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So Lonely

Vinito y Amigos vs. epidemia de soledad: crónica de una noche de charla con desconocidos

Una de las propuestas para conocer gente y “hacer match en vivo” en tiempos de exceso de pantallas.

07.08.2026 18:02

Lectura: 11'

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Por Gastón González Napoli
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—¿Qué hacés vos acá, en una reunión de solos y solas?

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¿Que quiere conocer gente y no sabe dónde? Pero cómo, si las opciones abundan.

Tinder. Bumble. Grindr. Aquella otra más geolocalizada. O, bueno, Instagram. ¿Sabe cómo rinden los mensajes directos de IG? Antes, había que esperar que un amigo le presentara a alguien, o sacarle charla a desconocidos en bares y boliches a los gritos sobre un punchipunchi. A lo sumo uno sigue haciéndose amigos y sumando festejantes en el trabajo, pero entre el home office y el chusmerío por WhatsApp (ni me diga si trabaja freelance o si ya está retirad o si se desempeña en un rubro que deja poco margen para la charla…) más vale recurrir al sottovoce que habilita lo digital. Una solicitud de amistad a una hora aceptable. Un like, dos likes, 33 likes. Lo único: no vaya a responder una historia con fueguitos, que está demodé. Fuera de eso, piedra libre, tire la caña que algún pez va a picar.

¿Ah, no? ¿Igual se siente solo o sola? ¡Pero si esa no fue la promesa que nos hizo el internet! Íbamos a estar más conectados que nunca en la historia de la humanidad y blablablá. Usted puede mudarse a una choza perdida en el Amazonas a la que solo se llega en canoa, y mediante internet satelital hacer videollamada con un dragoncito hongkonés que viva en uno de esos apartamentos tipo cajita de zapatos. ¿De qué se queja?

No va a resultar que el mundo puramente online no sustituye el cara a cara…

“Un cine en Nueva York”, Edward Hopper

“Un cine en Nueva York”, Edward Hopper

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Empecemos por diferenciar aislamiento social de soledad. “Para algunos, estar solo no causa sentimientos de soledad y otros pueden experimentar soledad estando rodeados de gente”, como dice un editorial de la revista científica eClinicalMedicine (perteneciente al prestigioso The Lancet). Es bastante obvio, sí. Pero conviene remarcarlo.

La ultraconexión de redes sociales, foros, videojuegos y demás no garantiza que uno no se sienta solo, así como pasar una semana en una cabaña en las montañas no necesariamente provoca soledad.

Por eso también se habla de soledad no deseada.

Según un metaanálisis —publicado en la revista sobre psicología Perspectives on Psychological Science— que repasó estudios publicados entre 1980 y 2014, la soledad crónica se vincula con un aumento del 26% en riesgo de mortalidad. ¡Es comparable a la obesidad como factor de riesgo! Y esto es prepandemia. Según la Organización Mundial de la Salud, que tiene una comisión dedicada a la conexión social, entre 2014 y 2023 una de cada seis personas se sentía sola.

La información disponible indica que el estrés emocional de sentirse solo aumenta los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y así puede traer aparejados depresión, ansiedad, riesgo de suicidio, pero también problemas cardíacos, demencia, diabetes...

Los más afectados son los adultos mayores. No se va a sorprender. ¿Cuándo fue la última vez que llamó a su abuela? También los adolescentes sufren por encima del promedio de los adultos jóvenes y de los de mediana edad. Se especula con que esto tenga que ver con el uso más intensivo de las redes sociales por los más jóvenes: TikTok, Instagram y Twitter enganchan como una droga, y como toda droga tienen su bajón posterior.

(Aunque otro metaanálisis —publicado en la revista británica The BMJ, que repasó estudios de 113 países— siembra la duda de si estos datos muestran que en esa franja etaria no la padecen tanto, o si se debe a que a se les pregunta menos sobre soledad porque se presupone que para ellos no es un problema).

En los países más pobres el fenómeno impacta más. De acuerdo con el informe De la soledad a la conexión social, que la OMS publicó el año pasado, un 24% de las personas en los países de ingresos bajos se siente sola, contra el 11% en los países más ricos.

