Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

El 3 de octubre de 2023, 53 días después de la muerte de su madre, Emmanuel Carrère está sentado en una silla de plástico blanco en el patio de honor de Los Inválidos, un complejo situado en París que alberga los restos de emperadores tales como Napoleón I, Jerónimo Bonaparte, entre otros. Hay uniformes, charreteras, condecoraciones, banderas y toda la parafernalia militar. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta el adagio de la Sinfonía nº 41 (Júpiter) y, para darle el toque ruso, "La serenata" de Tchaikovski. A su lado, su padre Louis está en una silla de ruedas, arropado en una manta para enfrentar el frío suave del otoño. De a ratos parece olvidar que acaba de quedar viudo. Otras veces se acuerda y llora en silencio. Carrère lo observa y toma nota mental de todo el despliegue que sucede ante sus ojos.

Koljós (2026), la última novela de Emmanuel Carrère, empieza ahí, en ese patio adoquinado y en ese frío que lastima poco a poco la hendidura de los huesos. El duelo ronda la novela como un ángel amateur, queriéndose meter a prepo en las páginas y teñir con su velo oscuro toda la historia. Lo cierto es que, a pesar de ese comienzo, el libro tampoco busca ser una biografía de su madre, Hélène Carrère d'Encausse. Fue una importante historiadora de Rusia, secretaria perpetua de la Academia Francesa desde 1999 hasta su muerte, e incluso fue la primera mujer en ocupar ese cargo. Murió a los 94 años con homenaje de Estado incluido, el mismo que se relata al comienzo del libro y de esta nota. El libro deambula poco a poco buscando hacer una excavación genealógica que Carrère hace a partir de los archivos, cartas y fotografías que su padre había recopilado a lo largo de décadas. Las mismas lo llevan desde Georgia hasta la Revolución bolchevique, desde el París del exilio derechito hasta la Segunda Guerra Mundial.

De esa historia emerge el abuelo Georges, ilustrado como una figura esquiva y problemática, marcado por el fracaso económico y una colaboración con los ocupantes alemanes que nunca quedó del todo esclarecida. Georges fue detenido en setiembre de 1944 por el servicio de inteligencia del Ejército francés, liberado con una carta blanca (que tiene el sentido metafórico, es decir, una libertad total, y el migratorio: que te permite estar en el territorio, pero no salir de él sin el permiso pertinente hasta que el fiscal del caso evalúe y dicte una sentencia firme) y no sobrevivió al fin de la guerra. Carrère ya había escrito sobre él en Una novela rusa (2007), un libro que le costó una ruptura temporal con su madre. Véase el ejemplo del noruego Karl Ove Knausgård, quien escribió su historia dividiéndola en seis tomos titulados, con cierta picardía, Mi lucha 1, Mi lucha 2 y así sucesivamente. Todos con nombres reales, todos con episodios que su familia reconoció y no siempre agradeció. De tanto escarbar, alguna cabeza rueda. Es como aquella frase del poeta polaco Czeslaw Milosz: “Cuando un escritor nace en una familia, esa familia se acaba”.

Créditos: Teatro Solís

Créditos: Teatro Solís

Están presentes también los bisabuelos, los Zurabishvili, burgueses ilustrados que la Revolución expulsó de Georgia hacia París sin sus pertenencias, básicamente dejados al azar y al destino. Toda la familia materna de Carrère era apátrida. Su único documento de identidad era el pasaporte Nansen, un pequeño librito verde pálido que compartían con Nabokov, Chagall y Stravinski. Cuando su madre obtuvo la ciudadanía francesa no esperó a casarse para solicitarla, quería tenerla a título personal. El funcionario del ayuntamiento del distrito XV se limitó a revisar los papeles sin hacerle cantar "La marsellesa" ni jurar los Derechos del Hombre, tal como Carrère lo narra en el libro.

