Por Gustavo Kreiman | @guskreiman
Cuando bajás por Ciudadela, cruzando la Plaza Independencia, hacés un par de cuadras y la Ciudad Vieja se empieza a poner más espesa. Pasás por al lado del Banco Central y ves que la cuadra que tiene enfrente es rara. En la esquina hay una iglesia vieja, medio despintada, a mitad de cuadra hay una escuela de tiro, y entre esas dos cosas, hay un teatro. El Odeón.
Se había incendiado en 1996 y estuvo más de 20 años cerrado, hasta que un grupo lo reconstruyó y lo reabrió en 2019 para estrenar una obra, Chacabuco. Ese grupo ya había reconstruido una sala entre 2010 y 2012: La Gringa, un lugar que había sido un cine y después un gimnasio, en una galería de 18 de Julio. En ese teatro que inventaron estrenaron Bienvenido a casa.
Para estrenar Ballet, la obra nueva que pone lupa sobre esa realidad que venían armando con las dos anteriores, ese grupo volvió a reconstruir sobre lo que habían reconstruido. Movieron de lugar la platea y modificaron todo el Odeón por dentro.
Las actrices de Ballet dicen que todas sus obras se concibieron en relación con el espacio. Que espacio, concepto y obra son tres cosas que se retroalimentan en los procesos. Y que ese vínculo es algo necesario para poder construir una realidad paralela.
Esta conversación tuvo lugar en la puerta del teatro, en unas sillas en la vereda, antes de un ensayo de noche a finales de setiembre. En ese momento todavía estaban terminando de construir algunas cosas de la escenografía, había mucho aserrín en el espacio, e Inés Cruces Olivera estaba encargada de pasar la aspiradora porque Chiara Hourcade Leyvas y Soledad Pelayo Alonso habían respirado mucho aserrín y les había dado tos.
La reconstrucción física que hacen de los espacios parece tener que ver con la radicalización estética que vienen desarrollando como grupo. Trabajar durante tantos años juntos y para cada obra no es solamente una metodología, es una forma de concebir el vínculo y la creación.
Ver Ballet es como tener una alucinación. Lo que construyen en escena parece más real que lo real, y por eso emociona. Mientras la realidad nos anestesia a fuerza de exceso de información, vulgaridad banal e imágenes antiestéticas, Ballet aparece para despabilarnos con una belleza extraña, pone en problemas todas nuestras categorías de lo que es correcto e incorrecto, y nos muestra un páramo de ensueños donde la oscuridad ya no da miedo ni asco, sino que seduce, divierte y enternece.
Ballet estrena el 9 de octubre como una de las representantes uruguayas del Fidae, y ya tiene entradas agotadas para todas las funciones de octubre.
Foto: Javier Noceti
¿Cómo están viviendo el proceso a nivel grupal tan cerca del estreno?
Soledad Pelayo Alonso (S.P.A.): Viene siendo de los procesos más fluidos y armoniosos. Estamos en el caos de la creación, como siempre. Puede haber estruendos, tormentas, porque entramos en las profundidades. Y estamos trabajando algo de mucha profundidad, sombra, pero es donde más encontramos la luz.
Inés Cruces Olivera (I.C.O.): Y todo un desafío, una sorpresa también. Porque en un momento dijimos: “Wow, ¿dónde nos estamos metiendo? ¿Qué va a suceder?”, pero tal como dice Sole, fuimos tan profundo que encontramos mucha belleza.
Chiara Hourcade Leyvas (C.H.L.): Sí, para mí también. Mucha belleza. Y a nivel de los vínculos entre nosotros, mucha fluidez, mucha liviandad. Como que se siente bien. Superhorizontal. Todos nos sentimos escuchados, los tiempos son los que deberían ser.
Otras veces ustedes definían la fecha de estreno, ¿fue diferente el proceso, teniendo en cuenta que esta vez tienen una fecha definida por el Fidae?
C.H.L.: Incluso eso ayudó. Vino bien por todos lados. Para los técnicos, para Roberto, nos enfocó y estamos todos trabajando para eso.
S.P.A.: Creo que nos ayudó a concentrarnos en lo más exquisito y bello de la creación. Porque al saber que hay que concretar algo en un tiempo determinado, nos enfocamos de otra manera. No nos dilatamos en búsquedas. La búsqueda fue como mucho más contundente. Siempre lo fue, pero esta vez fue todavía más radical.
I.C.O.: También ya tenemos muchos kilómetros recorridos. Ya manejamos el mismo lenguaje hace muchos años, estamos juntas y juntos en esto. Tenemos la claridad de hablar el mismo idioma.