A este fenómeno se le llama la “epidemia de soledad”.

Foto: <a href=Julie Gentry" >

Foto: Julie Gentry

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Viernes de noche en agosto. Lugar: Casa Fauno, en Parque Rodó, detrás del Parque Hotel. La misión: tomar vino y conocer gente.

El evento se llama así: Vinito y Amigos.

Es una experiencia de origen argentino, que se hace en varias zonas de Buenos Aires y en ciudades del interior del otro lado del charco; también tiene versiones en Santiago de Chile, Viña del Mar y Lima. Existen otras similares, como Timeleft.

Aunque la palabra “amigos” esté en el título, nadie se confunde. “Si estás cansadx de las apps de citas, vinito y amigos es la alternativa que estabas buscando”, dice en su web. Y en tipografía más grande: “¡Hacé match en vivo!”.

Casi como si uno tuviera las neuronas tan cocinadas por las apps que no pudiera entenderse el concepto de conocer gente sin hacer referencia a hacer match.

En los días previos a la fecha para la que se pagó entrada (unos $ 500, según con cuánta antelación se compre; hay descuento si llevás a un amigo de tu género opuesto), desde la organización se comunican vía WhatsApp y te piden que completes un formulario.

En función de eso —en teoría mediante un “algoritmo”— te sientan en una mesa junto con otros participantes compatibles.

La primera copa de vino la invita la casa. Después, comida, charla y bebida corren por cuenta de cada quien.

Pedían llegar 20:30 puntual para no atrasar a los demás. A esa hora yo estaba ahí, sentado en la mesa 2.

Solo.

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Una teoría de por qué la soledad tiene efectos físicos en el cuerpo es evolutiva: que en el pasado-muy-pasado convenía estar en grupo para sobrevivir. Es un reflejo tribal, digamos. O como se suele repetir: el hombre es un animal gregario. Tiende naturalmente a vivir en rebaños.

A veces se le agrega “masculina” a la antedicha epidemia de soledad. Es cierto que los hombres históricamente tienen tasas de suicidio mucho más altas que las mujeres. También que los incels, apócope de “célibe involuntario”, o sea esos que forman comunidades online para quejarse de que nadie les da bola, son mayoritariamente varones quejándose de mujeres.

Si nos ciñéramos a lo evolutivo, tendría sentido que el hombre encerrado en un cuarto sufra más estar solo a un nivel intrínseco, inconsciente. Un organismo evolucionado durante millones de años para salir a cazar, sedentario en una silla gamer bajo una luz LED mientras espera al delivery… y sí. Obvio que se va a sentir solo.

Sin embargo, no está claro que pueda hablarse realmente de una “epidemia de soledad masculina”; más bien pareciera que la batalla cultural —y las guerras del género que de ella forman parte— explican ese foco en las personas peneportantes. Vaya y pregúntele a cualquier mujer heterosexual soltera a ver cómo está el mercado, vea si no le responde que está difícil, que los varones están muy tarados.

Si se habla tanto de los varones solitarios, bien puede ser porque se formaron esas redes y comunidades de varones que se apoyan y profundizan en el sentimiento, con una caterva de influencers misóginos que hacen caja con cursos de cómo conseguir chicas, cómo hacer plata fácil y por qué tienen que priorizar el gimnasio por sobre cualquier estímulo intelectual.

Esto no quiere decir que no exista la soledad masculina. El problema es real, pero generalizado.

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En la mesa somos siete. Otros dos varones: un locatario de treinta y largos; el otro, un extranjero de veintipico afincado en Montevideo, que ya ha ido a otra juntada de Vinito y Amigos. Luego: una treintañera con pinta de bastante más joven; ha venido con una amiga, pero se sentaron en mesas distintas. Y tres amigas canarias que llegaron juntas y risueñas pasada la hora: dos hermanas también de treinta y poco, y una odontóloga pandense cuarentona y de personalidad arrolladora.

Entre la odontóloga (atiende atrás del club Urupan y pidió que lo pusiera en la nota) y yo, que aclaré que era periodista y en qué medio trabajaba, cumplimos el rol de moderadores. Preguntamos, repartimos juego. Muy rápidamente hubo buena onda.

