Por Ivonne Calderón | @malenamoon13
Una niebla negra se extendió por el cielo de la capital colombiana, dicen los testigos. Brujos, clarividentes, ilusionistas y parapsicólogos de todo el mundo se dieron cita en Bogotá a fines de agosto de 1975. El motivo: el Primer Congreso Mundial de Brujería. Vudú, ovnis, arte y espiritualidad pasaron a ser el tema de conversación en la sobremesa de los bogotanos. Aquella fue una semana fuera de lo común, que por disruptiva logró cooptar los titulares de emblemáticos diarios nacionales e internacionales. El Espectador: "Bogotá, ciudad hechizada. Esta noche comienza congreso de brujos". New York Times: "Danza a la luz de la luna inaugura un congreso de hechicería. Más de 150 mujeres jóvenes vestidas con túnicas negras y de colores bailaron una danza vudú en un escenario al aire libre iluminado por la luna aquí, en la apertura del Primer Congreso Mundial de Brujería".
Eran los tiempos de la contracultura, y mientras el Festival de Woodstock de 1969 había quedado en la memoria colectiva como un hito cultural hippie capaz de marcar la ruptura con el sistema, aquel congreso de brujería, surgido en el seno del nadaísmo, se propuso incomodar a la sociedad ultraconservadora y católica reivindicando creencias no hegemónicas. El nadaísmo, un movimiento literario y filosófico nacido en Medellín en 1958 tras el Manifiesto Nadaista de Gonzalo Arango, tenía un genuino deseo de provocación y subversión cultural, y no reparó en declarar la guerra simbólica al racionalismo moderno y al catolicismo. Y es que fue el empresario, político y escritor colombiano Simón González ––conocido como brother Simón o brujo Simón–– quien, cercano a las premisas del nadaísmo y a las ciencias ocultas, dio vida a ese altisonante congreso. Más allá de haber sido una aventura comercial pensada por González, esta fue una propuesta decolonial de la vanguardia literaria y artística, que juntó en una misma ciudad y en un mismo momento lo intelectual y lo popular. Brujos y escritores, botánicos y mentalistas del mundo dándole lugar a lo que había sido catalogado hasta entonces como mera superstición.
Archivo El Espacio. Foto: LaPost Estudio
Con una programación variopinta, el Primer Congreso Mundial de Brujería —que sesionó en las instalaciones de la Feria Internacional de Bogotá, hoy Corferias—, tuvo entre sus más icónicos invitados internacionales a la célebre escritora ucraniana-brasileña Clarice Lispector, quien compartió con el público su críptico relato "El huevo y la gallina". En él, la autora narra un viaje astral que comienza con una escena cotidiana frente a un huevo. Un cuento cargado de un misterioso simbolismo incluso para la autora, en el que la desnaturalización de lo natural le confirió un aura mística que la llevó directo al Congreso. La escritura como una suerte de magia. Simón González había conocido a Lispector tiempo atrás en unas jornadas literarias en la ciudad de Cali, Colombia. Allí, entre los asistentes, la autora de mirada intimidante dijo: "Si vuelve la Edad Media, yo estoy del lado de las brujas". Otra de aquellas personalidades invitadas fue el ilusionista Uri Geller, el israelí que doblaba cucharas con sus dotes mentales. Sus demostraciones tuvieron asistencia multitudinaria, e incluso una de ellas fue transmitida por televisión nacional, lo que evidencia que los medios de comunicación le dieron una cobertura destacada al congreso. Miles de televidentes se sentaron frente a las pantallas para ver al mentalista, algunos con cucharas en mano intentando imitarlo.
