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Contenido creado por Catalina Zabala
Literatura
Los libros y sus autores

Sandino Núñez: “Nunca tuve una relación de placer con la lectura”

El autor publicó "El aire y lo sólido" por Estuario Editora.

11.06.2026 12:31

Lectura: 7'

2026-06-11T12:31:00-03:00
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Porque hoy, en El aire y lo sólido (2026), cuestiona la temporalidad de la Creación, al concepto de Dios. Dialoga de manera constante con el pasado, el presente y el futuro, y busca de manera intencionada que el lector se plantee preguntas que hasta el momento no le habían parecido necesarias. 

Sandino es ensayista, escritor y docente. Fue coordinador de las páginas culturales de El Popular, codirector del suplemento El semanario, diario La hora, y director del suplemento La República de Platón y de la publicación bimensual Revista de ensayos del colectivo Prohibido Pensar. Algunos de sus libros son Lo sublime y lo obsceno: geopolítica de la subjetividad (2005), Disney War: violencia territorial en la aldea global (2006), El miedo es el mensaje (2007), La vieja hembra engañadora: ensayos resistentes sobre el lenguaje y el sujeto (2012), Psicoanálisis para máquinas neutras (2017) y Anástrofe (2020).

¿Qué libro de otro autor/a te marcó tanto que todavía vuelve a tu forma de pensar o escribir?

No hay un libro, supongo yo. Son muchos, y no es que “vuelvan a mi forma de escribir o pensar”: es que no se han ido nunca de ahí. No puedo imaginar el mundo sin Marx, sin Lacan, sin Hegel, por supuesto. Pero disfruto mucho de la prosa de Alain Badiou, de Jean Baudrillard, de Roland Barthes, de Walter Benjamin.

Tres libros que hayas regalado muchas veces.

A mis hijos les he “recomendado”, por así decirlo, Molloy (1951) de Becket, Ciberíada (1965) de Lem y Las ciudades invisibles (1972) de Calvino.

¿Qué lectura reciente te resultó particularmente estimulante o incómoda?

Nunca tuve una relación de placer con la lectura. Y ahora, que soy viejo, sencillamente releo y estudio libros viejos, clásicos o canónicos, sin compromiso alguno con la novedad o lo reciente. Y esos textos siempre me incomodan y estimulan, siempre me dicen algo que antes no había sabido escuchar.

Cortesía de producción

Cortesía de producción

¿Qué libro prestaste y nunca volvió? ¿Y cuál nunca devolviste?

No tengo idea.

¿Qué libro nunca te cansás de releer?

Me paso la vida releyendo.

Nacido para… obligado a...

Ser otro.

Escribir para…

Es como preguntar “respirar para…”. 

¿Tenés alguna rutina o forma particular de trabajar cuando estás escribiendo?

No, sentado. Suelo trabajar de mañana. Escribir o leer es una actividad solitaria, en el sentido más superficial de la palabra: algo de ritual narcisista masturbatorio.

¿Cómo sabés que un texto llegó a su forma final?

La respuesta es obvia: no lo sé. Y por eso es que lo termino, como quien toma una decisión autoritaria.  

¿Qué inquietud o problema fue el punto de partida de El aire y lo sólido?

Lo dice en el prólogo: “Este trabajo tramita y trata de organizar las cuestiones teóricas que me obsesionan casi desde siempre, y que han salpicado, con mayor o menor relevancia e intensidad, todos mis trabajos anteriores: a. el capital y la tecnología, y b. la emancipación, el lenguaje y la historia”.

En tus ensayos aparece una preocupación por el lenguaje: cómo se construyen ciertas formas de decir y de pensar. ¿Qué te interesa poner en cuestión ahí?

Respondo con otra cita del libro. “En ‘Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres’, Walter Benjamin observa que en el lenguaje (y no a través o por medio de él) se comunica el espíritu, y por eso el lenguaje es un médium y no un medio. El espíritu y los muertos hablan en él. Y sin pudor alguno, pregunta: ‘¿A quién se dirigen el zorro, la lámpara y la montaña?’. Al hombre, responde, y agrega: ‘la verdad de esta respuesta se demuestra en el entendimiento, y también, quizás, en el arte. Además, si el zorro, la lámpara o la montaña no se comunicaran con el hombre ¿por qué el hombre habría de nombrarlos?’. El zorro, la lámpara y la montaña son criaturas del espíritu humano porque han sido nombrados, convocados a ser parte del campo social”.