Foto: Javier Noceti
¿Cómo llegaron al Pequeño Teatro de Morondanga y qué fue lo que les dio ganas de quedarse?
S.P.A.: Pequeño Teatro de Morondanga es un nombre muy ficticio. Lo ponemos porque tenemos que llenar fichas con un nombre, pero en realidad tampoco nos reconocemos en ese nombre.
C.H.L.: Yo creo que ahora nos reconocemos más como Teatro Odeón.
S.P.A.: Somos una banda que nos elegimos. No somos una compañía cerrada tampoco. Sigue en movimiento todo el tiempo. Me parece que nos encontramos por el camino de la vida que uno va eligiendo, en distintos tiempos. Tiene que ver con cómo te vas enamorando de las experiencias que tenés. Mi primer encuentro con Roberto fue hace millones de años. Empezamos a crear juntos a partir de una obra que se llamó Ulrich, el niño que venció al viento, tipo por el año 1996. A partir de ahí Roberto y yo no nos separamos. Construimos hermandad. Una hermandad muy linda y creativa.
C.H.L.: Yo había participado en uno de los talleres, pero me habían pasado un montón de cosas y había decidido que iba a dejar el teatro. Era 2009, por ahí. Estaba con que no iba a hacer más teatro, y en un momento se me da por entrar a un mail viejo y hacía 15 días que Roberto me había mandado un mail que decía: “Hola, estoy buscando una actriz, llamame para ver si sos vos”. Y ahí lo llamo, de una, y me dice: “Venite ya, que justo estoy acá en un asado con los actores”. Y yo dije: “Sí, claro, voy”, y arranqué para ahí. Cuando llegué me dijo: “Vos no digas nada, no digas quién sos, vamos a ver si te integrás en el grupo”. Y estaban todos re raros. Se comportaban raro, no entendía bien, después entendí que estaban actuando.
S.P.A.: Claro, es que nosotros estábamos en plan ensayo, asado ensayo.
C.H.L.: Estaban en un trip. En un momento el Yama [Yamandú Cruz] me dice: “¿Cómo te llamás vos?”, y yo le digo “Chiara”, y no me dio bola. Al rato me vuelve a preguntar y yo le digo “Chiara”. Después de un rato me vuelve a preguntar cómo me llamo y le digo “Juana”, y ahí me dice “Ah, Juana, muy bien”. Y ahí entré en la ficción. Fue un delirio. Me hicieron cantar, llorar, me hicieron cantar en inglés. Y así empecé a integrarme en el proceso de lo que después devino en Bienvenido a casa, la primera obra que hice con ellos. De estar a punto de dejar el teatro a Bienvenido a casa, una locura.
I.C.O.: Yo también arranqué con Bienvenido a casa, pero no trabajé en escena, lo ayudé a Roberto en la dirección.
S.P.A.: Fue como una codirección lo que hiciste.
I.C.O.: Trabajamos mano a mano fuerte, pero no sé si fue una codirección. Para mí fue más una asistencia. Yo había hecho taller en Colón con Robertito cuando era muy chiquita, pero igual mi historia de amor es con Sole. Yo me enamoré de Sole por la noche y ella de mí. Siento que me acerqué más por ella. Y trabajar en Bienvenido a casa fue increíble, fue como el despegue del corazón. Después hicimos Chacabuco y ahí ya me metí a pleno adentro de la escena.
Foto: Javier Noceti
¿Cuál es la exigencia de la forma en que trabajan y por qué dirían que también es una forma de libertad?
I.C.O.: A veces uno tiene experiencias tan intensas, de concentración y presencia, que no hay lugar para pensar si es bueno, si es malo. Estás ahí viviendo la experiencia a pleno. Disfrutando. Y eso te lleva a la posibilidad de habitar otro espacio de tu mente, de tu conciencia y de tu realidad con el otro. Podés crear un espacio vívido y real con un otro. Es radical, pero es lo que elegimos.
S.P.A.: Yo no siento exigencia, me suena como a algo externo esa palabra. Para mí es la posibilidad de construir y habitar mundos paralelos. La realidad no es una, hay infinitas realidades. Saber eso te hace ser mucho más consciente de este cotidiano que vivimos. Te dan ganas de sentirlo a flor de piel y embellecerlo lo más que podamos. Es como un ida y vuelta permanente entre lo cotidiano y esos mundos paralelos que construimos. Y a mí es lo que me permite vivir; si no, no sé cómo estaría parada acá hoy.
