Vincent Van Gogh era un pintor cercano a la gente. No pintaba reyes ni mundos aristocráticos, sino que retrataba lo que lo rodeaba. Las escenas más cotidianas con las que un espectador se puede identificar. Así se nota recorriendo Van Gogh: El Sueño Inmersivo y así lo explicó para LatidoBEAT Emilia Telesca, representante en Uruguay de la productora APY, que trajo este fenómeno en tres ocasiones a nuestro país.
El neerlandés no vendió ni una sola obra en vida, pero se convirtió en uno de los nombres más aclamados de la historia del arte. Y hoy, 136 años después de su muerte, surgen iniciativas como esta: una exposición actualizada que intenta rescatar sus principales aportes artísticos y hacerlos sumamente accesibles al hoy. Se trata de una experiencia de arte digital 360° que se instaló en Montevideo, en la Rural del Prado. Se inauguró el pasado 29 de julio, y seguirá presente hasta el 30 de agosto. Ya recorrió varias ciudades del mundo; ya se había realizado en la Rural el pasado diciembre de 2025, y en Punta del Este en el año 2023.
La exposición rescata los dos rasgos más potentes de la pintura de Van Gogh y los potencia aun más: el uso del color y el movimiento. Figuras que parecen moverse entre los márgenes del cuadro. Tamaños alterados, colores vívidos. Trazos sugerentes, un estilo claramente heredado del impresionismo. El abandono del naturalismo y la adopción del sentir propio como digno de ser expresado era el objeto central de cada una de sus obras.
En Van Gogh: El Sueño Inmersivo, el color es el protagonista de la muestra y las imágenes se mueven, literalmente.
Con esta motivación inicial se forma la sala inmersiva, el corazón de la exposición. Una habitación totalmente blanca de varios metros a la que se ingresa y se sale a través de lonas blancas que ofician de paredes y se abren. Funciona con proyectores y música de fondo. A partir de ahí, un entramado de varias de sus obras visten no solo las paredes, sino también el suelo. Los elementos que las componen se mueven e interactúan entre sí.
Van Gogh es catalogado por los teóricos como “postimpresionista”, más concretamente. Si el impresionismo se centraba en la esencia de los objetos como el secreto último de la realidad, el postimpresionismo reaccionó a ella. Adoptó su técnica, pero le agregó la emoción y la carga subjetiva como el objeto por excelencia de toda su expresión. Van Gogh nació en este mundo y llegó a liderarlo. Para ahondar en estas cuestiones puede visitarse el perfil dedicado a este artista aquí en LatidoBEAT.
La sala inmersiva, la parte más importante del recorrido, está acompañada de otras secciones. Se trata de un pasillo en forma de U que va trasladando al visitante por diversos mundos. Lo primero que ve es una sala oscura con pantallas grandes en azul, que resumen la vida artística del pintor en una línea de tiempo. Con este juego de luces, la idea es justamente que el visitante se sumerja en una experiencia sensorial y que se olvide de todo el resto, comenzando con una línea de tiempo como lo único visible en la sala.
En seguida aparece recreado La habitación de Arlés (1888). Una habitación idéntica a la de la pintura pero en tamaño real. Se puede entrar, recorrer, tocar los objetos. Formar parte de la pintura.
Varias frases del artista nacido en la localidad de Zundert van acompañando el paso del público, como una muy dolorosa: “No puedo cambiar el hecho de que mis pinturas no se venden. Pero llegará el momento en que la gente conocerá que valen más que el valor de las pinturas utilizadas en el cuadro”. Cuando se habla del arte como un mundo de mucho dinero reservado para sectores elitistas, hay que pensar, primero, quiénes son los que se llenan los bolsillos. Rara vez son los artistas.
Aunque es triste pensar que necesitamos que nos bombardeen los sentidos para prestar atención al arte, lo cierto es que funciona. Podemos debatir acerca de si rinde lo suficiente o no, si pagaríamos el costo de la entrada o no. Pero su objetivo, que parece estar muy claro, lo consigue.
Las formas de contar cambian, los recursos evolucionan, y un tema nunca es intrínsecamente aburrido: eso depende cómo se lo presente. Porque quienes tienen un interés genuino y constitutivo por la historia del arte siempre van a estar encantados de visitar un museo. Pero este tipo de propuestas son las que ayudan a acercar la cultura a quienes de primera mano no se muestran interesados, y a los niños. Quienes con frecuencia se ven excluidos al acceso cultural, reservado para adultos previamente formados, sin pensar en dinámicas comunicativas que involucren a los más chicos y alimenten su sana curiosidad de cara al futuro.