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Noche estrellada

Van Gogh: El Sueño Inmersivo: la experiencia 360° que mete al público dentro de las obras

La exposición volvió a Uruguay en su tercera edición, disponible en la Rural del Prado desde el 29 de julio hasta el 30 de agosto.

19.08.2026 11:41

Lectura: 9'

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Por Catalina Zabala
catazabalaa

Vincent Van Gogh era un pintor cercano a la gente. No pintaba reyes ni mundos aristocráticos, sino que retrataba lo que lo rodeaba. Las escenas más cotidianas con las que un espectador se puede identificar. Así se nota recorriendo Van Gogh: El Sueño Inmersivo y así lo explicó para LatidoBEAT Emilia Telesca, representante en Uruguay de la productora APY, que trajo este fenómeno en tres ocasiones a nuestro país.

El neerlandés no vendió ni una sola obra en vida, pero se convirtió en uno de los nombres más aclamados de la historia del arte. Y hoy, 136 años después de su muerte, surgen iniciativas como esta: una exposición actualizada que intenta rescatar sus principales aportes artísticos y hacerlos sumamente accesibles al hoy. Se trata de una experiencia de arte digital 360° que se instaló en Montevideo, en la Rural del Prado. Se inauguró el pasado 29 de julio, y seguirá presente hasta el 30 de agosto. Ya recorrió varias ciudades del mundo; ya se había realizado en la Rural el pasado diciembre de 2025, y en Punta del Este en el año 2023.

La exposición rescata los dos rasgos más potentes de la pintura de Van Gogh y los potencia aun más: el uso del color y el movimiento. Figuras que parecen moverse entre los márgenes del cuadro. Tamaños alterados, colores vívidos. Trazos sugerentes, un estilo claramente heredado del impresionismo. El abandono del naturalismo y la adopción del sentir propio como digno de ser expresado era el objeto central de cada una de sus obras.

Foto: Catalina Zabala

Foto: Catalina Zabala

En Van Gogh: El Sueño Inmersivo, el color es el protagonista de la muestra y las imágenes se mueven, literalmente.

Con esta motivación inicial se forma la sala inmersiva, el corazón de la exposición. Una habitación totalmente blanca de varios metros a la que se ingresa y se sale a través de lonas blancas que ofician de paredes y se abren. Funciona con proyectores y música de fondo. A partir de ahí, un entramado de varias de sus obras visten no solo las paredes, sino también el suelo. Los elementos que las componen se mueven e interactúan entre sí. 

Van Gogh es catalogado por los teóricos como “postimpresionista”, más concretamente. Si el impresionismo se centraba en la esencia de los objetos como el secreto último de la realidad, el postimpresionismo reaccionó a ella. Adoptó su técnica, pero le agregó la emoción y la carga subjetiva como el objeto por excelencia de toda su expresión. Van Gogh nació en este mundo y llegó a liderarlo. Para ahondar en estas cuestiones puede visitarse el perfil dedicado a este artista aquí en LatidoBEAT.

Foto: Catalina Zabala

Foto: Catalina Zabala

La sala inmersiva, la parte más importante del recorrido, está acompañada de otras secciones. Se trata de un pasillo en forma de U que va trasladando al visitante por diversos mundos. Lo primero que ve es una sala oscura con pantallas grandes en azul, que resumen la vida artística del pintor en una línea de tiempo. Con este juego de luces, la idea es justamente que el visitante se sumerja en una experiencia sensorial y que se olvide de todo el resto, comenzando con una línea de tiempo como lo único visible en la sala.

En seguida aparece recreado La habitación de Arlés (1888). Una habitación idéntica a la de la pintura pero en tamaño real. Se puede entrar, recorrer, tocar los objetos. Formar parte de la pintura.

Varias frases del artista nacido en la localidad de Zundert van acompañando el paso del público, como una muy dolorosa: “No puedo cambiar el hecho de que mis pinturas no se venden. Pero llegará el momento en que la gente conocerá que valen más que el valor de las pinturas utilizadas en el cuadro”. Cuando se habla del arte como un mundo de mucho dinero reservado para sectores elitistas, hay que pensar, primero, quiénes son los que se llenan los bolsillos. Rara vez son los artistas.

Mientras uno va recorriendo la exposición, se escucha cada vez con mayor intensidad una voz masculina que habla en francés. Es una lectura de Cartas a Théo (1914). Correspondencia que el artista enviaba a su estimado hermano a lo largo de 20 años, quien fue un fiel espectador de su vida. Las cartas terminaron conformando una verdadera autobiografía, así como una confesión estética y reflexiva.

