Donald Trump cumplió 80 años el 14 de junio y festejó con la fineza y elegancia que lo caracterizan: montó un show de UFC, un tipo de lucha de artes marciales mixtas (MMA) en una jaula en el jardín sur de la Casa Blanca. El escenario era una estructura metálica de 47 metros de alto y 600 toneladas, construido especialmente y llamado La Garra, pintado de los colores de la bandera de EE. UU.; en el octágono, en el medio, se disputaron siete peleas con la fachada de la residencia presidencial de fondo, sus columnas apenas iluminadas desde abajo con un aire ominoso.

Todo recuerda a una película

Junto al octágono estaba el propio Trump, a quien los luchadores iban saludando; uno hasta le regaló una cadena. El presentador era Joe Rogan, muy popular conductor de pódcasts, que luego de la pandemia se plegó al movimiento MAGA. En las gradas estaba Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, dueño también de Instagram y WhatsApp, que le viene dando un giro a su imagen pública para parecer más tradicionalmente masculino, con un timing para nada vinculado con el regreso de Donald. Después de ganar, uno de los competidores gritó al micrófono de Rogan que Michelle Obama es, en realidad, un hombre.

Hubo exhibición de motocross, espectáculos de aviones que sobrevolaban mientras sonaba el himno, pirotecnia como para asustar a todos los perros de Washington DC. Los luchadores salían desde distintas habitaciones de la casa, acompañados siempre por cámaras. Incluso desde el Despacho Oval, una habitación que es casi una personificación de la Presidencia del país, una representación arquitectónica del poder convertida en vestuario. El luchador Justin Gaethje apareció allí en pantalla haciendo como que leía la Declaración de Independencia y salió al jardín sur desde allí con chancletas tipo slide, una bandera estadounidense en los hombros y una remera estampada con publicidad del exchange de criptomonedas Crypto.com.

Todo recuerda a una cierta película

En la pelea final, Gaethje se enfrentó con el georgiano-español Ilia Topuria, quien nunca había perdido, pero terminó con la cara tan ensangrentada que su propio hermano pidió terminar. Gaethje se trepó entonces a la jaula, su figura recortada contra la Casa Blanca, para saltar de espaldas en un doble backflip. Fuck yeah! gritó a la cámara.

Se supone que el evento formó parte de los 250 años de la independencia de EE. UU. Pero Trump dejó de lado a la comisión bipartidista que venía trabajando desde 2016 en la organización del aniversario, le sacó el presupuesto y conformó un grupo de trabajo propio el año pasado: le puso Freedom250. Sin sorpresas, desde la oposición demócrata denuncian que el gobierno se adueñó de los festejos y los partidizó y polarizó. Los músicos que habían firmado para participar de los eventos previstos en el entorno del 4 de julio fueron bajándose, hasta que Trump decidió cancelar la serie de conciertos y sustituirlos básicamente por un acto político con un discurso suyo.

Hay que volver a ver La idiocracia (2006).

Dax Shepard, Luke Wilson y Maya Rudolph en

Dax Shepard, Luke Wilson y Maya Rudolph en "La idiocracia"

La película de Mike Judge, coescrita por él y Ethan Coen, se estrenó en 2006, pero apenas se vio en su momento en cines porque el estudio básicamente la escondió. Su recaudación fue de solo US$ 400.000 contra un presupuesto de US$ 2,4 millones. Sin embargo, circuló mucho en video hasta lograr el connotado estatus de película de culto: era una de esas que se alquilaba y se miraba con amigos.

Y es tremendo el punto hasta el que Judge y Coen vieron el futuro. Aunque ellos imaginaban una distopía, el peor de los mundos posibles, mucho más adelante en el tiempo. En solo dos décadas se cumplió su predicción más totalizante: ya no se puede separar a la política del entretenimiento, y ese entretenimiento es cada vez más, a falta de una mejor palabra, estúpido. En el sentido de: físico, básico, animal, macho. En la UFC no se usan ni guantes, es más brutal que el boxeo. La jaula tiene algo de zoológico.

En La idiocracia, un hombre mediocre, librero del Ejército, es elegido por ser el hombre más promedio de todas las Fuerzas Armadas para participar de un experimento top secret. Quedará criogénicamente congelado por un tiempo para analizar los resultados de la hibernación en el cuerpo humano; también congelan a una mujer, una prostituta. Pero un escándalo hace que se cancele el programa, se cierren las instalaciones donde están las dos cámaras de animación suspendida, y estas quedan abandonadas. Cuando se despierta por casualidad, este hombre tan mediocre interpretado por Luke Wilson descubre que está 500 años en el futuro… y que ahora es la persona más inteligente del planeta.

La teoría demográfica y hasta neurocientífica que postula La idiocracia en su apertura, con humor cáustico y sin ninguna pretensión de seriedad, es que las parejas más económicamente acomodadas y con nivel cultural y educativo más alto eligen posponer la natalidad y tener menos hijos, mientras que las familias de coeficiente intelectual más bajo se multiplican. “La evolución no necesariamente recompensa la inteligencia”, dice el narrador. “Sin depredadores naturales que diezmen la manada, comenzó simplemente a favorecer a quienes más se reproducían, dejando que los inteligentes se convirtieran en una especie en peligro de extinción”.

