Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
El Indio Solari sospechaba que todos los días se accede a un milagro, solo que hay que saber buscarlo: se hace el vivo y suele esconderse en las hendiduras y en los bordes del amor. El milagro quizás pueda ser esa pulsión nocturna que uno sale a perseguir con los dientes apretados para romper la monotonía del aburrimiento cotidiano; ese misterio que corre por las calles, las mismas por donde de golpe se cuela la belleza o el descalabro. Pero también el milagro quizás duerma en una idea, en una tensión por sentirnos vivos justo ahora, mientras el mundo gira y buscamos ver cómo no marearnos. Ahora, ¿qué pasa cuando ese milagro no llega? ¿Qué se hace con el deseo cuando la noche escupe solo silencio? ¿Qué sucede con toda la humedad, el miedo, la rabia cuando el mantra “que suceda un milagro” se repite hasta el cansancio y la boca no para de sangrar?
El colectivo de artes visuales LADRA —integrado por Josefina Abramczyk, Tatiana Bermúdez, Candelaria Gómez Barros, Sasel Giménez y Lucía Paulo— inauguró el pasado 21 de octubre en Hiperespacio (Pérez Castellano 1370) la instalación Milagro en el sur que se puede visitar todos los días, salvo los miércoles, desde las 09:00 hasta las 19:00 hasta el 21 de noviembre. Para ellas, posicionarse desde el sur significa habitar un lugar sensible y profundamente político desde el cual mirar y así esperar la explosión (ese milagro) que ayude a comprender el presente como un territorio presente, vivo y en movimiento, y no esperar a que el futuro baje de repente a salvarnos.
En la entrada de la exposición, un texto realizado con la técnica de aerógrafo en tela recibe a los visitantes a modo de manifiesto o conjuro colectivo, advirtiendo que, pese a todo, ellas siguen buscando el milagro. A través de un caos ordenado donde conviven el fuego de las velas, las caras monstruosas, la pintura sobre tela, el bordado fino y una tímida instalación sonora, LADRA construye un refugio donde, frente a la era del vacío y el individualismo como mandato, la creación compartida funciona como la única respuesta posible frente al derrumbe.
LatidoBEAT conversó al respecto con estas cinco mujeres que se conocieron cursando la Licenciatura de Artes Visuales en la Facultad de Artes, se fueron haciendo amigas y entendieron que tenían que formar su propio colectivo artístico a la salida de visitar una exposición.
“Nos pasaba lo mismo”, dice Tatiana Bermúdez: “Ir a la gran mayoría de los lugares y sentir que no nos representaban muchas cosas o que las formas de comunicarnos no nos terminaban de llegar. Al juntarnos con ellas dijimos de generar espacios que nos representaran más, buscar formas de hacer arte que fueran más nuestras y no quedarte tanto en la queja o en lo que querés ver, sino construirlo”.
¿Como fue el proceso desde aquellas primeras reuniones hasta que el colectivo empezó a tomar forma y a buscar espacios propios?
Sasel Giménez (SG): No solo surgió de las ganas de hacer arte, sino de la falta de espacios para nuevas artistas emergentes o gente que tenga ganas de ejercer la práctica artística. Está todo como muy institucionalizado y es muy complejo llegar a desarrollar algo sin antecedentes. El colectivo surgió como un espacio para conocernos y para generar un nuevo lugar donde exponer.
Candelaria Gómez (CG): Creo que la música, por ejemplo, es algo mucho más intuitivo para la gente que la hace y el público está educado para escucharla. En las artes plásticas nosotras buscábamos tener siempre un porqué, un mensaje y una línea en lo que estamos diciendo. Somos bastante exigentes con eso: que no sea un discurso vacío o estético por estético, que fue un poco lo que nos pasaba cuando nació el colectivo.
Josefina Abramczyk (JA): Siempre tenemos esa mirada de intentar hacer parte al público de lo que hacemos. Muchas veces, cuando entramos en una exposición de arte contemporáneo, la sentimos lejana, como algo impreso a lo que cuesta acceder, con discursos repetitivos u homogéneos. Nuestra creación surge de decir: todas estas cosas que sentimos que están en el aire, ¿las podemos decir?
