Por Gastón González Napoli
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Suene como suene un disco nuevo de Paul McCartney en 2026, hay que agradecer que exista aun antes de darle play. ¡Está por cumplir 84 años! ¡En agosto el Revolver cumple 60! Que el hombre siga con ganas de tocar, ni que hablar de seguir componiendo canciones, de seguir regalándole al mundo su don, es para celebrar.
Y encima cuando efectivamente le das play a The Boys of Dungeon Lane, vigésimo disco de estudio de Sir Paul, el primero desde el espectacular McCartney III de 2020, suena “As You Lie There” y las palabras que vienen a la mente son “Dios, qué bestia”.
Qué bestia por seguir. Qué bestia por seguir tan bien.
El corazón se estruja, entre la maravilla por los cambios de ritmo y tono que son su marca registrada, su salto del recitado de las estrofas al grito tipo “Maybe I’m Amazed” en el estribillo, y la inevitabilidad del miedo, el miedo de que puede ser lo último de Paul.
No ayuda que sea un álbum tan nostálgico, inspirado en sus memorias tempranas en Liverpool. Dungeon Lane es una calle por la zona de la ciudad en la que se criaron McCartney y sus viejos compañeros de banda, un barrio de laburantes en la posguerra cerca del río Mersey. La tapa imita los reconocibles carteles de las calles liverpulianas. Uno ya sabe que será emotivo antes de escucharlo. Cumple con creces.
En “Down South”, a guitarra acústica y voz, McCartney habla de ir al sur haciendo dedo, es decir de viajar de Liverpool a Londres, con alguien más a quien no nombra. “Fue una gran manera de conocerte”, canta, “antes de que aprendiéramos a twist and shout”. De quién -o quiénes- estará hablando, ¿no? En “Salesman Saint” -que tiene un tremendo arreglo de vientos medio spaghetti western primero, medio cabaret después- y “Momma Gets By” habla de sus padres sobreviviendo y criándolo a él en un contexto en el que los hacía sobrevivir nada más que la risa y una canción. En “Lost Horizon” canta que hay que hacer que cada momento valga la pena, que hay que vivir en el “horizonte perdido”. ¿Un Paul contemplando sus últimos días?
Nunca es más nostálgico que en “Days We Left Behind”, tercer tema del disco, una balada de guitarra acústica y piano que empieza con los versos “mirando atrás a recordatorios en blanco y negro de mi pasado”. Una canción preciosa que encaja perfectamente bien en la obra baladística de Paul.
A pesar de eso, The Boys of Dungeon Lane no suena a viejo. “Lost Horizon”, “Ripples In a Pond” o “Come Inside” son quizás la muestra más evidente. Esa última muta y crece hacia la mitad de su duración, con una gran performance de Paul en piano. En “Never Know” suenan de fondo pistas en reversa como en “Tomorrow Never Knows”, pero cuando se va con un crescendo poderoso uno se olvida de las reminiscencias. Las muy bellas “Life Can Be Hard” y “First Star of the Night” recuerdan (para bien) a la definición de “música de abuela” que Lennon le dio alguna vez a las composiciones de Paul.
Este balance entre sonidos nuevos y viejos viene de que lo produjo con Andrew Wotman, alias Watt, productor del Future Nostalgia de Dua Lipa y del Mayhem de Lady Gaga, dos discos que vienen definiendo el pop de los 2020. McCartney no ha tenido miedo de sonar a nuevo, como probaron el New (2013) y el Egypt Station (2018), en los que buscó nutrirse de productores jóvenes y hiteros como Mark Ronson y Ryan Tedder, y de los que salieron temas que se mantienen en el setlist de sus giras. Pero Watt también trabajó en los dos últimos discos solistas de Ozzy Osbourne y en Hackney Diamonds (2023), el regreso de los Rolling Stones al material original después de casi dos décadas, o sea que también sabe trabajar con las vacas sagradas. Como si Paul hubiese decidido que este disco sonara a Paul. Para sellarlo, toca prácticamente todos los instrumentos del álbum, hasta el clavicémbolo. Con una excepción bastante importante: la batería en “Home To Us”.
Incluso cuando más canaliza a los Beatles, como en las armonizaciones vocales de “We Two” o en “Mountain Top”, que podría integrar tranquilamente uno de los discos más psicodélicos de los Fab Four, con menciones a viajes, a hongos mágicos y a pasteles en el espacio, McCartney no se deja constreñir por su pasado, con ruidos alienígenas en el primero, y bongós y una coda acelerada y bien ruidosa en el segundo.
¿Quién toca la batería en “Home To Us”? ¿Quién va a ser? The Boys of Dungeon Lane tiene una colaboración con Ringo Starr, tanto baquetas en mano como cantando. El bueno de Richard Starkey había grabado una zapada con Watt, con el que venía trabajando por su cuenta, y cuando Paul lo escuchó dijo: “Hay que hacer un tema con esto”. Compuso en torno a la batería y escribió una letra sobre infancias en un lugar duro que sin embargo era su hogar (de paso sumó a Chrissie Hynde de los Pretenders en coros, porque por qué no), e invitó a Ringo a hacer las voces junto con él. El primer dúo que graban ambos en más de seis décadas de conocerse. Es imposible no sonreír escuchándola.
“Me alegra muchísimo que lo hayamos hecho”, le dijo Paul a Apple Music. “Una vez que se convirtió en un dúo, pensé que era algo grandioso. Después de todo el tiempo que nos conocemos, es otro regalo”. Lo considera un regalo para sí mismo. Pero vaya si no es un regalo para todos.
“Momma Gets By” es un cierre bastante triste, que hace difícil que no se agolpen las lágrimas. Es increíble que siga teniendo esa capacidad, aun después de que el McCartney III parecía haber funcionado como un gran corolario para su carrera, y que desde entonces se hubieran publicado los documentales McCartney 3, 2, 1 y esa locura que es Get Back, ambos de 2021, además de una actualización de la Antología que salió el año pasado. Parecía que la beatlemanía estaba un poco raspando la olla para satisfacer su voracidad, y entonces va Paul y hace esto.
Qué bestia.
Por Gastón González Napoli
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