Por Juampa Barbero | @juampabarbero
Un científico que se transforma lentamente en una mosca, una estrella de Hollywood dispuesta a destruir su propio cuerpo para recuperar la juventud, un hombre que descubre una perturbadora abertura en su abdomen y una mujer que comienza a convertirse en un automóvil. Desde La mosca (1986) y Cuerpos invadidos (Videodrome, 1983), de David Cronenberg, hasta Titane (2021), de Julia Ducournau, y La sustancia (2024), de Coralie Fargeat, el cine de terror encontró en la carne humana un territorio donde experimentar con nuestros miedos más profundos. Huesos que se quiebran, pieles que se desprenden y organismos que dejan de obedecer a sus dueños. El body horror lleva décadas recordándonos que pocas cosas resultan tan aterradoras como descubrir que nuestro propio cuerpo puede volverse irreconocible.
La lista es interminable: El enigma de otro mundo (The Thing, 1982), Re-Animator (1985), Alta sociedad (Society, 1989), Tetsuo: The Iron Man (1989), Slither: criaturas rastreras (2006), Crimes Of The Future (2022), La hermanastra fea (The Ugly Stepsister, 2025) y Together: juntos hasta la muerte (2025), entre tantas otras. Películas de distintas épocas y sensibilidades que encontraron en la transformación del cuerpo una fuente inagotable de pesadillas. A esa tradición se suma ahora Clayface (2026), la nueva producción de DC Studios que recupera a uno de los enemigos más singulares de Batman para llevarlo a un terreno donde la carne, la identidad y el horror se confunden.
Dirigida por James Watkins (La mujer de negro, 2012; No hables con extraños, 2024), a partir de una historia de Mike Flanagan (creador de series de terror como The Haunting of Hill House, La caída de la casa Usher o la nueva adaptación de Carrie), Clayface nos presenta a Matt Hagen (Tom Rhys Harries), un joven actor que parece tener a Hollywood a sus pies después de conseguir una nominación al Oscar. Su talento, su atractivo físico y una carrera en pleno ascenso prometen convertirlo en una de las grandes estrellas del cine. Sin embargo, una aventura con la pareja de un poderoso criminal de Ciudad Gótica termina de la peor manera posible: como represalia, Matt recibe una brutal golpiza que le deja el rostro completamente desfigurado. De un día para otro, las puertas que antes se abrían a su paso comienzan a cerrarse y su futuro parece desmoronarse. Desesperado por recuperar su apariencia, recurre a Caitlyn Corr (Naomi Ackie), una médica que desarrolla un tratamiento experimental capaz de regenerar tejidos. Lo que inicialmente parece una segunda oportunidad pronto se convierte en una pesadilla que escapa a cualquier explicación científica.
Es cruel convertir a un actor en protagonista de una historia sobre la pérdida de identidad. Matt Hagen pasó buena parte de su vida aprendiendo a ponerse en la piel de otras personas, pero ahora es incapaz de sentirse cómodo dentro de la suya. El espejo, que alguna vez fue una herramienta de trabajo, se convierte en su peor enemigo, mientras la industria que celebraba su belleza demuestra lo rápido que puede olvidarse de alguien cuando deja de resultar atractivo. Watkins aprovecha esa contradicción para construir una tragedia donde el miedo a la deformidad convive con una obsesión mucho más cotidiana: la necesidad de gustar, de ser reconocido y de conservar una imagen que inevitablemente terminará cambiando. Para Matt, recuperar su rostro deja de ser una cuestión estética y se convierte en la única manera que encuentra de recuperar su lugar en el mundo.
Watkins lleva años demostrando que sabe cómo incomodar al espectador. Lo hizo con la brutalidad de Eden Lake (2008), con la tensión psicológica del episodio "Shut Up And Dance" de Black Mirror (2016) y con No hables con extraños. En Clayface, encuentra la oportunidad de llevar esa crueldad hacia el terreno del horror físico, sin escatimar en sangre, deformaciones ni imágenes grotescas. La película se detiene en las transformaciones del protagonista, mientras a su alrededor se despliega una Ciudad Gótica sucia, hostil y dominada por el crimen y la corrupción. Watkins consigue que las mutaciones de Matt resulten tan desagradables como fascinantes, recuperando ese placer incómodo que caracteriza a las mejores películas del body horror: querer apartar la mirada de la pantalla y ser incapaz de hacerlo.
A esta altura, las redes sociales ya están llenas de memes que comparan la capacidad de DC para llevar a sus villanos a la pantalla con los resultados bastante más accidentados de su competencia. Mientras Joker (2019), de Todd Phillips, convirtió al enemigo más famoso de Batman en protagonista de un perturbador drama psicológico, la serie El Pingüino (2024) encontró en Colin Farrell la figura ideal para construir una historia criminal digna de las mejores producciones de HBO. Del otro lado, Sony intentó hacer lo propio con los enemigos de Spider-Man, pero los resultados fueron muy diferentes: Morbius (2022), Madame Web (2024) y Kraven el cazador (2024) terminaron convirtiéndose en ejemplos de las dificultades de sostener películas alrededor de personajes secundarios. Con Clayface, DC vuelve a demostrar que sus villanos pueden protagonizar historias interesantes sin necesidad de enfrentarse a un superhéroe, especialmente cuando los cineastas tienen libertad para explorar géneros tan diferentes como el drama criminal, el thriller psicológico o el terror corporal.
César Romero, Jack Nicholson, Heath Ledger, Jared Leto, Joaquin Phoenix y Barry Keoghan. Todos ellos interpretaron al Joker en distintas películas, con lo que convirtieron al villano en uno de los personajes más recurrentes de la historia de Batman. Clayface, en cambio, nunca había tenido semejante protagonismo en el cine, aunque llevaba décadas apareciendo en los cómics, las series animadas y los videojuegos. Quizás por eso, mientras vemos su primera aventura en solitario, resulta inevitable preguntarse si en algún momento aparecerá el famoso murciélago. Pero a medida que avanza la película esa expectativa comienza a desaparecer. La historia de Matt Hagen tiene suficiente fuerza para sostenerse por sí misma, sin necesidad de recurrir a Batman ni de preparar su próxima aparición. Y cuando llegan los créditos, uno descubre que nunca hizo falta.
Durante años, las películas de superhéroes parecían obligadas a formar parte de algo más grande. Escenas poscréditos, cameos inesperados, referencias cruzadas y promesas de enfrentamientos futuros terminaron convirtiéndose en una parte casi indispensable del espectáculo. Clayface propone un camino diferente, donde el interés no pasa por descubrir qué personaje aparecerá después ni por encontrar pistas sobre la próxima película de DC. Su apuesta por el terror demuestra que las adaptaciones de cómics todavía pueden encontrar nuevas posibilidades cuando se les permite experimentar con otros géneros. Después de tantos años intentando que todas las películas formen parte de una misma historia, quizás haya llegado el momento de permitirles tener una propia.