Tatiana Bermúdez (TB): Para mí vas a exposiciones y sentís que no hay un mensaje por detrás, que es simplemente estético y performático, pensado para las redes. El ir al lugar a consumir arte termina siendo tan performático que pierde su peso comunicativo.
El trabajo colectivo en el arte es complicado y exige ceder, discutir y organizarse. ¿Cómo es la dinámica interna del grupo?
Lucía Paulo (LP): Nuestro colectivo funciona a veces de una forma bastante estresante por trabajar con el tiempo justo. Al ser cinco personas queriendo hacer cosas, es difícil coincidir y a veces no nos ponemos de acuerdo. Este proceso empezó haciéndonos talleres a nosotras mismas en el Espacio 310 [un espacio alternativo creado por egresados y profesores de Bellas Artes, como Angelo Bogni, Karina Flores y Natalia Suarez Flores]. durante la residencia que hicimos, donde cada una proponía desde su lenguaje —fotografía, performance, pintura, escritura— e íbamos sumando capas.
SG: Trabajar en colectivo implica aprender a ceder, discutir, escuchar y aprender a crear con otras personas. Eso que parece negativo al final está demás, porque el mundo se hace de a más personas; solo no se puede hacer nada. Además, logramos generar un lenguaje común de LADRA que no es el de una sola, sino el resultado de haber construido una intimidad trabajando juntas.
CG: Los talleres surgieron porque no nos conocíamos mucho en términos artísticos ni sabíamos cómo trabajaba cada una. Así fuimos acercando temáticas que se condensaron en la muestra Todo en el tiempo puede ser, realizada en diciembre de 2025, que funcionó como un resumen de todo ese año de residencia en el 310.
JA: Todo en el tiempo puede ser trataba sobre cómo resistir en un mundo que se desmorona. Somos personas muy sensibles al mundo que nos rodea y a la cotidianidad a la que estamos sometidas. La obra terminó siendo el núcleo de que para nosotras la resistencia pasaba por el colectivo que habíamos generado, que en realidad era la vida misma puesta en el centro.
Se sienten, entonces, un colectivo permeable a lo que pasa alrededor. ¿Cuál fue el disparador previo para empezar a montar las ideas de esta nueva muestra Milagro en el sur?
CG: Nosotras nunca dejamos de vincularnos como amigas ni de discutir estas temáticas sociales. El primer recuerdo de cómo surgió esta exposición fue cuando nos juntamos tras la concentración en el Palacio Legislativo en respuesta al intento de femicidio de la chica de la Facultad de Medicina. Estábamos todas muy atravesadas y dijimos: “Hay que hablar de esto”.No había otra opción.
SG: Fue darnos cuenta de que queríamos encontrar un refugio o un resguardo en este mundo que se cae a pedazos. Nos dio un enojo tremendo ver que todo esto pasa y pasa, y queríamos gritarlo de una forma totalmente diferente a la muestra anterior.
JA: La energía cambió por completo: queríamos hacer, decir y gritar sin pensarlo tanto desde un concepto cerrado previo. No investigamos una temática de forma fría, sino que salimos a decir lo que queríamos a través de la pintura y la palabra en el arte textil.
TB: Esa fuerza vino también muy reforzada por el curso que estábamos haciendo en la facultad, “Que otros sean lo normal: arte travesti/trans”. Hablaba de trabajar tu monstruosidad, sacar afuera lo que la sociedad intenta aplacar y reivindicar al monstruo. Nos preguntamos: ¿cuál es la monstruosidad de LADRA? ¿Cómo vamos a decir esto que genera tanto enojo sin que sea desde un lugar pequeñito o silencioso?
En la sala de Hiperespacio se respira esa noción de caos pero también bastante ordenado. Un poco porque se percibe esa rabia pero también porque se mezclan varias técnicas como lo puede ser una tímida instalación sonora, bordados, aerografías, esculturas. ¿Cómo fue la idea de hacer dialogar lenguajes tan distintos para esta instalación?
LP: Fue un proceso intenso. Tuvimos dos semanas yendo todos los días a Hiperespacio, intercalando ratitos. Aparecieron lenguajes conocidos como la pintura y el bordado —en el que Cande y otras sabían más, pero fuimos experimentando todas— y fuimos sumando capas.