Entre otros actos, la comitiva de brujos haitianos expuso el poder del vudú: extasiados, en trance, danzando, masticaban vidrio y se frotaban el cuerpo con antorchas sin ser quemados. Todo ante la mirada atónita del público asistente. El etnobotánico de Harvard Andrew Weil habló de los usos curativos del tabaco y la marihuana. Hubo espacio para la ufología, la telepatía, la hipnosis, y demostraciones de espiritualidad indígena y afrodiaspórica. Y mientras aquello sucedía, una delegación de participantes visitaba la Casa de Nariño –– casa de gobierno–– para someter al presidente López Michelsen y a la primera dama a una lectura de aura con cámara Kirlian. El Congreso abrió un espacio para el cine, la danza y el teatro. El público se deleitó con bailes que representaban ritos de origen africano como el candomblé y ceremonias funerarias como el lumbalú. La Cinemateca Distrital de Bogotá proyectó Orpheus (1950) de Cocteau, Nosferatu (1922) de Murnau y El bebé de Rosemary (1968) de Polanski, sumando así a las artes visuales a este suceso contracultural.
Foto: Archivo El Espacio
En simultaneidad con los principales eventos, los miles de asistentes al congreso recorrieron el Salón de Arte Brujo, una muestra que reunió más de 600 obras relacionadas con la brujería y otros rituales. Y si lo que alguien deseaba era llevarse a su casa algún objeto místico o ponerse en contacto con un brujo, santero o chamán, podía recorrer los pasillos de la Feria Bruja, un mercado que ofrecía talismanes, lectura de tarot, pócimas y ungüentos para lo imposible. Enormes filas se formaron aquella semana para acercarse al profesor Invar, un hombre melenudo y vestido de blanco que se convirtió en una de las grandes atracciones del congreso. Pero nada era gratis: el acceso a lo místico también tuvo un precio, más si pensamos que detrás de ello, innegablemente, hubo un intento de comercialización de la contracultura. Un aspecto que, en cualquier caso, no hizo del congreso una experiencia banal o menos significativa.
"A la sombra de lo diferente, con amor y asombro" fue el slogan del Primer Congreso Mundial de Brujería. Sugerido por el escritor nadaísta Gonzalo Arango, quedó en la memoria como una premisa de activismo político. Una frase que, combinando la sombra con el asombro, proponía la aceptación de lo desconocido como condición para el buen vivir con los otros. De ahí que hoy, a 50 años de esa apuesta cultural del brujo Simón, se siga pensando ese congreso como un intento, con éxitos y fracasos, de poner sobre la mesa la discusión respecto a la diversidad, la inclusión y los derechos de las comunidades negras e indígenas en las Américas y el Caribe de los años 70.
Foto: Archivo El Espectador
Sin embargo, y como era de esperarse, esa mirada sincrética y plural que tuvieron los organizadores —y el diálogo que se tejió entre distintos— fue condenada férreamente por la Iglesia Católica, que catalogó al congreso como un peligro y un circo banal. En Colombia cundió el pánico por la llegada de los brujos, y la opinión quedó divida entre curiosos y prejuiciosos. Una semana en que no se habló de otra cosa más que del "imperio del demonio". El demonio como lo otro, lo distinto, lo inasible y desconocido. Y para levantar mayor polémica en la opinión pública, el médico y antropólogo afrocolombiano Manuel Zapata Olivella dijo, sin aspavientos: "El diablo es blanco".
El pasado 17 y 18 de octubre de 2025 se celebró, de forma conmemorativa, la Feria de Brujería de Comfama en Medellín, Colombia. Como si el tiempo no hubiese transcurrido, como si no estuviera cada vez más interiorizado el diálogo sobre las diversidades culturales y la riqueza de las múltiples prácticas ancestrales, se prendieron las hogueras. Y aunque la Feria de este 2025 buscaba exaltar las conexiones entre los saberes femeninos del mundo con los rituales indígenas y afrodiaspóricos, los sectores más conservadores salieron a condenar el encuentro, como hace 50 años. Aun hoy, luego de los esfuerzos de Simón González, queda en entredicho la posibilidad de seguir pensando las espiritualidades diversas, y no solo en Colombia, sino en distintos rincones del mundo. Los alabaos, las danzas africanas, los rituales indígenas y otras tradiciones se siguen lanzando a las hogueras, sin amor, sin asombro. Si despertase Clarice Lispector, sin duda seguiría estando del lado de las brujas.
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