“Amo®”: sembrar la semilla de la duda sobre las relaciones con todo lo que amamos
Estrena en el Teatro Victoria la obra inédita ganadora del Premio Nacional de Literatura 2025. Conversamos con su autora y directora.
Por Gastón González Napoli
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Entre charlas de filosofía y de migración a un país europeo transcurre Amor, que estrena en el Teatro Victoria este jueves 5 de noviembre. La protagonizan cinco amigos “sudacas” (tal la etiqueta que elige la promoción de la obra) reunidos en un parque de Berlín; personas que están “en la miseria pero con marco teórico”, al decir de su directora Carolina Genoni K.
Estilizado como Amo®, con la R tipo marca registrada, es el debut como dramaturga de esta joven de casi 26 años, con el que el año pasado ganó el Premio a las Letras en la categoría Dramaturgia inédita. Genoni se inspiró en su propia experiencia como estudiante en la capital alemana, en las charlas que tenía con los amigos sudamericanos que se hizo allá. El concepto de amor era uno de los ponían en discusión, con el objetivo de “extrañarlo”: en el sentido de volverlo extraño, de observarlo como algo externo. Y de ahí nacieron personajes que conectan Uruguay y Berlín, situaciones muy uruguayas con otras muy berlinesas, charlas sobre poliamor y el sufrimiento en el amor y una pregunta de fondo sobre qué relaciones se sostienen por amor y en qué condiciones.
Antes del estreno, LatidoBEAT entrevistó a una muy simpática Carolina (campera Adidas, gorro con visera, fumando armados) en un café a la vuelta del teatro. Conversamos sobre esas disquisiciones entre la filosofía y las relaciones románticas, y cómo llevarlas al escenario. Las entradas para Amor se encuentran en este link.
¿Vos cómo pronunciás el título? Con esa R.
Amor. Tiene mucha intertextualidad la obra, y en una cita a Leonor Silvestri, una punky argentina que tiene libros muy polémicos, pero está bueno porque hace lecturas distintas con referencias distintas de filosofía tradicional, tipo Foucault para encapuchadas [ensayo del 2014]. Hay un libro que se llama Donde mi raza muere [2022], que habla del amor y de extrañar el amor —es un poco tipo Sarah Ahmed, el extrañamiento de lo familiar—, y ahí habla del amor como: el que ama es el amo. Esta cuestión medio dialéctica del amo y el esclavo.
Además pusiste la R como marca registrada, que podrías haber optado por ponerla entre paréntesis. ¿Significa algo también para vos?
Puede derivar en muchas cosas. La lógica del consumo en las relaciones contemporáneas. El amor más allá del amor a la familia, el amor a los amigues, el amor a tu compañero de vida, tu compañera de vida... atravesado por toda la lógica de consumo de cuerpo. Eso por un lado y por el otro, que esto en realidad se lo estoy robando a Nicole [Wysokikamien], que hizo el prólogo: habla de la ilusión de que entren en categorías las formas en las que nos vinculamos. Ella dice: “El amor como marca registrada”, como una forma de lo afectivo. Y es como una falsa ilusión.
La escribiste estando en Berlín, ¿no? Porque son “sudacas” allá como eras vos.
Sí. Siempre hice teatro, desde los ocho, y arranqué después a escribir. Estando allá pude hacer una dramaturgia online, porque justo estaba en Berlín también el profe. Yo en realidad estaba escribiendo otra cosa, pero conocí pila de gente latinoamericana en Berlín y siempre nos atravesaba eso, las formas de relacionamiento, del ser migrante ahí, de cómo nos vinculamos. Y fue como: “Pah, esto es lo que realmente me interpela hoy en día y es de lo que más hablo”.
Tuviste un trabajo medio insólito mientras viviste en Alemania.
Era barista y bombera en teatros. Y ahí vi un montón de teatro. Justo también me había quedado sin casa, agarré una y el loco que me dio el cuarto me dijo: “¿Qué hacés?”. Yo le respondí: “Hago teatro”. Me dice: “Yo trabajo siendo bombero en teatros. ¿Querés que te recomiende?”. Le dije: “Pah, re”. Que me paguen por ir al teatro. Aparte las entradas son carísimas.
Entonces: tenías estas charlas con gente también sudamericana y ahí fue surgiendo la idea de la obra.
La obra tiene esta línea de estos amigues, tipo filósofos. Porque, claro, yo me daba con sudacas, pero todos tenían títulos universitarios, estaban haciendo su doctorado. Estábamos en la miseria, pero todos con marco teórico. “No, porque en la fenomenología alemana…”, “en el archivo de Benjamin, lo que pasa…”. Eso me flasheó, cómo la solemnidad de lo académico era transversal a la experiencia migratoria, que es bastante... No sé qué adjetivo usar, pero: sufrida.
Son estos amigos, pero también hay cosas muy uruguayas. Se filtran escenas —hay tipo 14 personajes— dentro de estos cinco amigues que son parejas uruguayas, una editorial uruguaya, una oficina con dos empleadas… Lógicas muy uruguayas con esto que sucede en Berlín. Hay muchos saltos temporales y espaciales.
Mencionaste la escena de la editorial. Ahí discutís algo del mercado de producción de libros.
