Charli XCX es un malestar constante. Lo replica en su distorsión, en su voz arrastrada, en su cara. Aunque tiene más de una década de trayectoria musical y ocho discos, fue recién con Brat (2024), el penúltimo, que consolidó una fama más mainstream. Aunque hace pop, se instaló en el lado más insalubre del género. Una estética autodestructiva. La Brat de las Barbies.
Este juego de opuestos no es casual: tuvo roces con Taylor Swift y con Madonna. La primera la acusó de drogadicta, respondiéndole a un primer ataque de Charli. La segunda reaccionó a la letra de “Rock Music” de Charli en un posteo de Instagram: “If your dance floor feels dead, maybe you're playing the wrong music” (Si tu pista de baile se siente muerta, quizás estás poniendo la música equivocada). Figuras muy distintas que lideran la escena femenina del pop, cada una desde sus décadas. Es la cara B de ese pop tan viral de la industria. Pero le gusta serlo, lo defiende.
Su nuevo disco, Music, Fashion, Film (2026), sorprendió a la escena con una apuesta diferente en su sonido y con referencias metaartísticas constantes. Es el álbum de una mujer, pero la portada la protagonizan tres hombres: John Cale, Marc Jacobs y Martin Scorsese. Dos figuras históricas de la música y el cine, y un representante global de la industria de la moda actual. Un homenaje a tres mundos expresivos que a ella le apasionan, hacia los cuales se escapa.
Pero, aunque sea un homenaje a la estética por momentos, la ironía respira en todo el álbum. En cada video, en cada gesto, en cada ruido.
Le sigue “SS26”: una pasarela, una afirmación de alguien en francés. “La moda no nos va a salvar, pero vayamos a la pasarela y caminemos”. Una sátira a la industria de la moda y la banalidad del consumo cuando el mundo actual es desagradable. Una temporada de colección indumentaria ridiculizada: “Spring-Summer ‘26, when the world is gonna end no hope for anything. We’re walking on a runway that goes straight to hell” (Primavera-verano 2026, cuando el mundo se va a acabar y no queda esperanza para nada. Estamos desfilando por una pasarela que lleva directo al infierno). Y: “Nothing’s gonna save us, not music, fashion or fame” (Nada va a salvarnos, ni la música, ni la moda ni la fama).
No hay salvación, somos todos malos, nos podemos distraer en un rato, pero igual nos vamos al infierno. El mundo se cae, pero mientras el vestido me quede bien, ya está.
“Card Declined” sigue por la línea de la agonía. Para la tercera canción, el breve sonido optimista que iba en contra de las letras en las canciones anteriores ya se apaga. El bajo es muy pesado y suena muy oscuro. Una vez más no concuerda con la letra, pero a la inversa: “Let’s go shopping / I’ll buy a handbag, I’ll buy some shoes, I’ll buy a smile” (Vámonos de compras, me voy a comprar un bolso, unos zapatos, una sonrisa). Con un giro drástico cerca del tercer minuto, cambia totalmente de registro. Suena, lejanamente, a Nirvana, pero un poquito más alegre.
En “Camera” cuenta lo que siente cuando la alumbran los focos y el cine. Con un video protagonizado por el actor francés Vincent Cassel, se regodea en su dolor y cuenta lo que siente casi todo el tiempo: “I’m always craving an experience that feels dangerous” (Siempre estoy buscando una experiencia que se sienta peligrosa).
Lo que sigue mostrando Charli en todas estas canciones, muy distintas a las de Brat, es que no usa la distorsión solamente como recurso sonoro, sino que es su forma de relacionarse con la cultura pop. Y, para muchos, la transgresión se tolera mientras permanezca en determinados lugares culturales. Charli hizo un disco más rockero, que pasó a ser algo mucho más interesante, un disco sobre las cosas que usamos para escapar de una realidad de la que sabemos que no podemos escapar.
A partir de acá, el sonido se ilumina un poco con “2007” para volver a caer en “I’m Afraid”: no quiere hablar de lo malo, pero tiene que hacerlo para que su interior “no se vuelva negro”. Continúa con “Yeah”, que casi no tiene letra, para llevar la fusión a la cúspide. Voz y sonido en distorsión, rock y electro casi al mismo nivel.
El atrevimiento llega al extremo con “Wink Wink”, otra canción irónica en la que el video desmiente todo lo que dice en la letra. Está excitada, se revuelca en el suelo, se masturba, se moja las tetas mientras asegura: “I fucked your dad, just kidding”, “I used to jump on trampolines with no underwear on, and now basically I wear trousers” (Me cogí a tu padre, es broma, solía saltar en camas elásticas sin ropa interior, y ahora básicamente uso pantalones). Y sigue: “I'm not a bad girl anymore, wink wink wink” (Ya no soy una chica mala, guiño guiño guiño). Ironía.
“Persona” y “Magic Metal Montana” refieren tímidamente a un vínculo afectivo poco claro, seguramente poco sano también. Esto ya lo habíamos visto en su álbum Wuthering Heights (2025). Algo de eso quedó impregnado.
Para cerrarlo eligió un broche muy potente: “No One Lasts Forever”. Una canción en la que, extrañamente, participa el cineasta David Cronenberg, un maestro del terror. El cine se hace presente una vez más. La canción es el susurro existencial del disco. Se separa del abuso de la sensación, del exceso, del dolor, y se hace preguntas sobre el mundo en una pulsión de muerte literal. Dura casi seis minutos, de los cuales el minuto y medio del final contiene líneas habladas por Cronenberg. Cuestiona la eternidad del arte y su separación de la carne y el hueso de su autor. Para después, al final, afirmar sin parar: “And no one’s gonna last forever” (Y nadie va a durar para siempre).
Hay muchas formas de entender el arte. Puede concebirse, por ejemplo, que el objetivo principal es crear belleza. Para otros, expresar lo que se tenga adentro, sea eso bello o no. Aunque Charli XCX no deja de ser una artista pop que no representa a ninguna vanguardia ni cambia las reglas de juego, escupe sus propias tripas. Y eso, para muchos, resulta desagradable. Se lo esperan en una escena más under, en algún sótano lleno de humedad con artistas que cantan por deporte. Pero no estaba tan presente en la escena pop, y para muchos es mejor que no tenga su lugar en ella. Que no siga escalando. Que no tiña el rosa de negro.
Si “No One Lasts Forever” cuestiona la permanencia del arte, entonces todo el desfile de música, moda, cine y fama que apareció antes puede leerse como una colección de mecanismos de evasión frente a la muerte. Y así, Charli no necesita inventar un lenguaje nuevo para hacer buenas canciones. Ni Charli ni ningún artista. Su aporte artístico está en deformar lenguajes existentes hasta hacerlos propios y llevar esta propuesta a festivales masivos y al mundo pop más vulgar de todos.