“La casa de Bernarda Alba”, la Comedia y los 90 años del asesinato de Lorca
La puesta de la última obra del poeta andaluz mantiene viva su memoria sin fosilizarlo de tanta reverencia.
Por Gastón González Napoli
ggnapoli
Federico García Lorca murió fusilado hace 90 años: se cree que entre el 17 y el 18 de agosto de 1936, en un camino a las afueras de Granada. Culpable de ser homosexual y de izquierda. Los asesinos arrojaron sus restos a una fosa común que sigue sin encontrarse. Apenas un mes antes, Lorca había terminado su última obra de teatro: La casa de Bernarda Alba. Misma obra que está en cartel en el Teatro Solís, interpretada por nuestra Comedia Nacional.
Fue justamente el Solís uno de los escenarios donde la palabra de Lorca se mantuvo viva en el exilio cultural al que la envió el franquismo. Sería pecar de egolatría considerar que su obra no tendría la misma estatura sin el teatro de la calle Buenos Aires; lo seguro es el reverso: que, sin Lorca, ni el Solís ni la Comedia serían lo mismo.
En 1934, por unos 20 días, el andaluz pasó por Montevideo, donde ya se habían estrenado sus Bodas de sangre y donde su Romancero gitano se había agotado, se cuenta, en 15 días. Dio tres conferencias a sala llena, conoció a Juana de Ibarbourou, visitó la tumba del pintor Rafael Barradas, con quien había coincidido en España; lo homenajearon repetidas veces, los diarios le hicieron seguimiento, la capital vivió una lorcamanía.
El bando triunfador de la Guerra Civil, el que se levantó contra la República que Federico apoyaba, y al que pertenecían sus asesinos, censuró su obra durante las cuatro décadas en que gobernó España. Sin embargo, la semilla plantada en su gira por el Río de La Plata y la decisión de la actriz y directora catalana Margarita Xirgu de radicarse en Montevideo hizo de la Comedia Nacional un cuerpo teatral garcíalorquista.
Xirgu y Lorca se conocieron en el verano boreal de 1926, hace un siglo, en Madrid. Él, poeta de veintipico y dramaturgo en ciernes, vio en esa mujer diez años más grande a “la actriz que rompe la monotonía de las candilejas con aires renovadores y arroja puñados de fuego y jarros de agua fría a los públicos adormecidos sobre normas apolilladas”.
Federico García Lorca
Su alianza no sería la de un creador y su musa. Todavía con Lorca en vida, Xirgu ya había llevado Bodas de sangre y Yerma a México con gran éxito. Se especula con que él pensaba escapar de la España en guerra y seguirla a ella a las Américas; que quizás por eso se fue de Madrid, donde vivía, a una Granada donde quedó mucho más expuesto, que quizás iba a despedirse de su familia granadina antes de embarcarse. Con el homicidio de su amigo y con su fama de “Margarita la Roja”, Xirgu se quedó de este lado del Atlántico para cuidarse de la dictadura de Franco. Se convirtió en una suerte de albacea de la obra de Lorca: fue su impulso el que consiguió poner La casa de Bernarda Alba en las tablas por primera vez, en 1945.
Xirgu terminó por radicarse en Montevideo en los años 40, ciudad en la que moriría en 1969. Aquí fundó la Escuela Municipal de Arte Dramático, la EMAD, a la que dirigió por casi una década y que hoy lleva su nombre, y en 1950 pasó a dirigir la Comedia Nacional. Dirigió a China Zorrilla, a Estela Medina; las dirigió, de hecho, en Bodas de sangre. ¿Cómo no va a ser el teatro uruguayo directamente influenciado por Federico?
Es muy valorable que esta puesta nueva de La casa de Bernarda Alba, que tiene las entradas agotadas, a pesar de este historial no trate al texto con reverencia excesiva. La responsable no casualmente es española: Amelia Ochandiano, directora que ya ha trabajado con el cuerpo estable del Solís.
Antes de que entre en escena la Poncia, la criada vieja, interpretada por Jimena Pérez con humor y voz gastada por las penurias, y mucho antes de que aparezca el personaje homónimo, la durísima Bernarda, en el cuerpo de Roxana Blanco, Ochandiano llena el escenario de mujeres. Mujeres que bailan apenas, que se mueven o sacuden más bien y con ellas sus cabelleras. Le da una pátina moderna y refuerza el hecho de que en escena no habrá en ningún momento un hombre.
La casa de Bernarda Alba. Crédito: Carlos Dossena
El texto de Lorca pinta a la sociedad de un pueblo rural español de principios del siglo pasado, la España castiza que a nosotros nos llega por vía de los migrantes toscos que huyeron de la pobreza. Bernarda domina a sus hijas, a sus criadas y a su madre otra que con mano de hierro, preocupada al extremo por el qué dirán, dispuesta a arruinarles la vida si la alternativa es que su familia quede mal parada. Aun despatarrada en una silla, Blanco se impone a fuerza de su voz, el sol en torno al que gravitan todas las otras mujeres aunque apenas puedan disfrazar su odio.
La obra comienza con la muerte del paterfamilias, y con la determinación de Bernarda de imponer en la casa un luto de ocho años de negro estricto y de encierro. Una de las hijas, la bien nombrada Angustias (Natalia Chiarelli), ya está bastante mayor y un joven del pueblo, Pepe el Romano, le arrastra el ala más por su monedero —Angustias es hija de otro padre, del primer matrimonio de Bernarda— que por sus dotes. La madre habilita el flirteo aunque siempre reja por medio, no vaya a ser que Angustias rompa el luto. Pero la menor de las hermanas, Adela (Dulce Elina Marighetti), la que más ganas tiene de vestirse de color, está enamorada de Pepe y va bullendo unos celos hirvientes.
En todos lados se cuecen habas pero en pocos como en este grupo humano.
Si bien la relación entre las hermanas es todo menos graciosa, esta Casa de Bernarda Alba tiene también mucho humor: los diálogos de la Poncia y la otra criada, interpretada por Soledad Gilmet; la delirante María Josefa de Alejandra Wolff, que aparece lo justo y necesario; la Amelia de Stefanie Neukirch.
La casa de Bernarda Alba. Crédito: Carlos Dossena
La puesta es minimalista, sin las paredes “blanquísimas” que Lorca describe en su texto, pero hace un uso creativo de los muebles (sobre todo de las sillas) y de las entradas y salidas de los personajes, tanto hacia los costados como hacia abajo, para traer a escena a la casa, ese otro personaje del título presente incluso en su invisibilidad.
El final es poderoso también porque Ochandiano agrega más gente al escenario y por lo que hace hacer a estas mujeres mientras Roxana Blanco dice esas últimas y tan devastadoras líneas.
Es allí donde el Solís y la Comedia, animados a no ser tan reverentes con Lorca, evitan que se lo fosilice de tanto admirarlo. Y una vez más Federico vive, mal que le pese a los que hace 90 años quisieron enterrarlo.
Por Gastón González Napoli
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