JA: Algo que aparecía mucho era la palabra. Nos costaba salirnos de la escritura, y en un momento lo aceptamos: la escritura está muy presente en la muestra, combinada con las pinturas y los bordados para que ese mensaje fuera claro y directo. Nosotras tenemos un concepto de montaje que surge mucho desde el caos y la desorganización. En el momento mismo en el que estamos montando vamos viendo cómo se van construyendo los diferentes lenguajes. No es que tengamos un plan previo donde decimos “esto va acá y esto va allá”, sino que se va armando en ese mismo caos. Eso tiene mucha relación con cómo se organiza y crea LADRA: a partir de la vorágine, con distintos lenguajes hablando al mismo tiempo, sin que uno predomine sobre el otro, sino cruzándose en diferentes capas.
SG: Siento que esa sensación de caos ordenado tiene relación directa con el enojo que queríamos mostrar. Además, somos muy amantes de dejar todo para último momento, pero así es la vida. Por otro lado, el uso del bordado y de las telas surgió de forma muy instintiva: ¿qué tenemos para decir? Bueno, yo tengo una sábana y la pintamos; yo tengo un buzo que no uso más. Y empezamos todas a trabajar con textiles. Todas teníamos algo de costura o nociones heredadas —como las cosas de la abuela de Josefina—, y nos pareció muy potente utilizar el arte textil, el bordado y la costura para decir algo político y social, reivindicando prácticas históricamente asociadas al cuidado, a la reparación y a lo femenino.
Quiero hablar de la tela gigante que está en la entrada —que funciona como un manifiesto o conjuro colectivo y repite como un mantra aquello de “que suceda el milagro”—, ¿cómo decidieron que esas palabras debieran ser lo primero que golpea al espectador al llegar a la sala?
TB: Desde el principio, con todo el concepto de la monstruosidad, queríamos que la persona entrara y le impactara al toque, que le moviera algo de inmediato. Eso salió a las tres de la mañana, produciendo. Fueron días muy locos, de estar diez o doce horas seguidas cosiendo, escribiendo, bordando y pintando. Quedaba esa tela y surgió como una conversación entre las cinco. Si lo ves, está armado como párrafos que se responden, como un chat de WhatsApp: Sasel ponía una frase, la otra respondía y así sucesivamente en un papel. Cuando quisimos acordar dijimos “ya fue, pasémoslo a la tela ya mismo”. Pero nos faltaba un cierre.
CG: Ese texto que abre la muestra termina siendo como una carta al sur. A medida que vas recorriendo la sala, vas encontrando nuestro diálogo con el sur en un montón de pequeños textos escritos donde uno se tiene que acercar a leer. Al final hay una firma de “Atentamente, Ladra” y unos sobres con cartas individuales. Es una gran oda al sur en formato carta, saliendo de la solemnidad y permitiendo que la experiencia de recorrerlo sea la respuesta.
¿Por qué articular la muestra explícitamente desde el sur?
JA: Cuando nos pusimos a trabajar con los textiles y el bordado, en lo que escribíamos siempre aparecía el lugar físico donde estábamos. En Hiperespacio todos los días pasaban cosas nuevas y teníamos preocupaciones constantes sobre el territorio, el avance de la ultraderecha y nuestra cotidianidad. Era pensar el arte en sintonía con este territorio y dejar de consumir el modelo exportado. Como decía Albertina Carri, en América Latina a veces parece que no nos permitimos la fantasía o no podemos soñar con otros mundos en los relatos artísticos, quedando atrapados en el realismo mágico. Veníamos de ir a presentaciones en Bellas Artes donde se hablaba justamente de eso: dejar de consumir lo importado y empezar a aprender y crear desde acá, desde América Latina. De ahí nos quedó la potencia y la energía de sentir que estamos acá, revalorizando lo que pasa en este territorio y lo que está escondido. La importancia es seguir generando hechos artísticos para que sigan resonando y se practique desde el sur, con esta postura que es nuestra pequeña resistencia en un mundo que se desmorona.
SG: Y se conecta también con lo que veníamos trabajando en el curso de arte travesti trans: las ganas de crear acá, de que pasen cosas en Montevideo y en Latinoamérica, y dejar de mirar para afuera. Lo que pasa acá es importante, hay que generar historia propia y sentirnos más cercanos a nuestro presente, sin estar todo el tiempo esperando validación de afuera.