“Tener hijos es una decisión tan importante”, dice la pareja inteligente que la introducción pone como caso de estudio. “No es algo con lo que uno se quiera apurar”. Buscan planificar sus familias, pero nunca encuentran el momento adecuado, luego tienen problemas de fertilidad y uno de ellos termina muriéndose sin descendencia.

Del otro lado, una caricaturización del redneck, el blanco de clase laburante que toma cerveza todo el día, anda en camioneta y ama el fútbol americano, tiene más hijos de los que puede contar.

Sin que nadie se dé cuenta en el momento, dice el narrador, el coeficiente intelectual de la sociedad se desploma. Y cuando Luke Wilson se despierta en el año 2505, es una versión todavía más extrema de lo que encuentra Michael J. Fox en Volver al futuro 2 (1989).

El presidente Camacho (el gran Terry Crews) entra al Parlamento para dar su discurso del Estado de la Unión como si fuera justamente un luchador, aunque uno de la más espectacularizada lucha libre. Los brazos estallados, el pelo largo laciado. Detrás tiene publicidades, en pleno hemiciclo.

El programa de tele más visto es uno en el que un tipo es golpeado una y otra vez en los testículos, en el canal conocido simplemente como Violence Channel. Todos toman una bebida con electrolitos tipo Gatorade que es verde brillante, hasta riegan los cultivos con ella (y por eso enfrentan una crisis agrícola). La empresa dueña de esa bebida es dueña de las agencias estatales que deberían regularla. Tanta gente trabaja para la empresa que si la regularan resultaría en un desempleo generalizado.

Una sociedad ultraconsumista, antiintelectual, hipersexualizada (cuando en el universo de Idiocracia uno compra en Starbucks, reconvertido en un “café para hombres”, puede pedir un “latte caliente” o un “latte de cuerpo completo”), compuesto por personas sentadas frente a una pantalla poco menos que babeándose ante un chorro interminable de entretenimiento vacío, con empresas superpoderosas desinteresadas de otra cosa que no sean sus ganancias, con infraestructura ciudadana venida abajo porque a nadie le importa mantenerla, o quizás porque ya no saben cómo.

Un colapso civilizatorio provocado porque que se eligió explotar comercialmente la estupidez en lugar de combatirla.

Por si La Garra en el jardín de la Casa Blanca, con sus publicidades y con el empresario Dana White —dueño de la UFC, que no es una ONG como en otros deportes, sino que es una compañía millonaria— entrando a escena al lado de Trump no le recordaban al presidente Camacho hablando en el Congreso, quizás este artículo no tenga sentido. La pregunta es si uno exagera al reírse y preocuparse por semejantes exhibiciones de nadir intelectual de los otrora grandiosos Estados Unidos. País que más allá de un comportamiento errático en terrenos militares y tarifarios sigue comandando esta parte del planeta sin esfuerzo. Para uno que admira la cultura yanqui —su música, su cine, su literatura, su teatro, su televisión, su tradición democrática y republicana, su filosofía política y económica, su historia fascinante— es imposible evitar la sensación de estar contemplando una debacle. Mucho más allá de si uno está de acuerdo o no con las políticas del gobierno. No tiene nada que ver con eso. O sí, dado que Dana White dio un discurso en la convención republicana en la campaña electoral de 2024. Pero es un andarivel separado. Esto es más grande.

Y no atañe solo a quienes son directamente gobernados desde la Casa Blanca. EE. UU. sigue siendo el faro de Occidente. Su entretenimiento es a grandes rasgos el nuestro. Cuando es algo regional, suele ser heredero de esa tradición: miré Otro día perdido, programa argentino conducido por Mario Pergolini que se emite en Uruguay vía Canal 4; es un late night show, en la venia de la televisión nocturna estadounidense. Los programas de entretenimiento con versiones de acá son casi siempre formatos importados. Hace 15 años había que cruzar a Argentina para encontrar ciertas marcas tanto de ropa como de comida rápida, hoy están ya acá la mayoría. El lenguaje cotidiano está crecientemente regado de anglicismos, sobre todo en millenials para abajo: random, lore, ghosteo, lovebombing, home office. Sobre la ubicuidad de las pantallas y los no muy conmovedores resultados educativos mejor no agregar nada.

Ahora, ¿qué decirle al que llega de trabajar todo el día y quiere desenchufar? ¿Que está mal mirar la UFC solo porque lo organizaron para el cumple de Trump? ¿Que no ponga un reality (otro anglicismo) ni mire canales de streaming (bué) que priorizan el entretenimiento por sobre la información? ¿Que qué hace mirando Túnez-Suecia a medianoche, cuando el Mundial es cada cuatro años? ¿En serio hay que echarle la culpa al que oye tanto de cambio climático, recortes a la ayuda humanitaria, homicidios, violaciones, masacres en Oriente Medio, tiroteos masivos, corrupción, tecnología que va a destruir puestos de trabajo, opiniones tóxicas, que le deja de dar ganas mirar las noticias y prefiere ver videos de gatitos en TikTok?

Hay que volver a ver La idiocracia para reírse, sí, pero a esta altura también para llorar.