Vivan los frikis: crónica de la Expoconvention con dos actores de “Harry Potter”
El evento tuvo lugar el sábado y domingo en el LATU y estuvieron como invitados principales Devon Murray y Christian Coulson.
Por Gastón González Napoli
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A la chica se le quebró la voz mientras hablaba al micrófono. Les decía que había crecido con ellos, que la emoción la desbordaba de tenerlos tan cerca. Desde el escenario la miraban, expectantes por la traducción al inglés, Devon Murray y Christian Coulson, intérpretes de Seamus Finnigan y del joven Tom Riddle en la saga de Harry Potter. Dos caras muy menores, apenas terciarias, en un elenco que se fue recargando en ocho películas. Once si contamos a las de Animales fantásticos (y a esas, mejor no contarlas). Murray es algo reconocible, pero si a Coulson te lo cruzás por la calle, no sabés quién es.
Otra chica comenzaría su pregunta informando que ella pertenecía a Ravenclaw, una de las cuatro casas del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Más temprano, tres niños habían subido al escenario a tratar de ganarse una varita mágica —del estilo del Wizarding World y no de las de los magos infantiles, claro— demostrando su habilidad para ejecutar un hechizo. Sonaron los queridos Expelliarmus y Wingardium Leviosa (Hermione no les habría corregido la pronunciación del segundo, así que bien). Más tarde, terminada la sesión de preguntas abiertas al público, la fila sería extensa para que los actores les firmaran un libro, o una varita, o lo que fuere.
¿Qué hacían este irlandés y este británico un domingo lluvioso, gélido y oscuro en el Parque de Innovación del LATU? Vinieron para la Expoconvention, evento de tipo geek que reúne fanáticos del animé, de la cultura japonesa en general, del cómic, de los videojuegos, de los superhéroes y de la fantasía. Sintetizando, de lo que llamaríamos con todas las letras “friki”. Nerd. Raro.
Foto: Gastón González Napoli
Los geeks viven y luchan
“Raro” si obviamos que las sagas más populares en el cine, la pantalla chica y la literatura pertenecen a este universo. El señor de los anillos. Game of Thrones (2011). Dune. Stranger Things (2016). Las películas de Marvel y de DC. Supercampeones (1981). Pokémon. Ni que hablar de Star Wars. Vas a una fiesta de disfraces en Halloween, donde se presenta una banda de cumbia y otra de plena, y ves gente disfrazada de la versión más reciente del Joker (que hasta apareció en forma bizarra, aunque entrañable, en la barrabrava de Nacional) o de Harley Quinn entre los grupos de amigos vestidos de Peaky Blinders (2013). Las películas de animé, que en otra época iban directo para video/DVD/streaming se estrenan ahora en cines, como le explicó a LatidoBEAT Mitchel Berger, un ejecutivo de la plataforma Crunchyroll. Netflix gastó US$ 18 millones por episodio para adaptar One Piece, uno de los animés y mangas (o sea, historieta japonesa) más populares.
Y sin embargo, a pesar de que los geeks heredaron la cultura pop, lo friki ha conseguido mantenerse como un submundo. Nunca va a ser cool disfrazarte de un personaje de Guilty Gear o de Chainsaw Man, ni te digo si te gastás una plata en hacerte un disfraz funcional de Iron Man. De todos ellos se vieron ejemplos este domingo en la Expoconvention.
Particularmente impresionante el Iron Man: de cuerpo completo, no solo se le encendían luces en las palmas de las manos, sino que la máscara también se abría y cerraba de forma mecánica. Le faltaba volar.
Foto: Gastón González Napoli
Menos canchero va a ser saberte las canciones de los animé y cantarlas saltando, como pasó durante el show de Full Mecha: una banda liderada por una morocha de top, pollera y botas negras, con guitarrista pelilargo y baterista pelado, que podría hacer covers de Evanescence, pero elige versionar los temas de Los caballeros del zodiaco (1986), Dragon Ball Z (1989) o Sailor Moon (1992) o hasta del reciente hit animado de Netflix Las guerreras K-Pop (2025).
¡Y está bien! Está bien que lo friki siga siendo friki. Los populares tienen sus habilidades para el deporte, a lo sumo juegan modo carrera en el FIFA y alguna vez al Call of Duty; no se mueven de lo que esté en inglés y les da escozor algo coreano. Mejor que se lo pierdan, o habría que buscar otra cosa. Lo friki, junto con las pocas películas que rompen el techo de cristal de los tanques de Hollywood, es de lo poco que rompe con la monocultura. Que resisten ser absorbidos por la máquina.
Mientras caminamos por la convención, una suerte de feria con un escenario principal —por suerte, no tan recargada de gente—, nos pasa por al lado un Némesis, villano del videojuego Resident Evil, que da bastante miedo. Aunque lo acompaña una mujer sonriente vestida con un kimono amarillo y un paraguas rosa, en una versión antropomorfizada del pokémon Raikou.
Foto: Gastón González Napoli
Además de los disfraces —cosplay en la jerga—, las estaciones de videojuegos —los retro y los nuevos— y los puestos de venta de merchandising, macaquitos, autitos de Hot Wheels, libros, cómics y mangas, en la Expoconvention había tiendas de comida de inspiración oriental, como Tsubo o Mochi Mochi Kicchin. En la sección de Artists Alley (el callejón de los artistas) había un tatuador en vivo, un puesto para diseñar pines, otro de uñas (le pedías un animé o lo que fuera y se inspiraba en el momento); había ilustradores que vendían sus trabajos, como Maru Silveira, quien vendía stickers de El señor de los anillos de diseño propio.
