Sobre las vidas posibles de George Best: un portal entre Belfast, Manchester y Los Ángeles
Fue futbolista de época, el quinto Beatle y un ángel caído. Pudo haber opacado a Pelé o ser personaje de Bukowski en un bar de Hollywood.
Por Sebastián Chittadini
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El mundo parece decidido a cambiar en 1968. Es un año signado por la contracultura, la revuelta estudiantil y el alboroto juvenil, en el que los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial inventan diversas maneras de ser jóvenes y dominan la escena. Desde Inglaterra se exporta una nueva manera de entender la celebridad. Y no paran por Navidad: el 24 de diciembre, la revista France Football anuncia que George Best, del Manchester United, es el ganador de la 13º edición del Balón de Oro como el mejor futbolista de Europa. Cuatro días después, los Beatles alcanzan el número 1 en Estados Unidos con su Álbum blanco, publicado apenas un mes antes.
Cuando los Reds ganan la Copa de Europa de 1968, Best tiene 22 años y es el deportista más famoso del Reino Unido, al mismo nivel mediático que cualquier estrella de rock. Dos años antes, John Lennon dijo que los Fab Four eran más populares que Jesús. No hace falta ser un experto en silogismos para adivinar la conclusión.
El norirlandés es mucho más que un futbolista que coincide con una época de ruptura, magnetismo y exceso. No luce como Bobby Charlton ni como Nobby Stiles, sus compañeros del United. Tampoco vive como ellos. Es un producto cultural, un hombre que improvisa en la cancha como un músico de jazz y está acostumbrado al asedio mediático desde los 17 años. No en vano es conocido como “el quinto Beatle”. Una vez les dijo a los periodistas que, si él hubiera nacido feo, ninguno de ellos habría oído hablar de Pelé. Quizá la pregunta sea otra.
¿Y si George Best, alguien capaz de hacer cualquier cosa dentro de una cancha de fútbol, nunca hubiese sido futbolista?
George Best con la selección de Irlanda del Norte en 1976. Foto: Wikimedia Commons
Siempre quise ir a L. A.
Dicen que todo el mundo busca algo en Los Ángeles: los escritores marginales, los músicos que buscan el éxito, los poetas y las estrellas de cine que nunca lo serán. La versión crepuscular del que una vez fue el mejor jugador europeo busca el sol que no pudo comprar en Inglaterra, o un poco más del dinero que gastó en mujeres, alcohol y autos caros. Su rutina en Los Ángeles empieza comprando un ejemplar del LA Times para leer en la playa. A media mañana, ya está en el bar del Fat Faced Fenner’s Falloon. Toma para olvidarse del fútbol y lo logra, porque la mayoría de los días se olvida de ir a entrenar. El club lo suspende, él promete que no volverá a pasar y así en loop infinito. Las tardes las pasa rodeado de jóvenes modelos, las noches en otros bares hasta que llega otra vez la mañana para pensar en las tardes con modelos y las noches de copas.
California no es Manchester ni Belfast. Ahí apenas es una celebridad para los hinchas de los Aztecs o para algún seguidor de la National American Soccer League; el fútbol es un deporte de nicho en Estados Unidos y él un desconocido para la mayoría. En ese lugar, puede entrar a un bar sin que haya fotógrafos esperando para poner su cara en la tapa de los tabloides al otro día. Se mezcla con músicos, actores, empresarios y gente común. Le divierte pasear por la ciudad con una remera que dice “¿Quién diablos es George?”.
El ambiente de Hollywood ama su carisma. Empresarios, músicos y actores son parte de los partidos de los Aztecs, como si fueran estrenos de cine. Basta ver una foto en la que está mirando al nuevo inversor Elton John patear la pelota en un entrenamiento, en la que alguien capturó la esencia de la NASL y eternizó a los años setenta. George Best siempre sonríe. Fuera de la cancha, le encanta Hermosa Beach por su buen clima, playa, ambiente relajado y pubs. También frecuenta el circuito nocturno de Beverly Hills y Sunset Strip, donde se codea con el jet set, pero le gusta sentarse durante horas a hablar con desconocidos mientras toman cerveza. Nunca sale de mañana con intención de emborracharse, simplemente sucede.
