Digger Rockwell es el tipo de nombre que solo podría pertenecer a un petrolero texano o a un personaje de dibujos animados que acaba de encontrar petróleo cavando un pozo en el jardín. En Digger (2026), la nueva y desmesurada película de Alejandro G. Iñárritu, el personaje pertenece a ambas cosas a la vez. Rockwell posee plataformas petroleras, influencia política, una fortuna familiar y una casa tan cubierta de pieles, cuernos y animales embalsamados que uno empieza a sospechar que su decorador fue un taxidermista. También tiene un gato blanco de aspecto terminal llamado Maggie, posiblemente el único ser vivo al que trata con una ternura reconocible.

Lo interpreta Tom Cruise, aunque al principio la película parece empeñada en que olvidemos ese dato. Lleva una barriga prostética, entradas pronunciadas, pelo gris desganado y una cara apenas inflada por maquillaje. Cruise tiene 64 años y, después de varias décadas corriendo como si el envejecimiento pudiera alcanzarlo si reducía la velocidad, finalmente parece algo mayor. No viejo, exactamente. Viejo para Tom Cruise.

Es uno de los chistes más simpáticos de una película que rara vez se conforma con un chiste simpático cuando puede agregarle una trompeta, una explosión y un discurso sobre el colapso de Occidente.

Una fuga de metano en una plataforma de Rockwell provoca una explosión en el Ártico y desprende de Groenlandia un bloque de hielo de dimensiones absurdas. La enorme masa comienza a desplazarse hacia Europa. Las proyecciones son catastróficas: millones de muertos, ciudades inundadas, desplazamientos humanos, billones de dólares en pérdidas. Para Rockwell, sin embargo, el asunto comienza como suelen comenzar las tragedias para quienes tienen dinero suficiente: siendo un inconveniente.

Iñárritu nunca fue un cineasta particularmente aficionado a la modestia, y acá parece haber decidido que tampoco había demasiadas razones para empezar. Digger es una película sobre el cambio climático, el petróleo, el capitalismo, los gobiernos, los medios, la religión, la hipocresía liberal, la estupidez masculina, el espectáculo político y nuestra capacidad bastante notable para advertir el desastre mientras seguimos colaborando activamente con él. En algún momento también encuentra tiempo para preguntarse qué puede hacer el arte con todo esto.

La respuesta breve parece ser armar un escándalo.

Emmanuel Lubezki acompaña a Rockwell por la mansión con una cámara flotante que vuelve el lugar extrañamente ingrávido. Hay habitaciones que parecen decorados, cortinas que suben con una lentitud sospechosamente teatral y cielos cuyo tono pastel recuerda menos a Texas que a una escenografía de Texas. Todo se siente ligeramente falso antes de que sepamos por qué. Sus imágenes entienden bastante antes que su guion que la artificialidad puede resultar sugestiva; es una de las virtudes de la película. Cuando los personajes empiezan a hablar, esa sugestión suele recibir una explicación. Y hablan mucho.

John Goodman interpreta al presidente de Estados Unidos como una criatura hecha casi enteramente de volumen, corbata roja y malos impulsos. Michael Stuhlbarg es su vicepresidente, un espécimen todavía menos tranquilizador. Sandra Hüller aparece como Emma, la media hermana de Digger, rica, pero convenientemente más consciente del planeta que él. Riz Ahmed, como el responsable de seguridad ambiental de la compañía, tiene la ingrata tarea de ser la persona competente en una habitación llena de hombres que confunden autoridad con decibeles. Hay momentos en que Digger parece más una mesa familiar de Acción de Gracias en la que Iñárritu invitó a todos los problemas del siglo XXI y olvidó poner límite de tiempo a las intervenciones.

Digger recibe la noticia de cada nuevo desastre con una mezcla de fastidio, incredulidad y esa forma muy específica de indignación que tienen los hombres acostumbrados a confundir una objeción con una insubordinación. Cruise habla con un acento sureño grueso, arrastra palabras, resopla, apunta con el dedo, mastica las frases. No intenta encontrar un rincón discreto dentro del personaje. Ocupa todo. Hacía bastante tiempo que no veíamos a Cruise ser tan desagradable.

Durante los años de Misión imposible su carrera fue reduciendo al actor y ampliando al fenómeno. Ethan Hunt corre, escala, conduce, cae, salta desde precipicios y se aferra al fuselaje de un avión mientras Cruise demuestra, detrás del personaje, que efectivamente hizo cada una de esas cosas. El cuerpo terminó reemplazando en parte al personaje. Fue extraordinario mientras duró. También permitió olvidar que Cruise puede ser un actor magníficamente irritante.