Justo esa escena, le decimos las “escenas satelitales”, es como: la atención en cómo escribir las cosas para que se vendan y el contenido de verdad. Hay una tensión de la editora de nombrar el libro que están escribiendo de una forma que venda, que es ir por el concepto de mujer, que “mujer” vende. Y la escritora le dice: “No, no, pero son un montón de disidencias escribiendo”. Y la editora diciéndole: “Pero es que ‘disidencia’ no se entiende. ‘Mujer’ sí”.
Te metiste en una cantidad de temas, el mundo de la academia seguro da mucho jugo.
Es un poco sacarle la solemnidad a eso y ver que hay experiencias detrás de todos esos nombres o esas categorías que nos inventamos. No es burlarse. Sí sacarle solemnidad. Y siento que la única forma de sacarle solemnidad es a través del teatro, que es el arte de la experiencia. El arte de poner en tensión discursos atravesados por la experiencia, y a través de eso que cada uno pueda elaborar sus propias conclusiones. Nos burlamos de cómo coopta el sistema un montón de discursos y un montón de experiencias y un montón de personas.
Ponele, esto que dice la editora es re pinkwashing. Otro ejemplo: ir a librerías, a mí me gusta mucho ver los títulos o los libros de qué se están escribiendo, las formas que nombramos las cosas. Y me pasaba que iba a los museos o las librerías más de arte y siempre había un Da Vinci, siempre había un Caravaggio; mismo fotógrafas, nunca ves en general, es “mujeres dentro de la fotografía”. Y los chabones sí tienen su espacio. Entonces, la editora tira esa verdad. Pero no es problema de la editora, es problema del sistema y de cómo se venden las cosas, cómo se empaquetan. Eso es algo que nos interesaba.
Vuelvo a lo del amor y el amo. En Berlín, en esas charlas, en esos días que terminan inspirando esta obra, por lo que me contás, hablaban de varias cosas. ¿En qué momento aparece el amor?
Creo que es la excusa para hablar de todo. Uno de los personajes en un momento dice: “El amor como ese ingrediente aglutinante de las relaciones contemporáneas”. Y eso en todo, ¿no? Amor al arte, trabajo porque amo lo que hago, como esa cosa incondicional que a través del amor hacemos. Y eso va para una pareja, va para un amigo, para seguir trabajando y seguir siendo explotados por tu empleador. Creo que es como el paraguas ideal para poder hablar de un montón de otras cosas. Leonor Silvestri lo dice: el amor aparece en la familia en la modernidad. Antes la familia era tipo sistema, no por amor. “¿Me caso por amor?”, no había esa pregunta. Y es cómo vamos encontrando formas para poder seguir repitiendo los sistemas con distintos nombres, para poder seguir en determinados caminos.
¿Pensás que se puede romper eso?
No, pero sí extrañarlo, sí cuestionarlo o criticarlo. Creo que es una pregunta. Por eso me parece que es muy interesante cómo en cada experiencia se resignifica. Y por eso para mí es el teatro donde todos estos discursos pueden convivir y tensionarse. Un personaje dice: “Que tu abuela te cocine, es amor”. Una huevada muy rudimentaria. Y otro de los personajes, la argentina, dice: “Es trabajo doméstico”. Esta cosa del trabajo y el amor. Creo que sí se puede romper ciertas formas que no se cuestionan. Y para mí ahí es clave, si estás haciendo algo que decís “ah, es por amor” y en realidad te estás re explotando, le estás pasando por encima a mil personas porque por amor… Es como que todo se mezcla, ¿no? Tipo el amor propio: uno se cuida el culo de uno y no está con el otro. ¿Es amor? O sea, sí, porque son las lógicas amatorias. También creo que hay algo ahí de cómo nombramos y cómo conseguimos el amor y capaz que son las lógicas afectivas del encuentro con el otro. Para mí eso sí es fundamental, al menos cuestionarnos cómo nos afectamos con el otro. ¿Qué opinás?
Eh, no tengo ni idea.
Es re complejo. También ahí, cómo juega tipo lo erótico. Dentro de la amistad, dentro del trabajo, que no tiene que ver con solamente lo sexual. La eroticidad, como las formas de afecto con el mundo y cómo me relaciono con una planta y cómo me relaciono con los conceptos y cómo me relaciono con las otras personas. Entonces, creo que la obra en sí un poco viene como a plantar la semilla de la duda. [Se ríe] Yo planto semillas de la duda siempre. Escorpio.
Me acordé de que en tu Instagram, cuando hiciste el posteo de que habías ganado el premio (felicitaciones), aprovechabas para poner otras imágenes, entre ellas cartas de tarot. ¿Tiene alguna influencia en tu creatividad esa parte espiritual, medio esotérica?
A mí me encanta escribir y desarrollar distintas prácticas para cada tema. Y jugar, dentro de las prácticas y dentro de eso, decir: “Ta, escribo esta obra para ver cómo me relaciono con el mundo”. Me parece que el tarot viene a traer un juego para leer y codificar el mundo que es superinteresante y que después va a ser otra cosa. Está bueno a la hora de la escritura como para irse un poco de uno. Cuando escribís podés pecar de ser re yo-centrista y creo que el tarot te hace desplazarte del centro.
Por Gastón González Napoli
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