La dulzura de su voz se entrelaza con el sonido de cuerdas que son rasgadas con cuidado. Este es el lugar en el que Silvana Estrada se siente a salvo, en el que se permite ser ella misma en toda extensión. Se describe como una adolescente atormentada, como alguien que antes de que llegara la música, se sentía una turista en su propia vida:
—La música me salvó muchas veces y también me dio una familia elegida.
Hija de luthieres, Estrada aprendió a valorar no solo el privilegio de tener un instrumento, sino también el cuidado y la atención en cada etapa del proceso creativo. Su repertorio, muchas veces, consiste en retratos de distintos momentos de su vida. Vendrán suaves lluvias (2025), por ejemplo, combina el duelo, las despedidas y las desilusiones.
En 2022 ganó el Latin Grammy a Mejor Artista Nueva junto a Ángela Álvarez. Recibió elogios de medios internacionales como Pitchfork y Rolling Stone. Lejos de desconcentrarla o alejarla de su centro, rápidamente entendió que debía seguir por el mismo camino: crear de acuerdo a lo que ella siente que quiere hacer. "Me interesa hacer mi trabajo sin perderme en superficialidades", dice en entrevista con LatidoBEAT. Esa autenticidad se percibe de manera rápida, solo basta con conversar unos minutos. Abraza esa sensibilidad especial que afirma tener y contesta de manera honesta.
Silvana Estrada se presentará este 12 de marzo en el Teatro Solís. Las entradas se pueden adquirir aquí.
Tus letras son personales y pertenecés a un estilo que se toma su tiempo. ¿Qué momentos de tu vida elegís para componer?
Dentro del panorama al que pertenezco, soy de las artistas más desorganizadas. Paso mucho tiempo de gira y mis momentos de composición son muy concretos. Uso los meses en los que no tengo compromisos para componer. Más que dedicarme únicamente a hacer canciones —aunque intento hacerlo todo el tiempo, incluso si muchas quedan en el aire—, escribo mucho. Depende del proyecto, pero la escritura automática me da una guía sobre aquello de lo que realmente quiero hablar, esa necesidad visceral de expresar algo imprescindible. Me aporta claridad sobre dónde están mi mente y mi corazón.
También varía según se trate de un disco en el que tengo claro de qué quiero hablar o si estoy haciendo una suerte de captura de un momento de mi vida. Marchita fue un proyecto mucho más conceptual sobre el duelo; creo que Vendrán suaves lluvias es un catálogo de un momento de mi vida atravesado por el duelo, las despedidas y las desilusiones: el núcleo de mis veinte años marcado por esas experiencias. Es como ver una fotografía mía en un instante preciso. Son los discos que más me han conmovido. Me gustan mucho los discos conceptuales, pero cuando hay un catálogo de momentos vitales siento una nostalgia muy profunda. Mis procesos son más caóticos: a veces tengo muy claro cuál es el proyecto y compongo con dirección; otras veces hago canciones simplemente por el placer de hacerlas.
Tus padres son luthieres. ¿Cómo cultivaste el vínculo con el instrumento desde esa perspectiva?
Crecer con padres lauderos me sensibilizó ante el objeto y también frente al oficio. Crear un instrumento es un ejercicio de paciencia porque no se puede omitir ningún paso. Crecí con la idea de que todo tiene su tiempo y de que es importante dedicarle a cada momento y proceso atención y cuidado. Veo el trabajo que hay detrás y soy consciente de la fortuna que implica tener un instrumento. Tuve mi primera trompeta a los 13 años y costó mucho dinero; fue un esfuerzo familiar. También tuve un piano. Sé que los instrumentos son una fuente de bienestar, alegría y, muchas veces, un privilegio. Cuando hago discos tengo eso muy presente y por eso les tengo tanto amor a las cuerdas. Marchita tiene cuarteto de cuerdas; Vendrán suaves lluvias, orquesta. Siento aprecio por esa sonoridad que incluye a una tercera persona, el laudero. Un sintetizador también requiere mano de obra, pero en los instrumentos de cuerda la relación con el laudero es muy viva y se percibe en el sonido.
Cortesía de producción
¿Qué desafío encontrás en tomarte ese tiempo cuando todo avanza tan rápido en el mundo y en la industria?
Es difícil. Se siente como nadar a contracorriente porque el aparato industrial de la música —del que nadie está exento— exige velocidad y ejerce mucha presión. Cuando algo funciona, buscan explotarlo indefinidamente, pero el proceso creativo es impredecible y profundamente personal. Cuanto menos ruido se deje entrar en el canal que conecta con el propio proceso, más gozoso será, aunque también menos predecible y quizá menos alineado con las necesidades del mercado. El capitalismo ha cooptado muchos espacios de creación y comunicación en el arte. Como compositora, siempre se lucha contra eso. Cuando hice las paces con no ser una artista que lanza una canción cada viernes, empecé a vivir mejor y a generar menos ansiedad. También he tenido suerte: pocas veces hice concesiones; casi siempre he hecho cosas en las que creo. Duermo bien y despierto contenta. Estoy en paz con la manera en que he llevado mi carrera.
