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Teatro
Opus 72

“Fidelio”, la única ópera de Beethoven, regresa al Teatro Solís luego de 30 años

Martín García asume la conducción de una joya artística inusual. La célebre pieza del compositor alemán aborda la justicia y la libertad.

20.05.2026 17:03

Lectura: 8'

2026-05-20T17:03:00-03:00
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Por Sofía Durand Fernández
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— Da la impresión de que cuando terminó, dijo: “Esta es la primera y última vez que lo hago”. 

Esto dice Martín García, director musical y artístico de la Orquesta Filarmónica de Montevideo. Así imagina que Beethoven terminó Fidelio, la única ópera que hizo. En una carta, el alemán le escribió al libretista Georg Friedrich Treitschke: "Te aseguro, querido Treitschke, que esta ópera me conseguirá la corona del martirio". 

García está sentado en la sala de ensayo del Teatro Solís, entre los tonos bordó y dorado que la recubren, sentado en una de las tantas sillas en las que los músicos vienen sentándose para ensayar desde hace meses. Este 21 de mayo se estrena Fidelio, un espectáculo que solo fue presentado tres veces en el país y la última fue en modalidad concierto, hace 30 años. 

La trama consiste en la historia de amor de Leonora y Florestán. Él se encuentra en la cárcel como preso político, ella se disfraza como un guardia de prisión llamado Fidelio para rescatarlo. La ópera aborda y cuestiona el abuso de poder, la tiranía, los ideales de libertad y también el íntimo vínculo entre el amor y el sacrificio. "Estas grandes obras artísticas son un espejo. Parte de la vigencia de estos grandes clásicos es que las personas, en distintos momentos y lugares, se enfrentan a esta obra y esta las hace pensar, nos dice algo sobre nosotros mismos en distintos momentos y latitudes", explica García. 

Habrá funciones de Fidelio el 21, 23 y 25 de mayo en el Teatro Solís. Las entradas se pueden adquirir aquí

Fotos: Javier Noceti

Fotos: Javier Noceti

¿Por qué deciden incluir Fidelio en esta temporada del Solís?

Es un título que, cuando se han barajado las temporadas anteriores, siempre estaba en la vuelta. Junto con Martín Jorge, el director del Teatro Solís, que ha estado liderando la producción de la ópera, pensamos que podía ser un buen título.

Primero, porque —por lo que tengo entendido— es la tercera vez que se presenta en Uruguay. Es una obra de más de 200 años, forma parte del repertorio y es la única obra que hizo Beethoven. Es la segunda vez que se presenta con escena, porque el antecedente más reciente fue una versión de concierto, solamente la música y ya hace unos 30 años de eso. Es volver a un título que no se hizo desde la reapertura del Solís. Me parece que va a ser impactante a nivel artístico, musical y escénico. Siempre que se presenta Beethoven es un acontecimiento y, en este caso, uno que nuestro público conoce menos porque tuvo menos oportunidades de escucharlo.

Es una ópera que combina amor y política. En lo personal, ¿qué te interpela y qué belleza le hallás a Fidelio?

Lo mío parte de la música, entonces es el encuentro con una partitura de Beethoven inusual. Nosotros pensamos en Beethoven desde la orquesta, como el gran sinfonista: los conciertos de piano, la música de cámara. No lo pensamos como un compositor de ópera. Es adentrarnos en un mundo beethoveniano que sabemos que lo tuvo que trabajar y padecer bastante, porque componer una ópera no es lo mismo que componer una sinfonía: es canto, es acción dramática y la música está al servicio de eso. Sabemos que Beethoven sufrió el proceso y da la impresión de que cuando terminó dijo: “Esta es la primera y última vez que lo hago”. Estuvo años revisando y volviendo.

Por otro lado, está el Beethoven político. No hay que mirarlo con los ojos de ahora, sino entenderlo como un hombre de su tiempo. No era un filósofo ni un visionario político, era un hombre que vivía en su momento y padecía las cosas que ocurrían alrededor con la sensibilidad de un artista. Esto pertenece a un período en el que Viena estaba ocupada por las fuerzas napoleónicas, una época bastante convulsionada, con muchos cambios. En este tiempo surgen los himnos nacionales y una idea de libertad más moderna. Beethoven es hijo de ese tiempo. Toda esa serie de ideales están presentes en Fidelio, pero también la sensibilidad de la ópera alemana, que intercala números musicales con diálogos, como componía Mozart unos años antes.

