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Contenido creado por Sofia Durand
Música
Rock, weón

Viejos y maltrechos, pero insustituibles: crónica del show de AC/DC en Chile

Ya no son los mismos. Pero eso no importó. Todos sabíamos que estábamos ahí más por la nostalgia que por la actualidad.

17.03.2026 16:54

Lectura: 12'

2026-03-17T16:54:00-03:00
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Por Gastón González Napoli | @GastonGonzalezN

En sus comienzos, allá por 1955, el rock and roll era Chuck Berry. Luego llegaron Elvis, Lennon y McCartney; Jagger y Richards; Hendrix, Joplin, Moon, Bonham.

La mayoría de ellos murieron jóvenes; Berry fue preso y pasó al ostracismo; los Stones mostraron su capacidad de adaptarse a lo que estuviera de moda para mantenerse vigentes; McCartney grabó “Ebony & Ivory”.

Hace más de 40 años ininterrumpidos que el rock and roll es Angus Young. En el Parque Estadio Nacional de Santiago de Chile, la noche del 11 de marzo, y pisando los 71 años de edad, demostró por qué.

No es que tenga algo que demostrar. El rock ya no es tan importante como para que exista una discusión seria. Aunque la hubiera, el sitial de Angus está claro hasta para quienes encuentran su música aburrida, repetitiva, simplona por demás. Igual, lo demostró. Lo que transpiró ese hombre en dos horas y pico de show preocuparía a cualquier geriatra.

Sí, la melena está canosa y rala. Los dedos ya no van a la velocidad de la juventud. No se baja más el short para mostrarle al público el culo (ni un bóxer con la bandera de cada país, como pasó a hacer ya entrado en años). Pero maneja a la audiencia con silencios, con manos al oído, corriendo por la pasarela del escenario, haciendo su versión acelerada del paso del pato que inventó Berry. Todavía se tira al piso a sacudirse como si la guitarra fuera un cable pelado y toca las seis cuerdas como si lo tuvieran en éxtasis. 

Fue Malcolm, su hermano mayor, quien quiso crear una banda en 1973, pero fue Angus el que terminó convirtiéndose en AC/DC. Sus primeros dos discos, High Voltage (1975) y T.N.T. (1975), se editaron solo en la Australia en la que vivían y tenían tapas alusivas a la electricidad y los explosivos. Cuando lanzaron su debut internacional al año siguiente, también titulado High Voltage, pero con una mezcla de canciones de esos dos álbumes locales, en la tapa estaba Angus. Solo. Con una mueca como gritando o sacando la lengua. Vestido con uniforme colegial con short y gorro de visera, unos Converse y una Gibson SG.

Sigue vistiéndose igual, gesticulando igual y tocando las mismas guitarras.

Es que esa banda de obreros de fábrica, petisos con cara de malos pero buenazos, destiló al inicio de su carrera una fórmula básica de la canción de rock y decidió apegarse a ella hasta que les diera la nafta. Batería y bajo firmes, sin lujos (hay que saber sostener ese ritmo). Una guitarra rítmica con riffs pegadizos, nacidos para ser coreados en estadios, y más duros que el acento escocés/australiano de los hermanos Young. Una guitarra líder con solos ruidosos, acelerados, cargados de notas, sin virtuosismo ni pretensiones de arrancarle a las seis cuerdas otra cosa que no fuera una excusa para darse de bomba en un pogo. Y letras dirty, envueltas en dobles sentidos, relativas casi únicamente a tres temas: alcohol, mujeres, y el propio rock and roll.

Nunca innovaron. Ni siquiera cuando se murió el cantante y letrista, el legendario Bon Scott, en una noche de joda en 1980; ni cuando perdieron audiencia y el favor de la crítica, que tampoco nunca los había favorecido tanto; ni cuando el éxito los volvió a encontrar ya arrugados. Angus Young no es un rockero, ya quedó dicho: es el rock. Y uno no va a decirle al rock cómo debe manifestarse.

El Parque Estadio Nacional de Santiago no es el estadio en sí, sino un predio aledaño a él, bastante más extenso que una cancha de fútbol, sin gradas. Largo como para apretar a decenas de miles de personas de remera negra y con cuernitos de diablo rojos y luminosos en la cabeza.