Caso paradigmático el de Natasha, que fue con su emprendimiento Nippon Narrativas: se acercó a la cultura japonesa a través del animé (le cuesta elegir uno favorito, pero obligada por quien escribe se queda con One Piece), viajó a la tierra del sol naciente, se enamoró del país. Y durante la pandemia, con las clases por Zoom, necesitaba algo en lo que mantener las manos ocupadas, así que aprendió a bordar. Sus bordados son el producto principal de Nippon Narrativas, si bien no el único.
Foto: Gastón González Napoli
La persistencia de la magia
De todos modos, el gancho de esta Expoconvention era la presencia de los antedichos Devon Murray y Christian Coulson. Son habituales en este tipo de convenciones las apariciones de actores de roles minoritarios en películas con fandoms fuertes. Lo que no es común es que lleguen por acá, al fin del mundo.
Está bien, eran actores clase Z en el elenco: Coulson estuvo en una sola, La cámara de los secretos (2002) y Murray no pasó nunca de ser un alivio cómico ocasional por la propensión de su personaje a explotar cosas. Pero eran parte del fenómeno Harry Potter, una vaca lechera que ha dado siete novelas y un conjunto de otros libritos, que ha dado 11 películas que se siguen viendo mucho, que ha dado un parque de diversiones en continuo crecimiento en Orlando, que pronto dará una serie para la que sorprendentemente hay expectativa.
Junto a nosotros pasan de largo dos chicas, una vestida como Testament del juego Guilty Gear y otra como The Puppet de Five Nights at Freddy’s, videojuego adaptado recientemente al cine. “Cuidado que robo niños”, dice la segunda, a las risas.
Foto: Gastón González Napoli
Viendo el afiche de la Expo, uno podía preguntarse si hoy por hoy la vaca sigue viva o si están ordeñando algo tan fantasmal como Nick Casi-decapitado. La respuesta es que la magia persiste. Había mucha gente vestida como alumnos de Hogwarts, con las bufandas características de las distintas casas. Hasta algún Slytherin; la casa donde terminan todos los malvados. Desde adultos pisando la mediana edad a niños pequeños.
En la fila para las firmas, al final, una joven de 22 años contó que entró al mundo Potter por las películas y que ahora está en proceso de leer los libros. Tenía para firmar una edición ilustrada impresionante de la primera novela, La piedra filosofal (1997). J.K. Rowling sigue llevando a leer a gente que no leería de otra forma.
Todo esto a pesar, justamente, de que Rowling está lo que se dice cancelada. Se embanderó hace ya una buena cantidad de años contra las personas trans y la autoidentificación de género, hasta un punto obsesivo en el que termina alienando incluso a personas que podrían pensar como ella. Ese rechazo a Rowling no ha permeado tanto.
Foto: Gastón González Napoli
¿Y de qué hablaron Seamus Finnigan y Tom Riddle? Coulson, es decir Riddle, contó que probó el chivito y le gustó, que le hizo acordar a un desayuno inglés en dos panes (cómo serán los desayunos ingleses entonces). Contaron sobre su experiencia en los rodajes siendo muy chicos; como para Murray —Seamus— empezó como un juego y luego se convirtió en un trabajo y no lo disfrutó tanto. Reconoció también Murray que no ha leído los libros. Coulson, sin embargo, hizo un apunte avezado sobre el vínculo entre libros y películas: que en la segunda mitad de las novelas, cuando ya habían empezado a estrenarse las películas, la descripción de los personajes comenzó a ser delineada más por cómo habían sido retratados en pantalla que por cómo los había presentado Rowling en primera instancia. El cine influyendo en el material del que se adapta.
El momento random se dio al final: subió al escenario un hombre disfrazado de Hagrid, uno de los personajes favoritos de la saga. Las caras de Murray y Coulson denotaban no tener idea de qué iba a pasar, quizás un atisbo de hartazgo por tener que fumarse a otro Hagrid. Pero este era el mago Washington Díaz, que los hizo partícipes a ambos actores de un primer truco con cartas, fuego y una varita de la vieja escuela que salió muy bien.
Que se llamara Washington Díaz es espectacular. J.K. Rowling poniéndole nombre a un uruguayo.
Foto: Gastón González Napoli
Padres e hijos
No olvidemos que el domingo era el Día del Padre.
Se vieron disfraces a tono de padres e hijos. Otros, varios, solo acompañaban, pero también había fans más veteranos. Uno, santo, se puso a dormir en el piso mientras su hija veía la charla con los actores de Harry Potter.
Claro que el que tiene que hacer el regalo en el Día del Padre es el hijo. ¿Pero no es un regalo hermoso vivir un momento así? Tantas veces la relación de padre-hijo se sustenta en el fútbol, en ir al estadio.
En días en que el Mundial ya casi es un recuerdo, en que hasta los futboleros debieron reconciliarse con el regreso doloroso del balompié local, qué más lindo que decirle a un hijo: "¿Sabés qué? Dale, me disfrazo de Ash y vamos juntos".
Por Gastón González Napoli
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