No importa si la escena es real o imaginada. Los años setenta agonizan en un bar cualquiera de Los Ángeles y ahí nadie reconoce al hombre más famoso de Inglaterra. El soccer no es algo que le llame la atención a Charles Bukowski. No vio nunca un partido de los Aztecs y, de haberlo visto, ni se imaginaría que enfrente suyo está la estrella del equipo local. Su presencia no causa tanto alboroto en la costa oeste como el que ocasiona Pelé jugando para el Cosmos de Nueva York.
Bukowski mira de reojo al recién llegado. Podría ser uno de esos personajes suyos, marcados por el alcoholismo y la futilidad, alienados de sus actividades cotidianas, inmersos en relaciones personales deterioradas. Un tipo desaliñado que está en ese bar como podría haber estado en un escenario, perdido en una carretera o en la portada de una revista. Tiene un magnetismo especial, pero esa noche nadie parece notar quién es. Pide un whisky. Durante unos minutos ninguno habla. No hace falta.
(Europa no está tan lejos) Chinaski aún no se murió
A los 27, como las estrellas de rock, George Best murió como futbolista cuando jugó su último partido en el Manchester United. Aunque todavía pueda tener destellos de sí mismo y uno de sus compañeros estadounidenses lo defina como “un bailarín de ballet sobre una tabla de surf”. A veces, verlo jugar es como ver a Van Gogh pintar La noche estrellada en vivo. La mayoría del tiempo se relaciona con su talento de la misma manera que lo hace con el exceso y la autodestrucción. Como Hendrix, como Morrison, como Bukowski.
Más rondas, silencios que aturden, conversaciones existenciales que nadie más escucha. Ninguno intenta consolar al otro. Uno de ellos se conforma con tan poco como ser una persona normal fuera de la cancha. El otro se siente afortunado de no tener que correr para expresarse. Ni uno solo de los tipos que juegan a los dardos y ponen fichas en la rockola vio el gol que le hizo al Sheffield United en Old Trafford en 1971, dejando gente atrás como hace algunos días con la camiseta 11 de los Aztecs. Mucho menos el gol contra el Benfica en la final de la Copa de Europa de 1968 en Wembley. Son lugares que quedan lejos para gente que pide para poner un partido de los Lakers en la tele del bar.
¿Qué fue primero? ¿Tomar para olvidar que tiene que salir a la cancha o viceversa? Habla con un acento que todavía suena a Belfast. Las consonantes fuertes y las vocales cortas reflejan su intrincado pasado. Un hombre misterioso que alguna vez fue una de las criaturas más indomables de los años sesenta, una época libre, brillante y desbordada que se fue muy rápido. Es llamativo, vibrante y rebosa personalidad. El viejo indecente lo mira. Nunca tendrá idea de con quién está hablando, pero ve en él algo de lo que lo lleva a escribir desde una perspectiva realista, cínica y de clase trabajadora bautizada como “realismo sucio”. Un mundo sin héroes en el que viven almas rechazadas que no buscan la gloria, que nacen al día con resaca y mueren ebrias.
En un bar que no tiene nombre, o que lo tuvo y nadie lo recuerda, el genio hermoso del quinto Beatle y la máscara del escritor pendenciero ocupan la barra, como si hubieran nacido allí. Nadie habla de fútbol, ni de literatura. Importan las mujeres que se fueron, los fracasos, los padres incomprendidos o las ideas tan banales como la felicidad. Ninguno de los dos tiene la expectativa de volver a ver al otro, pero los vasos podrían seguir llenándose y vaciándose entre conversaciones apócrifas. Esa es la lógica de los bares. Muchas veces, lo que la gente realmente busca ahí es alguien que escuche o que le responda en qué momento alguien deja de ser y se convierte en quien los demás esperan que sea.
George Best podría haber sido cualquier otra cosa. Un músico. Un escritor. Galán de Hollywood o el parroquiano de tantos bares como fuera posible. Si no fuera futbolista, se parecería mucho al hombre que para Bukowski es apenas otro circunstancial compañero de copas. O quizá ya es un personaje perdido en una de sus novelas. Pero no esta noche, que ya se viste de mañana. Porque es domingo, y hay un partido que jugar.
Por Sebastián Chittadini
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