio, lo mira como se mira a un mueble.

Simon Boublil, que los directores encontraron después de ver a unos dos mil chicos, tiene algo del Jean-Pierre Léaud de Los 400 golpes (1959), pero sin la tristeza y con mejor suerte. Es imposible no reírse con Louis Garrel interpretando al padre. Durante dos décadas Louis fue el muchacho atormentado del cine de autor francés, en las películas de su padre, Philippe Garrel, y en las de Christophe Honoré, siempre a punto de fumar o de llorar. Acá tiene un bigote de vendedor de autos usados y una cara de perro abandonado que activa cada vez que aparece el encargado del edificio, al que Pierre Lottin interpreta con una desfachatez irresistible. El diario suizo Le Temps lo describió como mitad Droopy, mitad Starsky. Se podría agregar también una pizca de Jacques Tati. Camille Cottin, como Sandrine, dice las cosas más feroces sin levantar la voz y, entre los dos, arman un matrimonio que vive al borde del divorcio sin ninguna intención real de llegar a eso.

Hay casi 30 canciones en la película, entre ellas “In Between Days”, “Transmission”, “Holding Back The Years”, “Getaway”, “Un Autre Monde”, de Téléphone, y “Just An Illusion”, el hit de Imagination de 1982 que le presta el título. Alguno podría decir que son demasiadas. Pero es la cantidad exacta que sonaba en una casa de 1985, con la radio prendida en la cocina, el hermano mayor encerrado con sus discos y esos concursos radiales que interrumpían cualquier conversación. La música funciona como el empapelado: uno deja de notarla hasta que alguien la arranca. Y cuando la familia se pone a bailar, cosa que hace más de una vez, la película consigue algo que muy pocas comedias logran hoy, que es dar ganas de pararse de la butaca y bailar con ellos.

"Tiempos de ilusión" (2026), Olivier Nakache y Eric Toledano

Nakache le dijo a Le Temps que en los 80 se reivindicaba una cultura y no una religión ni nada que dividiera. Así está filmado el bar mitzvá de Vincent; como una costumbre familiar, algo fastidiosa, que nadie usa contra nadie, y es difícil no ver ahí una respuesta a la Francia de estos años. En algún momento los directores citan La vida fácil (1962), de Dino Risi, que termina con un auto cayendo por un barranco y uno espera, por reflejo, que algo se rompa.

No se rompe. Habrá quien lo llame ingenuidad. Otros podrán confirmar que aquellos chicos frente a la película de Lelouch, que habían ido a buscar otra cosa, en realidad salieron, sin darse cuenta, un poco más grandes.