Paul Thomas Anderson lo entendió cuando lo convirtió en Frank T. J. Mackey, el gurú sexual de Magnolia (1999) que enseñaba a hombres inseguros a dominar mujeres mientras apenas podía contener su propia rabia. Stanley Kubrick entendió que detrás de su sonrisa había algo curiosamente vacío y lo dejó vagar por Eyes Wide Shut (1999) como un hombre convencido de conocer su matrimonio hasta descubrir que tal vez no conocía ni su propia fantasía. Michael Mann le puso pelo gris y un traje impecable en Collateral (2004) y encontró un asesino cuya eficiencia tenía algo muy corporativo. Ben Stiller, quizá con menos solemnidad, pero no menos intuición, lo enterró bajo prótesis y calvicie en Tropic Thunder (2008) y descubrió que Cruise podía ser divertidísimo cuando se le permitía comportarse como un lunático. Iñárritu se acordó de ese Cruise.

Hay una escena en la que Digger debe enfrentarse públicamente a quienes lo consideran responsable de la catástrofe. Podría disculparse. Evidentemente no lo hace; empieza a hablar de petróleo.

El razonamiento es indecente y, como suelen serlo los buenos razonamientos indecentes, contiene suficiente verdad para resultar incómodo. "Ustedes quieren viajar", les dice. "Quieren productos, envíos, autos, plástico, electricidad, comodidad. Quieren indignarse con hombres como él y después volver a una vida que depende de las mismas industrias que dicen despreciar. Ustedes demandan, yo suministro", resume. Cruise se arroja sobre el discurso.

No lo interpreta como una defensa que espera convencer a alguien. Lo interpreta como una ofensiva. La voz sube, el cuerpo entero parece inclinarse contra la multitud. Alguien le tira un zapato. Él continúa.

Por unos minutos, Digger encuentra algo que buena parte de su sátira busca con demasiada insistencia: ambigüedad. Digger es repulsivo, su argumento es tramposo y, sin embargo, no es enteramente falso. Más importante todavía, Cruise consigue que queramos seguir escuchándolo. No porque el personaje tenga razón, sino porque el actor entiende el placer que nos genera ver a un hombre decir cosas espantosas con absoluta seguridad. Cruise siempre fue un excelente gritón.

Jack Nicholson se quedó con la frase inmortal de A Few Good Men (1992), pero uno puede imaginar, viendo Digger, cómo habría sido Cruise varias décadas más tarde al otro lado de aquella mesa: ya no el joven abogado exigiendo la verdad, sino el hombre furioso convencido de que solo él es capaz de pronunciarla. La película, entretanto, continúa complicándose.

No conviene explicar demasiado el mecanismo que Iñárritu revela más adelante, aunque sí decir que la artificialidad inicial no era accidental. Digger termina siendo también una película acerca de la representación: quién convierte una tragedia en relato, quién decide cuál es el villano, cuánto se simplifica una catástrofe para volverla dramáticamente comprensible. El propio personaje de Cruise empieza a desdoblarse.

El diseño de producción de Dennis Gassner y Richard Johnson juega con telones, estructuras móviles y superficies translúcidas. Los espacios se transforman delante de nosotros. Una habitación puede abrirse repentinamente hacia otro lugar; un decorado puede revelar su condición de decorado sin perder por eso su belleza. Iñárritu, que en Birdman (2014) convirtió la continuidad aparente en una especie de exhibición atlética, utiliza en esta ocasión el artificio con bastante más libertad. A veces, la cámara parece descubrir la película al mismo tiempo que nosotros. Es extraño, entonces, que una obra visualmente tan confiada desconfíe tanto del silencio.

Digger explica, subraya, vuelve a explicar. La política estadounidense aparece poblada por idiotas, fanáticos religiosos y militaristas ansiosos por resolver con bombas problemas que ya comenzaron con explosiones. Los multimillonarios son monstruosos. Los liberales son hipócritas. El planeta está condenado. Uno rara vez tiene dificultades para saber qué piensa la película de algo.

Digger pertenece a una categoría del cine cada vez más extraña: la superproducción verdaderamente excéntrica. Cuesta imaginar demasiados estudios entregando semejante cantidad de dinero para que Iñárritu construya una farsa climática de gran presupuesto en la que Cruise aparece gordo, calvo y moralmente monstruoso. Que después el público estadounidense haya respondido con indiferencia tiene una lógica comercial difícil de discutir y una tristeza cinéfila también difícil de ignorar.

Pocas estrellas contemporáneas han administrado su propia imagen con semejante disciplina. Durante años consiguió una hazaña que Hollywood ya prácticamente había abandonado: vender películas sobre la base de su nombre. Mientras los estudios convertían personajes, juguetes y universos narrativos en estrellas, Cruise siguió funcionando como una marca anterior a ese sistema.

Cruise permite que la cualidad que durante años sostuvo su heroísmo, esa intensidad ligeramente aterradora, esa convicción de que todo puede resolverse trabajando más que cualquier otra persona, se vuelva contra él.

Digger Rockwell también cree que sabe cómo funciona el mundo. También entra en cada habitación como si fuera el único adulto presente. También está convencido de que, cuando todo se derrumbe, encontrará una manera de arreglarlo.

Por primera vez en mucho tiempo, Tom Cruise corre hacia el desastre y no estamos seguros de querer que llegue a tiempo.