C.H.L.: Yo sí lo siento exigente, pero gracias a esa exigencia es que puede suceder lo que hacemos. Y la libertad existe por la entrega, por la manera en que nos entregamos. Llego a un nivel tan alto en la manera de compartirme con mis compañeros, y veo en ellos también una entrega tan total, que sí me parece exigente. Siento que un montón de personas están entregando un montón de cada uno. Pero gracias a eso está la libertad de esto, de lo que va a suceder. No sé si en otro lado me pasaría de esta forma.
I.C.O.: Y te revienta. Sentís eso en el encuentro con el otro. Ya conocés la escena, conocés la historia, pero te sentás a mirar y te conmocionás, y ahí decís: “Son mis compañeros”. Hay un lugar habitado de una realidad creada tan contundente, tan apasionada, y de tanto amor, que es inevitable no emocionarse.
C.H.L.: Ahí es donde yo creo que aparece la libertad. Para mí tiene que ver con la entrega. Es exigencia y entrega. Una no es exigente con cualquier cosa. Cuando realmente se exige, o exige algo a un grupo, es porque busca el top máximo de eso. Estamos acá por algo en común, porque creemos en esto.
S.P.A.: Es así, es amor. Es la entrega apasionada de poder creer para crear.
¿Cómo se siente trabajar juntos hace años y tener procesos tan largos para cada obra?
C.H.L.: Es una manera de estar viva con este grupo, porque capaz que con otro grupo sería de otra manera. El otro día yo pensaba: “Lo que tengo con este grupo es el vínculo más largo de mi vida”. Lo pensé y dije “wow”. No sé si esto lo podría tener con otro grupo, no sé si lo podría sostener.
S.P.A.: Y además es un grupo que se mueve también. Ha entrado gente, ha salido gente.
C.H.L.: Se siente bien teniendo en cuenta los tiempos de hoy, que hay algo de lo grupal que cada vez se está desdibujando más, cada vez los procesos son más cortos. Hoy en día por las redes, por la inmediatez de todo, hay propuestas de 15 minutos que se trabajan en lapsos muy cortos. No estoy desmereciendo nada, cada uno tiene su forma, pero nosotros somos lo opuesto a eso. Y creemos en esto y reivindicamos esta forma de trabajo, porque es una forma distinta de encuentro.
I.C.O.: Es como cualquier vínculo. El tiempo y la permanencia le agregan capas y capas de verdad a la cosa. Tiene que ver con la belleza. Con ayudarse. Con encontrarse con el otro de verdad y que las cosas que vivas sean desde ahí. Esa es la potencia de embellecer.
¿Independiente de qué es el teatro independiente para ustedes?
I.C.O.: Es independiente de ciertas zonas de la mente. De los tiempos con los que regimos el bien y el mal.
C.H.L.: A mí lo primero que se me viene es pensar que logramos tener nuestro espacio, y hacemos teatro cuando queremos y cuando podemos. De lo único que dependemos es de nosotros.
S.P.A.: Y somos más de la periferia. No tenemos un orden tan establecido. Hay algo que trasciende eso que comúnmente se denomina “grupo de teatro independiente”. Somos hermanos, hermanas. Vienen los hijos acá y juegan mientras trabajamos. Somos una familia elegida, personas a las que nos gusta estar juntos y construir realidades alternativas. Eso es algo más que ser un grupo teatral.
Foto: Javier Noceti
¿Por qué una obra como Ballet solo podría haber sido concebida en el Teatro Odeón?
S.P.A.: Todas nuestras obras se conciben desde el vínculo con el espacio. Antes íbamos de acá para allá hasta que encontrábamos ese espacio. Esta fue de un proceso un poco más corto, justamente porque sabíamos que íbamos a estar acá en el Odeón. Reconstruimos la sala, la cambiamos toda igual, pero sabíamos que iba a ser acá. Siempre creamos así: espacio, obra y concepto. Todo se retroalimenta y va mutando.
I.C.O.: Y siempre hay una continuidad entre los universos de cada obra. Todas las obras que hacemos son amigas, hermanas, primas de la anterior. Todas nosotras somos parientes de algún otro personaje que ya viste en las obras anteriores. Y el espacio mismo va mutando a partir de los espacios anteriores. El espacio marca mucho el lenguaje, la zona en que está habitada la obra. No podría ser en otro lugar ni con otras personas porque tiene que ver también con nuestras propias naturalezas.