Me quedé con algo que dijeron al principio respecto a la música, de su inmediatez y de cómo el público está educado para escucharla en vivo mas no para ver una muestra de arte plástica, por ejemplo. Me imagino que la música estuvo presente durante esas jornadas maratónicas de producción.
SG: Es fundamental. En el proceso de las dos exposiciones escuchamos muchísima música como disparador. Para Todo en el tiempo puede ser escuchábamos mucho a Juana Aguirre —de hecho, el nombre de esa muestra salió a partir de escucharla—, y para esta última estuvimos con Mon Laferte, Juana Aguirre, Vientos del Sur (el disco de Dino), y la versión de “Oh, qué será?” por Willy Colón. No es solo un acompañamiento o un estado de ánimo: las letras y los mundos sonoros funcionan como verdaderos disparadores creativos mientras estamos trabajando.
JA: Como nosotras no hacemos música, es un arte en el que nos apoyamos para investigar. A partir de la música hacemos otra cosa, nos nutre y nos da un pulso. Por ejemplo, al investigar sobre referentes del sur descubrí el primer disco de Samantha Navarro, que tiene un discurso súper directo desde acá. Nos daba bronca no haberlo conocido antes, pero nos sirve para conectar con esa misma energía y romper con el latiguillo del arte importado.
No hacen música pero hay una instalación sonora dentro de la exposición.
JA: Queríamos ir más allá de lo tradicional, de la sala blanca con cuadros muertos colgados en la pared. La instalación sonora surge de querer armar una experiencia ambiental inmersiva: junta grabaciones de la ciudad, sonidos de máquinas de coser y el repiqueteo del aerógrafo —esa máquina que trabaja con un compresor de aire y expulsa tinta, que Sasel usa para su emprendimiento de ropa—. Con eso buscábamos que los distintos lenguajes dialogaran y que el pulso de la calle se metiera de lleno en la sala, haciendo que el público entre y sienta que está viviendo algo vivo y cercano.
¿Y la literatura también interviene en esos procesos?
CG: Individual y colectivamente nos pasamos libros y lecturas todo el tiempo. Cuando estábamos pensando en el enfoque de la mujer del sur, yo estaba leyendo La insumisa de Cristina Peri Rossi, que en los primeros capítulos pone en palabras muy claras las expectativas y diferencias entre hombres y mujeres que a mí me costaba ordenar. Cuando lo leí, se lo mandé a las chiquilinas porque sentí que ahí había un anclaje literario firme que nos marcaba una línea para seguir divagando, pero con sentido.
J: La escritura funciona como un relato directo del presente. En esa búsqueda de referencias no hegemónicas, cuando armábamos el manifiesto nos referenciamos mucho en Clarice Lispector, en esa mirada disruptiva de escribir sin pensar tanto y hacerlo desde el impulso de lo que queremos decir. Para nosotras es fundamental encontrar voces de mujeres que ya pasaron por ahí y nos nutren de esa energía.
Más directo está el antecedente de la escritura colectiva en ese lienzo editorial / manifiesto que hay en la exposición
JA: Lo que está en la entrada no partió de un texto curatorial clásico, que muchas veces nos resulta lejano o demasiado poético. En medio de la vorágine del montaje, nos dimos cuenta de que la conversación que se daba entre nosotras era mucho más potente que cualquier texto formal. Así que decidimos volcar esa charla en la tela aerografiada.
SG: Hicimos un ejercicio de escritura espontánea. Arrancamos con un disparador —como aquella frase de la banda Deforma, “eso que está ahí es un puente”— y empezamos a escribir en un papel: una escribía, la otra respondía como en un chat de WhatsApp, sin sobrepensarlo demasiado. Como colectivo tendemos a ser hiperautoexigentes y a estructurar todo, pero este ejercicio sirvió para descontracturar, soltar la mano y ver qué salía realmente desde nuestras entrañas.
TB: Al final, cuando leímos el resultado, reconfirmamos que vamos todas en la misma línea. No son cinco cabezas aisladas intentando encajar a la fuerza, sino un pensamiento compartido que fluye con total organicidad.