Los organizadores ofrecen algunos juegos para poner la pelota en movimiento. “Preguntas profundas” como “¿qué es lo primero que mirás en una persona?” o “¿qué cosas te obsesionan?”. El Yo Nunca y El Impostor. No llegamos a usar ninguno. Se preguntó a qué se dedicaba cada uno, se preguntó sobre los hobbies, se habló mucho de viajes —a pesar de orígenes y círculos muy distintos, resultó ser una mesa muy viajada— y se le preguntó varias veces al extranjero qué hacía viviendo en esta ciudad fría y lluviosa. Afuera se estaba largando de nuevo a llover.

Entrada la noche y el vino, que ella tomaba con hielo, la odontóloga me preguntó:

—¿Y vos qué hacés en una reunión de solos y solas?

Le conté mi percepción de lo difícil que era conocer gente, contradictorio en tiempos hiperconectados. Que me parecía interesante conocer propuestas así. Que tenía un interés periodístico.

—Aparte, se llama Vinito y Amigos —le dije, inocente—. No necesariamente para conseguir pareja.

Se rieron.

Entre fantasmas no nos vamos a pisar las sábanas.

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La tecnología no es mala ni potencia el aislamiento per se. “Depende en parte del tipo de tecnología de que se trate, de cómo se utilice, de las razones por las que se utilice y de quién la utilice”, dice el informe de la OMS. Los problemas surgen de pasar demasiado tiempo en pantalla o de sufrir malas experiencias, como el ciberacoso.

Las redes sociales son muy divertidas, además de permitir estar en contacto con familiares y amigos que están lejos. Lo mismo YouTube, que además abre la ventana a contenido educativo y edificante. Así como no se prohíbe el alcohol para reducir los problemas de hígado en la población, prohibir al barrer la tecnología como si fuera la culpable de la epidemia de soledad parece también inadecuado.

¿Se puede hacer algo, entonces?

La OMS recomienda invertir en “infraestructura social”: “Parques, bibliotecas, cafeterías, transportes públicos, centros escolares y establecimientos de salud”. Dice su informe al respecto que “aunque estos espacios no se hayan construido originalmente para fomentar la socialización, a menudo se convierten en lugares donde las personas se encuentran de forma natural y entablan relaciones”.

Es notorio cuando uno lleva el perro al parque y se encuentra con un montón de gente interactuando.

A nivel individual, la OMS recomienda ir a terapia psicológica o la formación en competencias (!!), que “puede consistir en aprender a entablar conversaciones, participar en actividades sociales o incluso utilizar internet para ponerse en contacto con otras personas”.

Varios países tomaron la posta en la última década. Japón y el Reino Unido han tenido ministros para la Soledad y en España se estableció el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada.

En nuestro país, la Fundación Astur, presidida por el nonagenario excanciller Enrique Iglesias, es de las pocas organizaciones que le ha dado impulso al tema. Por lo demás, a la soledad uruguaya se la ha dejado bastante sola.

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Pasada la medianoche, bebidas tres botellas de vino —más bien poco para ser siete personas, fue una mesa enológicamente conservadora— y comidas unas croquetas con bondiola, hubo que levantar campamento. No terminaron ahí, sin embargo, el vinito y los amigos.

La mesa 2, la nuestra, se juntó con la de al lado, con la que compartíamos amigos en común. Se propuso seguirla en un bolichito de Cordón. Se intercambiaron seguidos en Instagram. Se le hizo una finta a un participante de una tercera mesa, al que todos consideraban un denso, para librarse de él.

Yo no seguí el viaje. Mi observación participante terminaba con la constatación de algo muy evidente: charlar sigue siendo la mejor forma de conocer gente, con el objetivo que sea que se busque. Charlar cara a cara. Que sí, que por apps y redes también se puede, pero la pantalla opera como una careta que en persona, y ni te digo con alcohol de por medio, es más difícil de sostener.

A priori de acá no surgió ninguna pareja. Quizás tampoco ningún amigo. Salió una buena noche y sin pantallas. Hoy, no es poco.

Por Gastón González Napoli
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