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Contenido creado por Catalina Zabala
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Sundance 2026: el cine independiente y su evidente punto de transición

Con 47 años de trayectoria, el festival celebrado en Utah vivirá la primera edición sin su fundador Robert Redford.

22.01.2026 13:10

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2026-01-22T13:10:00-03:00
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Por Nicolás Medina
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Cada enero, cuando el invierno en Utah parece decidido a probar los límites de la paciencia, un pequeño puñado de calles en Park City se transforma en algo más que un destino para deportes que impliquen nieve. Durante décadas, ese paisaje de montañas blancas y cafés improvisados fue el escenario donde el cine independiente estadounidense —y, con el tiempo, el internacional— encontró su ritual de inicio de año. Más que un festival, Sundance es una idea persistente. Una manera de pensar el cine por fuera del carril central de la industria. La edición 2026 llega con un peso simbólico que no pasa desapercibido, dado que es la primera sin la presencia tutelar de Robert Redford y, al mismo tiempo, la última que se celebra en Park City antes del traslado a Colorado. Un cierre de etapa que obliga a mirar hacia atrás para entender qué fue, qué es y qué puede seguir siendo Sundance.

El origen del festival tiene algo de gesto contracultural, incluso antes de que la palabra se volviera una etiqueta. En 1978, cuando Hollywood seguía orbitando alrededor de sus grandes estudios y sus ceremonias de premios, un grupo de productores y gestores culturales decidió llevar un festival a Utah con una idea simple y ambiciosa a la vez: crear un espacio para el cine hecho al margen del sistema. Aquella primera experiencia se llamó Utah/US Film Festival, y su propósito era práctico y político. Atraer rodajes al estado y, de paso, ofrecer una vitrina para películas estadounidenses que no encontraban lugar en los circuitos tradicionales.

Cortesía de Sundance Institute. Foto: Kyle Smith

Cortesía de Sundance Institute. Foto: Kyle Smith

La llegada de Robert Redford a ese proyecto en los primeros años no fue un mero gesto de celebridad. Redford, que ya había fundado el Instituto Sundance en 1981 como una plataforma para el desarrollo de nuevos talentos, entendía el festival como una extensión natural de la idea más profunda del cine como territorio de riesgo. En un contexto donde la industria tendía a premiar la repetición y la seguridad financiera, Sundance proponía lo contrario. La posibilidad de equivocarse en público, de mostrar películas incompletas, incómodas o simplemente distintas.

Hablar del festival sin hablar de Redford es casi un ejercicio de abstracción. Su figura nunca fue la del director artístico que decide cada título ni la del programador obsesivo con la grilla. Fue, más bien, la de un anfitrión conceptual. El nombre “Sundance” —tomado de su personaje en Butch Cassidy And The Sundance Kid (1969)— se convirtió en una especie de contraseña cultural para una generación de cineastas que buscaban algo más, o que no podían llegar a una alfombra roja. Redford aparecía en charlas, en encuentros informales, en presentaciones de proyectos. No como estrella, sino como facilitador. Su legado no se mide solo en las películas que pasaron por Park City, sino en las que se escribieron, se reescribieron y se filmaron gracias a los talleres del Instituto Sundance, donde guionistas, directores y productores de todo el mundo encontraron una red de apoyo que iba más allá de la financiación.

Foto: Fred R. Conrad, The New York Times

Foto: Fred R. Conrad, The New York Times

El Instituto, en ese sentido, fue siempre la columna vertebral silenciosa del festival. A través de sus laboratorios de guion, dirección, producción y música, Sundance se convirtió en una fábrica de procesos creativos antes que en una vidriera de resultados finales. La lógica es simple y exigente: se acompaña a los proyectos desde la idea inicial hasta su estreno, entendiendo que el cine independiente no se sostiene solo con buenas intenciones, sino con estructuras que permitan que esas intenciones se materialicen.

Con el paso del tiempo, el festival dejó de ser un evento estrictamente estadounidense para convertirse en un punto de encuentro global. A partir de los años 90, la competencia internacional y las secciones paralelas empezaron a reflejar una diversidad de miradas que ampliaron la noción de “independiente”. Ya no se trataba solo de presupuestos bajos o de producciones fuera de los grandes estudios, sino de una cierta ética del relato, de historias personales, políticas, experimentales o directamente inasimilables por el mercado masivo.

De esa expansión surgieron nombres que hoy forman parte del canon del cine contemporáneo. Quentin Tarantino presentó Reservoir Dogs en 1992 y convirtió una sala de Park City en el punto de partida de una carrera que redefiniría el cine de género. Steven Soderbergh llevó Sex, Lies, And Videotape (1989) y abrió una puerta para que el cine “adulto” volviera a ser una categoría viable en Estados Unidos. Más tarde llegarían Kelly Reichardt, Darren Aronofsky, Debra Granik, Ryan Coogler, Chloé Zhao. La lista no funciona como un álbum de figuritas, sino como un mapa de cómo Sundance fue captando las mutaciones del cine independiente a lo largo de las décadas.

Los premios del festival, en ese contexto, funcionan menos como consagraciones definitivas y más como señales de tránsito para la industria. El gran premio del jurado y el premio del público en las competencias de ficción y documental suelen marcar el inicio de un recorrido que continúa en otros festivales y, en muchos casos, en la temporada de premios. Distinciones como el Alfred P. Sloan, dedicado a películas que abordan la ciencia y la tecnología desde una perspectiva narrativa, revelan otra de las obsesiones de Sundance: pensar el cine como una herramienta para discutir el mundo contemporáneo, no solo para representarlo.