La sala que sigue expone varias réplicas de sus obras más famosas: sus autorretratos más famosos, Noche estrellada (1889), Night Café (1888), Iris (1889), Girasoles (1888), La habitación de Arlés, previamente recreado, La iglesia de Auvers-surOise vista desde la cabecera (1890). Dialogan entre sí, enfrentadas en las paredes de una habitación contigua. Rostros, flores, construcciones, el cielo nocturno, y muchísimos colores que se dispersan.

A partir de ahí, lo importante es una nueva sala oscura con texto que adelanta lo que se podrá ver en la sala inmersiva, y la sala misma. En ella, se puede tomar asiento en pequeños sillones que hay distribuidos por todo el suelo blanco y que, al ser blancos también, se convierten en parte de los lienzos que se proyectan.

Allí, uno se puede quedar el tiempo que considere necesario. Lo que le pida el cuerpo. Como alguien que estuvo ahí, una hora de tiempo en la sala se pasa rápido. Porque cuando parece estar por terminar la proyección, aparece una nueva obra célebre del artista. Aparecen extendidas por toda la habitación y en movimiento. Dialogan con elementos agregados que conviven en los mundos que construye su autor, como mariposas en las obras de flores, viento en los molinos, y la más espectacular: agua marina cuando es el turno de los veleros. Una serie de obras llamada Saintes-Maries-de-la-Mer, varias pinturas sobre el mar y barcos pesqueros que realizó en junio de 1888 durante una semana de vacaciones en aquel pueblo costero. Las olas salen de la obra y recorren el suelo, y uno verdaderamente siente que se va a mojar los pies. La música cesa para optar por el sonido del mar, que vuelve la experiencia extrañamente verosímil. Estando ahí, no es posible explicarse cómo la luz y la música son suficientes para trasladarlo a una costa en cuestión de segundos, cuando en verdad se encuentra en pleno Prado.

La búsqueda es una muy concreta que el arte necesita, pero que por momentos parece haberse perdido: la contemplación. Uno se mete en la obra y la integra. La observa, la escucha, se deja invadir. Y el tiempo se pasa muy rápido.

Parece necesario inventar este tipo de iniciativas para que uno se calle por un rato y se siente a mirar al frente. Porque, ¿cuánto tiempo tenemos para mirar pinturas? ¿Cuánto tardamos en cambiar una canción que nos salta en Spotify y nos aburre o simplemente no conocemos? El cine ya tiene hace años salas 4-D que te soplan en la cara y te mueven las butacas. Las propuestas de teatro son cada vez más inmersivas, con actores que se meten entre los espectadores y puestas en escena que se mueven. Hoy en día, los contenidos compiten entre sí a mano armada por la atención de un individuo bombardeado. Así, ¿cómo se hace para que elija, frente a la enorme oferta que tiene de posibilidades, sentarse a mirar una selección de obras del siglo XIX que seguramente ya conozca?

Metiéndolo a la fuerza adentro del cuadro. Borrando de su mente el mundo exterior por unos minutos para que haga silencio y observe. Obviamente no es infalible, el celular sigue estando al alcance de la mano y la puesta en escena tiene sus flaquezas: se escuchan los caballos que pasean por el predio desde afuera de la carpa, se escuchan máquinas, tractores y gente trabajando. Pero el intento está claro y llega bastante lejos, uno sale de ahí sintiendo que paró el mundo por un rato. Efecto que, aunque le cueste cada vez más, la sala de cine siempre consiguió, pero que para la pintura no es tan sencillo.

Al inicio de la exposición, el texto promete mostrar a Vincent no solo como artista sino como persona, pero no lo hace. Es una figura inabarcable de la cual hay infinitas cosas para contar, pero esta exposición no lo hace. Es una decisión acertada, porque la apuesta sensorial se limita a mostrar el alcance estético de su obra, la cual debería ser suficiente por sí misma sin necesidad de estar acompañada por decorados anecdóticos que la tengan que justificar y sobreexplotar todo el tiempo. Pero si esta es una decisión, por correcta que sea, no debe adelantar algo distinto en su introducción.

Aunque es triste pensar que necesitamos que nos bombardeen los sentidos para prestar atención al arte, lo cierto es que funciona. Podemos debatir acerca de si rinde lo suficiente o no, si pagaríamos el costo de la entrada o no. Pero su objetivo, que parece estar muy claro, lo consigue.

Las formas de contar cambian, los recursos evolucionan, y un tema nunca es intrínsecamente aburrido: eso depende cómo se lo presente. Porque quienes tienen un interés genuino y constitutivo por la historia del arte siempre van a estar encantados de visitar un museo. Pero este tipo de propuestas son las que ayudan a acercar la cultura a quienes de primera mano no se muestran interesados, y a los niños. Quienes con frecuencia se ven excluidos al acceso cultural, reservado para adultos previamente formados, sin pensar en dinámicas comunicativas que involucren a los más chicos y alimenten su sana curiosidad de cara al futuro.

Por Catalina Zabala
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