Por Nicolás Medina
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Thomas Mann es uno de esos nombres que sobreviven al tiempo, incluso entre quienes nunca lo leyeron. Premio Nobel, exiliado durante el nazismo, conciencia moral de una Alemania partida en dos y figura inevitable de la literatura del siglo XX. El problema es que, justamente por todo eso, resulta fácil convertirlo en estatua o en símbolo, en monumento quizás. Y la realidad es que los monumentos suelen ser bastante aburridos. Fatherland (2026), la nueva película de Pawel Pawlikowski, encuentra una forma mucho más interesante de acercarse a él: lo corre del centro sin sacarlo de escena.
Estrenada en la Competencia Oficial de la 79ª edición del Festival de Cannes, donde Pawlikowski obtuvo el premio a Mejor Dirección compartido, Fatherland sigue el viaje que Thomas Mann (interpretado por Hanns Zischler) realiza en 1949 por una Alemania devastada y dividida, acompañado por su hija Erika (Sandra Hüller, de Anatomía de una caída, La zona de interés y últimamente Proyecto fin del mundo). Y lo que podría haber sido una biopic solemne sobre un intelectual termina convirtiéndose en la historia de una hija intentando sostener a un padre, mientras ambos cargan con el peso de una familia rota. De un país que todavía no sabe qué hacer con sus heridas.
Durante el Festival de Cannes, LatidoBEAT conversó con Sandra Hüller sobre memoria, duelo, responsabilidad política y los desafíos de interpretar a una mujer que vivió a la sombra de uno de los nombres más importantes de la literatura del siglo XX.
"Fatherland" (2026), Pawel Pawlikowski
La película aborda un período poco explorado en el cine: el regreso a la vida después de la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción de Alemania. ¿Cómo fue acercarte a ese momento histórico y asumir la responsabilidad de representarlo ante una audiencia contemporánea?
Soy parte de la tercera generación descendiente de personas que vivieron y sobrevivieron la guerra. De alguna manera, fragmentos de esa experiencia están en mi cuerpo y en mi sistema. Eso es algo muy evidente para mí, por lo que no sentí la necesidad de realizar una investigación exhaustiva.
Además, el guion es muy claro respecto a lo que quiere transmitir. Captura con mucha precisión ese extraño vacío en el que se encuentra toda una sociedad: la necesidad de reconstruir algo, pero sin saber exactamente cómo hacerlo. Algunos creen tener la respuesta correcta, otros piensan algo diferente. Esa sensación está retratada de forma muy exacta y pude confiar plenamente en el texto.
La historia personal de estos personajes se entrelaza con ese contexto. Estamos hablando de pérdida, de duelo y de cómo seguir viviendo con dignidad. También de qué aspectos del pasado vale la pena conservar y cuáles es mejor dejar atrás.
En la historia real, Erika Mann fue una figura destacada por derecho propio: escritora, periodista y activista. Sin embargo, en la película aparece principalmente como la hija de Thomas Mann. ¿Cómo interpretás ese contraste?
¿Te referís a por qué no vemos más de su faceta artística? La razón es que la película retrata un momento específico de su vida en el que ya no estaba desarrollando una actividad artística propia de manera central. En ese período estaba ayudando a su padre a terminar textos, escuchándolo, ensayando discursos con él. Fue una decisión que ella tomó al hacerse mayor: estar más cerca de él y acompañarlo.
Me dijeron que era su hija favorita, y durante la preparación descubrí que eso también implica una enorme responsabilidad. Cuando alguien te ha dado tanto amor y te ha abierto tantas puertas, sentís que no podés defraudarlo.
Conocía bastante de lo que Erika había hecho en su vida, pero sentí que todo eso estaba presente en su personalidad y en su cuerpo, aunque no necesariamente en sus acciones dentro de esta historia. Ella tomó esa decisión y mi trabajo era respetarla.
La película construye una enorme tensión emocional que desemboca en una explosión muy intensa hacia el final. ¿Cómo se construye un momento así cuando el rodaje suele ser fragmentado y no lineal?
No soy una actriz que construya un personaje siguiendo un plan rígido. Intento conectar primero con una base emocional del personaje y, a partir de ahí, reacciono a lo que sucede cada día. Me gusta mucho trabajar con mis compañeros de escena, descubrir qué energía existe entre nosotros y cómo puede evolucionar una secuencia.