Foto: Danny Moloshok 

Foto: Danny Moloshok 

Pero más allá de la programación y los galardones, Sundance construyó su identidad en el clima que lo rodea. Park City en enero no es un lugar cómodo. Las filas al aire libre, las salas pequeñas, los traslados entre proyecciones bajo la nieve y el frío funcionan casi como un filtro natural. Quien llega hasta ahí sabe que va a ver películas en condiciones que poco tienen que ver con la experiencia de las salas comerciales. Ese componente físico, casi performático, refuerza la idea de comunidad: críticos, cineastas, estudiantes, productores y curiosos compartiendo cafés apurados y debates improvisados en pasillos estrechos.

Con el crecimiento del festival, ese ambiente se volvió más complejo. A la mística del descubrimiento se sumó la lógica del mercado. Las adquisiciones millonarias por parte de plataformas de streaming y distribuidoras internacionales transformaron a Sundance en un espacio donde conviven la promesa artística y la negociación comercial. En los últimos años, no fue raro que una película saliera de su estreno con titulares que hablaban más del monto de su compra que de su propuesta estética. Esa tensión —entre el ideal independiente y la maquinaria de la industria— es parte del ADN actual del festival.

Cortesía de Sundance Institute. Foto: Stephanie Dunn

Cortesía de Sundance Institute. Foto: Stephanie Dunn

La edición 2026, que empieza este 22 de enero y va hasta el próximo 1° de febrero, está en ese cruce de caminos. La programación mantiene su estructura de competencia estadounidense e internacional; documentales, secciones de estreno, nuevos formatos y experiencias inmersivas. La presencia de cineastas consagrados convive con óperas primas y proyectos de riesgo formal. Al mismo tiempo, el festival mira hacia su propio pasado con homenajes y retrospectivas que funcionan como una despedida simbólica de la etapa Redford.

La ausencia del fundador no se traduce en un vacío evidente, pero sí posiblemente en una pregunta: ¿qué significa Sundance sin la figura que le dio nombre y sentido? Durante años, Redford fue una especie de garante moral del proyecto, alguien que podía recordarle al festival su razón de ser cuando las luces del mercado se volvían demasiado intensas. Su falta no implica una ruptura, pero sí una transición. El desafío ahora es sostener esa identidad sin depender de una presencia individual.

Cortesía de Sundance Institute. Foto: John Schaefer

Cortesía de Sundance Institute. Foto: John Schaefer

El anuncio del traslado a Boulder, Colorado, a partir de 2027, suma otra capa a ese momento de cambio. Park City no es solo una sede logística, sino que es también parte del imaginario del festival. Cambiar de ciudad implica reconfigurar esa relación entre espacio y evento, entre paisaje y cine. Boulder promete nuevas infraestructuras, mayor capacidad y un entorno universitario que puede revitalizar el diálogo con las nuevas generaciones de cineastas. Pero también implica dejar atrás una geografía que fue testigo de buena parte de la historia del cine independiente moderno. 

Sundance parece estar ensayando una forma de continuidad que no se apoya tanto en la nostalgia como en la adaptación. El Instituto sigue ampliando sus programas de apoyo a comunidades subrepresentadas, explorando modelos de producción más sostenibles y abriendo el juego a formatos que desbordan la sala de cine tradicional. La idea de “independencia” se redefine en un ecosistema dominado por plataformas globales, donde la frontera entre lo alternativo y lo mainstream es cada vez más porosa.

Mirado en perspectiva, el recorrido del festival refleja una paradoja interesante. Sundance nació como una respuesta al centro de la industria y, con el tiempo, se convirtió en uno de sus nodos más influyentes. Muchas de las estéticas y narrativas que hoy circulan en el cine comercial tuvieron su primer eco en las salas de Park City. Esa capacidad de absorber lo marginal y convertirlo en tendencia es, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y su mayor riesgo.

Cortesía de Sundance Institute. Foto: Gayle Stevens

Cortesía de Sundance Institute. Foto: Gayle Stevens

La figura de Redford, en ese sentido, funciona como un punto de referencia para leer el presente. Su apuesta original no era crear una marca, sino un espacio de trabajo. Un lugar donde el cine pudiera pensarse como un proceso colectivo, con errores, discusiones y aprendizajes compartidos. Que Sundance siga siendo relevante en 2026 tiene menos que ver con su capacidad de atraer estrellas o generar titulares, y más con su habilidad para sostener ese espíritu en un contexto radicalmente distinto al de su fundación.

El festival de este año no se presenta como un homenaje solemne ni como un corte abrupto. Más bien se mueve en un tono intermedio, es consciente de su historia, pero no la convierte en un museo. Las películas que se proyectan, los debates que se abren y las decisiones que se toman en los márgenes del evento hablan de un cine que sigue buscando su lugar en un mundo saturado de imágenes.

Quizás ahí resida la vigencia de Sundance. No en la promesa de descubrir “la próxima gran obra de arte”, sino en la insistencia por mantener un espacio donde el cine pueda ser otra cosa. Un laboratorio, una conversación, una pregunta abierta. La edición 2026, con su carga simbólica y su clima de transición, parece recordarlo sin subrayados: el legado no está en un nombre propio ni en una locación, sino en la continuidad de una idea.

Cuando se apaguen las luces de esta última función en Park City, no se cerrará un capítulo con un punto final, sino más bien con una coma. Sundance seguirá existiendo en otro paisaje, con otras voces y otros desafíos. La historia que empezó en un rincón frío de Utah hace casi medio siglo continúa, no como una repetición de su origen, sino como una negociación permanente con el presente. Y en esa negociación, tal vez, se juega su verdadera independencia.

Por Nicolás Medina
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