La organización fue pésima: el escenario quedó ubicado en una pendiente hacia abajo, mínima pero suficiente como para que desde el campo general no se viera nunca a los músicos. Ni aunque la viveza criolla de un grupo de uruguayos les permitiera saltear la valla y avanzar fácil una cuadra. Alguien de un 1,70 de altura —como el autor de esta nota— solo atinó a ver a Angus cuando se subió a una plataforma para su solo estelar en “Let There Be Rock”. A los demás, solo por las pantallas. Que encima tuvieron algún problema. En las redes sociales, los que quedaron atrás se quejaron de que el sonido que les llegaba tampoco era de buena calidad.

Tan mala era la visual que la gente se trepó a un container como si fuera un vagón de tren en la India y hasta los baños químicos sirvieron de tarimas y aguantaron quién sabe cómo a varias personas arriba.

No había, además, ni un puesto de venta de nada. Ni de merch ni de comida, ni siquiera de agua. Era hasta peligroso, con lo habitual que se ha vuelto que fans apretados se desmayen por el calor.

Fue entonces sobre todo por los oídos que se absorbió este regreso de AC/DC al Cono Sur.

Como si lo anticiparan, AC/DC vino sin chiches. En 2009 trajeron todo: el show empezaba con una locomotora que salía del escenario; estuvo la muñeca inflable gigante llamada Rosie, personaje llamémosle body positive al que Bon Scott cimentó en la historia con “Whole Lotta Rosie”; para “Highway to Hell”, Angus subió por un agujero en el escenario metido adentro de una jaula, iluminado con llamas como si ascendiera desde el reinado de Hades. Con 62 años, el vocalista Brian Johnson tomó carrera y saltó para colgarse de la cuerda de la campana que bajó desde el techo en “Hells Bells”. Las cámaras que transmitían por las pantallas gigantes buscaban minas subidas a hombros —más de una se sacó el sutién—.

Porque sí, destilaron la canción de rock al mínimo indispensable. En 17 discos (o 18, si contamos el EP ’74 Jailbreak) solo en dos temas se usaron instrumentos por fuera de la base: un teclado en la muy temprana “Love Song” y las famosas gaitas de “It’s a Long Way to the Top”. Sin embargo, AC/DC surgió del glam —de ahí, quizá, el disfraz característico de Angus— y fue parte del origen del rock de estadios. Por eso supo siempre el valor del show.

Este concierto en Santiago puede ser muestra de que, en realidad, no lo precisaron nunca. Lo hacían porque les divertía, porque siempre tuvieron a la audiencia en mente. Cuando se podría pensar que sus cuerpos más precisarían apoyo, solo trajeron la antedicha campana, aunque ya Johnson no se trepa, y los cañones y fuegos artificiales para el tradicional cierre con “For Those About to Rock (We Salute You)”.

La vejez no se les nota (demasiado). Johnson está físicamente entero a los 78 —siempre con boina y una camisa sin mangas para dejar ver los brazos que parecen forjados en peleas de bar— aunque a la voz le cuesta llegar a las notas altas. A Malcolm Young, fallecido en 2017, lo sustituye su sobrino Stevie, que tiene la misma edad que Angus y que ya les había dado manos en giras anteriores. El batero y el bajista son nuevos, solo touring members, por el retiro del bajista clásico Cliff Williams y el alejamiento del baterista original Phil Rudd; podría decirse que mucho no se notó su falta en lo musical, si bien el fanático los extraña. Hasta los coritos, siempre desagradables al oído, pero un mimo al corazón, como un amigo borracho que se pone a cantar de madrugada con la voz raspada, sonaron muy parecidos a los que hacían Malcolm y Williams.

Los Young tenían 20 y 18 años cuando su hermana les dio la idea de ponerle AC/DC a su grupo, por un pequeño letrero en la parte de atrás de su máquina de coser (es un acrónimo de corriente alterna/corriente directa). Con Scott, Rudd y el primer bajista Mark Evans, grabaron el debut y tres discos más que fueron creciendo en éxito mientras en vivo eran un tanque que arrollaba todo. Y eso que la discográfica Atlantic bloqueó una edición yanqui del tercer álbum, Dirty Deeds Done Dirt Cheap, por considerarlo de calidad inferior (dieron marcha atrás años después). Echado Evans por diferencias con Angus, sumaron a Williams y sacaron el desprolijo Powerage, sin hits pero con joyas varias.

En el 79, optaron por no volver a grabar como productor con el hermano mayor George Young, un héroe del rock australiano, y optaron por contratar a Mutt Lange, que se convertiría en uno de los más exitosos de los ochenta y noventa. Lange les limó asperezas y de su colaboración nació el incandescente Highway to Hell (1979), un disco prácticamente perfecto con el que ingresaron, ahora sí, al top 20 del tan deseado mercado estadounidense. Era julio. En febrero del siguiente año, Scott salió de copas con un amigo y quedó desmayado en el auto a la vuelta. A la mañana, el amigo no lo pudo despertar. Tenía 33.