C.H.L.: Ballet trabaja en una zona más alucinada que Chacabuco pero porque radicaliza algo que venía de antes. Como que pone lupa en la zona en la que veníamos trabajando. La obra es lo que se puede ver a través de esa lupa, nos lleva a trabajar más radicalmente hacia el interior de eso. Y por eso se va hacia algo un poco más alucinado, mental. Crea un lugar, un espacio que no existe. Intracíclico, algo así.
¿Hacia dónde las lleva como actrices la forma de dirigir de Roberto Suárez?
S.P.A.: Es un tipo de un ojo y de una generosidad que para mí es exquisita. Ve lo que estás proponiendo y se va para ahí y lo juega al mango, te invita a jugar al mango. Hay un diálogo permanente también, con todo el grupo. Es una búsqueda común. Pero Roberto puede ver lo que estás proponiendo en relación con eso y llevarte a habitar esa zona muy profundamente.
I.C.O.: Él puede habilitar ciertas zonas en nosotras y a la vez nosotras actuando lo habilitamos a él a dirigir con otra profundidad. De ahí sale el lenguaje.
C.H.L.: Hay algo que está establecido de ambos lados y tiene que ver con la confianza. A mí me pasa también que, por ahora, no he llegado al vínculo que tengo con Roberto con otra persona. Nos conocemos mucho. Y es como decían ellas, sabés que desde la dirección tenés un ojo y una precisión, que podés laburar tranquila. Una está entregadísima, y no dudás, no existe ni la idea de la duda, porque sabés que estás yendo hacia un lugar que está bueno.
Trabajan mucho con el concepto de “estado”, la idea de un coloque particular para actuar. ¿Qué entienden ustedes por “estado”? ¿Cómo lo describirían?
C.H.L.: Es habitar un lugar particular en la actuación, y le damos mucha fuerza y prioridad a eso para que nos guíe al tipo de actuación que estamos haciendo. A mí me pasa que para poder actuar estas obras necesito encontrar un cierto estado de mi cuerpo. No tiene tanto que ver con las acciones, con el texto. Es una cosa más mental y espiritual al mismo tiempo.
S.P.A.: Es un despojo. Te despojás para llegar al estado. Tiene que ver con el presente, con poder habitar el presente en otro espacio, realmente estar ahí. Lo asocio al despojo.
I.C.O.: Sí, yo lo asocio también al despojo y al habitar un presente contundente, que implica un juego contundente. Esto de que el juego es tu mirada, tus palabras, cómo te mirás con el otro. El estado implica un todo vivo, orgánico, que habilita un juego, una manera de jugar.
Foto: Javier Noceti
¿Y qué hacen técnicamente para llegar a esa manera de jugar?
S.P.A.: Cada uno debe tener una manera de hacerlo. Yo ni siquiera sé si tengo técnica. Hay algo que se construye a nivel grupal.
I.C.O.: Para mí tiene que ver mucho con el juego también, con permitirte jugarlo. Un día estás actuando y decís: “Ah, acá hay algo, ¿qué es esto?”, y después otro día podés volver a agarrar algo de eso. El teatro es inasible. Un día podés volver a agarrar un poquito, y no sabés cómo, pero de a poco de ahí va creciendo algo, una forma de estar en vos y en tu cuerpo que podés ir expandiendo.
C.H.L.: Yo siento y veo que no tenemos algo establecido. Hay algunos ejercicios que hacemos para colocarnos, pero como que cada uno va trayendo su forma de jugar. Y a veces en grupo vamos encontrándonos en ese juego y eso nos retroalimenta. Yo siento que cada uno tiene su formulita, su forma de respirar, sus ritualitos antes de arrancar. Pero es difícil de decodificar, de poner en palabras. Porque ni siquiera tiene que ver con pensar, es más una manera de habitar un lugar.
I.C.O.: Y hay algo de la intuición también.
C.H.L.: Es de la intuición, sí. Yo tengo una boludez que hago que es respirar rápido antes de entrar, hiperventilarme un poquito. Que a veces veo que Sole lo hace también. Ni me daba cuenta de que lo hacía. Me di cuenta ahora porque no lo puedo hacer, porque la sala está llena de aserrín entonces si lo hago me da tos, y no lo estoy haciendo. Son cositas, así, boludeces que uno va haciendo, pero que te permite descubrir rinconcitos.
S.P.A.: Me interesa referenciar unas maestras que he tenido en mi vida, que son Ana Corti, Mari Minetti y Norma Berriolo. Creo que hay un espacio en todo lo que se llama expresión corporal, conciencia corporal y demás, que para mí es fundante para llegar al estado. Son tres personas que en mí marcaron mucho mi estar, mi posibilidad de ser consciente de cómo estoy y en dónde estoy para actuar.