Pensaba en esta idea de que todos los días accedemos a un pequeño milagro o lo esperamos.Ustedes en esa aerografía dicen que siguen esperando a que el milagro suceda, ¿qué encontraron en esa búsqueda?
CG: Cuando empezamos a pensar en esta especie de plegaria o mantra de que “sucediera el milagro”, sentí que el espacio de la muestra termina siendo justamente eso: un espacio milagroso que no es un acontecimiento aislado, sino la posibilidad de hacer llegar esto a otras personas y que siga resonando.
TB: Para mí, el milagro que sigo encontrando todo el tiempo es la creación entre nosotras, el espacio que generamos para compartir y delirar juntas. No es nada fácil conseguir personas con las cuales ir en una misma línea, juntarse tanto tiempo, ser amigas y crear con una visión similar. En un contexto como el latinoamericano, donde uno siempre está pidiendo un milagro que la salve de la mierda que te subyuga, te das cuenta de que el milagro está ahí, al lado, en quien te rodea y en poner los pies en la tierra.
LP: El día de la inauguración un chico me preguntó si el milagro era LADRA. Al principio me incomodó un poco por ser algo autorreferencial, en contraposición a nuestra idea de que la muestra sea accesible. Pero creo que el milagro está en poder acercarse al otro, hablar de lo que no se habla y generar un espacio de reflexión con quienes fueron a verlo. Una amiga me dijo que sentía que la muestra era esperanzadora; y coincidir en eso, generar esa conversación, ya es un milagro.
CG: El año pasado a esto le llamábamos “resistencia”, y hoy me parece interesante pensar el milagro y la resistencia como sinónimos. Si el año pasado resistir implicaba poner el cuerpo en un mundo que se desmorona, hoy la respuesta a todo eso es crear de manera colectiva, siendo cinco mujeres creando desde América Latina.
JA: Me emociona mucho pensarlo. El milagro es poder tener este espacio en medio de rutinas agobiantes y trabajos de mierda que no te representan, y de la nada frenar todo para pasar jornadas de 12 horas creando con la potencia de tener algo para decir desde el sur. Es construir un relato colectivo del presente.
TB: Me acuerdo de ver a mi madre llorando en la muestra y que toda la mirada y lo que hicimos —el método de hacer, el coser, el bordar— fuera como una reivindicación a ciertas artes que hacían en otros tiempos las mujeres y que nunca fueron vistas como tal porque era la práctica que les quedaba en medio de pocas posibilidades. Hoy en día las posibilidades siguen acortadas porque seguimos en esa brecha, pero yo me miro hoy con mis privilegios y tengo un montón de opciones para elegir lo que quiero hacer y lo estoy logrando. Ver a mi madre emocionarse y decir “esto yo nunca lo pude hacer” fue muy fuerte, fue un milagro para mí. Sentir que de alguna forma ella veía que su hija sí lo está pudiendo hacer.
LP: También está en la práctica misma: encontrarnos cinco mujeres a coser y bordar, que es un ejercicio de paciencia, de tiempo y de estar presentes. Eso nos permite no buscar la perfección individual ni caer en el ego, sino permitirnos el error, apoyarnos en las inseguridades de las otras y construir sin presiones.
¿Y qué pasa cuando ese milagro no llega?
SG: No estamos a la espera pasiva de que el milagro caiga del cielo como un meteorito. La resistencia está justamente en hacer que esos milagros sucedan, en la lucha constante, tanto dentro como fuera del colectivo.
TB: Es que el milagro es 100% terrenal. A veces uno busca algo muy grande para tener esperanza, pero siempre lo encontrás en las cosas más simples, en las chiquitas y en la persona que tenés al lado. Al final, terminás siendo vos misma quien hace que ocurran las cosas que querés que pasen.
LP: Yo me quedo con una frase que puse en los sobres pegados a la pared de la muestra: “Lo que siempre quise ser y ya lo estoy siendo”. Nunca fantaseé con tener un colectivo artístico, pero al vivirlo me di cuenta de que era el milagro que siempre quise. Si el milagro no sucede, lo hacemos suceder. Estamos en esa búsqueda constante, intentando que esa chispa se expanda más allá de nosotras y se active en otros lugares.