Es fundamental que volvamos a la figura del padre, Louis, que todo el tiempo es retratado como un personaje apacible y humilde, que siempre marcha a la sombra de Hélène. Ofrece en el libro y en la historia un contrapunto afectivo a la austeridad materna que sufrió Carrère, producto de la atareada agenda de su madre. Por supuesto, la figura de la madre circunda todo con un halo mágico, estampada como una mujer brillante y severa, que se dedica a lo suyo, pero siempre mostrándose rigurosa e impenetrable, que amó a Rusia con la devoción que tienen aquellos que ven una suerte de religión en formas de pensamiento y erró en algo fundamental: creyó que Putin no invadiría Ucrania. Ese error, que Carrère no le perdona del todo, es también una de las grietas por las que el libro respira. Un año después de su muerte, un investigador que estudiaba los archivos de la KGB confirmó que varios intelectuales franceses habían sido agentes de influencia soviéticos. Su madre también había sido contactada y rechazó a los emisarios educadamente.

Vale la pena repasar, aunque sea brevemente y como titulares, algunas obras del francés para comprender el trayecto. En Limónov (2011), Carrère ya había conseguido que la vida de un poeta ruso marginal y violento funcionara como espejo de todo el siglo soviético. Pero ahí la historia obraba desde la oscuridad, como un telón de fondo o una canción que se pone mientras en la casa suceden otras cosas; acá la historia es la carne misma del libro. Por su parte, en la mencionada Una novela rusa, Carrère se había dispuesto a tantear tímidamente este territorio de la muerte y las memorias. Si nos adentramos en alguna edición de Yoga (2020) podemos ver cómo el francés se desenvuelve de otra manera, mostrando la crisis depresiva y las costuras de su vida privada al estilo de Karl Ove, sin decorarla ni nada, hablando explícitamente de los pormenores de vidas que transcurren en territorios en conflicto —físico y emocional—.

Si bien hay varios otros títulos que configuran y ayudan a comprender el universo Carrère, los mencionados anteriormente son quizás los más interesantes para terminar aterrizando nuevamente en Koljós, que resulta también ser un libro de preguntas; de una persona que se las hace y que también busca respuestas. Carrère formula estas cuestiones desde otro lugar, distinto del de sus trabajos anteriores. Con la sabiduría de alguien que envejece y elige mirar para arriba en el árbol genealógico en vez de hacia los costados.

A este concepto direccional lo llama en el libro “la dimensión vertical de la literatura”, que aparentemente es la que más le interesa ahora. No busca en sí mismo reproducir autoficciones a lo Paul Auster en A salto de mata (1998) o Diario de invierno (2012) ni se alimenta de las historias que ve en la calle o que le cuentan sus amigos, ni tampoco se inspira en los amores, sino que pone el ojo en los padres, los hijos, los antepasados. Los que vivieron en mundos distintos y sin embargo terminan por constituirlo.

Koljós ganó los premios Médicis y Grand Continent en 2025. Fue además el gran favorito al Premio Goncourt, aunque no obtuvo un solo voto del jurado.

Carrère visitará Montevideo el 29 de setiembre, en la previa de la Feria del Libro, en el marco de una gira sudamericana que pasará también por Brasil, Argentina, Colombia y México.

La pregunta de fondo que recorre el libro, si buscamos resumir esas casi 450 páginas, es si tiene algún sentido ponerse a escribir sobre la propia familia cuando el mundo se encamina hacia una catástrofe. Él mismo se plantea su propia tesis, de la que ya hablamos, sobre “la dimensión vertical de la literatura”. Va y viene buscando respuestas, pero solo consigue hacer más preguntas. Ocho mil millones de personas en la Tierra, desastres ecológicos, crisis migratorias, genocidios, inteligencias artificiales, líderes mundiales coqueteando con la demencia constantemente. Carrère plantea la pregunta y no la responde, y quizás la única respuesta honesta sea esa: seguir poniendo palabras mientras el mundo no consigue llegar a ningún puerto.