¿Cómo es su complicidad como actrices? ¿Qué tiene de particular ser las únicas tres mujeres del elenco?
C.H.L.: Es fantástica. Ya de por sí tenemos nuestra casita, que es nuestro camarín. Y todos suben. Todos en algún momento buscan la excusa para subir y estar con nosotras tres.
I.C.O.: Tenemos nuestro grupo de WhatsApp que tiene años. Se llama “La Niña, la Pinta y la Santa María”. La foto que tenemos ahí es hermosa. Estábamos todas pintadas porque era cuando estábamos construyendo el teatro. A veces hablamos cosas entre nosotras que los demás no entenderían. Y por eso también a veces ensayando, nos miramos y nos damos cuenta de lo que está sintiendo la otra.
S.P.A.: Muchas intuiciones, sí. Es hermoso. Tenemos un lenguaje familiar muy fuerte. Es una hermandad intensa.
C.H.L.: A veces nos pasa algo re gracioso, que es que empezamos a menstruar las tres al mismo tiempo.
S.P.A.: O una quiere poner en el grupo: “Che, tendríamos que hablar de…” y otra responde antes de que termine: “Acabo de hablar con tal de tal cosa”. Y es como que estábamos conectadas, sintiendo lo mismo.
I.C.O.: Es una cofradía, sí. Y lo lindo es que somos las tres re distintas. Pero estamos juntas. Aunque seamos distintas hay algo que nos recontra une. Es lindo.
¿Qué les duele de hacer esta obra y qué les da vida al hacerla?
S.P.A.: A mí me duele saber que en algún momento se va a terminar. Y me da vida saber que estamos acá todos vivos haciéndola, en este momento. Lo que me duele me da vida también.
I.C.O.: Sí, son cosas que van juntas, de la mano. Esta cosa de mucho movimiento interno entre nosotros. El otro día hicimos una cosa antes de empezar, y sentía los 20 años que tenemos arriba juntos. Todo lo que ya pasó y se murió y todo lo que está vivo, y está acá. Todo eso está en cada célula de nosotros, porque estuvimos presentes.
C.H.L.: A mí me pasa un poco igual. El otro día me fui, y no podía dormir de lo emocionada y maravillada que estaba. Con lo que estábamos haciendo en estos tiempos, en los tiempos que nos toca vivir en esta vida. Hay veces que no lo puedo creer. No es hacer una obra de teatro nomás. En algún momento es como que realmente movemos energías reales. No sé qué le va a pasar al público, pero nosotros lo sentimos.
S.P.A.: Es construir una realidad paralela y mover energía real.
C.H.L.: Para mí eso es volver a la raíz de lo que es el teatro. Y por eso es obvio que el teatro no va a morir nunca. Porque cuando el teatro sucede el alma queda afectada. Ese día que sentí eso, sentía que éramos parte de un movimiento muy grande. Y eso también me generaba dolor. Creo que fue el día que sentí que la obra había nacido realmente. Esa cosa medio de parto y de nacimiento.
I.C.O.: Al mismo tiempo, para mí, hay un despojo. Vuelvo a la idea de despojo de la que hablaba Sole hace un rato. Es el despojo de una identidad fija.
S.P.A.: Es despojarte de lo que vos creés que es la realidad.
I.C.O.: Y eso te permite habitar una identidad poética. Y cuando la sentís es raro, te hacés preguntas: ¿Cuál es la diferencia entre eso que pasa ahí y esto que pasa acá?
S.P.A.: ¿Por qué no es así la vida?
C.H.L.: Las escucho hablar y me erizo.
I.C.O.: Es la posibilidad de decir “esto es”. Es de verdad. Y cuando viene alguien y siente lo mismo, es porque siente la misma afectación.
S.P.A.: La misma afectación de conectar con una realidad más real que lo que llamamos realidad.
C.H.L.: No importa lo intelectual o lo anecdótico. Es esa conmoción.
I.C.O.: Es un yo despojado. Pero un yo colectivo. No es un yo de cada uno. Estamos vivos.
C.H.L.: Y por eso no podemos hacerlo todo el tiempo. Porque si lo hiciéramos todo el tiempo estaríamos más locas de lo que estamos ya. Si viviéramos la vida así todo el tiempo estaríamos mal de la cabeza. No se puede sostener. Porque es como una droga realmente. El teatro, cuando sucede, cuando acontece de verdad, es como una droga. Es una cosa que te deja… otra visión. Otra perspectiva.