Está esa tradición vista desde una óptica del Beethoven heroico, cuando hacía esta música con carácter militar o con ecos de los tiempos de la revolución.

Recién mencionaste lo mal que la pasó Beethoven componiéndola. En 2026, ¿qué esfuerzos requiere dirigir una ópera?

Más allá de la identificación de un teatro como el Solís con el género lírico, desde su fundación hace 170 años, que se abrió con una ópera y hay un vínculo inevitable, no deja de ser un acontecimiento cada vez que se presenta un título por el tipo de esfuerzos que requiere y porque no siempre estamos haciendo ópera, estamos haciendo otras cosas. La Filarmónica, por lo general, toca conciertos, la Comedia Nacional presenta obras de teatro y la Banda Sinfónica toca conciertos, tanto acá en el teatro como circulando por la ciudad. Generar un título lírico es un acontecimiento cultural: reunir un elenco que pueda rendir en este título, en el idioma que es, con el tipo de música y voz que se precisa, dedicar los días de trabajo de la orquesta y del coro del Sodre, la escenografía, la producción. Es una serie de elementos que se logran con el esfuerzo conjunto de todo el teatro. Vale la pena que los montevideanos lo aprecien y puedan conocerlo.

Fotos: Javier Noceti

Fotos: Javier Noceti

¿Cuál es el valor de que el Teatro Solís y la ciudad puedan contar con este repertorio?

Estas grandes obras artísticas son un espejo. Parte de la vigencia de estos grandes clásicos es que las personas, en distintos momentos y lugares, se enfrentan a esta obra y esta las hace pensar, nos dice algo sobre nosotros mismos en distintos momentos y latitudes. Entonces, tener por delante una obra como Fidelio, con la profundidad con la que Beethoven, desde la partitura, el canto y la música, aborda la libertad, la justicia y el amor, es algo que siempre nos llega. Incluso momentos mínimos como el famoso coro de los prisioneros, cuando al final del primer acto salen a tomar aire al patio y expresan la serenidad y la alegría contenida de poder respirar y ver la luz del sol. Hay una enorme sabiduría artística en la forma de llevar a la música toda esa complejidad humana.

Siendo director de orquesta, ¿cómo ponés tu impronta en cada obra y qué les pedís a los músicos? 

Lo primero que uno trata de hacer es entender lo que el compositor quiere y luego, junto con los músicos, intentar lograrlo. En ese sentido es un trabajo de colaboración, uno trabaja con el sonido que produce cada músico. En mi caso, como director musical y artístico de la orquesta hace unos años, hay un conocimiento y una dinámica que puedo permitirme. Después de preparar la orquesta y, a la vez que trabajamos con los cantantes y el coro a piano, lo que hacemos es juntar todo. La orquesta va al foso, los cantantes al escenario y ahí el rol es de concertador: procurar concertar lo que ocurre en la orquesta con el canto, con el coro, y que todo funcione como una unidad. A medida que se agrega escena y movimientos, se dificulta y se llena de desafíos. El cantante debe recorrer el texto mientras se mueve, debe recordar la música. Si la persona gira, se puede ir de tiempo o no proyectar el sonido. Empezar a concertar todo eso lleva un cierto período de ajuste y, a la vez, lograr que tenga un timing dramático, que la historia corra. No puede haber pausas y, si las hay, deben tener un sentido.

Es un período de aproximadamente un mes con ensayos diarios, más el tiempo personal de preparación con la partitura, que nunca termina porque uno siempre descubre cosas.

Una vez que presentás por primera vez una ópera, ¿qué sentimiento te invade?

Es una sucesión de sentimientos, de niveles de tensión y atención. No podés desconcentrarte en ningún momento, pero a la vez hay un aspecto liberador. Sobre todo en música como esta, que tiene un sonido expansivo e invita a sentir mientras uno la oye.

Por Sofía Durand Fernández
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