También intervienen el director, la cámara y todo el equipo. Por eso rara vez tengo un esquema previo muy definido sobre un personaje. Mi trabajo consiste más en reaccionar a lo que realmente está ocurriendo frente a mí.
¿Qué impacto te gustaría que tuviera la película en una audiencia internacional?
Sería maravilloso que mucha gente pudiera verla. También nos interesa mucho descubrir qué aspectos de la película logran conectar con personas de otros lugares. Nosotros partimos de una perspectiva alemana; Pawel Pawlikowski tiene una mirada polaca y, al mismo tiempo, todos somos europeos. Será muy interesante ver qué encuentran en esta historia espectadores que no tienen una relación directa con Alemania o Polonia.
Reseña de Fatherland
"Fatherland" (2026), Pawel Pawlikowski
Pawel Pawlikowski, es probablemente uno de los pocos directores contemporáneos capaces de filmar esta historia sin volverla un museo ambulante.
Desde Ida (2013) hasta Cold War (2018), su cine siempre está atravesado por personajes desplazados, identidades fracturadas y una Europa que parece buscarse a sí misma entre las ruinas de su propia historia. Fatherland continúa exactamente esa línea. Incluso recupera algo del espíritu de road movie que ya aparecía en Ida, personajes viajando físicamente mientras intentan entender dónde quedó aquello que llamaban hogar o quiénes son en realidad.
Visualmente, la película es todo lo que cualquiera podría esperar de Pawlikowski. El blanco y negro vuelve a ser impecable, cada encuadre parece diseñado para terminar colgado en una pared. Los espacios vacíos, los silencios y las composiciones que ejercen cierto peso sobre sus personajes en cuadro vuelven a construir esa sensación de belleza melancólica que ya es marca registrada del director polaco.
"Fatherland" (2026), Pawel Pawlikowski
Pero si algo distingue a Fatherland de otros trabajos recientes sobre figuras históricas, es que entiende que Thomas Mann no es realmente el protagonista, y que el corazón de la película está en Erika. Y Erika, en esta película, significa Sandra Hüller.
Desde que Anatomía de una caída (2023) la convirtió en uno de los rostros más reconocibles del cine europeo contemporáneo, Hüller viene transitando una etapa importante en su carrera. Lo interesante es que nunca parece comportarse como una estrella. Incluso ahora, mientras da el salto definitivo al cine de gran escala con proyectos internacionales como Proyecto fin del mundo (2026), sigue siendo una actriz que trabaja desde la observación, desde la escucha y desde una humanidad difícil de encontrar. Su Erika Mann es exactamente eso.
No interpreta a una heroína ni a una víctima, tampoco intenta imponerse sobre la figura gigantesca de su padre. Lo que hace es más complejo: intenta construir un personaje cuya inteligencia emocional resulta mucho más poderosa que cualquier discurso. Mientras Thomas Mann atraviesa Alemania enfrentándose a debates ideológicos, fantasmas políticos y viejas heridas nacionales, Erika carga con la dimensión privada de la pérdida.
Es una actuación extraordinariamente contenida. Hüller trabaja casi siempre desde el gesto mínimo, desde las pausas y las miradas. Hay momentos en los que parece estar sosteniendo una película completamente distinta dentro de la misma película. Una historia sobre el duelo, sobre las obligaciones familiares y sobre el costo emocional de acompañar a alguien a quien se admira profundamente.
"Fatherland" (2026), Pawel Pawlikowski
Quizás ahí aparezca también la principal virtud —y la principal limitación— de Fatherland, porque la película funciona. Funciona muy bien, de hecho. Tiene la precisión formal habitual de Pawlikowski, interpretaciones magníficas y una sensibilidad notable para conectar el trauma colectivo con las tragedias íntimas. Sin embargo, también es cierto que rara vez se siente como una evolución de las preocupaciones que el director viene explorando desde hace más de una década. Las obsesiones son las mismas y los recursos también. Nada de eso la vuelve menos efectiva, pero sí la deja ligeramente lejos de la sensación de descubrimiento que provocaban Ida o Cold War.
Lo que termina inclinando la balanza es su tramo final. Allí, cuando todas las tensiones familiares y emocionales acumuladas durante el viaje encuentran finalmente una salida, Fatherland consigue algo que el cine contemporáneo suele olvidar, un verdadero release emocional. Fatherland entiende que detrás de cada monumento siempre hay una historia humana. Y gracias a Sandra Hüller, esa historia termina siendo lo más valioso de la película.
Por Nicolás Medina
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