“Los números”: siete desconocidos y una caja que nadie puede abrir
La obra escrita y dirigida por Facundo Silva exhibe herramientas cinematográficas y una rareza bien ejecutada.
Por Sofía Lust
lust.sofia
Cuando funciona bien, en el teatro independiente pasa algo que el teatro de sala grande pocas veces puede permitirse: la proximidad. No solo la física, aunque eso también cuenta, sino la sensación de que lo que ocurre en escena tiene el peso específico de algo que podría estar pasando en ese instante, en algún lugar que conocés, con gente que podría ser cualquiera. Los números, la obra escrita y dirigida por Facundo Silva que se presentó los jueves de julio a las 20:30 en la Sala 2 del Teatro Stella d'Italia, opera un poco en ese registro. Lo hace con una seguridad tremenda y desde un elenco joven, que parece haber decidido colectivamente que las convenciones del teatro tradicional no le interesan demasiado.
La premisa es sencilla: siete desconocidos aceptan custodiar una misteriosa caja durante una noche a cambio de dinero. Quedan encerrados. Se identifican solo por números. Lo que sigue es el deterioro progresivo de cualquier confianza posible entre ellos, mientras la violencia y la paranoia van ocupando el espacio que antes tenía el dinero como motivación. Lo que parecía un trabajo simple se revela como un experimento cruel donde nadie es quien dice ser.
El argumento remite, inevitablemente, a una genealogía cinematográfica bastante concreta. Reservoir Dogs (1992) de Tarantino es la referencia más obvia, con su lógica de identidades cifradas y una violencia que explota sin demasiado aviso. Pero Silva parece haber mirado también hacia The Hateful Eight (2015), con ese sentido de la tensión acumulada en un espacio cerrado donde el peligro no viene de afuera sino de la propia dinámica del grupo. Y hay algo de Clímax (2018) de Gaspar Noé en la forma en que la obra trabaja la paranoia colectiva, esa sensación de que el ambiente mismo se volvió hostil, de que el espacio donde están atrapados los personajes va perdiendo sus reglas a medida que avanza la noche.
Cortesía de producción
Lo notable es que estas referencias no se sienten como homenajes simples, sino como una forma de pensar el teatro desde el cine o, más exactamente, de preguntarse qué puede hacer el teatro cuando decide apropiarse de la gramática visual del cine. Las actuaciones son el primer indicio de eso. Enrique Gayo, Maximiliano Farinasso, Micaela Trujillo, Kevin Aguilera, Sylvia Tanaka, Guillermo Ancheta y el propio Silva construyen personajes que no "actúan" en el sentido en que uno suele entender ese verbo en una sala de teatro. No proyectan hacia la platea, no decoran sus líneas, no se muestran distantes. Trabajan hacia adentro, con una contención que de a ratos se vuelve insoportable, en el buen sentido. Porque uno sabe, o intuye, que en cualquier momento algo se va a romper.
Esa tensión entre contención y estallido es posiblemente el mayor logro de la dirección de Silva. Hay una escena que lo resume de forma bastante clara: uno de los personajes baila con "Goodbye Horses" de Q Lazzarus sonando en el fondo. Para cualquier espectador con cierta memoria cinéfila, la referencia es inmediata y perturbadora: es la misma canción que acompaña la escena de Buffalo Bill en El silencio de los inocentes (1991), esa secuencia que Jonathan Demme filmó en 1991 y que quedó grabada en el inconsciente colectivo como una de las imágenes más inquietantes del cine de los 90. Traer esa canción, reproducir esa coreografía en el contexto de Los números no es un guiño cinéfilo inocente. Es una declaración sobre el tipo de perturbación que la obra quiere producir, sobre la clase de película que está siendo aunque ocurra en un escenario.
También hay otra cosa en la arquitectura de Los números que vale la pena no dejar pasar. Que los personajes no tengan nombre no es solo un recurso de género, es una pregunta vieja y bastante oscura: qué hace una cifra con quien la lleva. La historia tiene ejemplos de sobra, y ninguno tranquilizador. Silva no convierte eso en alegoría, no subraya nada, y esa es exactamente la decisión correcta. La violencia que se despliega entre esos siete funciona porque uno la lee como violencia entre personas, no entre símbolos. Pero el número está ahí, trabajando por debajo. Recordando que la deshumanización rara vez se anuncia. Que casi siempre llega disfrazada de algo que parecía, al principio, un trabajo simple.
Cortesía de producción
El diseño de iluminación y diseño sonoro son parte fundamental de esa apuesta. Los números no es una obra que confíe en la palabra sola para generar atmósfera. El sonido trabaja la incomodidad de manera muy física, y la iluminación recorta los cuerpos de una forma que recuerda más al encuadre que a la puesta en escena convencional.
70 minutos, sin entreacto. Con la concentración de quien sabe que el tiempo es un recurso dramático y que distenderlo sería una traición al género. Los números es un thriller que eligió el escenario como soporte sin renunciar a ninguna de las herramientas que hacen al cine de género funcionar. Eso es, en el mejor sentido, una rareza. Y la rareza, cuando está bien ejecutada, es exactamente lo que el teatro independiente debería estar haciendo.
Ante la respuesta del público, se agregó una función extra para este viernes 7 de agosto a las 21:00. Las entradas se consiguen a través de RedTickets.
Por Sofía Lust
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