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Qué ves cuando me ves

“Espejo roto”: aquello que vemos cuando hablamos de nuestros hijos

La obra de Rafael Pence se presenta en el Teatro La Candela, y explora la incómoda proyección que los grandes hacen en las infancias.

16.09.2026 14:26

Lectura: 6'

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Por Sofía Lust
lust.sofia

Se vuelve especialmente incómodo descubrir que, cuando creemos estar hablando de otra persona, en realidad muchas veces estamos hablando de nosotros mismos. Espejo roto, la comedia contemporánea escrita y dirigida por Rafael Pence que se presenta en el Teatro La Candela, parte justamente de esa incomodidad. Cinco adultos llegan a una reunión convocada por la maestra de sus hijos. La situación podría ser rutinaria: padres reunidos para hablar de problemas escolares, conductas, expectativas y responsabilidades. Pero, a medida que avanza la conversación, los hijos dejan de ser el verdadero centro de la escena. Lo que empieza a quedar expuesto es aquello que cada adulto proyecta sobre ellos.

Cada personaje llega convencido de saber qué es lo mejor para su hijo. Pence encarna esas posturas en personajes muy distintos, sostenidos por un elenco que se mueve con soltura entre el humor, la tensión y momentos de mayor vulnerabilidad.

Laura Ruggiero compone a Sofía, una madre atravesada por la lógica de las redes sociales, para quien la experiencia parece adquirir valor solamente cuando puede ser registrada y compartida. Su necesidad de documentarlo todo es graciosa por lo reconocible, pero también deja ver algo muy inquietante: esa ansiedad contemporánea por convertir la vida en evidencia, por sentir que si no hubo foto, historia o publicación, el momento quizás no terminó de suceder. Ruggiero encuentra muy bien el borde entre la caricatura y una persona real, y evita que Sofía quede reducida al chiste de “la madre instagrammer”.

Foto: A. Persichetti

Foto: A. Persichetti

Diego González Savoia interpreta a Oscar, un padre exigente, preocupado por que su hijo sea intachable y permanezca siempre del lado correcto de la ley, de las normas y de aquello que se supone que debe hacerse. En él aparece una forma de control igual de intensa: la necesidad de formar a alguien que no se desvíe y encaje dentro de una idea muy precisa de lo correcto. González Savoia construye esa rigidez desde un padre que intenta conservar la cordura y mantenerse siempre del lado de lo correcto, aunque no siempre lo consigue. Óscar hace un esfuerzo evidente por no “sacarse”, pero la tensión termina llevándolo a perder los estribos, dejando al descubierto una contradicción muy humana dentro de su propia exigencia.

Nuria, interpretada por Mariana Piazza, lleva la obsesión por la perfección a otro terreno. Es la madre que no tolera una nota baja y que parece traducir la crianza a cálculos, rendimientos y porcentajes. Como si el crecimiento de un hijo pudiera medirse como una planilla. Piazza trabaja muy bien la ansiedad detrás de ese afán de control y hace que Nuria resulte tan exasperante como reconocible.

Joaquín Ortiz interpreta a Juan, el padre que proyecta sobre su hijo el sueño del alto rendimiento deportivo. Quiere que sea un deportista de élite y esa aspiración, asociada al esfuerzo y la disciplina, empieza también a revelar hasta qué punto una ambición adulta puede instalarse sobre la vida de un hijo. Fabiana Sánchez, como Iris, representa otra forma de exigencia, quizás menos evidente. Es una madre sola que ha criado a su hijo para ser siempre bueno, amable y complaciente. La obra encuentra allí otra pregunta interesante: ¿qué pasa cuando ser “bueno” deja de ser una elección y se convierte en mandato?

Foto: A. Persichetti

Foto: A. Persichetti

Ese es uno de los aciertos de Espejo roto: no hay un único modelo de padre o madre bajo observación. Hay distintas formas de proyectar, controlar, proteger y exigir, y todas parten de una pregunta parecida: ¿cuánto de nuestras expectativas pertenece verdaderamente a nuestros hijos y cuánto proviene de nuestras propias historias?

El título funciona entonces como una imagen muy acertada. Los hijos se convierten en espejos, aunque nunca devuelvan un reflejo completamente limpio. Los adultos miran en ellos sus miedos, sus deseos, sus frustraciones y las versiones de sí mismos que querrían corregir o prolongar. Y la obra se vuelve más interesante cuando deja de preguntar solamente qué clase de padres son estos personajes para empezar a insinuar qué clase de hijos fueron.

Para quienes son padres o madres, muchas de las situaciones pueden resonar de una manera especialmente directa porque ponen en escena decisiones, miedos y contradicciones propias de la crianza. Pero Espejo roto no se cierra sobre ese público. Quienes no tienen hijos pueden entrar perfectamente desde el otro lado del vínculo: todos fuimos hijos. Todos podemos reconocer expectativas familiares, mandatos, formas de cuidado o deseos ajenos que alguna vez terminaron mezclándose con los propios.

Foto: A. Persichetti

Foto: A. Persichetti

Soledad López, como la maestra, aparece para alterar una dinámica que hasta ese momento pertenecía casi exclusivamente a los padres. Su llegada introduce una mirada externa sobre todo lo que venían discutiendo y obliga a los personajes a confrontar de otra manera sus propias certezas. López aporta calma y presencia a un personaje que funciona como contrapunto frente a la tensión acumulada entre los adultos.

La puesta mantiene en general un ritmo ágil y el elenco consigue sostener la atención incluso cuando el texto se vuelve más reflexivo. Sin embargo, hacia el tramo final, la obra pierde algo de esa precisión. Con la llegada de la maestra, algunas ideas que ya habían quedado planteadas vuelven a explicitarse y ciertas reflexiones se sienten repetitivas o redundantes. El remate podría llegar antes. Esa prolongación hace que la obra se estire un poco más de lo necesario justamente cuando el conflicto ya había encontrado buena parte de su fuerza.

Aun así, ese exceso no desarma lo construido anteriormente. Espejo roto logra mantener la emoción y el interés porque su conflicto parte de un lugar cercano. El humor permite abordar temas sensibles sin solemnidad y las actuaciones evitan que los personajes queden reducidos a simples tipos reconocibles. Detrás de la madre que publica todo, del padre que exige una conducta perfecta, de la obsesión por las notas, del sueño deportivo o de la necesidad de criar a un hijo siempre complaciente, hay personas intentando hacer lo mejor que pueden mientras cargan, muchas veces sin saberlo, con sus propias historias.

Criar también es mirarse, y ser hijo muchas veces significa aprender a distinguir qué parte de ese reflejo nos pertenece y cuál recibimos de otros. Espejo roto pone esa tensión en escena con humor, sensibilidad y un elenco sólido, y deja una pregunta que sigue acompañando al espectador después de salir del teatro: cuando miramos a nuestros hijos, ¿cuánto estamos viendo realmente de ellos y cuánto seguimos mirando nuestro propio reflejo?

Por Sofía Lust
lust.sofia