Hay series que uno mira y activan una fantasía inmediata. Tucci in Italy es una de ellas. A los pocos minutos, ya estás calculando vuelos, buscando en Google Maps pueblos de las Marcas, pensando en una mesa bajo una parra, en una pasta hecha por alguien que aprendió la receta de su abuela, en una copa de vino tomada con tranquilidad y en esa clase de comida que parece tener menos que ver con el hambre y más con una forma de estar en el mundo.

La serie, que se encuentra en Disney+, estrenó su segunda temporada en mayo y confirma algo que Stanley Tucci —actor estadounidense, de El diablo viste a la moda o Los juegos del hambre— ya venía construyendo desde Searching for Italy (2021-22): su relación con Italia no es turística ni estrictamente gastronómica. Es genealógica, estética, emocional y cultural. Tucci come para entender de dónde viene una manera de vivir.

La tentación es compararlo con Anthony Bourdain. No porque Tucci lo imite ni porque compartan un tono ni porque estén buscando lo mismo. De hecho, parecen venir de planetas distintos. Bourdain entraba a un lugar con la energía de alguien que había visto demasiado, dormido poco y aprendido a desconfiar de la prolijidad. Tucci entra más liviano, con lentes de sol, dicción perfecta y una elegancia bastante absurda como para estar comiendo algo con las manos. Bourdain tenía algo del excocinero que sabía dónde mirar porque venía de la parte de atrás del restaurante. Tucci, de invitado exquisito.

Aun así, Tucci in Italy existe dentro de un mundo televisivo que Bourdain ayudó a cambiar. Antes de él, la comida en televisión solía estar atada a la receta, al estudio, al chef estrella, al plato terminado y a cierta fantasía doméstica de control. Bourdain abrió otra puerta. La comida podía ser periodismo, política, autobiografía, conversación, conflicto, clase social, migración, colonialismo, deseo, memoria y contradicción. En sus programas, sobre todo en No Reservations (2005-12) y Lo desconocido (Anthony Bourdain: Parts Unknown, 2013-18), sentarse a comer era una manera de entrar en una cultura sin pretender poseerla. El plato era una excusa para hablar con alguien, para entender una ciudad, para mirar una guerra, para pensar la pobreza, para discutir sobre imperialismo o para quedarse callado frente a una mesa compartida.

Tucci llega sabiendo que Italia ya fue narrada, pintada, vendida, cocinada, imitada y malinterpretada millones de veces. En cambio, él se deja corregir por los locales. Pregunta, escucha, acepta la especificidad. Su mayor virtud es saber retirarse un poco y escuchar a quienes saben de verdad.

Ahí aparece otra diferencia con Bourdain. Él llevaba su mundo interior a cada destino: su pasado en cocinas, sus lecturas, sus culpas, su humor negro, su ansiedad política, su oído para la calle. Tucci lleva otra biografía. La del italoamericano que vuelve desde una mezcla de pertenencia y distancia. No es un turista cualquiera. Su apellido, su historia familiar, su italiano, su educación sentimental con la comida y su carrera como actor construyen una mirada atravesada por el deseo de reconectar. Eso hace que Tucci in Italy tenga una suavidad particular.

Esa suavidad podría volverse peligrosa si la serie se entregara por completo a la postal. Pero en sus mejores momentos, Tucci in Italy entiende que la comida regional siempre está hecha de historia concreta. Un plato no aparece porque sí: la cocina es una forma de archivo. Un archivo que se come, se repite, se adapta y se defiende con una pasión que desde afuera puede parecer exagerada. Cualquiera que haya escuchado a italianos discutir el origen de una receta sabe que la gastronomía puede tener la intensidad de una causa nacional. La carbonara tiene reglas. La pizza tiene guardianes. El tiramisú tiene territorio en litigio. Lo que para un extranjero puede ser una preferencia, para un italiano puede ser una declaración de identidad. Tucci se divierte con eso.

Y acá aparece la parte más contagiosa de la serie. Tucci in Italy te da hambre, pero un hambre muy específica. Te da ganas de ir a probar algo en su lugar. Te hace pensar que una comida no se entiende del todo separada del paisaje que la produjo. Tucci sabe vender esa fantasía sin ponerse vendedor. Ese es su talento.

También hay algo muy contemporáneo en el éxito de este tipo de series. En una época saturada de contenido rápido, recetas de quince segundos, rankings de restaurantes y estética foodie medio intercambiable, Tucci in Italy recupera el valor de mirar un proceso. Ver a alguien amasar. Ver a alguien cortar. Ver a alguien explicar una receta que aprendió en una cocina familiar. Ver a Tucci probar algo y quedarse un segundo procesándolo. Esa pausa es parte del placer. Entiende que la comida necesita tiempo, y que el viaje también.

Quizás el mejor homenaje posible a Bourdain sea reconocer que abrió un camino donde hoy caben otros tonos. Tucci in Italy se inscribe dentro de esa herencia sin copiarla, y eso está muy bien. Porque las buenas herencias no se repiten; se continúan desde otro cuerpo y otra voz. Y así la serie se vuelve irresistible. Uno termina cada episodio con ganas de reservar un pasaje, sí; pero también con ganas de prestar más atención a lo que un plato dice cuando alguien lo cocinó durante generaciones antes de que nosotros llegáramos con hambre.