Trabajadores incansables y sabedores de que Scott no hubiera querido que se retiraran, recordaron que a Bon le gustaba la voz del inglés Brian Johnson, exlíder de la banda Geordie. Lo probaron, les gustó que no se parecía en nada a lo que tenían y lo invitaron a sumarse menos de dos meses después de la muerte de Scott. La tapa del disco siguiente, de negro total, le hizo honor. También producido por Lange, se tituló Back In Black (1980) y es el segundo disco más vendido de todos los tiempos, superado solo por Thriller.

El último, Power Up (2020) fue importante por su mera existencia: la gira de 2015 y 2016 fue un desvanecimiento progresivo, con el retiro forzado de Malcolm, afectado por una demencia severa; con Rudd en prisión domiciliaria por cargos de posesión de drogas y contratación de un sicario (este último cargo al final no se mantuvo); con Johnson debiendo bajarse en pleno tour por orden médica, porque se estaba quedando sordo (para los últimos conciertos lo sustituyeron con ¡Axl Rose!); y con Williams decidiendo jubilarse al cerrar. Quedaba solo Angus. Sin embargo, Johnson se recuperó casi milagrosamente, se amigaron con Rudd, y Williams volvió para grabar el last dance.

La esperanza de volver a verlos reaparecía. AC/DC existía otra vez.

Lo cual abre la pregunta: la banda que tocó en Santiago este miércoles y domingo pasados, y que va para Buenos Aires la semana próxima, ¿era AC/DC? Si solo quedan dos miembros de cinco…

Ya no es AC/DC, no. Pero no importó. Todos sabíamos que estábamos ahí más por la nostalgia que por la actualidad.

Y aun así.

La apertura fue de “If You Want Blood (You’ve Got It)”, tema del Highway to Hell. Sonaron canciones que no están entre los hits más reconocibles, como "Sin City", en la que se lució la base rítmica, después de que Angus se sacara la corbata para usarla tipo arco de violín y hacer más ruido del que el rock chileno escuchó nunca; “Riff Raff” o “Jailbreak”, dueña de una de las mejores letras de Scott.

Angus dio la espalda a la gente en un momento y a oscuras por la pantalla se vio cómo se ponía una vincha. Eran los cuernos rojos, toda la parafernalia necesaria para “Highway to Hell”.

Apenas resonó en el silencio la campana con la que abre “Hells Bells”, la emoción se palpó entre los “uhhh” del reconocimiento. “Thunderstruck” explotó, aunque los coros iniciales (esos que se intercalan con los gritos de ¡thunder!) se oyeron raros. Johnson sonó siempre divertido y tuvo espacio para jugar, particularmente en “High Voltage”.

A mi lado, el pogo más amable del mundo. ¿Serán siempre así los rockeros chilenos? Estos solo se chocaron en el arranque, luego pasaron a dar vueltas en redondo, saltando sonrientes, sacudiendo melenas y transpirando panzas sin remera. El pogo en general solo se disfruta si estás adentro, si estás en los márgenes se sufre. Con este no pasó. En sintonía con una banda que supo ser la más sucia del mundo y ahora solo quiere hacer feliz a su público.

Angus corrió, gritó, “cantó” más de lo que lo he visto nunca. Y cerró el show él, con el solo extenso que enchufa en “Let There Be Rock”. Otra en la que la base rítmica no erró una nota ni un tempo, y en la que Johnson canalizó el espíritu de Scott para su repaso cuasi bíblico del origen del género. Angus debe de haber tocado fácil 15 minutos, más ruido que otra cosa. No se le puede ni debe pedir algo más.

Volvieron para los bises, obvio. ¿No quedó claro que ellos se atienen a la fórmula? Lo hicieron con “T.N.T”, uno de sus hits más viejos. Ya la voz no me alcanzaba para seguirlos, pero es imposible no corear los “oi, oi” de la intro.

Faltaron “The Jack”, algo de Black Ice, “Rock and Roll Ain’t Noise Pollution”. ¿Y qué querés? Tienen 70 años.

Los cañones y fuegos artificiales al final para “For Those About to Rock” son también la mejor forma de cerrar un recital de rock. Ese rock que ya no importa tanto, que vende poco y cuyos referentes son ancianos, en algunos casos notoriamente gagá. Ese rock que, mientras Angus Young siga vivo, sigue vivo.

¿Habrá que empezar a pensar en qué pasará después? Hoy no.