Muchas veces trabajás sobre ideas que circulan de manera casi automática en el presente. ¿Qué te interesa desarmar o interrumpir cuando escribís?

El mecanismo repetitivo de la economía, o el axioma del capital, que no es una idea rectora ni un principio que algún poder autoritario nos ordena respetar: es un órgano que rige todos los procesos.

¿Cómo encontrás el equilibrio entre pensar la coyuntura y no quedar atrapado en ella?

Pensando que la “coyuntura” tiene en sí algo que nos permite no quedar atrapados en ella.

Después de varios años sin publicar, ¿qué lugar ocupa este libro dentro de tu recorrido?

El más importante hasta que venga el siguiente.

¿Sentís que hoy es más difícil o más necesario escribir textos que exijan cierta lentitud en la lectura?

Es una pregunta extraña, no sé si tengo que elegir entre “difícil” y “necesario”. Y lo de “lentitud en la lectura” no me dice gran cosa.

¿Qué tipo de lector imaginás cuando escribís?

Ninguno.

Si tuvieras que describir El aire y lo sólido en una sola frase, ¿cómo lo harías?

Un resumen teórico pretencioso de todo lo pretencioso que había escrito hasta ahora.

¿Qué idea o certeza te gustaría que el lector terminara poniendo en duda después de leer el libro?

Sin duda, la de que eso que acaba de leer es un libro: o que eso que acaba de hacer es “leer un texto”.

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Fragmento de El aire y lo sólido

Y ahora creo que puedo entender algo que hace muchos años pudo parecerme una nota un poco esquizofrénica. Un viejo amigo de la adolescencia no soportaba el llamado sonido diegético en el cine. Más de una vez llegó a levantarse e irse en medio de una película ante el asombro y la preocupación de sus camaradas. La carne friéndose en la sartén, el crepitar del fuego en la estufa, el líquido cayendo en el vaso, el sonido del hielo contra los bordes, la botella de vino al ser descorchada, el agua de la ducha, los quejidos en las escenas eróticas. Significativamente, ese enojo y ese odio iban contra una atmósfera bastante específica: al tipo lo enfermaban, sobre todo, los ruidos de la vida cotidiana. Aunque lo ligamos al sentido, el ruido no tiene sentido alguno (nada lo tiene, pero el ruido parecería estar más cerca del núcleo insensato). En la puesta cinematográfica, para poder construir o subrayar una atmósfera, se lo trata por separado, se lo amplía o amplifica, se lo asea y ecualiza, se lo obliga a hacerse escuchar. Antes de ser ruidos, o incluso sonidos, son signos. Son convenciones narrativas: para el caso, signos de distensión, de descanso, familiaridad, privacidad o intimidad. El ruido todavía vive en el sonido. Conserva un aire brutal y primitivo. Tiene siempre algo de cosa que molesta, sobresalta o despierta. Hemos aprendido a apagarlo o a convertirlo en un fondo indiferente (murmullo, ruido blanco), pero todavía mantiene intacto el núcleo oscuro de su poder. El ruido del cuerpo envejeciendo o engordando, los silbidos asmáticos del pecho, los borborigmos, los golpes del corazón, el barullo de las glándulas. Esa hiperestesia es loca. Nos enfrenta, de golpe, al sinsentido mismo de nuestra vida orgánica o biológica. Y la vida cotidiana y doméstica está afectada por el mismo principio: los ruidos de la casa, la descarga de la cisterna, la masticación grupal en el almuerzo, el agua hirviendo, el fuego. El ruido desnuda, por así decirlo, el sinsentido de ese funcionamiento, de esa dinámica energética sin relato ni objetivo alguno. Y ese real es lo que ha sido profanado. Es lo que se pierde o se reprime cuando obligamos al ruido a comportarse inmediatamente como signo, cuando lo obligamos a aparecer en la escena como el peor actor, el más sobreactuado. Pero entonces, paradójicamente, esa pérdida o esa “invisibilización” es la forma más enfática de mostrarlo, de darle relieve y espesor. Ahora, por una especie de énfasis gestáltico, noto que ese forcing del sentido no puede dejar de aparecer como profanación, y por lo tanto de mostrar al sentido en su versión más plena y ridícula.

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