Ganaste un Latin Grammy en 2022. ¿Qué se te pasó por la cabeza en ese momento? ¿Le diste trascendencia?
Creo que me marcó. Ir a los Grammys resulta curioso porque se ve a mucha gente con acceso a estilistas y maquillistas. Yo siempre voy con mi manager y vivimos la experiencia con naturalidad. Mi relación con los Grammys y con la industria es más bien distante. Fue muy fuerte ganar; eligieron a alguien poco alineada con la lógica de la industria. Fue hermoso porque sentí que era un premio otorgado desde la música. Best New Artist es una categoría muy especial: compiten artistas enormes y otros que recién comienzan. En mi caso fue un empate con Ángela Álvarez, una mujer de 90 años. Todo fue muy emotivo. Después sentí algo de presión, pero decidí rápidamente que seguiría haciendo lo mío; el premio fue por eso. Hubo un momento en que me distraje con la atención, pero comprendí que debía volver al centro. Me interesa hacer mi trabajo sin perderme en superficialidades.
Cortesía de producción
Pasan los años y observás lo que viviste en determinado momento. ¿Cómo lo percibís a la distancia?
Es intenso. Una de las cosas que más me sucede es que me enternezco a mí misma. Mi versión pasada me genera ternura. Desde muy chica me enfrento a situaciones nuevas y siempre he intentado sostenerme con entereza. Me conmueve que, pese a lo difícil que puede ser este camino, haya en mí una ilusión constante que me acompaña. Cuando miro hacia atrás pienso en esa ilusión, en cómo me ha cuidado y cómo yo también la he cuidado en momentos difíciles. Hay experiencias que hoy resolvería de otra manera; el aprendizaje transforma la mirada. No se trata de castigarse, sino de reconocer el crecimiento. Crecer es hermoso: cada año me siento más tranquila. Fui una niña y una adolescente atormentada, y con el tiempo me he sentido cada vez mejor. Mi vida ha ido mejorando, aunque crecer también implique retos y dolores.
¿Cuando eras adolescente y atravesabas todo eso, la música funcionaba como refugio?
Totalmente. La música me dio un lugar de pertenencia y la posibilidad de ser yo misma. Muchas veces me sentí intrusa, incluso en mi propia vida. No lo digo con amargura; es la sensibilidad que me tocó. Me sentía turista de mi propia experiencia. Siempre muy sensible. La música me permitió existir sin intentar cambiarme. En ese espacio infinito caben todas mis partes y, además, me ayudó a valorarlas y amarlas. La música me salvó muchas veces y también me dio una familia elegida. Tiene esa capacidad de acercarte a personas que luego se convierten en tu núcleo principal.
Imagino que tenés un productor y una banda. ¿Es la misma que te acompaña desde hace años?
Trabajo con mi banda desde hace casi ocho años. Este último disco lo produje yo y ahora, en general, produzco mis propios proyectos. Sin embargo, creo que eso puede cambiar: este año me propuse encontrar una productora o un socio creativo cercano. En mi banda hay músicos excelentes, por lo que el proceso creativo suele ser colectivo. Mi manager es parte de mi familia y llevamos casi ocho años trabajando juntos. Mis amigos cantautores y músicos también forman parte de mi familia elegida. Siempre comparto lo que voy haciendo y recibo devoluciones. Si algo no gusta, lo escucho; si a mí me convence, continúo adelante. Esa red me aconseja y me orienta. Fui una niña y una adolescente muy sola, y desde que entré en la música no volví a sentirme así.
Silvana Estrada. Foto: Jesús Soto Fuentes
¿Sos tímida?
No lo soy. De hecho, era bastante decidida: siempre tenía una opinión y la expresaba. La primera vez que me subí a un escenario sentí que, por fin, estaba en mi lugar.
Tener un socio creativo requiere mucha confianza. No sos la única que maneja tu obra. No debe ser fácil encontrarlo.
No lo es. Mi manager muchas veces cumple ese rol y también lo he tenido en otras etapas. Marchita lo hice con un productor que durante mucho tiempo fue mi mano derecha; es un músico extraordinario, pero luego fue natural tomar distancia. Fue entonces cuando decidí producir por mi cuenta. También hay algo valioso en asumir el liderazgo. Me hizo ilusión ser productora siendo mujer; me costó encontrar referentes femeninos en ese rol. Ojalá con el tiempo el ámbito sea más igualitario, porque todavía predominan ingenieros, productores y stage managers hombres, y la energía es distinta.
Hoy no produciría a otra persona. Los productores cumplen casi un rol psicológico; les tengo un gran respeto, especialmente a aquellos con quienes he trabajado y a mis amigos. Deben abarcar muchas dimensiones: acompañamiento emocional, música, ingeniería, arreglos. Puedo hacerlo conmigo misma, pero no sé si podría hacerlo con alguien más. Hay muchas mujeres autoproduciéndose, pero pocas productoras. A veces damos por sentado que un ingeniero o productor será hombre; sería deseable dejar de asumirlo como norma.