Por Sol Leguizamón | @legui_sol

Tambores, Uruguay

Gran familia de tocadores

Hermanos, tíos, primos, amigos

Que con sentimiento se juntan para expresar

El más autóctono folclore que aquí existe

200 años desde la colonia hasta hoy en día

Chico, el repique y el piano, palo y mano

Caminan por las calles para que la gente goce

Los vecinos escuchen en la distancia el ritmo

Del candombe.

Agresivo pero sincero,

Resistente a través del tiempo y

La tradición ancestral del negro.

Candombe, mezcla de pueblo,

Calor de piel. Color y alegría.

Ritmo y baile.

Herencia africana.

Así reza la canción "Sale el sol", de Hugo Fattoruso y Rey Tambor. 

El candombe es una de las expresiones culturales más potentes y representativas del Uruguay. Más que un género musical, el candombe es un legado vivo de lucha, memoria y pertenencia, que en 2009 fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Su fuerza ancestral sigue latiendo en cada una de las Llamadas, y en bandas como Slow Burnin', que recogen con respeto esa raíz para hacerla vibrar en el presente.

“Al candombe lo llevamos en la sangre. Creo que a cualquier uruguayo le das un palo y un tambor y te hace la clave de candombe. Además está muy metida en la música popular. En grandes artistas como Jaime Roos, que hizo un candombe más beat, más de murga”, explica Cabeza. Otro ejemplo es la banda Opa, de Hugo y Osvaldo Fattoruso, pionera en fusionar el candombe con el rock. Justamente el hijo de Hugo, Francisco Fattoruso, fue quien produjo el último álbum de la banda, Animales del mundo (2024).

Slow Burnin' lanzó Animales del mundo el 28 de noviembre del 2024 en La Trastienda. El disco, producido por Francisco Fattoruso en Los Ángeles y grabado en el estudio Peloloco de Montevideo, cuenta con 10 canciones que exploran temas como la conexión con la tierra, el amor, la condición humana y la redención.

Cinco años antes habían lanzado Liberación (2019), su primer álbum de estudio. Marcó el despegue de la banda y les valió el Premio Graffiti en la categoría “Mejor disco de reggae y música urbana”, que los consolidó en la escena local. Se presentaron en el Montevideo Rock y recorrieron en varias oportunidades toda la costa del país. A nivel internacional, realizaron giras que incluyeron España (Ibiza, Barcelona, Asturias) y diversos escenarios bonaerenses, y fueron convocados a reconocidos festivales como La Mar de Ruido en Avilés, entre otros.

“Somos animales del mundo”

“Somos animales del mundo. ¿Quién dice que mañana no es tu turno?”, cantan en uno de los temas más evocadores del disco que da nombre al álbum. La frase, acompañada por un groove de bajo espeso, percusiones envolventes y vientos que estallan como ráfagas, condensa buena parte del espíritu de Slow Burnin': un llamado urgente a recordar que no somos dueños del tiempo ni del destino, que formamos parte de un ciclo más amplio, una danza mayor. Esa conciencia del Todo atraviesa no solo su lírica, sino su manera de entender la música como canal de conexión espiritual. En ese viaje sonoro hay algo que me recuerda al libro Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (2024), de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda. No por una coincidencia literal, sino por una resonancia profunda entre dos mundos que, cada uno a su modo, entienden la música como umbral.

“El rapto es salir de uno mismo para unirse con los otros”, escribe Ojeda. Y no es difícil ver esa misma lógica en el trance que propone Slow Burnin': una experiencia colectiva donde cuerpo, ritmo y visión se funden. Cabeza y Nane lo dicen sin pretensiones: para ellos, tocar es conectar con una fuerza mayor. No es casualidad que vivan en Montevideo, rodeados de mar, “un caudal de energía enorme” para los músicos de Slow. Los 14 integrantes de la banda viven su cotidianeidad inmersos en la naturaleza. Nane, a través del surf. Cabeza, en cambio, prefiere trabajar la tierra. Lo suyo es el campo, la huerta. Pero todo el grupo busca resonar en una especie de comunión tribal.

Esa búsqueda de conexión no es solo temática o espiritual, sino también sonora. En el universo de Slow Burnin', el trance se construye con capas: sea el reggae o el candombe la base rítmica, no deja de mezclarse con armonías del soul, arreglos jazzeros y texturas que remiten al funk, el dub y la psicodelia. No hay solos ni figuras que se destaquen por encima del resto: cada instrumento parece entender su rol dentro de un entramado mayor, donde lo importante es lo que se genera entre todos. Así, la música no narra: invoca.

En vivo, esa lógica se potencia. Hay algo ceremonial en sus conciertos, una atmósfera que invita al cuerpo a aflojarse, a ceder. Lo que propone la banda no es tanto una canción para recordar, sino un estado para atravesar. Una vibración que, como el fuego lento que les da nombre, transforma sin apurar.