Hace unos años, el Instituto Nacional de Carnes resumió en una campaña lo que cualquier uruguayo sabe sin que se lo expliquen: que la carne es la marca país. Está en el asado del domingo, en las cifras de exportación y en la forma en que nos contamos frente al mundo. Entre enero y mayo de 2026, los frigoríficos uruguayos faenaron más de 922.000 vacunos. Alcanza con imaginar ese número en cero para medir la pregunta que plantea Carne (2026), la ópera prima de Tomás Marichal Urbán, que llegó a las salas este 29 de octubre.

La hipótesis es simple y brutal. El ganado se extinguió, la economía se desploma y el gobierno no sabe qué hacer. En ese vacío, aparece Matías, un empresario del campo con un pasado familiar perturbador, que propone una ley polémica para salvar la industria cárnica y, cuando el proyecto es rechazado, decide llevar su plan mucho más lejos. Marichal no lo filma como catástrofe de ciencia ficción, sino como thriller psicológico, con zonas de suspenso, horror y humor negro. La semilla está en Hambre de libertad, un corto que rodó en un fin de semana para la competencia de 48 horas en Punta del Este y del que esta película funciona casi como precuela. Tampoco está solo en la intuición. Virgilio Piñera imaginó en uno de sus Cuentos fríos un pueblo que resolvía la falta de carne de la manera más literal posible, y, en 1968, Armando Bó usó el mismo título para convertir a Isabel Sarli en obrera de un frigorífico.

Conviene avisarlo de entrada: esto no se parece al cine uruguayo que conocemos. Desde Whisky (2004), buena parte de nuestra mejor tradición se construyó con silencios, humor seco y la melancolía de lo pequeño. Carne pertenece a otra familia, más cerca del cine de Europa del Este y de lo que el crítico James Quandt bautizó en 2004 como “nuevo extremismo francés”, esa corriente gala que hizo de la violencia y la transgresión una forma de pensamiento. Hay algo de la desolación moral de Cargo 200 (2007), de Alekséi Balabánov, y algo de la incomodidad física de Gaspar Noé, que, como si el título trajera su propia genealogía, firmó en 1991 un mediometraje también llamado Carne, protagonizado por un carnicero. La película de Marichal es cruda, violenta y no esquiva los temas tabú: el propio director menciona la religión, el maltrato animal y la violencia de género entre sus capas. Está calificada para mayores de 18 años y no por capricho.

Antes que la película, está el modo en que se hizo. Marichal nació en Montevideo en 1999, dirigió ocho cortometrajes en Maldonado y rodó Carne a los 25 años, en 18 o 19 jornadas de febrero de 2025, con un guion escrito junto a Marcelo Almeida González y Fabiola Gatti. No hubo fondos nacionales directos: la financiación salió de patrocinadores privados, colaboraciones e inversión propia y el proyecto pasó por el Brussels Genre Film Market y por Entre Fronteras antes de ser declarado de interés por el Ministerio de Educación y Cultura. Es una producción del interior en el sentido más concreto. Todo se resolvió en Maldonado: de las locaciones al montaje de Kevin Santos.

El elenco cruza el río en las dos direcciones y es, sin vueltas, lo mejor de la película. Augusto Gordillo Lisboa compone a Matías como un estanciero clasista, racista, violento y misógino. Rubio platinado, de ojos celestes, casi irreconocible, Gordillo esquiva el monstruo de caricatura: entiende al personaje sin justificarlo, y por eso asusta más. La elección del estanciero como eje tiene peso propio. La figura que durante más de un siglo encarnó la riqueza del campo queda frente a la ausencia de aquello que la definía. El trabajo ya le valió el premio a mejor actor en el Horrorant International Film Festival de Grecia, en el cual la película tuvo su estreno mundial.

A su alrededor, Paula Silva, Rafael Beltrán y Néstor Guzzini confirman lo que el cine nacional a veces olvida celebrar: que hay una generación de actores uruguayos capaz de sostener una película de género con la misma verdad que un drama íntimo. Silva, como Lucía, y Beltrán, como Miguel, le dan espesor humano a un relato que podría haberse quedado en la premisa. Silva y Gordillo ya se habían medido en En el pozo (2019), de Rafael y Bernie Antonaccio, donde él era el novio tóxico de su personaje. Guzzini interpreta al presidente de la República, un mandatario al que agasajan con una comida para que apruebe una ley por decreto, y vuelve a demostrar que pocos intérpretes de este lado del río manejan tan bien la tensión entre lo cotidiano y lo siniestro.

Del lado argentino, Luciano Cáceres se queda con uno de los personajes más turbios de la película. Su Víctor no pide simpatía, y Cáceres lo habita con esa ambigüedad que vuelve sospechosa cada una de sus escenas. No es la primera vez que el título lo persigue: en Carne de neón (2010), de Paco Cabezas, ya había encarnado a un hombre violento. Maite Lanata, como Sofía, aporta una presencia firme en medio del deterioro, y el reparto se completa con Minerva Casero como Julieta, Annasofía Facello como la doctora Becker y Susana Groisman como Marisa. Que un director de 25 años haya conducido a intérpretes con décadas de oficio hasta este nivel de afinación dice tanto de él como de ellos.

Detrás de cámara, la dirección de fotografía de Analía Pollio, con un equipo integrado en un 80% por mujeres, también fue premiada en Grecia. Gabriel Casacuberta firma la música y Emiliano Pérez Marzano la dirección de arte. Maldonado deja de ser postal: la chacra Casa Quetzal, las rutas y el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry se vuelven escenarios de pesadilla. El equipo insiste en que la violencia se cuenta más desde la reacción que desde el detalle explícito. Pero la crudeza no depende de la sangre. Está en lo que la película se atreve a pensar en voz alta.

Carne elige el camino más difícil para un debut uruguayo. Apuesta por el cine de género, filma lejos de Montevideo, lo hace con dinero privado y se mete en territorios que nuestro cine suele mirar de reojo. Esa ambición tiene un costo y también un mérito: obliga a mirarla con la misma exigencia que a cualquier otra película, sin la indulgencia que solemos reservar para lo hecho con poco. Y la película resiste esa mirada.

Desde que Hernandarias soltó las primeras vacas en la Banda Oriental a comienzos del siglo XVII, este país se pensó a sí mismo a través del ganado. Las estancias, los saladeros, los frigoríficos y la parrilla son capítulos de un mismo relato. Carne imagina el día en que ese relato se queda sin protagonista. Quién decide, quién come y quién paga. Que esas preguntas lleguen desde Maldonado, filmada por un director de 25 años con dinero privado y un equipo local, ya es una forma de respuesta. El cine uruguayo también es un territorio, y no termina en la capital.